17 de febrero de 2025

EL BRUTO

 




Me fascina Mafalda y su pandilla. Adoro entre todos ellos a Manolito, el loco que saca punta a los lápices metiendo los dedos entre la mina y la madera, machaca los clavos con el mango del martillo y desprecia a los que no entiende porque los encuentra sobrepasados.

En mi infancia tenía una pandilla que luchaba siempre contra los brutos del barrio, los que abofeteaban sin piedad, tiraban piedras a los pequeños y nos robaban a manos llenas los tesoros que escondíamos en los descampados, en agujeros más que notorios, cavados con las manos en terregales rojizos que ni el agua ablandaba. 

Esos brutos prosperaron con el paso de los años dedicándose a negocios de poco fuste, siempre presionando, siempre acobardando, sin saber llegar a acuerdos, sin posibilidad de hablar, ni saber muy bien qué es lo que perseguían, además de dinero de oscura procedencia. Cuando me hablaban de sus correrías pensaba que al menos eran fieles a sus principios y, aunque volvieron de La Legión tatuados, patiabiertos, musculados, sin frío en invierno y casi sin pelo, a lo lejos se sabían que daban miedo, porque ellos habían cambiado a la vida, y no al revés.

Pasados los años, y en otros ámbitos de supuesta distinción, los brutos estaban ahí. Delincuentes de guante blanco, extorsionadores, dueños de compañías con miles de empleados sometidos a reglas inaceptables, contratadores de beneficios exclusivamente para ellos, señores que modificaban por su placer los horarios de los aviones, compradores de voluntades femeninas para satisfacer sus bajos instintos, maltratadores físicos e intelectuales cuando detectan que sus parejas les superan en atractivo e inteligencia, negociantes sin piedad con las vidas de los que ni conocen y habitualmente los que dejan a deber el pan en el comercio, la botella de leche en la gasolinera, el periódico en el kiosco o roban una manzana al salir, porque todo lo pequeño, lo que da de comer a los demás, les pertenece, y creen que no deben pagar por ello. Los he conocido y he estado a su lado, y les aseguro que no hablo por hablar.

Las circunstancias que se cruzaron en mi vida, elegidas por mí y sin imposición alguna, me han hecho compartir espacios de trabajo con brutos, emocionalmente incapaces, analfabetos, engreídos y confiados en su poder físico, en la fuerza de su voz a gritos, en los cargos que detentaban, creyendo que mandar en lo gastado es algo honorable y que infunde respeto, algo que confunden con el miedo ajeno o el desprecio del que no les teme. Estos personajes absurdos, tambaleantes en medio de decisiones imposibles, convencidos de que su fuerza es la debilidad de los demás, son esos pobres hombres enfermos de odio y rencor, cuando se enteran de que, los que creen dominados, tienen abierta una cuenta corriente con las mismas condiciones que ellos, aunque el saldo sea distinto. De estos brutos los hay a miles en la administración, la empresa, la política y, en general, el mundo de la burocracia.

Los brutos piensan que van a salvar el mundo, que van a modificar los hábitos, que van a solucionar los problemas, y no saben que el verdadero problema son ellos, y que no los necesitamos para seguir viviendo tranquilos.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 17 de febrero de 2025.


4 de febrero de 2025

LA LOCURA

 


Hace muchísimos años en un mercado de Londres, en Camdem Passage, compré una cabeza de porcelana que tenía dibujado el laberinto del cerebro y acotadas las zonas a través de las que nuestras reacciones físicas y emocionales se manifiestan externamente.

Me pareció un hallazgo, porque no estaba yo muy avezada en los porqués de la razón humana (sigo sin estarlo), pero creí poder entender y aceptar que todo lo que ocurre lo administra el cerebro, y si yo aprendía con esa pieza bella en qué parte de ese cerebro sufría algún daño por mis comportamientos, la cosa se iría aclarando, y acaso, solucionando.

Esa cabeza la conocen todos ustedes. No es nada extraño verla como objeto decorativo de espacios de medicina, tanto la académica como las denominadas prácticas esotéricas, la frenología, o cualquier otro tipo de lugar que busca la curación por métodos más o menos reconocidos. La fábrica de cerámica de La Cartuja de Sevilla hizo un modelo de estos de tamaño natural y de una belleza tremenda, de precio elevado para mis posibilidades, pero que nunca he olvidado, porque aquello sí que era un “piezón”, de esos que nunca borras del pensamiento, que te mantienen avivado el lóbulo de la memoria o el del deseo, que no sabría ahora diagnosticar cuál de los dos.

