28 de mayo de 2024

AL MARGEN

 



Escribo esta columna fuera de España. He necesitado retirarme entre nubes para escapar del “y tú más” que mi casa propicia a todo el que se acerca peligrosamente a opinar.
   Me he traído a las afueras libros, música, un móvil que hace preciosas fotografías, de una calidad inenarrable, una guía del lugar que visito y muchas ganas de dormir.
    Como me hago mayor, tengo reservado y disfruto de un hotel estupendo. He huido de las penurias y de las aventuras que en su momento viví a la caza de cucarachas en habitaciones muy baratas de alojamientos foráneos. Mi habitación tiene vistas al mar, no tengo que vestirme y salir corriendo a desayunar, me reciben con sonrisas si deambulo en busca del ascensor, me cambian a todas horas las toallas y me dejan en la mesilla cuadernillos de muy pocas hojas con el anagrama del establecimiento y un lapicero diario, por si quiero seguir dibujando.
    No es fácil arrancar el hábito de la ocupación permanente, de sacudir sin mucho motivo las obligaciones que articulan lo cotidiano, pero según pasan los días, lo encuentro reconfortante. Lo necesitaba, y lo que más me está gustando es salir de casa a mejor. Es decir, no echar de menos mi cama, ni a los perros, ni el silencio, ni los atosigantes pájaros de mi jardín cuando despiertan. No echo nada de menos, estoy encantada de pasear por lugares desconocidos, entre personas que nunca había visto hasta ahora, de aspecto completamente diferente a los que me cruzo a diario, y que no se dan cuenta de que a mí tampoco me habían visto nunca. Me pasman las tiendas, que son todas iguales, pero me alucina que no me llamen para entrar. Paseo sin rumbo. No busco museos, ni bibliotecas, ni lugares de interés o restaurantes afamados. Como en la calle sin pensar en la posible diarrea, y acudo al hotel a seguir vagueando en medio de sábanas blanquísimas y estiradas como si hubiera hecho la cama un capitán general del ejército prusiano.
    Vuelvo y leo sin parar. Subrayo páginas, agoto los marcadores de colores, trato de memorizar lo que me emociona e incluso llego a retener palabras que nunca había visto antes escritas. Me voy a la calle de nuevo a sentarme en un banco a ver pasar personas.
    No tengo conocidos en este lugar. No voy a intentar llamar a nadie. No me comunico, ni quiero hacer esas fotos que me prometía con el teléfono. Nada. He apagado el teléfono y tampoco lo echo de menos. He metido el teléfono en la caja fuerte de la habitación. ¡Qué idea! Siempre me sentí pobre en esos hoteles en los que no tenía nada para guardar que fuera de importancia. Mira por dónde ahora el móvil es mi bien más preciado y lo he guardado en esa caja, que se puede llevar cualquiera debajo del brazo, pero que dicen que es segura. También me lo creo y ahí se queda.
    Nunca veo amanecer en ningún sitio porque considero que madrugar no es educado, pero cuando de nuevo salgo a la calle, me parece que todo brilla más que el día anterior. Todo me resulta nuevo y apasionante, porque es ajeno y no me responsabilizo de nada. 
    Por unos días estoy viviendo al margen, y ¡qué bien!

Matilde Muro Castillo

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 27 de mayo de 2024.



14 de mayo de 2024

HILOS DE ACERO

 


La paz genera progreso. El progreso se nota en la cultura, en la disminución del analfabetismo, en las empresas que se afrontan sin miedo, en que las ataduras empiezan a apretar menos, a que las personas gobernadas se enteran de lo que piensan los gobernantes y saben, con más o menos certeza, lo que puede ocurrir, siempre que no les engañen.
La alfabetización en España y la dotación de recursos intelectuales a la población no parece que esté bien vista. Es algo que los poderes fácticos empiezan a creer que se les está yendo de las manos, y conviene perturbar el ambiente desde abajo. Es más que necesario, al hilo de las redes sociales, tejer mallas imperceptibles de indefensión de los ciudadanos, que en cualquier momento se pueden ensanchar o estrechar, siempre a conveniencia de los que mandan, porque para eso mandan.
No se trata de modernizar a patadas, que también, no se trata de digitalizar sin conocimientos, que también, no se trata de eliminar cualquier referencia a las formas administrativas anteriores a esta fiebre oscurantista, que también. Se trata de mantener el poder a costa del ánimo del que se cree que sabe y al final resulta un inútil en medio del laberinto sin salida que se han transformado sus derechos, y en ningún caso sus obligaciones, que son más que claras y ejecutivas.
La laminación de recursos ante la administración si no has abierto el correo electrónico que entra por spam, o no entra porque no tienes ordenador y el vecino que te lo manejaba ha emigrado a Australia a cuidar canguros, o viene provisto de un aviso en rojo que te pone los pelos de punta porque dicen que es un engaño, supone la indefensión más absoluta ante el transcurso de los plazos administrativos ocultos y falta de posibilidad de recursos que ya no se escriben, sino que se mandan a la nube. Mientras tanto, la administración usa el boletín oficial del estado como ejecutor de demandas que se suponen conocidas porque han sido publicadas en el ente informático con el carnet de identidad en medio de listas de más de siete mil demandados, pero sin orden ni concierto.
Los pactos entre administraciones que se conchaban entre ellas para recaudar sin descanso, exigir devoluciones de prestaciones concedidas para ganar elecciones, arruinar a los más débiles porque no tienen fuerza en la defensa, o colocar en los puestos de atención al público a seres inertes, desconocedores de lo que manejan, impertérritos ante los argumentos válidos y maestros en el arte del “no puedo hacer nada, soy un simple mandado”, está abocando al miedo, y el miedo genera violencia.
Es verdad que las órdenes son muy claras, que los que dan la cara no hacen sino cumplirlas, pero la red que se está tejiendo de indefensión del ciudadano ante la administración, a la que paga generosamente, es alarmante. 
No se acaban las citas previas, no se aclara nada de nada, los usuarios son personas molestas, los certificados de certificar lo que previamente se ha certificado para que la certificación resulte válida, es de los hermanos Marx, y las condiciones para muchos, pero muchos, son la ruina, la tristeza y el desamparo.
Con hilos de acero se tejieron redes que acabaron con muchas especies animales, y ahora las echamos de menos. Por favor, usen la razón y no el bolsillo. Aflojen la red, porque si los que mandan caen en ella, tampoco sabrán salir.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 13 de mayo de 2024.


