29 de abril de 2025

MI PAISAJE

 

He ido al mar a comprobar si sigue tan cansino, ola tras ola, sin dejar de hacer ruido, con una humedad imposible de aguantar y con un hambre voraz por destruir todo lo que se pone a su paso. Sigue igual. Es incombustible. Es una pesadilla que se limita a invadir playas, arañar rocas inmensas y hundir barcos cuando se creen que pueden con él. 

Esta es mi visión de ese espacio inmenso que genera emociones incontenibles, que arrastra multitudes que se agolpan en un chiringuito para aplaudir cuando se pone el sol a diario, desata la imaginación de creadores de novelas, músicas, modas e ingenios generadores de energía. Millones de personas se agolpan en sus bordes para pasar días infernales, codo con codo, y sin intimidad para descansar. Las playas son repuestas artificialmente cuando se enfurece y se lleva la arena vaya usted a saber dónde, y el negocio crece cada vez más cerca de sus fauces que, sin piedad, se lo lleva en una bocanada. A pesar de todo estas evidencias, el mar embruja a muchas personas. Encuentran en él motivos de enamoramiento, de caminata diaria, de su razón de existir porque dicen que son su presencia se sienten mal, de inversión para la vejez comprando apartamentos que se llenan de moho en invierno y el descanso lo dedican a limpiar. Es fuente de alimentación, pero ahí no entro porque me gusta el pescado y el trabajo que el mar proporciona a los pescadores no puede ser más duro y hermoso al tiempo, pero ese mar que he ido a ver, me decepciona.

Volví conduciendo por carreteras de interior y cuanto más me adentraba en la tierra firme, en los bosques de encinas y alcornoques, en las inmensas praderas que ahora están de un verde agobiante, regadas por riachuelos repentinos después de un invierno glorioso, riachuelos que pasan bajo puentes que nunca se sabía por qué ni para qué estaban ahí y tenían pinta de seculares, empecé a tranquilizarme. Paré a coger flores de la cuneta, me di una vuelta entre manzanillas en flor, chaparros, madroños florecidos, encinas con hojas nuevas, setas imposibles de clasificar, hierbabuena, piedras brillantes, caminos descarnados por el agua, y escuché el silencio.

Este es mi paisaje. Esta es mi vida de verdad. No necesito nada más que el silencio, que la hierba crezca sin ruido, que el agua no se precipite porque la tierra siempre la necesita, que los animales encuentren refugio y no se asomen a mirar. Necesito estos paisajes serenos, que cambian de color en horas porque el sol arrasa con todo, pero vuelve a crecer por su cuenta. 

Cuando me he acercado a la medio civilización en la que vivo, estaba más tranquila. Se me había pasado el desasosiego del mar y, aunque sé que vienen días duros de calor, de tardes interminables de sesteo y quejas porque deja de llover, este paisaje del que disfrutamos los que aquí vivimos no tiene explicación posible. Hay que olerlo, caminar por él, dejarse perder entre veredas y ver sin aplausos cómo el sol sale a diario y se pone detrás de las torres que lo vigilan.

Matilde Muro Castillo

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el día 28 de abril de 2025.



14 de abril de 2025

PASEAR

 





Dicen los médicos que andar es salud. Cansa, pero alarga la vida y mejora las condiciones de supervivencia a fuerza de respirar hondo y largas siestas tras el desplazamiento. Es bueno seguir ese consejo.
Prefiero pasear. Andar ya me supone un esfuerzo añadido al que me he rendido. Caminé con desatino hace unos años por razones de un manifiesto deterioro físico sobrevenido, pero resuelto el percance, he optado por el paseo con el que quiere colgarse de mi brazo e iniciar la marcha en medio de una charla intrascendente, saludando a diestro y siniestro a los conocidos con los que te cruzas, parándonos de forma procesional a cada poco mientras nos contamos las cuitas de antes, de cómo hemos envejecido, de lo difícil que se está poniendo todo, de la poda inmisericorde de los árboles del parque y de la cantidad de perros que pueblan las calles.
Paseo también sola. Hago recorridos habituales. Repaso los escaparates en los se pegan las esquelas y los carteles de toros, que cada vez son más pequeños y feos. Trato de arrancar las pegatinas que no forman parte de mi colección, sorteo los baches de las aceras y, siempre despacio, maquino ocurrencias que la mayor parte de las veces no se plasman en realidades, pero luego, cinco pasos más allá, se me ocurre creer que alguna vez sucederán.
Paseo por entre los estantes de la biblioteca de casa, y eso es mi perdición. No puedo evitar echar mano una y otra vez a los volúmenes que se amontonan en líneas de tres en fondo la mayor parte de las veces, y descubrir que hay piezas que en su día me emocionaron y hoy, en el reencuentro del paseo, vuelven a generar un sentimiento de felicidad, de hallazgo de tesoros escondidos, como el que debió tener Howard Carter al abrir la puerta de la tumba de Tutankamón, porque ese libro está al lado de otro también olvidado, pero que por razón de mi orden especial de los anaqueles, se amontonan acompañándose y evitando separarlos  con el único argumento del amor con el que en su día los compré, leí y atesoré.
Hace muchos años habilité un espacio de mi casa para pasear arrancando malas hierbas, cavando rosales, podando frutales o abriéndome hueco para sentarme a leer. Es mi jardín. Ahí paseo sin cesar. Me produce sosiego, me canso, obedezco a los médicos haciendo ejercicio subiendo y bajando escaleras, se me ocurren cosas, le hablo a mi  madre, que ya no está, veo gatos de otros a los que mis perros mantienen a raya, sueño con no volver a tener vecinos a los que la hiedra les molesta, y elimino cualquier atisbo de molestia verde, propia de quien entiende las relaciones vecinales como enfrentamientos eternos, haciendo de la vegetación el enemigo a batir.
Siempre queda algo por hacer en ese espacio mágico que huele bien, me protege del ruido, me acoge sin protestar, donde siento que no molesto y me devuelve vida año tras año, mientras paseo en primavera, viendo cómo brotan los árboles, engordan los arbustos, florecen los frutales que luego sirven de alimento a los pájaros, y espero sin muchas expectativas, tener alguna vez un limonero de luna, que me dé limones. Por mucho que pasee, no lo consigo. Pasear es la razón por la que no ando.

Matilde Muro Castillo

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 14 de abril de 2025.