18 de febrero de 2026

SE FUE

 




Hace unos días que ha fallecido Robert Royal. Éramos amigos desde hace muchísimos años. Su vida fue la de fotógrafo extraordinario, que vivía en España por amor a este país, y que nos conocía como pocos.

Mi sentimiento ha sido enorme, tanto por inesperado, porque había hablado con él en Navidad y me dijo que vendría a Trujillo a la Feria del Queso, como por la impotencia que me ha propiciado no poder conseguir de nadie de esta región que se hiciera cargo de ese archivo fotográfico inmenso, seleccionado, hermoso y con esa visión del extranjero que nos mira sin sangre caliente ni reproches.

Era guapo, educadísimo, presente con su cámara sin molestar jamás, oportuno, perfecto en la ejecución, exigente, amable cuando el resultado de la imagen no le complacía al sujeto, valiente, generoso y enamorado de las sombras que los edificios nuevos proyectan sobre espacios vacíos de alma.

Bob hizo fotografías emblemáticas de la historia de la transición española, y cuando nos conocimos, estaba haciendo el proyecto “Un día en la vida de España”, y recorrió Extremadura y vivió en Trujillo unos días. La luz de nuestra región le conmovió, y siguió volviendo una y otra vez. Hizo fotografías preciosas, y hoy irrepetibles, de la Extremadura que renacía desde el olvido. Recogió con su cámara las lágrimas de un bebé que acababa de nacer, la risa de los que veían rehecho el puente derrumbado en la guerra de la Independencia, los paisajes que eran alfombras de encinas que no dejaban ver el suelo, las nubes que sujetan el cielo, las piedras que no envejecen, y una sociedad de puertas adentro, que miraba desde los balcones cambios que restañaban y no eran fáciles de aceptar.

Bob había nacido en Alabama. Fue actor en los westerns que se rodaban en Almería, hablaba español perfecto con un acento americano delicioso, y miraba desde su gran altura con una bondad inigualable, y su legado, por el que lucha la Universidad de Extremadura por tener (le ha organizado exposiciones importantes en Cáceres y Badajoz), se ha quedado sin que a él le pudiera dar la alegría de saber que, a alguna institución, fundación, organismo, ayuntamiento, parroquia o lo que sea, le pudiera interesar.

Bob reflejó con sus imágenes amables la transición española, y con ello consiguió que, al publicar sus fotografías en las mejores y más importantes publicaciones internacionales, los observadores exteriores de nuestra aventura democrática, nos miraran con amabilidad, mientras el espíritu cainita español, se dedicaba a fotografiar de otra manera, pero sin salida al exterior.

Robert Royal, mi amigo Bob del alma, se ha ido sin recibir el agradecimiento que merecía. Sin tener el reconocimiento que se había trabajado sin descanso en medio del fragor de la transición. Siempre decía que: “España nunca defrauda” y aunque desde 2014 dejó de hacer reporterismo de calle para publicaciones internacionales, su obra es inmensa y, aunque ha sido estudiada, luchó por conseguir depositarla para su conservación y abrigo hasta el último día en algún lugar de su amada España, sin conseguirlo.

Era un sabio de la luz y el cariño.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 16 de febrero de 2026

2 de febrero de 2026

LAS PALABRAS

 

                                                                                                                                                                                        Foto aldaba Juan Muro.

He leído la obra de Andrés Newman: “Hasta que empieza a brillar”, que es una biografía novelada dedicada a María Moliner con motivo del 125 aniversario de su nacimiento.

A todos les recomiendo que lo hagan, porque es de una belleza increíble, y conocer a María Moliner, no puede resultar más hermoso, revelador y enriquecedor.

Hacer un diccionario durante quince años de su vida, ficha a ficha, haciendo que el español se pueda usar con claridad, resulta inaccesible para quien no sea “La Moliner”. Si además nos referimos a nuestra lengua, en la que el uso habitual es el masculino, la libertad no estaba definida, determinadas expresiones no eran bien entendidas y el miedo de la guerra civil y la posguerra atenazaban su determinación, es una tarea que merece lo que ocurrió: que su diccionario se conociera por su apellido cuando alguien lo compraba: “El Moliner” y así se ha quedado, dejando fuera de conocimiento general el “diccionario de uso del español” que le sugirió Dámaso Alonso, su amigo y editor.

Después de leer este espléndido libro, pienso en ella, qué haría hoy contemplando los sucesos de la lengua que nos rodean. Cómo respiraría de profundo al oír el discurso con el que quieren repartir los dineros igual para todos, pero dándoles a unos más que a otros, y dejando sin nada a unos cuantos. Cómo trasladaría al uso común el párrafo: “la construcción del modelo depende del principio de ordinalidad… pero la respuesta no puede ser binaria, porque Cataluña lo cumple, pero el resto tienen que ponerse de acuerdo, aunque es difícil, ya que el sistema vertical tiende hacia la horizontalidad”, o pretender que entendamos de forma palmaria “me responsabilizo de todo lo que ocurre sin paliativos” y ahí sigo, o “el problema de los inmigrantes es que son pobres”, o lindezas parecidas que no encuentran acomodo en el esfuerzo titánico de esta mujer, que puso a nuestro alcance el idioma con el que nacemos y que se había transformado en un lugar áspero, dedicado al enfrentamiento entre nosotros, sin cintura para las aportaciones nuevas, y obviando, por ejemplo, a las madres como mujeres que tienen o han tenido hijos, en lugar de “hembra que ha parido” del diccionario oficial.

Su lucha constante porque en todos los pueblos hubiera bibliotecas, su trasiego juvenil pueblo a pueblo poniendo orden en los libros, recomendando compras, habilitando espacios y nombrando encargados que le respondían emocionados en informes, o en descripciones de posturas enconadas por los lugares de ubicación de las bibliotecas, cada vez más necesitadas de espacio, no eran sino acicates de esa vocación que se abría paso en medio de experiencias y destinos de la más diversa índole.

En una conferencia a niños en Llanera de las Coronas una niña le preguntó si cuando un libro se cerraba, se borraban las letras. Y puede que ella pensara que sí. Que a veces lo que nos quieren decir no concuerda con lo que escuchamos, con lo que leemos, y menos aún con lo que vemos a nuestro alrededor.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 2 de febrero de 2026