29 de abril de 2024

MADRID

 


Estamos en medio de un puente maravilloso para los habitantes, pacientes, trabajadores, sufridores, víctimas, enamorados, rencorosos, paseantes y okupas de Madrid. Con muy pocos días de sus vacaciones se han lanzado a la carretera camino del aeropuerto y estaciones de todo tipo para vaciar la ciudad y llenar el resto de España, que pierde su condición de “vaciada” por esos mismos días y recibe, sí o sí, a los madrileños emigrantes que todo lo llenan y riegan con sus dineros las cuentas corrientes de los dedicados a servirles.
Hay otro tipo de habitantes fantasmas de la España vaciada que permanecen impasibles en sus lugares, ante la falta de semejante puentazo, que observan desde detrás de los visillos el paso incesante de personas muertas de calor o heladas de frío, provistas de bolsas y más bolsas de plástico (que están prohibidas) llenas de recuerdos para el estómago fundamentalmente, niños llorando de cansancio, discusiones de pareja a gritos por no ponerse de acuerdo sobre dónde han dejado el coche, animales de compañía desnortados sin posibilidad de reconocer los olores con los que se enfrentan, y atuendos de los viajeros, que merecerían escrito aparte, ante lo estrafalario que hace pensar a los que están detrás del visillo si es así como caminan por Madrid.
Los que habitan la España vaciada alucinan ante las avalanchas momentáneas, y se preguntan si deberían dejar lo de siempre para servir a esos visitantes vistos y no vistos, que arrasan las costumbres ancestrales, devoran pan como si no hubiera un mañana, hacen colas para todo y piden constantemente ir a baños públicos que no están operativos nunca. A lo mejor hay que madrugar más, ir a por el periódico antes de que se acabe, coger sitio al amanecer en la cafetería para desayunar, amarrarse al churro como si fuera el trofeo diario y a casa, detrás del visillo a ver pasar gente rara.
Las festividades que se organizan en la España vaciada están dirigidas a sacar a los habitantes de Madrid de sus casas. Hay otras ciudades que tienen sus fechas también dedicadas a lo mismo, pero no les sale tan bien. El fenómeno de vaciar Madrid y llenar la España vaciada es asombroso y empieza a ser molesto. Todo se nos va de las manos de una forma difícil de explicar. El turismo está generando destrucción, cuando lo normal era que ocasionara riqueza. Los habitantes invisibles de la España vaciada se sienten invadidos sin razones aparentes, porque no tienen medios para recibir a tantas personas a la vez, las redes se colapsan, los pisitos abandonados no reúnen condiciones de albergue y originan sinsabores, los que abren y cierran puertas de madera son objeto de la cámara del móvil, los que arrastran el carrito de la compra, también. No digamos ya si el rebaño de ovejas atraviesa la calle al atardecer, el labriego transita con lechugas bajo el brazo y la cesta de huevos llena: entonces ocurre el frenesí y los madrileños se llevan a casa imágenes que nunca más verán porque luego, en sus hogares, todo se olvida al mirar la cuenta de la tarjeta de crédito.
¡Qué difícil es llenar los lugares vacíos si están habitados por seres invisibles!

Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 29 de abril de 2024.


15 de abril de 2024

NUEVAS COSTUMBRES

 




Ya les conté que en Navidad los Magos de Oriente se portaron estupendamente conmigo proporcionándome toda clase de adelantos técnicos que desconocía y que, algunos, me han facilitado la vida como no podría imaginar.
Estas cosas nuevas me hacen recapacitar y a lo mejor todo lo que me sigue molestando es una nueva forma de vida que he de aceptar, tendré que acomodarme a estas nuevas costumbres que siempre he entendido como mala educación, fracasos, incultura y salvajismo, falta de amor a las cosas y desprecio por lo ajeno.
Tendré que acostumbrarme a ver cómo han destrozado el paisaje de mi alma, esa vista única que tenía Trujillo y que los desmanes municipales, autonómicos, incumplimientos, voracidad económica, actuaciones delictivas y todo lo que se les ocurra, han destrozado en nombre del dinero y la crueldad más infinita aplicada a una herencia de siglos.
Tendré que acostumbrarme a que aquí nunca haya tren. A escuchar las ocurrencias más insalvables de boca de responsables políticos a los que pago con mis impuestos esperando de ellos sentido común, verdades o razones capaces de entender. Es posible que si no nos quitaran lo poco que tenemos sobre raíles pudiéramos remontar. Recuerdo mis viajes en el Ruta de la Plata a León y sigo echándolo de menos. No me puedo acostumbrar a creer que a nadie se le ha ocurrido reponerlo. Razones habrá muchas, pero sinrazones más.
Ahora que empezaré a salir a andar por el campo tendré que acostumbrarme a sortear los alambres de espino que cierran los antiguos caminos por los que transitaba, porque son zonas de placas solares a las que uno no se puede acercar bajo ningún concepto, aunque hayan invadido sin piedad nuestros paisajes, cerrado el paso a los arroyos y dejado sin sitio a los pájaros.
Voy a ver si me acostumbro a las colas para todo, a no saber qué pasa con las calles llenas de personas sin rumbo, a las citas previas que no funcionan, a los puestos de trabajo en remoto para funcionarios de atención al público, a los médicos que me atienden por teléfono según yo pida, como si supiera cómo tienen que atenderme y por no molestar les explico mis dolencias como se me ocurre. 
Me acostumbraré a ver el centro de las ciudades abandonado y la periferia invadida de coches que ocupan espacios abiertos a los que se traslada el comercio que recomienda sobre todo la compra por internet y cobra las bolsas de papel como si fueran de plástico. Tendré que hacerme a la idea de que es normal ver a masas de personas disfrazadas de futbolistas, medio desnudas en invierno y verano, sin respeto a los espacios que ocupan y menos aún, a los congéneres con los que se cruzan.
La vida me está cambiando a marchas forzadas. Me hago intransigente, me cuesta cambiar, me molesta todo lo que invade los comportamientos sin explicación alguna, me solivianta el descaro adolescente, me cuesta aceptar que me llamen “cariño” al ponerme un café o despacharme tomates. Las nuevas formas de convivencia que emanan, aunque no lo sepan, de las barbaridades que escuchamos a diario de los gobernantes, no son fáciles de digerir. No sé si voy a intentarlo.

Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 15 de abril de 2024.


1 de abril de 2024

VIDA FÁCIL

 



Amanecemos cada día con hallazgos sobrecogedores que tienen a facilitarnos la vida, a hacérnosla más larga o a creer que todo va exactamente como lo programado y sin fallos.
Para digerir tan magnos acontecimientos intento abrir el cartón de leche obedeciendo a la consigna “abre fácil” y me levanto los pellejos de los dedos, destrozo la forma del habitáculo lácteo y recurro a las tijeras de podar para ponerme esa pizca de leche sobre el café, la que queda después de haber sacudido violentamente el artefacto una vez destrozado.
Intento leer lo que ayer no pude y achaqué al cansancio, pero se ha puesto de moda imprimir en tinta gris, con una letra diminuta para ahorrar espacio y sin otra finalidad que hacerse los modernos. No puedo, ni con la luz del sol sobre el papel.
Se me ocurrió decirle que sí a las actualizaciones del ordenador, y me he quedado sin saber cómo se manejan las nuevas funciones, me avisa a todas horas de que el disco duro está lleno y amenaza con desintegrarse (imagino), y que bandadas de virus me van a atacar sin piedad, sin vacuna alguna al alcance, que no sea la de cambiar el aparato previo pago de la millonada que exigen.
Ahora, cuando intento consultar el tiempo, me piden que me dé de alta en una nueva aplicación para lo que he retener una clave que esa misma aplicación genera y que tiene cuarenta y tantos dígitos, signos, mayúsculas, minúsculas y algunas cosas que desconozco. Si le digo que no, que quiero mi clave de siempre, se enfurece y me repite por activa y por pasiva su creación, la que he de memorizar. Opto por mirar al cielo por si amenaza lluvia.
Saco a pasear a mis perros por la noche, y de paso voy a tirar la basura. Craso intento. La bolsa de los plásticos no cabe por el agujerito del contenedor, con tapa cerrada a cal y canto, tengo que llevar los cartones y papeles plegados, limpios y ordenados por tamaños para que quepan por la ranura del otro depósito, asimismo clausurada con devoción por los servicios de limpieza, y no digamos ya si la de las botellas intento ponerla en su sitio: no, no, no a nada que no sea cristal. Me pregunto qué hacemos con las etiquetas, dónde deposito los tapones, qué hago con la bolsa en la que los llevo si el de plástico no se abre. Agradezco la vejez de mis perros que, sabedores de mi lucha cotidiana con los contenedores, se han sentado a esperar ver el final de mi desesperación.
Dentro de lo cotidiano están las etiquetas que no hay quien despegue y que dejan rastro infernal en cualquier superficie, las toallitas quitamanchas de los restaurantes que cumplen su misión ampliando la mancha y haciéndola irreversible, las cervezas cero cero que emborrachan, los zapatos que hacen daño, las gafas que molestan en la nariz … y muchas cosas más.
A lo mejor lo de la inteligencia artificial arregla estos desmanes y nos hace la vida fácil, porque hasta ahora, con la inteligencia natural no hemos tenido éxito.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el día 1 de abril de 2024.







