(Foto de aldaba: Juan Muro)
Hoy se ha desatado un insomnio en la infancia que es difícil de combatir. No importa haberlos tenido en la cama hasta las once de la mañana, haber conseguido que estuvieran correteando por el parque sin cesar y comido como nunca. No ha servido de nada que hayan ido a ver un circo instalado a dos kilómetros caminando, que hayan jugado al fútbol y al baloncesto. No ha servido de nada.
Serán las once de la noche y seguirán con los ojos abiertos como platos, nerviosos, duchados, con los pijamas puestos y rebuscando en los armarios como posesos. El corazón se me saldrá del sitio si se acercan al escondite en el que llevo guardando meses tantas ilusiones que, en ocasiones, han servido para cubrir olvidos de cumpleaños o buenas notas, pero no me atreveré, bajo ningún concepto, a mandarlos a la cama con la amenaza de que los Reyes Magos no vienen si no duermen pronto, porque nunca lo han hecho y sospecharían, o me cogen en la mentira, como siempre lo hacen.
El padre ayuda poco. Ha venido roto del circo y del partido de fútbol con los vecinos, y duerme plácidamente en el sofá, sin saber si hay algo que hacer o puede seguir así hasta mañana, aunque es absurdo, porque es un experto montador de arquitecturas y barcos piratas de piezas diminutas que ha conseguido a través de innumerables cartas a Sus Majestades, y esa misión es suya a lo largo de la madrugada, porque las sorpresas o se dan, o uno deja de escribir tanto a los reyes si no ha merecido lo que está pidiendo. Le va a tocar instalar el palacio de Blancanieves y el barco con más piratas que hay en el mar.
De repente, en medio de la cena, sin acabar la tortilla francesa, ni el jamón de york, ni la papilla, empezarán a llorar amargamente y los llevaré a la cama profundamente dormidos, como si hubieran perdido el conocimiento, y empezará mi trasiego de cosas desde el garaje, los armarios, la casa de mi vecina, el coche… papeles de regalo, lazos, copas de coñac manchadas, polvorones mordisqueados y restos de la presencia de los de Oriente entre nosotros, mientras ellos siguen durmiendo con una placidez y felicidad propia de los que sólo tienen deseos maravillosos en la cabeza, la memoria bloqueada por la ilusión y los sueños cumplidos con seguridad.
Despertar al padre no será fácil. Me asegurará que lo monta todo en media hora, que le deje, que haga lo que tenga yo que hacer, porque las cosas estarán a tiempo, dada su manifiesta habilidad y confianza en sí mismo. La insistencia casi nos hará disgustarnos, y menos mal que una cabecita adormilada se asomará al salón, mientras despliego los papeles de envolver, y preguntará: “¿han venido ya?”. Como un resorte mágico su padre irá a acostarlo y abrirá las cajas de las piezas para que, al amanecer, estén las ocurrencias montadas.
Cuando abren las churrerías, ellos se despertarán y nosotros seguiremos recogiendo cosas para la basura. Nos parecerá que ha llegado el ejército a intentar salvarnos del fragor de la emoción y los gritos de lo que, por arte de magia, ha aparecido instalado como si fuera una tienda de juguetes, respondiendo a sus deseos.
Mañana será un día largo, pero ya será otro día.
Matilde Muro Castillo
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 5 de enero de 2026
1 comentario:
Noche de Reyes, noche feliz
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