19 de enero de 2026

LAS PENSIONES

 

                                                                                                                (Foto aldaba Juan Muro)


El pago mensual de las pensiones se anuncia en la prensa como un drama nacional. El gasto parece inasumible e injustificable. Es como si el gobierno de turno hiciera un favor a los pensionistas mes a mes, dejando caer, a continuación, lo imposible del mantenimiento del sistema y haciendo creer que de forma irremisible se dejarán de abonar, y eso que lo han anunciado sin descanso.

El miedo atenaza y doblega. Condiciona los votos y somete a la audiencia a la voluntad de los mensajeros, y el número de pensionistas crece, con lo que la posibilidad de seguir sentado en el sillón de mando, es directamente proporcional al pago de las pensiones.

No sé si el sistema está fallando, revienta por los costados, es inasumible o hay que hacer lo que no se hace. Lo que sí observo es que las pensiones mantienen vivo este país. Los pensionistas gastan en los demás, recogen a los nietos del colegio, les dan de comer, aportan reiteradas veces el domicilio a los hijos que no despegan, o se estrellan al salir del nido. Mantienen gratuitamente asociaciones que no existirían sin ellos. Son informadores voluntarios en museos, bibliotecas, archivos y pasos de cebra, donde hacen de informadores de los millones de turistas que caminan como pollos sin cabeza en busca de destinos que aparecen en los móviles y no responden a la realidad.

Los pensionistas siguen pagando impuestos como si su vida produjera algo más que inconvenientes a las esferas de poder, como si su productividad fuera asunto de estado y no inconveniente para los presupuestos nacionales, ni amenaza de supervivencia para el resto de los habitantes del país. Mantienen sus vidas, en general, con orden, y disfrutan del tiempo libre que en los momentos de la vida activa no tuvieron.

Las personas que cobran las pensiones, que se han trabajado, mantienen la memoria de lo que fuimos, intentan no enfadarse ante la lentitud incomprensible de las obras públicas, pasean sin miedo por parques abandonados, dan vida a paisajes mortecinos, remueven las tierras de los olivares que en su día produjeron sin descanso, intentan orientar cuando ven podas inmisericordes, o que las talas de los árboles en las ciudades se producen de forma habitual. Pagan las subidas de los precios reduciendo los caprichos que en sus años productivos soñaron con hacer realidad, y alimentan los clubes de lectura, las partidas de ajedrez, las audiciones de música clásica y las imprescindibles agrupaciones de “amigos de…” 

Las pensiones pagan una paz social que ningún presupuesto podría cubrir, y esa amenaza constante de su imposibilidad deberán justificarla quienes la profieren, y decir en qué se van a gastar esos millones que tanto les escuecen, qué partidas presupuestarias quieren incrementar en lugar de las pensiones y cómo van a alimentar a la población que vive escasamente, haciendo equilibrios la mayoría de las veces en su día a día, pero con una generosidad fuera de duda, porque además, muchas veces, ahorran para que los bancos se enriquezcan a su costa cada vez más, y los capitostes estén contentos con su cuenta de resultados.

El pago de las pensiones no es un regalo que nadie hace. Si los que mandan no saben administrar el caudal de los que trabajan de forma activa, tienen que apartarse del mando e ir a dar miedo a otro sitio.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el periódico HOY dde Badajoz del 19 de enero 2026.



5 de enero de 2026

ESTA NOCHE

 

                                                                                                                                                                                                        (Foto de aldaba: Juan Muro)

Hoy se ha desatado un insomnio en la infancia que es difícil de combatir. No importa haberlos tenido en la cama hasta las once de la mañana, haber conseguido que estuvieran correteando por el parque sin cesar y comido como nunca. No ha servido de nada que hayan ido a ver un circo instalado a dos kilómetros caminando, que hayan jugado al fútbol y al baloncesto. No ha servido de nada.

Serán las once de la noche y seguirán con los ojos abiertos como platos, nerviosos, duchados, con los pijamas puestos y rebuscando en los armarios como posesos. El corazón se me saldrá del sitio si se acercan al escondite en el que llevo guardando meses tantas ilusiones que, en ocasiones, han servido para cubrir olvidos de cumpleaños o buenas notas, pero no me atreveré, bajo ningún concepto, a mandarlos a la cama con la amenaza de que los Reyes Magos no vienen si no duermen pronto, porque nunca lo han hecho y sospecharían, o me cogen en la mentira, como siempre lo hacen.

El padre ayuda poco. Ha venido roto del circo y del partido de fútbol con los vecinos, y duerme plácidamente en el sofá, sin saber si hay algo que hacer o puede seguir así hasta mañana, aunque es absurdo, porque es un experto montador de arquitecturas y barcos piratas de piezas diminutas que ha conseguido a través de innumerables cartas a Sus Majestades, y esa misión es suya a lo largo de la madrugada, porque las sorpresas o se dan, o uno deja de escribir tanto a los reyes si no ha merecido lo que está pidiendo. Le va a tocar instalar el palacio de Blancanieves y el barco con más piratas que hay en el mar.

De repente, en medio de la cena, sin acabar la tortilla francesa, ni el jamón de york, ni la papilla, empezarán a llorar amargamente y los llevaré a la cama profundamente dormidos, como si hubieran perdido el conocimiento, y empezará mi trasiego de cosas desde el garaje, los armarios, la casa de mi vecina, el coche… papeles de regalo, lazos, copas de coñac manchadas, polvorones mordisqueados y restos de la presencia de los de Oriente entre nosotros, mientras ellos siguen durmiendo con una placidez y felicidad propia de los que sólo tienen deseos maravillosos en la cabeza, la memoria bloqueada por la ilusión y los sueños cumplidos con seguridad.

Despertar al padre no será fácil. Me asegurará que lo monta todo en media hora, que le deje, que haga lo que tenga yo que hacer, porque las cosas estarán a tiempo, dada su manifiesta habilidad y confianza en sí mismo. La insistencia casi nos hará disgustarnos, y menos mal que una cabecita adormilada se asomará al salón, mientras despliego los papeles de envolver, y preguntará: “¿han venido ya?”. Como un resorte mágico su padre irá a acostarlo y abrirá las cajas de las piezas para que, al amanecer, estén las ocurrencias montadas. 

Cuando abren las churrerías, ellos se despertarán y nosotros seguiremos recogiendo cosas para la basura. Nos parecerá que ha llegado el ejército a intentar salvarnos del fragor de la emoción y los gritos de lo que, por arte de magia, ha aparecido instalado como si fuera una tienda de juguetes, respondiendo a sus deseos.

Mañana será un día largo, pero ya será otro día.

Matilde Muro Castillo

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 5 de enero de 2026