19 de marzo de 2024

DESPERTAR

 

Vivimos rodeados de peligros que nos acechan constantemente, y es tan reiterada su presencia que pueden llegar a hacerse cotidianos. Ahora que he leído el último libro de mi adorado Luis Landero y escribe en él “pasaba como en las guerras, que, en cierto momento , por cansancio, por desidia, por pereza de seguir en la lucha, o acaso porque ya se han olvidado las nobles causas de esa lucha, se firma la paz, aunque sea deshonrosa: cualquier cosa con tal de descansar al fin”, me doy cuenta de que es verdad, que sigo viendo atrocidades que se cometen sistemáticamente y sufro un segundo, y decido callar porque alguna vez tendré que descansar.

Contemplo actuaciones de monjas que se meten a restauradoras del patrimonio del convento. Les tejen o bordan con iniciales faldumentos a los cristos para evitar que se muestre en exceso la ingle como pórtico al pecado. Conocí una barbaridad de un sacerdote que, dedicado al noble oficio del serrucho, mutiló los genitales de un cristo único casi en la historia del arte, y le adosó una creación propia tallada con la navaja con la que comía, y pretendía representar un paño que no dejara ver ese “sucio libertinaje” del tallista original. Este sacerdote, que encontró una vocación frustrada de ortopeda en los manejos de las tallas de la parroquia en la que proporcionaba tales desmanes, rompió los brazos del crucificado colocándole articulaciones para que sirviera de yacente, resucitado o embalsamado, según su criterio, sin mucho acierto en las aplicaciones metálicas que le colocó. Aunque estas intervenciones para generar movimiento en la quietud suelen ser frecuentes, la de este cura no resultaba precisamente acertada.

Cuando los concejales de parques y jardines acceden por primera vez al cargo, lo primero que compran es una motosierra. Acaban con todos los árboles de los lugares en los que sientan sus reales destrozos, y sin importarles si los árboles son centenarios o malas hierbas, arrasan con toda la masa vegetal porque la consideran enemiga personal. No digamos ya si los árboles tienen nidos de pájaros, o a los volanderos les da por ir allí a pasar la noche: la muerte por decapitación, la arboleda la tiene asegurada. 

Estos concejales de medio ambiente, parques y jardines odian a los pájaros, no soportan los árboles, cortan las fuentes de agua para que nadie beba, asfaltan de manera inmisericorde calzadas, caminos vecinales, e inventan acerados por donde nadie transita.

También estamos acechados por arquitectos que se empeñan en dejar su sello en medio de edificaciones centenarias. Desconocen el valor de las placas conmemorativas, con las que podrían dejar la marca que ellos creen poseer, en lugar de arrasar con arquitecturas vernáculas, romper conjuntos históricos, y provocar el terror y el reproche a los vecinos (que no tienen arte ni parte en esas intervenciones) de los visitantes que por primera vez ven lo ocurrido y exclaman: ¿cómo habéis dejado que hagan esta barbaridad?

Nos merodean personas que se ganan la vida colocando cubos de basura impracticables en las puertas de las iglesias, que se limitan a cambiar el color de los detritus sin explicar cómo colaborar, o sancionar a los que no están dispuestos a madrugar o a acostarse después de la diez para dejarles hecho el trabajo a ellos.

Luis Landero, me has despertado. Sigo en la guerra sin ver posible el armisticio.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario Hoy de Badajoz el 18 de marzo de 2024.


6 de marzo de 2024

LA CULTURA

 


Reconozco que la situación actual me produce desasosiego. Me afectan mucho los acontecimientos nacionales e internacionales. Me ha dolido la muerte de Navalni (y no sé si debería gustarme o no el personaje), pero su asesinato me ha parecido de una crueldad superior a cualquier cosa que pudiera imaginar sobre Putin. Los asesinatos en masa de Israel sobre Gaza se veían venir, porque desde hace muchos años Israel depreda Gaza hasta hacerla desaparecer en medio de la indiferencia mundial. De ese asunto tengo cierta coraza que se refuerza al dejar de ver volar las cometas de los niños gazatíes, no sé si por falta de cometas o por falta de niños. Sigue impresionándome la guerra de Ucrania, la fortaleza de esas personas que ponen sus vidas en el frente para evitar que les arrebaten sus tierras, religión, tradiciones e hijos, a los que se llevan impunemente para cambiarles el nombre y el aspecto. Me horroriza la hambruna de África, me entristecen los incendios, me acobarda la impunidad ante la conservación del patrimonio mundial, y si me pongo a mirar de puertas hacia dentro entonces se me saltan las lágrimas: voces, irregularidades manifiestas, descaro ante el incumplimiento de la ley redactada sin consensos, robos a manos llenas y luego amnistiados, ausencia de empatía ante el dolor de la muerte de antes y de ahora… es como si viviera en un mundo desolador en el que hay muy pocas escapatorias para ser feliz a pleno pulmón, pero tengo escapatoria.

Desde hace mucho tiempo, desde que tengo uso de razón y mi padre me regaló Alicia en el país de las Maravillas, he encontrado la forma de escapar a la angustia que me proporciona el entorno. La Cultura (con mayúsculas, sí) es la ventana que nos permite escapar al mandato sistemático del horror y la inmoralidad que nos atenaza los sentidos.

Leer nos permite escapar sin molestar y sin que nos echen de menos. La música nos baja la tensión, nos relaja y doblega el espíritu. A veces nos hace llorar de emoción, de placer o de no sabemos qué, pero nos embarga el ánimo. La pintura nos transporta a otros mundos, nos enciende los sentidos y educa el gusto. Nos enseña a ver con ojos de otro y aceptar esa visión como propia sin necesidad de discutir, aunque no estemos de acuerdo. La fotografía nos brinda imágenes que el ojo humano no es capaz de detectar. Nos fija para siempre acontecimientos que no van a volver, retiene en el papel miradas que jamás se volverán a producir y podemos guardarlas para siempre y nos transportarán a ese instante que no retornará. El teatro es la vida ajena que se hace propia y nos enseña de la experiencia de otros. No hay nada inventado, aunque lo parezca, podemos salir de nuestra angustia y vivir la que nos regalan en escena, el humor, la tragedia, la generosa exposición de sentimientos ajenos que se vuelven propios en un espacio de tiempo tan corto como para permitirnos cambiar de vida sin casi darnos cuenta.

