7 de septiembre de 2022

ANTES DE NADA

 


La cabeza es el motor de todo (obviedad casi estúpida al verla escrita), y cuando se me bloquea por emociones, disgustos y obsesiones, empiezo a sentir síntomas de parálisis en las piernas, los brazos y hasta en la digestión, siendo para mí el estómago el órgano del cuerpo más importante.

Soy una experta en saber que las cosas que no me producen alegría y diversión las acometo con enorme dificultad, pero como estoy acostumbrada por razón de la vida a hacer cosas que no me han gustado, me sobrepongo a ello y tiro hacia adelante tratando de encontrar algo que merezca la pena en la tarea que me ata a la silla para no hacerla o dejarla para cuando sea.

¿A qué viene esto?, a que la silla me tira cada vez más. A que me cuesta sobreponerme a los profetas del horror, a que no veo salidas que no sean el encierro eremita en casa y el corte de los suministros básicos para evitar que garras asesinas penetren en mi domicilio con pretensiones demoniacas.

A que los agoreros han hecho el agosto literalmente sembrando el pánico en el ánimo general. A que lo que viene, si es que viene, será el desastre más importante al que nunca nos hemos enfrentado. Que las huellas de la historia de nuestras vidas nada tienen que decir frente a lo que vamos a dejar en manos de seres anodinos, estúpidos, irracionales y malformados socialmente como son nuestros hijos (eso dicen), y que por mucho que nos empeñemos en ser disfrutones, hemos elegido mal el destino y la vocación.

¡Qué barbaridades!, ¡qué desolación!, ¡cuánta angustia!, ¡cuánta equivocación ajena!, ¡cuánta responsabilidad sin saber de qué! La vida se transforma en un espanto del que es mejor salir corriendo, pero sin tener muy claro hacia dónde.

Como camino todo el día entre papeles de hace muchos años, encuentro el sosiego en ellos y cada página que paso recuerdo cómo trabajé para conseguirlo, dónde lo hallé, cómo estaban las cosas entonces, aquel avión que perdí por culpa del jefe de turno que se empeñó en no darme permiso, el autobús que conduje sin saberlo para salvar vidas en manos de un conductor borracho, la travesía del desierto donde el guía me quiso hacer ver espejismos de trenes circulando a gran velocidad entre las dunas, las noches a la orilla del Nilo vigilando el equipaje porque la falupa no llegaba para llevarme al hotel en el centro del río, los días y noches regando mi jardín para que los fuegos artificiales no asolaran los árboles recién plantados, las reuniones con desconocidos averiguando quiénes eran los que aparecían en las fotografías antiguas de la caja de zapatos de turno, los días interminables viendo a mujeres en India acarrear piedras en la cabeza para hacer carreteras, los juegos infantiles, el primer día de playa de mi hija, el paseo por el malecón de La Habana, las entradas a Pompeya pegadas en el cuaderno de viaje, las arrugadas acuarelas en Jaisalmer hechas en un cuaderno de papel cebolla… mientras el mundo a mi alrededor se desmoronaba.

Antes de nada, la felicidad momentánea nos riega la vida. Si luego vienen mal dadas… tendrán que llevarse mis cuadernos para apagarme.

Matilde Muro Castillo

Artículo publicado en el Diario HOY de Badajoz el lunes 5 de septiembre de 2022.


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