Foto aldaba Juan Muro.
He leído la obra de Andrés Newman: “Hasta que empieza a brillar”, que es una biografía novelada dedicada a María Moliner con motivo del 125 aniversario de su nacimiento.
A todos les recomiendo que lo hagan, porque es de una belleza increíble, y conocer a María Moliner, no puede resultar más hermoso, revelador y enriquecedor.
Hacer un diccionario durante quince años de su vida, ficha a ficha, haciendo que el español se pueda usar con claridad, resulta inaccesible para quien no sea “La Moliner”. Si además nos referimos a nuestra lengua, en la que el uso habitual es el masculino, la libertad no estaba definida, determinadas expresiones no eran bien entendidas y el miedo de la guerra civil y la posguerra atenazaban su determinación, es una tarea que merece lo que ocurrió: que su diccionario se conociera por su apellido cuando alguien lo compraba: “El Moliner” y así se ha quedado, dejando fuera de conocimiento general el “diccionario de uso del español” que le sugirió Dámaso Alonso, su amigo y editor.
Después de leer este espléndido libro, pienso en ella, qué haría hoy contemplando los sucesos de la lengua que nos rodean. Cómo respiraría de profundo al oír el discurso con el que quieren repartir los dineros igual para todos, pero dándoles a unos más que a otros, y dejando sin nada a unos cuantos. Cómo trasladaría al uso común el párrafo: “la construcción del modelo depende del principio de ordinalidad… pero la respuesta no puede ser binaria, porque Cataluña lo cumple, pero el resto tienen que ponerse de acuerdo, aunque es difícil, ya que el sistema vertical tiende hacia la horizontalidad”, o pretender que entendamos de forma palmaria “me responsabilizo de todo lo que ocurre sin paliativos” y ahí sigo, o “el problema de los inmigrantes es que son pobres”, o lindezas parecidas que no encuentran acomodo en el esfuerzo titánico de esta mujer, que puso a nuestro alcance el idioma con el que nacemos y que se había transformado en un lugar áspero, dedicado al enfrentamiento entre nosotros, sin cintura para las aportaciones nuevas, y obviando, por ejemplo, a las madres como mujeres que tienen o han tenido hijos, en lugar de “hembra que ha parido” del diccionario oficial.
Su lucha constante porque en todos los pueblos hubiera bibliotecas, su trasiego juvenil pueblo a pueblo poniendo orden en los libros, recomendando compras, habilitando espacios y nombrando encargados que le respondían emocionados en informes, o en descripciones de posturas enconadas por los lugares de ubicación de las bibliotecas, cada vez más necesitadas de espacio, no eran sino acicates de esa vocación que se abría paso en medio de experiencias y destinos de la más diversa índole.
En una conferencia a niños en Llanera de las Coronas una niña le preguntó si cuando un libro se cerraba, se borraban las letras. Y puede que ella pensara que sí. Que a veces lo que nos quieren decir no concuerda con lo que escuchamos, con lo que leemos, y menos aún con lo que vemos a nuestro alrededor.
Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 2 de febrero de 2026