Así hasta una y otra, y otra, de las manifestaciones que hacen Cultura, ese concepto que no interesa a los que mandan, porque nos hace sentir fuera de ellos, libres, y sin dar mucha importancia a sus luchas, mandatos e imposiciones. 

Continuará …

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 5 de marzo de 2024.



19 de febrero de 2024

LA REAL ACADEMIA DE LA LENGUA

 


Este maravilloso organismo lo imagino como un lugar con poca luz, lleno de estanterías de madera oscura y poblada de increíbles volúmenes de libros encuadernados en piel, que contienen los textos más adorables de la literatura mundial, los tesoros mejor guardados por los coleccionistas más avezados que, en contra de su voluntad y después de muertos, han encontrado en ese lugar el depósito de sus desvelos en vida.

Imagino a los sabios académicos transitando entre anaqueles, hablando en voz baja, leyendo bajo la luz de lámparas de luz tenue y tomando decisiones atrevidas con respecto al tesoro más valioso que tenemos los cientos de millones de personas que hablamos español.

He creído siempre que con conocimientos de literatura, lingüística, ortografía, biblioteconomía y especialidades afines eran capaces de afrontar la avalancha de palabras que se precipitan sobre nuestro acervo. Con emoción he visto la incorporación de Asunción Gómez Pérez como experta en inteligencia artificial y luchando a brazo partido para que el español forme parte fundamental de la comunidad científica internacional, de lo que se puede deducir que, a pesar del aspecto imaginado por mí, la Real Academia se mueve y está viva como siempre, y cada día un poco más joven.

Ahora me pregunto: ¿hay psiquiatras entre los académicos?, ¿hay psicólogos?, ¿hay intérpretes de lo que se quiere decir?

Me vuelve loca intentar saber cómo nos van a explicar el nuevo sentido de mentira por cambio de opinión, cómo me van a contar que ahora el arrebato independentista con violencia manifiesta no es punible, qué me van a decir ahora de los nuevos artículos que preceden a los géneros, cómo es la explicación que van a implementar acerca del perdón incomprensible para todos y qué palabra va a sustituir a la de amnistía, quién se va a encargar de las nuevas definiciones de zorra como calificativo, y no como denominación de especie animal, cómo vamos a ser capaces de entender a los académicos cuando intenten explicarnos los nuevos modos de manifestaciones íntimas, ahora que la intimidad como actitud y palabra ha desaparecido.

Nuestros académicos son lúcidos, tienden a la conversación permanente, se respetan, discuten para aprender del otro o recoger en sus escritos personales los chistes que el contrincante le relata, se echan de menos cuando uno desaparece por razones de edad, elaboran maravillosas ceremonias para recibir a los nuevos, trabajan sin cesar en diccionarios más que voluminosos e incorporan palabra tras palabra, y por miles, las nuevas expresiones emanadas de cualquier fuente del lenguaje. No se quejan mucho, piden dinero para sus funciones con mesura, se buscan las habichuelas reclamando financiación externa para no molestar demasiado, y dan esplendor a ese gran tesoro que pulen con un amor de gobernanta de la plata de palacio.

No quisiera pensar que se pueden volver locos, que esa enfermedad, ahora pandémica, de la mente, se adueñe de la de nuestros académicos, porque resulta casi imposible tratar de explicar qué es de lo que nos están hablando, cómo nos lo van a hacer digerir, qué van a poner en el diccionario para que no los tachen de miembros de unos u otros partidos, y cómo van a poder relatar una broma ajena sin le acusen de depredador de algo.

Si les sirve de algo señores académicos, yo les admito y quiero como son. 

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el Diario HOY de Badajoz el 19 de febrero de 2024.


5 de febrero de 2024

MILES

 



A pesar de creer que vivo con los pies en la tierra, a veces me cuesta pensar que mi mundo es real.

Como cualquier ama de casa paso mucho tiempo echando cuentas para llegar hacia donde quiero destinar mis ingresos, que son habas contadas.

Si me centro en esta necesidad o en aquella, o espero unos meses más para poder afrontar lo que se avecina.  Saber los meses en los que se pagan los seguros de todo, que no valen para nada porque está todo en tenguerengue y nunca responden ante cualquier evento, pero si no los pago parece que llamo al mal fario. Afrontar averías imprevistas de coches, electrodomésticos, multas, matrículas infantiles, necesidades ajenas…etc, provoca este conteo de posibles, que son ya un hábito y no resultan molestos, porque son un modo de vida como cualquier otra.

Lo que me crea mucha inquietud es saber cómo se pueden administrar con sensatez esos miles de todo lo que nos rodea. Miles de millones que ganan bancos y no sé muy bien para qué. En teoría esta gente está para prestar al necesitado, pero no, están para miles de miles de millones, con la esperanza en el futuro de los billones. Los miles de millones de las eléctricas, que se embolsan nuestro sudor y se lo reparten entre accionistas siempre descontentos, pero tampoco sé muy bien para qué tanto beneficio propio, si lo ajeno, que es lo que parece que atienden, está desatendido y la mayor parte de las veces violentado (no tienen más que asomarse al paisaje de Trujillo y ver qué es lo que están haciendo con sus miles de millones de servicio público).

¿Para qué dejan ganar a los cruceros esos miles de millones? Están arrasando las playas y las ciudades en la que atracan los barcotes esos llenos de miles y miles de personas que desembarcan a comprar imanes para las neveras de sus casas a miles de millas de distancia.

¿Cómo es posible que no dejen de ganar miles de millones las petroleras? ¿No es cierto que a los que contamos con los dedos el remanente mensual nos obligan a calentarnos con placas solares o estiércol ardiendo? ¿En qué se gastan ellos esos miles de miles de millones que ganan?

Sigo pensando como ama de casa y me pregunto que esa gente de los miles de millones cuántas veces al día come, se baña en agua caliente, duerme en colchones de plumas o se perfuma con aromas exclusivos. Cuando cuestiono estas cosas en voz alta me dicen que soy ilusa y absurda. Que la gente que atesora nunca tiene bastante, que sus almacenes de avaricia son insaciables y el espacio es inagotable, que el tener por tener es su única razón de existir y que el dinero, en cualquiera de las formas que pueda adoptar: lingotes de oro, yates, coches, viviendas, extensiones territoriales, obras de arte, vestimenta absurda, apariencia exótica o vida irracional, es lo único que les hace vivir.

Sigo echando mis cuentas y me niego a aceptar la locura de unos cuantos a cambio de la pobreza que lleva a la muerte por hambre al resto.

Es escandaloso que sigan presumiendo de tener cantidades incomprensibles. Es vergonzoso que lo consideren un éxito en sus pobres vidas. Me producen verdadero rechazo sus apestosos negocios. No quiero formar parte de sus vidas. Aléjense y compren Marte, que está a la venta.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 5 de febrero de 2024.

