Desde que nací tengo la cabeza como una caja de cohetes a punto de explotar. Se me ocurren las cosas más peregrinas, trato de poner en práctica sueños inalcanzables, creo que puedo llegar a todo lo que me propongo, pienso que se entiende la intención de lo que acometo, y confío en que las cosas se solucionan si las sosiegas, las paseas, las rumias durante días y, en ocasiones, las desvelas con la molestia consiguiente.
Esta actividad frenética, amparada por buena salud y gusto por el trabajo, me ha llevado a mal puerto en muchas ocasiones, pero la verdad es que no se puede poner en práctica tanto como me ilusiona sin ayuda, ni una mirada cómplice, aunque a empujones, sospechas infundadas, malos modos e incredulidad de quienes me escucharon, algunas cosas han salido bien, pero muchas siguen en el cajón y ¡vaya usted a saber el destino que les espera!, pero de repente, hace años, asomaron en mi vida Emilio Vázquez y Emilio Jiménez, los dos desde la Fundación Caja Badajoz, y la cosa cambió.
Cuando presentaba algún proyecto, les sugerí que se hicieran cargo de mi colección de fotografías antiguas de Extremadura, que ampararan a la Unión de Bibliófilos Extremeños… que soñaran conmigo en definitiva, ocurrió eso que a veces pasa porque la suerte se alió en mi vida con el lío. Perdí la certeza de que no podía hacer nada. Por mucho que inventara, se me escuchaba, me decían con sus gestos y actos que me querían, me respetaban las ideas y las engrandecían con exposiciones, catálogos, publicaciones, ayudas económicas a la Unión de Bibliófilos Extremeños y ante cualquier sugerencia, se tomaba nota, sin cerrar la puerta jamás. Mimaron exposiciones, recorrieron a mi lado los lugares por los que conferenciantes, fotografías, libros y exhibiciones viajaron, acompañaron a los invitados para que se sintieran en casa, establecieron fuertes lazos de complicidad con los amigos que empezaron a ser comunes. Hicimos de las sobremesas charlas y risas inagotables, campeonatos de anécdotas, intercambios de recuerdos alojados en la memoria del tiempo vivido por cada uno, y compartimos la preocupación profunda de la enfermedad, el cansancio, la desazón de la falta de escucha en otros lares, los miedos de esta tierra a ser algo especial (que lo es y no nos lo creemos) y la desconfianza generalizada a la hora de acometer cosas insólitas, porque lo cainita forma parte de la genética del territorio nacional.
Mis amigos “Los Emilios” han decidido vivir su vida y descansar prescindiendo de agendas, compromisos, discursos diarios, presentaciones de exposiciones, conciertos, conferencias, congresos, inauguraciones de salas reformadas, direcciones de residencias estudiantiles, control de cuentas, firmas de acuerdos, excursiones de semanas, y el teléfono sin parar. Han decidido vivir la vida desde la vida, y pasar a un segundo plano, pero los que presumimos de su amistad no tenemos más remedio que darles las gracias por tanto como han hecho, tanto como nos quieren, la entrega sin límites a una causa como esa Fundación “de la gente”, lema con el que han cumplido sin ambages, y que hayan decidido seguir paseando por Badajoz muchos años, para evitar el olvido, al que nunca podrán pasar, porque han sido la piedra clave para que el edificio construido no caiga.
Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 15 de marzo de 2026

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