Cuando llegaba la Semana Santa, mi madre siempre nos contaba que en su casa en estas fechas se hacía el silencio más aterrador. Mi abuelo Alberto ordenaba recogimiento, oración, disciplina y buen hacer durante la semana, amargando la vida a los habitantes de la casa que, capitaneados por mi abuela, llevaban una vida habitual más ligera de la que ahora se proponía. La tertulia semanal de mi abuela, en la que en ocasiones participaba Cansinos Asens, porque era vecino del inmueble, se suspendía, para disgusto de doña Felipa, el general Casquet, la hermana de Cansinos, Pilar, la amiga de mi abuela doña Marina, el tío Nemesio, la amiga de todos, Josefina, que era la que organizaba la partida de cartas en la que se manejaban monedas de cartón de Amadeo de Saboya por importe de un duro la unidad, y la fiel María, que mantenía el brasero vivo y las tazas de café llenas. Era Semana Santa y aquel jolgorio se cerraba a cal y canto.
El tiempo pasa y esa rigurosidad en las costumbres no la he vivido. En mi casa nada se imponía, las cosas se sugerían y el que quería ir a las iglesias a pasar miedo en medio de espectáculos sanguinolientos, podía hacerlo. El que quería disfrutar de ver los paños morados cubriendo la imaginería maravillosa que adorna los templos, también podía ir, pero nunca hemos formado parte de cofradías, tamborradas, trompeterío, ni abluciones con aguas santas. Estrenábamos calcetines, o ropa interior en el Domingo de Ramos, pero tampoco sacudíamos palmas en las procesiones. No recuerdo ver a mi madre vestida de mantilla, ni a mi padre de capuchón, y no había nada que resultara obligatorio en esos días, excepto no comer carne desde el primer viernes de Cuaresma hasta el domingo de Resurrección, que se celebraba en casa con una gran comida de pollo relleno de carne picada, ensalada de perdiz y redondo de ternera trufado con bolas de puré de patata fritas, que eran uno de los mejores platos de mi madre.
Nuestro lugar de descanso veraniego estaba lejísimos de la casa habitual. No había medios para emprenderla y desplazar una tribu completa a la playa, aunque en una ocasión, decidieron mis padres viajar en grupo con unos amigos a Portugal aprovechando los días de asueto, y mi padre casi se ahoga a merced de las olas de Nazaret. Se acabó la celebración y donde mejor se está es en casa.
Sigo pensando lo mismo. En casa es el mejor sitio para estar cuando el mundo se vuelve loco y se quieren hacer cosas que nunca han experimentado: ver procesiones de madrugada, soportar tambores que dan pánico, decidir estar en la calle sin casi poder pisar el suelo de la cantidad de gente que te empuja, patinar por las aceras impregnadas de ceras de las velas que, por miles, han desfilado sin saber muy bien para qué, comer torrijas que se pueden hacer todo el año, hacer colas inmensas para devorar buñuelos a precios injustificables, y aparcar en lugares prohibidos por las autoridades que acotan las ciudades para recibir a visitantes, a los que se pasan el año entero llamando a voces, y luego les prohíben bajarse del coche bajo riesgo de multa impagable.
Feliz Semana Santa a todos.
Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz del 30 de marzo de 2026
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