23 de enero de 2024

DECIDIR

 


Paso quince días anotando temas para escribir esta columna. Cuando llega el momento, la mayoría son tristes, desasosegantes, me incitan a la protesta constante, quiero abandonar, pienso en sacar un vuelo y perderme a ayudar por ahí, o buscar el pueblo en el que pueda entrar con mi coche sin etiqueta y echar una mano en su despoblación… ¡yo qué sé! Todo lo anotado se vuelve inservible en un plazo de tiempo tan corto, que no entiendo el empeño en seguir buscando temas que provoquen la respuesta de los lectores, o que el periódico decida si sigo o me voy.

Si repaso las reacciones de los lectores que alcanzan a ver la columna (no muchos, porque está sometida a restricciones informáticas y soy yo la que la distribuye de forma particular, al haber desaparecido casi los periódicos en papel) siempre reaccionan con cariño inmenso a mis recuerdos familiares, a las apreciaciones viajeras, a los descubrimientos de espacios únicos, o a mi amor inagotable por Trujillo. Ya está. No hay otro tema que toque que incite a la reacción abultada, y hoy, frente a los temas que he ido recopilando me enfrento a la decisión de seleccionar o incluso de borrar todo lo anotado.

No quiero dar mi opinión acerca de Netanyahu porque me detienen. Es mejor no decir cómo se manipula nuestra lengua en beneficio particular. El tema de la desaparición de las instituciones en manos políticas tampoco quiero tocarlo. Hablar de la riqueza exhaustiva y descarada frente a la pobreza más lacerante, es tan evidente que nada aportaría al tema que no fuera mi indignación. Que el engaño se ha instalado en las redes sociales no es motivo de sorpresa. Si me centro en el trato a las mujeres porque sí, sacaría lo peor de mí y no tendría paso lo escrito (lo guardo en mis documentos privados). Si me decanto por la mediocridad de la cultura y lo denostado de los que saben frente a los que medran, más de lo mismo anterior (al cajón de lo privado). Si les cuento de lo que me he enterado por terceros frente a actuaciones o inacciones de gobernantes, no respondería a la ética básica que debe presidir lo que uno escribe: fuentes fiables. Si me rebelo frente al abuso de los que ostentan autoridad mediocre (bancos, eléctricas, petroleras, informáticas … ) y la ponen en marcha frente a los desfavorecidos, me repito.

Tengo la impresión de que los hermanos Grimm dieron con la clave de estas dudas que me invaden. He leído hace nada El abuelo y el nieto y me pareció sorprendente que hubiera sido publicado en aquella época, donde la vejez se alcanzaba con dificultad y no había forma de protestar ante aquella situación puramente biológica. Seguí leyendo El enano saltarín, Raputzín, Las tres hojas de la serpiente, Madre nieve y así hasta terminar el volumen que cayó en mis manos de los cuentos menos populares de los Grimm, y a lo mejor he encontrado el libro de estilo de cómo se puede escribir ahora sin someterte a inquietud, no tener lectores y divertir a los fieles.

Voy a pensar estos días cómo escribo para ustedes y sigo recordando sin parar que el destrozo de la muralla de Trujillo sigue sin freno, en manos de Diamond Foundry, Iberdrola y el Ayuntamiento. A ver qué sale.


8 de enero de 2024

MODERNIDAD

 

Los Reyes Magos me han puesto en mi sitio. Han decidido que soy demasiado analógica, escribo con estilográfica, soy la mejor cliente de Correos Postal de mi pueblo, y llevo reloj con agujas. Uso discos de vinilo, atesoro casetes y bolígrafos Bic para reponer las heridas del magnetófono que tropieza de vez en cuando con tuercas que se aflojan, enredando la cinta donde guardo voces desaparecidas y músicas que nunca fueron populares. Veo televisión sólo en cinco canales porque mi cacharro tiene más de veinticinco años y no deja que me conecte a las plataformas.

Mantengo una buena relación con SS.MM. de Oriente y, conocedores de mis dificultades de adaptación al mundo en el que vivo, han tomado cartas en el asunto.

Me han instalado una televisión, sustituyendo la anterior, que he tenido que quitar cuadros de la pared y mesas de en medio porque no cabía. Eso sí, no hace falta que la toque, porque sólo con hablarle obedece mis órdenes. Veo lo que quiero sin tener que buscar entre más de los cuatro mil canales de los que ahora dispongo (no exagero, se lo aseguro, son más de cuatro mil). De momento sólo le pido de viva voz los cinco que conozco, hasta que dentro de unos años me haga con alguno más de los que el demonio de cacharro tiene en su nube, porque todo está en la nube, aunque viva yo en el pueblo con el cielo más bonito y despejado que nunca he conocido. De verdad que la cosa es espectacular. Los paisanos que transitan por el pantallón parece que van a darme la mano, y me las estoy prometiendo más que felices con los Juegos Olímpicos, de los que no tendré que sacar entradas, porque desde casa les pasaré toallitas y llenaré las cantimploras a los del Maratón.

Tengo la casa sembrada de aparatos de radio. Soy fanática del ruido musical por todas partes, si puede ser ópera o piano, mejor. En la cocina disponía de una radio con cable de tela, a la que tuve que cambiar el enchufe porque ardió, pero seguía funcionando. Tenía sus días. Había veces que no sonaba ni a golpes, otras, perdía el sentido, y la mayor parte de las veces un ruido ajeno a la programación invadía sus emisiones, pero es bonita y me había hecho a ella.

SS. MM. Me la han cambiado por una especie de caja negra de tacto amable, que no ocupa lugar y, de nuevo, atiende a mi voz sin poner pega alguna. Me tiene emocionada, porque el sonido del chisme es limpio, impecable y embriagador. Le pido lo que quiero y me paso el día oyendo la música que me embriaga, hasta el punto de desplazarme a la cocina a trabajar. 

No sé si esto es modernidad, pero la verdad es que me ha hecho la vida más amable, porque veo y oigo las cosas de otra forma (física).

De cualquier modo, no voy a abandonar a Correos, menos aún a la estilográfica, seguiré poniendo vinilos y mis cintas de casete son intocables. 

Poco a poco. Todo de repente no es bueno, pero gracias Majestades por pensar en mí. Es lo que más me ha gustado.


12 de noviembre de 2023

SIN RUMBO

 


A veces la historia se escribe en las piedras que soportan el paso del tiempo. Algunas veces la historia se escribe en piedras que tapan restos humanos, sirven de homenaje, o luchan contra el olvido de los que, bajo el peso de las losas, se resisten a desaparecer, bien por voluntad propia o por la de sus deudos, que consideran la eternidad como algo propio y así deciden que el paso de tiempo lo sea por otros lares, y no por los terrenos de los que entierran.

Los paisajes también forman parte de la historia de las personas que los habitan. Los hay memorables, inolvidables e insustituibles. La mayor parte de estos son inamovibles, o nos lo creemos, porque si hemos contemplado otros que cambian con facilidad, como los desiertos que tienen vida propia, las playas que aparecen y desaparecen a voluntad de las corrientes marinas, los volcanes que entierran lo que antes era vida y los ríos que se abren camino sin contemplación en muchas ocasiones, podemos llegar a pensar que lo que creíamos eterno, no lo es.

