2 de marzo de 2026

EL PRECIO A PAGAR

 

                                                                                                                                       (Foto de aldaba Juan Muro).               


Hace días que paso muchas horas en casa. Leo, veo la televisión más de lo habitual, repaso periódicos de hace unos meses, ordeno papeles, desordeno lo que lleva años amontonado, descanso de no estar cansada, me someto a un horario que me he impuesto de forma estúpida, y no lo rompo, y rumio sin cesar lo que pasa alrededor, que hasta ahora sólo me había provocado malestar, pero me había acostumbrado a estar incómoda.

Va a hacer cuatro meses que frente a mi casa se hizo un agujero en el pavimento como consecuencia del tránsito de autocares cargados de gente que desembocan en la plaza, camiones que reparten toda clase de comidas y bebidas a los bares, coches que sin cesar llevan a los niños al colegio y los recogen (porque los niños no van a ninguna parte andando), en fin, el tráfico normal del centro de una ciudad.

El ayuntamiento, presto, colocó dos placas de hierro que se bambolean cada vez que alguien subido en un vehículo las pisa. La sinfonía, como pueden imaginar, es brutal. No hay descanso posible, no hay momento del día ni la noche en la que se pueda evitar el tambor de las placas salvajes de hierro golpeando contra el agujero. Nadie hace nada. Los vecinos enfermamos de todo, pero a nadie le importa.

La lluvia ha hundido el tejado de casas aledañas abandonadas hace años. Se comunica porque la fachada, que ha quedado en pie, amenaza con caer hacia la calle con enorme tránsito. La solución municipal ha sido poner una valla y decorarla con cintas de plástico para que nadie pase, pero si cae, mata a alguien porque es por donde el paso de coches, autocares, motos, camiones, furgonetas y demás vehículos motorizados la emprenden para tocar el tambor del socavón tapado con planchas de hierro.

En esta ciudad, cimentada sobre piedra granítica que aflora a la vista de cualquier tanseúnte, se autorizan obras de demolición con maquinarias inapropiadas y ocasionan verdaderas tropelías, grúas que se elevan sobre edificios medievales para acristalarlos, eliminando la necesaria ventilación de los patios interiores, que airean las galerías y sujetan los armazones de maderas centenarias. Se pasan los meses y nadie limpia las callejas; se podan los árboles con saña y usan máquinas para hacer setos; el olor a orines del fin de semana resulta lo habitual; el ruido incontrolado está autorizado; se celebran toros en la plaza mayor teniendo una plaza construida para la celebración que ha sido declarada bien de interés cultural no hace mucho tiempo, y esa plaza de toros se abandona a su suerte, o en ella se celebran encuentros de comida.  

Las vías de la ciudad están llenas de baches monumentales. Si les da por cambiar una conducción de agua de una calle, arruinan a los negocios allí establecidos por la tardanza en la ejecución…

No quiero seguir. No me da más de sí la columna. 

Este es el precio que estamos pagando, lo caro que cuesta vivir cuando los que nos manejan no tienen ilusión, no les importan sus ciudades, y menos aún los ciudadanos.

Matilde Muro Castillo.

(Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 2 de marzo de 2026)