Yo conservo la británica después de tantos años, y reconozco que últimamente la contemplo con devoción, pretendo memorizar dónde están anclados los mecanismos cerebrales, para poder decir que a tal o cual se le ha secado el lóbulo este o el otro, a la vista de las decisiones que toman, o de la manifiesta incapacidad de sus masas húmedas de color gris de transmitir conocimientos o de recibirlos.

En el maravilloso libro de Rosa Montero El peligro de estar cuerda, se hace un recorrido por la bibliografía que trata de aclarar qué es estar equilibrado, qué papel juega el miedo, dónde nos asimos ante la oscuridad, qué reprochamos al ajeno sin motivo, porqué la culpa propia desaparece de nuestra conciencia con más rapidez que la asunción de la pena propia, qué esperamos de nosotros mismos sin conocernos en profundidad.

 Cómo los sabios que en el mundo hay tratan de responder a esas preguntas que alguien quiso dibujar en una cabeza de cerámica y trazar fronteras entre la memoria y la creatividad, la literatura y el conocimiento, los secretos y el trauma, el ego frente a la amistad, y así hasta decidir que en los lóbulos traseros izquierdos se alojan posiblemente las explicaciones a la evolución desde nuestros ancestros los monos, y que nos queda mucho por aprender. Aquí quería llegar. ¿Cómo es posible que estemos caminando a velocidades inusuales hacia una locura generalizada?, ¿dónde alojo en mi cabeza la razón, la empatía y las ganas de seguir hacia adelante borrando las líneas que son fronteras en el cerebro? ¿De qué ha servido tanto esfuerzo, sacrificio y ganas de paz?, ¿cómo es posible que esta locura nos invada y no hagamos nada?

Vuelvo a mirar la cabeza y en el lóbulo trasero izquierdo, aparece un espacio inmenso que no han sabido rellenar y que han cubierto con una interrogación.

Ahí está la respuesta: no sabemos nada.



Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 3 de febrero de 2025


20 de enero de 2025

CAMBIOS

 



Saben mis lectores de la pasión que siento por las ruinas. Pasear por territorios que en su momento fueron ocupados por seres humanos y ahora están vacíos de habitantes constantes, y son contemplados como algo que fue y ya no es por los turistas, me mantiene viva la duda del ¿por qué?, ¿a qué se debió el abandono?, ¿cómo es posible que salieran corriendo sin dejar rastro?, ¿pensarían volver?... 

    Pasear por las ruinas de Éfeso en Turquía, sentada frente al armazón indescriptible de la biblioteca de Celso; frente a las ruinas del Machu Pichu; los templos del Tell El Amarna en Egipto; los rascacielos de Shibam de Yemen; el desierto del Thar en India; Belchite, Caudilla, Turruncún, estos tres últimos en España… hay tanto abandonado que produce emoción, que no sabría elegir, y de repente me he dado cuenta de que vivo en un lugar abocado a ese destino.

    Vivo en la España vaciada, o la que se está vaciando, que es lo mismo. Vivo en un lugar hermoso como pocos, pero que día a día está siendo abandonado a su suerte, donde la supuesta industrialización futura se ha cebado con el paisaje y pretende arruinar la única forma de vida conocida, que es lo que ampulosamente se denomina como “sector primario”, que no es otra cosa que la agricultura y la ganadería, que hasta ahora es la única actividad conocida para darnos de comer sin distinción de razas, clase social, géneros o religión.

    He empleado gran parte de mi vida en viajar a esos lugares que antes mencioné, a fotografiarlos, a buscar lo que hubo, o imaginarlo. Me he preguntado sin cesar qué provocó el vacío que ahora muestran y resulta que lo tengo ante mis ojos: las poblaciones se mueven en busca de eternidad, de un futuro más o menos cierto, y el paisaje, las costumbres, la belleza de sus monumentos y su historia, les importa poco o nada, frente a la necesidad de no morir de hambre o abandono espiritual.

    España está partida en dos: la llena y la vacía, y no parece que la cosa tenga remedio. La llena reclama comportamientos a la vacía que son imposibles de satisfacer. Quieren los desbordados descansar en el abandono los fines de semana, con los mismos servicios que dejan de lado en su barrio de bares abiertos día y noche, pero sólo dos días a la semana, y mientras tanto, los abandonados deben permanecer en actividad constante esperando las limosnas de los domingueros, comportarse con rapidez de gran ciudad, disponer de parking, atenciones esenciales de primer orden y actitud alegre ante su presencia de ricos que reparten lo que les sobra.

