(Foto aldaba Juan Muro)
El pago mensual de las pensiones se anuncia en la prensa como un drama nacional. El gasto parece inasumible e injustificable. Es como si el gobierno de turno hiciera un favor a los pensionistas mes a mes, dejando caer, a continuación, lo imposible del mantenimiento del sistema y haciendo creer que de forma irremisible se dejarán de abonar, y eso que lo han anunciado sin descanso.
El miedo atenaza y doblega. Condiciona los votos y somete a la audiencia a la voluntad de los mensajeros, y el número de pensionistas crece, con lo que la posibilidad de seguir sentado en el sillón de mando, es directamente proporcional al pago de las pensiones.
No sé si el sistema está fallando, revienta por los costados, es inasumible o hay que hacer lo que no se hace. Lo que sí observo es que las pensiones mantienen vivo este país. Los pensionistas gastan en los demás, recogen a los nietos del colegio, les dan de comer, aportan reiteradas veces el domicilio a los hijos que no despegan, o se estrellan al salir del nido. Mantienen gratuitamente asociaciones que no existirían sin ellos. Son informadores voluntarios en museos, bibliotecas, archivos y pasos de cebra, donde hacen de informadores de los millones de turistas que caminan como pollos sin cabeza en busca de destinos que aparecen en los móviles y no responden a la realidad.
Los pensionistas siguen pagando impuestos como si su vida produjera algo más que inconvenientes a las esferas de poder, como si su productividad fuera asunto de estado y no inconveniente para los presupuestos nacionales, ni amenaza de supervivencia para el resto de los habitantes del país. Mantienen sus vidas, en general, con orden, y disfrutan del tiempo libre que en los momentos de la vida activa no tuvieron.
Las personas que cobran las pensiones, que se han trabajado, mantienen la memoria de lo que fuimos, intentan no enfadarse ante la lentitud incomprensible de las obras públicas, pasean sin miedo por parques abandonados, dan vida a paisajes mortecinos, remueven las tierras de los olivares que en su día produjeron sin descanso, intentan orientar cuando ven podas inmisericordes, o que las talas de los árboles en las ciudades se producen de forma habitual. Pagan las subidas de los precios reduciendo los caprichos que en sus años productivos soñaron con hacer realidad, y alimentan los clubes de lectura, las partidas de ajedrez, las audiciones de música clásica y las imprescindibles agrupaciones de “amigos de…”
Las pensiones pagan una paz social que ningún presupuesto podría cubrir, y esa amenaza constante de su imposibilidad deberán justificarla quienes la profieren, y decir en qué se van a gastar esos millones que tanto les escuecen, qué partidas presupuestarias quieren incrementar en lugar de las pensiones y cómo van a alimentar a la población que vive escasamente, haciendo equilibrios la mayoría de las veces en su día a día, pero con una generosidad fuera de duda, porque además, muchas veces, ahorran para que los bancos se enriquezcan a su costa cada vez más, y los capitostes estén contentos con su cuenta de resultados.
El pago de las pensiones no es un regalo que nadie hace. Si los que mandan no saben administrar el caudal de los que trabajan de forma activa, tienen que apartarse del mando e ir a dar miedo a otro sitio.
Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el periódico HOY dde Badajoz del 19 de enero 2026.