La ciudad en la que vivo, Trujillo, tiene un paisaje de esos que se creían inamovibles, inolvidables e insustituibles, y resulta que no es verdad, que ese paisaje va a cambiar y desaparecer, si nadie lo remedia, en manos de la especulación, la voluntad desalmada de unos cuantos que consideran que esa vida generada hace miles de años no tiene importancia, que con su intervención, que dicen de futuro, pueden reventar el pasado, asolar lo protegido y herir de muerte a una población que no les ha hecho nada, que no se ha levantado contra ellos, que no les ha amenazado y que, en todo caso e inocentemente, les ha recibido con los brazos abiertos, creyendo las falacias hábilmente esparcidas con nombres de protagonistas que no lo son, puestos de trabajo que no existen y ríos de leche y cascadas de oro como las de Jauja, la de hace más de quinientos años, que todos creyeron y nadie conoció.

Trujillo va a ser víctima de su propia belleza. Esta ciudad única va a ser violentada por ser bonita, única y cautivadora.

Las manifestaciones de los que detentan el poder son cada vez más confusas. Nadie se atreve a parar la atrocidad, borran de las redes los comentarios que ponen las cartas boca arriba, se reúnen para que la cosa siga como si no les afectara, y culpan a los ciudadanos de una dejadez que nunca han tenido, porque los ciudadanos quieren a su ciudad.

Todo va sin rumbo. En medio de escándalos de todo tipo se refugian los que van a lo suyo, como si no fuera lo de todos. Mientras unos disparan a otros, se insultan sin empacho y nos atemorizan con comentarios de tiempos pasados que nadie quiere rememorar, las torres eléctricas siguen su marcha, nadie las para, y las promesas de rectificar errores, que no se deben cometer para evitar la rectificación, esas promesas sirven de lenitivo para la culpa del que acepta la herencia sin haber leído previamente las deudas del que le ha precedido, dejando en sus  manos la ruinosa fortuna de un paisaje herido de muerte, pero acceder al poder tiene ese problema: ciega y todo vale.

Recapaciten. Trujillo necesita futuro, y es su conservación, no la destrucción.

Matilde Muro Castillo.


Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 13 de noviembre de 2023.

1 de noviembre de 2023

LAS TORRETAS DE TRUJILLO

 



La agresión al patrimonio monumental de Trujillo que está siendo acometida por una supuesta fábrica de diamantes artificiales, programada por la anterior corporación municipal y autorizada sin empacho por la actual corporación, no tiene parangón en los atentados patrimoniales que esta ciudad ha sufrido a manos de los munícipes de turno, que no son pocos.

Esa funesta empresa, que lleva embolsados cientos de millones de euros de nuestros asfixiantes impuestos, ha tenido la desvergüenza de implantar torretas de luz que se genera en placas que arruinan el paisaje desde hace años y no generan otro beneficio para la ciudad que un puesto de trabajo de un vigilante, eso sí, ocupando hectáreas y hectáreas de un paisaje sobrecogedor.

Ahora, a menos de treinta metros de la muralla de Trujillo, perimetrándola, están instalando torretas de energía eléctrica de unos cincuenta metros de alto, dotadas de toda suerte de artilugios colgantes y luminosos. 

Trujillo tiene solo una vida: el turismo. ¿Qué va a ser de nosotros?, ¿qué va a pasar de los nueve mil habitantes que malviven sin transporte, sin comunicaciones de tipo alguno, ni medios de generar empleo?, ¿qué va a ocurrir de nuestras vidas si el turismo deja de venir, nuestro paisaje está destrozado, el peligro acecha a los animales que deambulen por él, los caminos libres hasta hoy se acotan con alambradas y todo empieza a estar prohibido?

¿Quién se va a beneficiar de esos diamantes sintéticos que nadie sabe hacia dónde ni cómo se comercializarán?, ¿dónde radica la bondad de una fábrica que se lleva nuestros impuestos a cambio de nada?, ¿quién leyó en el anterior gobierno los diseños? ¿quién ha autorizado semejante atrocidad? ¿no viene nadie a Trujillo con sentido común a ver qué están haciendo?, ¿la actual corporación no está viendo lo que ocurre e interpone un interdicto de paralización de la obra? A nadie le importa nada excepto a los que desde la época romana viven en este enclave con una portentosa historia que, en muchos casos está justificada sólo por el impresionante paisaje que alberga la ciudad.

Después de tantos años de lucha denodada por mi parte para la conservación de este patrimonio único en el mundo, me encuentro con seres absurdos, incapaces, enfermos del dinero y los vicios que necesitan financiación para mantenerlos, y colocan sus firmas en documentos que, los que engañan con proyectos fallidos y fantasiosos, exhiben como triunfos frente a lo abominable de sus actos, porque  “han pasado todos los trámites administrativos”, es decir, hemos arrasado una población con el visto bueno de sus gobernantes pasados y actuales.

Alguien con sentido común tiene que parar esta atrocidad. Alguien se tiene que hacer eco de este desmán. No hace falta un gran esfuerzo, no tienen nada que investigar, no hay nada que buscar. Párense frente a la muralla de la ciudad, kilómetro 1 de la nacional 521 y miren hacia cualquier lado. Se llevarán las manos a la cabeza, y encima nos dirán a los habitantes de esta ciudad que ¿cómo lo hemos consentido?

Ayuden por favor a que esto se pare, y si ponen pegas de dinero, no se preocupen, los impuestos que pagamos cubren cualquier demasía.

Matilde Muro Castillo

Artículo publicado en el diario H0Y de Badajoz el día 30 de octubre de 2023.


COMPÁRTELO POR FAVOR SI LO CONSIDERAS OPORTUNO. NECESITAMOS AYUDA, MUCHA AYUDA.


22 de octubre de 2023

IR Y VENIR

 


El asunto de los desplazamientos se ha transformado en algo tortuoso. He vivido épocas en las que salías a la calle, cogías tu coche e ibas y venías sin problema hacia donde se te antojara. Aparcabas, dabas la vuelta a la manzana, pasabas por las calles más o menos transitadas, y llegabas al lugar sin demasiados problemas.

También he vivido momentos en los que llegaba al aeropuerto, cogía mi vuelo enseñando exclusivamente el pasaporte y la tarjeta de embarque y me acomodaba en el asiento a esperar las horas necesarias para que el trayecto tocara a su fin. Recogía mi maleta al llegar y de nuevo me transportaba en una ciudad ajena a mi residencia con un transporte público que sólo demandaba el importe de la carrera, sin más actos inquisitoriales.

He viajado en tren algunas veces (pocas). Era muy pequeña cuando mis padres me encargaban al revisor del famoso Ruta de la Plata para que un amigo dentista me viera en León. Iba contenta y protegida, y volvía llorando porque los aparatos de los dientes me apretaban, y el revisor del tren me consolaba hasta que mi madre me recogía en la estación, y sólo con verla el dolor se pasaba. Nada de peligro ni intranquilidad.

He montado en barco y me parece peligroso. Pero se trata de una apreciación personal, no que los barcos infieran peligro por ser barco, sino porque la inmensidad del océano me acobarda, aunque el servicio que en su momento me han prestado ha sido amable, generoso y hasta sonriente. Hace muchísimos años que no he vuelto a flotar en manos de otros.

