30 de marzo de 2026

ESTOS DÍAS

 


Cuando llegaba la Semana Santa, mi madre siempre nos contaba que en su casa en estas fechas se hacía el silencio más aterrador. Mi abuelo Alberto ordenaba recogimiento, oración, disciplina y buen hacer durante la semana, amargando la vida a los habitantes de la casa que, capitaneados por mi abuela, llevaban una vida habitual más ligera de la que ahora se proponía. La tertulia semanal de mi abuela, en la que en ocasiones participaba Cansinos Asens, porque era vecino del inmueble, se suspendía, para disgusto de doña Felipa, el general Casquet, la hermana de Cansinos, Pilar, la amiga de mi abuela doña Marina, el tío Nemesio, la amiga de todos, Josefina, que era la que organizaba la partida de cartas en la que se manejaban monedas de cartón de Amadeo de Saboya por importe de un duro la unidad, y la fiel María, que mantenía el brasero vivo y las tazas de café llenas. Era Semana Santa y aquel jolgorio se cerraba a cal y canto.
El tiempo pasa y esa rigurosidad en las costumbres no la he vivido. En mi casa nada se imponía, las cosas se sugerían y el que quería ir a las iglesias a pasar miedo en medio de espectáculos sanguinolientos, podía hacerlo. El que quería disfrutar de ver los paños morados cubriendo la imaginería maravillosa que adorna los templos, también podía ir, pero nunca hemos formado parte de cofradías, tamborradas, trompeterío, ni abluciones con aguas santas. Estrenábamos calcetines, o ropa interior en el Domingo de Ramos, pero tampoco sacudíamos palmas en las procesiones. No recuerdo ver a mi madre vestida de mantilla, ni a mi padre de capuchón, y no había nada que resultara obligatorio en esos días, excepto no comer carne desde el primer viernes de Cuaresma hasta el domingo de Resurrección, que se celebraba en casa con una gran comida de pollo relleno de carne picada, ensalada de perdiz y redondo de ternera trufado con bolas de puré de patata fritas, que eran uno de los mejores platos de mi madre.
Nuestro lugar de descanso veraniego estaba lejísimos de la casa habitual. No había medios para emprenderla y desplazar una tribu completa a la playa, aunque en una ocasión, decidieron mis padres viajar en grupo con unos amigos a Portugal aprovechando los días de asueto, y mi padre casi se ahoga a merced de las olas de Nazaret. Se acabó la celebración y donde mejor se está es en casa.
Sigo pensando lo mismo. En casa es el mejor sitio para estar cuando el mundo se vuelve loco y se quieren hacer cosas que nunca han experimentado: ver procesiones de madrugada, soportar tambores que dan pánico, decidir estar en la calle sin casi poder pisar el suelo de la cantidad de gente que te empuja, patinar por las aceras impregnadas de ceras de las velas que, por miles, han desfilado sin saber muy bien para qué, comer torrijas que se pueden hacer todo el año, hacer colas inmensas para devorar buñuelos a precios injustificables, y aparcar en lugares prohibidos por las autoridades que acotan las ciudades para recibir a visitantes, a los que se pasan el año entero llamando a voces, y luego les prohíben bajarse del coche bajo riesgo de multa impagable.
 Feliz Semana Santa a todos.

Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz del 30 de marzo de 2026


17 de marzo de 2026

A VECES PASA

 