Ahora estos recuerdos son eso: recuerdos. Ir y venir es una tortura. Los coches no pueden caminar con libertad por los lugares que se pretenda. No gustan los coches a los que mandan, y pretenden que vayamos todos transportados por corrientes eléctricas que no funcionan. No digamos ya si se quiere ir en un vehículo de edad avanzada: no salgas de casa porque te asan a multas, insultos y vejaciones hasta por escrito desde los organismos responsables del ramo. Ahora los coches se diseñan “para emocionar” porque nadie los quiere. El que pretenda comprar uno ha de embargarse de por vida, porque el concepto de uso práctico se ha perdido, y pretenden que viajemos con un lujo imposible de sufragar.

Lo del tren es para nota. Aunque no lo haya en Extremadura, las líneas que dicen que funcionan dejan tiradas a miles de personas sin explicación en los momentos cruciales de puentes, vacaciones y aglomeraciones. ¿Para qué queremos tren sólo cuando nadie lo necesita? ¿Por qué han dejado de transportarse mercancías en tren? ¿A qué obedece cerrar líneas por “falta de rentabilidad”? Es caótico.

De los barcos últimamente sólo he sufrido desembarcos de miles de personas al tiempo en puertos conocidos, donde se agotan los imanes de recuerdo, las gorras típicas, los helados de pistacho y dejan las aceras invadidas de basura que ellos mismos generan al no conocer el lugar y no identificar las papeleras.

Dejo a su libre albedrío el comentario sobre los aeropuertos, compañías aéreas y trato vejatorio hacia los viajeros, considerados delincuentes terroristas en potencia por el hecho de tener un billete de vuelo.

Viajo poco, pero me parece que cada vez voy a viajar menos.

Matilde Muro Castillo



Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el lunes 16 de octubre de 2023.

Foto de la aldaba: IMC.


3 de octubre de 2023

LAS COSTURAS

 





Como he sido la mayor de mis hermanos, la ropa siempre me estaba bien. Ellos eran los que heredaban mis cosas, con mucha dificultad es verdad, porque siempre he sido gorda y grande y ellos no alcanzaban fácilmente mis tallas, y la modista y mi madre hacían verdaderos artes malabares con las prendas que se me quedaban pequeñas enseguida.
La situación en la que nos encontramos hoy en España es como la de la ropa heredada. Nos someten de forma incesante a conceptos, formas y comportamientos a los que no estamos acostumbrados. La ropa se nos queda pequeña para tanto como nos hacen tragar y pretenden que entendamos como normal, que no digo yo que no lo sea, pero cuesta aceptar.
Estamos pasando a una velocidad arriesgada de situaciones en las que, por arrojar la basura a una hora que no es la correcta te ponen una multa de seiscientos euros sin rechistar, y tenemos que hacer la vista gorda a delitos tipificados de toda la vida en el código penal y que acarrean penas de cárcel de duración insoportable. No digo yo que no haya que ir cambiando las cosas, pero con esa violencia, sin explicaciones, todo en medio de secretismos, pidiendo silencio a la prensa (que es como pedir a las monjas de clausura que no recen), creo que las costuras de nuestros pareceres estallan y el traje se nos está quedando pequeño para tanto como hemos de recibir, digerir y engordar.
Las malas formas, los desplantes, las acusaciones intercambiadas entre los que se supone que nos representan, nos hacen mirar hacia el uniforme que cada uno hemos adoptado en nuestra vida y no coincide con los principios que al parecer defienden en nuestro nombre. Miramos asombrados a lo que ocurre sin recibir explicación alguna, sólo la suposiciones y profecías de los miembros de la prensa que están locos ante el desatino general, y degluten sin cesar comentarios y actitudes que no pueden dar por buenas, porque todo lo que afecta al bien común es motivo de silencio y secreto, pero los informadores no pueden permanecer callados porque pierden el puesto de trabajo, y entonces aventuran y comentan cosas que imaginan. Nosotros las recibimos como si fueran verdad y seguimos devorando algo que nos haga estar un poco más tranquilos, porque el panorama de frenazo en seco de cualquier actividad que merezca la vida de los ciudadanos estupefactos es aterrador.
Plazos y más plazos. Silencios rotos por disparates de unos que son tan pocos que no deberían ni hablar, pero que condicionan el ideario común, nos pretenden quitar lo de siempre y nos amenazan con barbaridades que, si optamos por aceptarlas, nos van a reventar las costuras hasta de las entretelas, porque son inagotables en sus pretensiones de vivir a costa de los demás sin ofrecer nada a cambio.
En mi casa el que quería algo tenía que ganárselo. Había negociación, por supuesto. La imposición férrea dejó de funcionar y se conversaba públicamente sin parar para evitar repetir las cosas, porque éramos muchos, pero todos cedíamos, hasta que las costuras dejaron de estallar porque nos hicimos mayores, sensatos y dialogantes, a fuerza de heredar lo que otros habían usado y no les había ido tan mal. 

Matilde Muro Castillo
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 2 de octubre de 2023.


21 de septiembre de 2023

INSACIABLES

 




INSACIABLES

Hace unos días, en una ciudad más grande que en la que vivo, pasé a un banco espectacular, con espacios increíbles, ambiente sereno, más o menos bullicioso por las personas que esperaban ser atendidos, pero con un aspecto impecable de limpieza y orden. Todo señalizado, mensajes para inspirar confianza: “somos tus guardianes”, “te queremos más que a nuestras vidas”, “te orientamos hoy para asegurarte el futuro”, “somos el adalid de la tranquilidad”… en fin, todo sospechoso pero bien disfrazado.
Pido número en una máquina para ser atendida, después de haber respondido a varias preguntas al aparato inánime: ¿es cliente nuestro?, ¿qué operación quiere realizar?, ¿tiene asesor?, ¿es la primera vez que usa nuestro servicio?, ¿desearía ser atendido por teléfono móvil? Indíquenos su número si la respuesta anterior ha sido sí. Respondido el interrogatorio me dan un número para ser atendida personalmente.
Cuarenta y dos minutos de espera después, sentada en unos confortables sillones blanquísimos y de acero helador, sale mi número en una pantalla e inmediatamente el trabajador de turno lo vocea.
¿Qué desea? Pregunta sin mirarme el banquero. 
Cambiar este billete por favor.
Extiende el brazo, coge el billete (sigue sin mirarme) e introduce el papel en una máquina como de plancharlo. Sale el billete a toda velocidad, estira con la uña más larga la esquina de la estampita y vuelve a introducirlo en la plancha, que lo devuelve. Sigue sin mirarme y lo introduce por otra ranura de otro aparato. Sale que se mata el billete y él empieza a teclear con fruición en un ordenador que tiene enfrente.
Sigo esperando a que me mire por si hay alguna duda en la operación, pero nada. Él a lo suyo y mi billete siendo diseccionado con el mayor interés. Leyó con devoción las respuestas a mi número de atención, porque me lo pidió sin mirarme aún, y con un gracioso movimiento vuelve a introducir por una tercera ranura el billete, que vuelve a salir escopeteado de la máquina (y no sé si ya borrado, porque no volví a verlo).
Sin mirarme dice que es una operación que no están obligados a hacer a los no clientes, que cuando necesite volver a cambiar dinero vaya a mi entidad bancaria, que ellos no pueden dedicarse a hacer este tipo de transacciones porque son una empresa privada y no pública, y que me hace el cambio porque había visto que llevaba esperando más de cuarenta minutos, y en las normas de la empresa (que él ya había tratado de corregir), no aparece este aviso a los usuarios ajenos. Me advirtió, amenazante, de que no iba a volver a hacerme cambio alguno.
No sé si, conociéndome yo, tenía el sistema nervioso bloqueado por la espera, por su estupidez, por el abuso, o el ambiente “kafkiano siglo XXI” de lo que estaba ocurriendo. Se me habían pasado muchísimas cosas por la cabeza. Empecé a pensar que no era real lo ocurrido, que el billete estaba envenenado, que ese sujeto tenía una enajenación mental, que yo podría sufrir un ataque y era mejor retirarme. Ahí estuve lista: me marché para contárselo a ustedes.
El billete era de 50 euros, y el cambio que me dio fueron dos billetes de veinte y uno de diez. No me atreví ni a contarlos en su presencia.
No me cobraron nada, es verdad, pero ahora los bancos, insaciables en su avaricia, quieren quedarse con nuestra vida, mente, y paciencia. Son lo más peligroso que nos rodea.