Desde que nací tengo la cabeza como una caja de cohetes a punto de explotar. Se me ocurren las cosas más peregrinas, trato de poner en práctica sueños inalcanzables, creo que puedo llegar a todo lo que me propongo, pienso que se entiende la intención de lo que acometo, y confío en que las cosas se solucionan si las sosiegas, las paseas, las rumias durante días y, en ocasiones, las desvelas con la molestia consiguiente.
Esta actividad frenética, amparada por buena salud y gusto por el trabajo, me ha llevado a mal puerto en muchas ocasiones, pero la verdad es que no se puede poner en práctica tanto como me ilusiona sin ayuda, ni una mirada cómplice, aunque a empujones, sospechas infundadas, malos modos e incredulidad de quienes me escucharon, algunas cosas han salido bien, pero muchas siguen en el cajón y ¡vaya usted a saber el destino que les espera!, pero de repente, hace años, asomaron en mi vida Emilio Vázquez y Emilio Jiménez, los dos desde la Fundación Caja Badajoz, y la cosa cambió.
Cuando presentaba algún proyecto, les sugerí que se hicieran cargo de mi colección de fotografías antiguas de Extremadura, que ampararan a la Unión de Bibliófilos Extremeños… que soñaran conmigo en definitiva, ocurrió eso que a veces pasa porque la suerte se alió en mi vida con el lío. Perdí la certeza de que no podía hacer nada. Por mucho que inventara, se me escuchaba, me decían con sus gestos y actos que me querían, me respetaban las ideas y las engrandecían con exposiciones, catálogos, publicaciones, ayudas económicas a la Unión de Bibliófilos Extremeños y ante cualquier sugerencia, se tomaba nota, sin cerrar la puerta jamás. Mimaron exposiciones, recorrieron a mi lado los lugares por los que conferenciantes, fotografías, libros y exhibiciones viajaron, acompañaron a los invitados para que se sintieran en casa, establecieron fuertes lazos de complicidad con los amigos que empezaron a ser comunes. Hicimos de las sobremesas charlas y risas inagotables, campeonatos de anécdotas, intercambios de recuerdos alojados en la memoria del tiempo vivido por cada uno, y compartimos la preocupación profunda de la enfermedad, el cansancio, la desazón de la falta de escucha en otros lares, los miedos de esta tierra a ser algo especial (que lo es y no nos lo creemos) y la desconfianza generalizada a la hora de acometer cosas insólitas, porque lo cainita forma parte de la genética del territorio nacional.
Mis amigos “Los Emilios” han decidido vivir su vida y descansar prescindiendo de agendas, compromisos, discursos diarios, presentaciones de exposiciones, conciertos, conferencias, congresos, inauguraciones de salas reformadas, direcciones de residencias estudiantiles, control de cuentas, firmas de acuerdos, excursiones de semanas, y el teléfono sin parar. Han decidido vivir la vida desde la vida, y pasar a un segundo plano, pero los que presumimos de su amistad no tenemos más remedio que darles las gracias por tanto como han hecho, tanto como nos quieren, la entrega sin límites a una causa como esa Fundación “de la gente”, lema con el que han cumplido sin ambages, y que hayan decidido seguir paseando por Badajoz muchos años, para evitar el olvido, al que nunca podrán pasar, porque han sido la piedra clave para que el edificio construido no caiga.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 15 de marzo de 2026

2 de marzo de 2026

EL PRECIO A PAGAR

 

                                                                                                                                       (Foto de aldaba Juan Muro).               


Hace días que paso muchas horas en casa. Leo, veo la televisión más de lo habitual, repaso periódicos de hace unos meses, ordeno papeles, desordeno lo que lleva años amontonado, descanso de no estar cansada, me someto a un horario que me he impuesto de forma estúpida, y no lo rompo, y rumio sin cesar lo que pasa alrededor, que hasta ahora sólo me había provocado malestar, pero me había acostumbrado a estar incómoda.

Va a hacer cuatro meses que frente a mi casa se hizo un agujero en el pavimento como consecuencia del tránsito de autocares cargados de gente que desembocan en la plaza, camiones que reparten toda clase de comidas y bebidas a los bares, coches que sin cesar llevan a los niños al colegio y los recogen (porque los niños no van a ninguna parte andando), en fin, el tráfico normal del centro de una ciudad.

El ayuntamiento, presto, colocó dos placas de hierro que se bambolean cada vez que alguien subido en un vehículo las pisa. La sinfonía, como pueden imaginar, es brutal. No hay descanso posible, no hay momento del día ni la noche en la que se pueda evitar el tambor de las placas salvajes de hierro golpeando contra el agujero. Nadie hace nada. Los vecinos enfermamos de todo, pero a nadie le importa.

La lluvia ha hundido el tejado de casas aledañas abandonadas hace años. Se comunica porque la fachada, que ha quedado en pie, amenaza con caer hacia la calle con enorme tránsito. La solución municipal ha sido poner una valla y decorarla con cintas de plástico para que nadie pase, pero si cae, mata a alguien porque es por donde el paso de coches, autocares, motos, camiones, furgonetas y demás vehículos motorizados la emprenden para tocar el tambor del socavón tapado con planchas de hierro.

En esta ciudad, cimentada sobre piedra granítica que aflora a la vista de cualquier tanseúnte, se autorizan obras de demolición con maquinarias inapropiadas y ocasionan verdaderas tropelías, grúas que se elevan sobre edificios medievales para acristalarlos, eliminando la necesaria ventilación de los patios interiores, que airean las galerías y sujetan los armazones de maderas centenarias. Se pasan los meses y nadie limpia las callejas; se podan los árboles con saña y usan máquinas para hacer setos; el olor a orines del fin de semana resulta lo habitual; el ruido incontrolado está autorizado; se celebran toros en la plaza mayor teniendo una plaza construida para la celebración que ha sido declarada bien de interés cultural no hace mucho tiempo, y esa plaza de toros se abandona a su suerte, o en ella se celebran encuentros de comida.  

Las vías de la ciudad están llenas de baches monumentales. Si les da por cambiar una conducción de agua de una calle, arruinan a los negocios allí establecidos por la tardanza en la ejecución…

No quiero seguir. No me da más de sí la columna. 

Este es el precio que estamos pagando, lo caro que cuesta vivir cuando los que nos manejan no tienen ilusión, no les importan sus ciudades, y menos aún los ciudadanos.

Matilde Muro Castillo.

(Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 2 de marzo de 2026)