Matilde Muro Castillo
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 18 de septiembre de 2023.


6 de septiembre de 2023

LAS OTRAS COSAS

 

Desde primeros de mayo de 2023 el país está paralizado. Como había elecciones municipales y autonómicas, se decidió detener las ejecuciones presupuestarias que a los funcionarios les pareció bien, con la anuencia de los secretarios generales correspondientes, servicios jurídicos, interventores, y redactores de normas que sólo conducen al enredo, la desesperación del contribuyente y la angustia de una sociedad que, en silencio, tiene las almorranas sangrantes, los sueños perdidos, las manos les tiemblan y no saben cómo sobrevivir.

Hay una sociedad civil que da lustre a los políticos de turno. Asociaciones culturales, musicales, folclóricas, gastronómicas, religiosas, cofradías, cuidados de personas con disfunciones, enfermos de ELA, enfermos terminales de cáncer, enfermedades raras, deportistas de todos los niveles, amas de casa, bancos de alimentos… una interminable lista de personas que acumulan miles de estados de desesperación porque la administración descansa mientras deciden qué hacen con los dineros prometidos, aprobados, y reconocidos incluso en los presupuestos en vigor, pero que han decidido no ejecutar en nombre de normas elaboradas por quien sospecha que todos son, o han sido, de la condición del que entra de nuevo, o se prorroga en el poder, pero con nuevas ideas y otros socios que imponen nuevas formas de gobernar para amargar la vida a esa sociedad silenciosa, sin la que ellos no serían nada.

Todos los miembros de asociaciones sin ánimo de lucro pasan días de pasión incomprendida, porque si llaman a preguntar no hay respuesta, o la contestación es tan amarga que hasta llegan a decir que lo dejen, que si no ganan nada con formar parte de esas asociaciones, lo dejen y se dediquen a otra cosa. 

Han pasado más de tres meses desde que se ha parado todo. Las personas que forman y atienden a esos colectivos no suelen tener fortuna personal, porque no recurrirían a las miserias de las administraciones para sobrellevar sus proyectos, y sin embargo siguen tirando de los carros que en muchas ocasiones no les correspondería llevar, pero a los administradores de la cosa pública, que llevan desde mayo sin hacer absolutamente nada, les da lo mismo.

Hay vida detrás de otras cosas que nos nublan la mente, generan comentarios, o cubren las portadas de los periódicos y cualquier otro medio de comunicación, pero no lo parece.

Si supieran (no les importa nada) lo que se ha quedado en el camino pendiente de ejecutar por una firma, lo que se ha quedado en cajones, las vacaciones de personas necesitadas que se han suspendido, las ayudas a colectivos más que necesitados que no se han podido realizar, los actos culturales que ha habido que suspender, las visitas de personas importantes para nuestra región que ha habido que cancelar, los proyectos y programas que ha habido que cerrar hasta que (suponiendo que decidan trabajar) se puedan volver a abrir… llorarían de rabia si es verdad que lo que les importa es la región en la que viven, o de la que han salido para prosperar personalmente.

No hay piedad para la sociedad civil. Hay que ser político buscador de recompensas para vivir bien. Dedicarse a los demás sin ánimo de lucro está mal visto, e incluso puede costarte una condena pública si reclaman lo que se debe.

Empiecen a trabajar por favor. Es septiembre.


22 de agosto de 2023

EL CASINO

 


Nunca he practicado juegos de azar. No me gusta perder, y menos aún contemplar el enfado irracional del que pierde creyéndose tener derecho a lo que él ha pensado sin contemplar las posibles variantes que cualquier juego ofrece.

Las reglas de los juegos de azar dicen que están escritas, pero dependiendo de los lugares, jugadores, idiomas y costumbres, varían a placer del director del evento.

Había creído tener claro el resultado de las elecciones en España del pasado 23 de julio, que los españoles habíamos decidido ser varios, distintos en territorios, lenguas, costumbres y educaciones, pero resulta que se han transformado en un casino en el que se juega al mejor postor, donde se combinan las mejores alianzas, la trampa por la espalda funciona y el enfado del mal perdedor es evidente.

Ahora da miedo ir a votar porque no se sabe qué puede pasar con tu voto que, creo inocentemente, como la mayoría de los españoles, que se emitió tratando de evitar la bronca mayúscula, la negación sistemática, la mala educación, el ninguneo de las instituciones y el abandono de lo que realmente importa a los ciudadanos: que sus cosas se agilicen, que lo que haya de hacerse se haga, que los proyectos no conlleven décadas con cambio en las normas de juego, que donde dije que sí, ahora es que no porque se ha tardado tanto que han cambiado de opinión los nuevos jugadores, han muerto los anteriores gestores o se han jubilado después de cuarenta años de cotización a las alfombras del poder.

Ha recibido más votos un señor que los otros, pero las normas del juego no van por ahí. Hay que saber jugar las cartas con una baraja tan complicada como las del tarot en las que la interpretación es la que emana de la mente del que las maneja. La realidad de las alianzas es evidente, y es lo que las urnas han escrito es claro: hay que gobernar conversando y sin imponer ideas irrefutables, aportando nuevos conceptos de convivencia y escuchando a los pequeños, que no están felices con el lugar que la casa común les ha asignado (aunque sigan viviendo del dinero de los padres y sueñen con emanciparse recibiendo la paga los domingos).

No parece que el panorama sea el que describo: seguiremos igual, escuchando no a todo, recibiendo ideas difíciles de digerir porque el peso del pasado es un lastre de complicada asunción repentina, se seguirá ninguneando a las instituciones porque ahora el que decide quién reparte el juego es un delincuente en fuga, seguiremos escuchando cosas que no entenderemos porque nunca hemos pisado alfombras de tal grosor, donde el ruido se mitiga y poco sale a la luz, aprenderemos nuevas palabras de insulto, emergerán ocurrencias para humillar al contrario, se elevará el tono de voz siempre, darán miedo con amenazas que parece imposible que se lleven a cabo, pero las pondrán en práctica, se cerrarán capítulos presupuestarios, se cerrarán ministerios, se abrirán otros, se olvidarán de casi todos como siempre, porque en medio de ese casino nuevo en el que se ha transformado el Congreso, los trileros mandan.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 21 de agosto de 2023