    No es posible seguir viviendo así. La España llena estará cada vez más llena y el abandono se extenderá implacablemente sobre el inmenso territorio sembrado de artefactos que dan luz a otros, calor a los de norte y diamantes sintéticos a los que quieran mandar fotografías desde pueblos abandonados a sus parientes del otro continente, que harán cola para venir a recorrer nuestro patrimonio vacío, y se preguntarán cómo pudo ser que esta belleza inmensa y apabullante que es nuestra tierra, se abandonara.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el día 20 de enero de 2025.

6 de enero de 2025

REYES MAGOS

 


La fecha me ha puesto fácil el tema. Las crónicas del desfile de anoche, y antes, por las calles de nuestros lugares de residencia de las cabalgatas, o las innovaciones aportadas por el miedo a la lluvia excesiva, pueblan las páginas de los periódicos, y todos queremos que sea verdad, que la magia se produzca y, sin saber cómo, los sueños se hagan realidad.

Siempre recordaremos las noches insomnes, los ruidos que escuchábamos cuando los camellos trepaban por las escaleras, el batir de papeles arrugados en la sala de estar, las conversaciones entre SS.MM. para determinar qué le dejaban a quién de entre todo ese lío de cartas que habían recibido. Esos sonidos no se pueden olvidar, porque nos paralizaban en la cama y, aunque siempre había un hermano valiente que se levantaba a tratar de ver qué estaba ocurriendo, cuando volvía al dormitorio lo hacía confuso, y no sabía explicar muy bien qué había pasado en medio de un susto mortal cuando su padre lo recogió del suelo y le dijo: “a la cama, que si sigues despierto los Reyes no vienen”. No entendía nada, porque estaba seguro de que los Reyes estaban ahí y que los había visto, pero sin saber muy bien qué había visto. La ansiedad podía con la vitalidad y caíamos todos rotos hasta el amanecer.

Sigue pasando lo mismo. Las carreras, la búsqueda, los escondrijos, la ilusión, la locura, el descontrol del gasto, el afán de hacer felices a los que aún saben serlo, la bondad de los personajes que aún nadie ha envilecido en las redes sociales (me refiero a SS.MM.) lo suficiente como para hacerlos desaparecer, los vales de devolución, el descubrimiento de saber que me han regalado algo que no yo sabía que necesitaba y que me ha hecho feliz, la cara de emoción del pequeño que mira fijamente al camión de bomberos que enciende las luces si él lo mueve, el abuelo que todo lo ordena y se pasa la mañana plegando los papeles de regalo para no volverlos a utilizar jamás, la adolescente que se ha metido en su habitación con todos los regalos porque ninguno es justo lo que quería y no vuelve a salir hasta la mañana de los cambios, la ocurrencia del que le ha pedido un tambor a los que regalan y se lo han traído… lo normal se repite siglo tras siglo.

De mi infancia recuerdo que SS.MM. trajeron una casita de muñecas para compartir con mis hermanas, un muñeco regordete precioso y vestido como un príncipe, con un biberón que no se agotaba jamás, y unos patines de cuatro ruedas de hierro atados con correas de cuero, que a todos mis hermanos les encantaron y, como teníamos espacio para patinar en el local de debajo de la casa en la que vivíamos, los compartíamos y aprendí a patinar con un solo patín, sin llegar nunca a saber hacerlo con los dos, porque como era la mayor, tenía que dar ejemplo. No recuerdo que me haya humillado tal cosa jamás, porque lo que sí recuerdo es que, aprendiendo a patinar de ese modo, nunca me he caído. Es lo que tiene ser generoso.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 6 de enero de 2025.



23 de diciembre de 2024

NO LLEGAMOS

 


Se acaba el año 2024 y nos pasa a todos en general que, transcurrido este periodo de tiempo de 366 días (ha sido bisiesto), no llegamos a final de mes sin deudas que se acumulan poco a poco.
No es que dejemos la cuenta en números rojos. No se nos puede ocurrir porque nos fusilan al amanecer, pasamos a listas de morosos irredentos y nos persiguen compañías, unas tras otras que se venden nuestras demoras al mejor postor y nos queman el móvil con llamadas de números desconocidos que producen terror. Eso no se puede hacer, no se puede dejar a deber nada a los bancos porque caes en el pozo más profundo que puedas imaginar.
Yo noto que no llego con alegría a final de mes porque cada vez prescindo de más cosas cotidianas, recorto los gastos que eran habituales. Espacio la compra de periódicos, no me permito tantos al día; tengo todas las tarjetas de ahorro de mis supermercados habituales; conduzco a una velocidad inferior para ahorrar dinero en el coche; no tomo tantos cafés fuera de casa y evito adornarlos con complementos de esos que se mojan en la taza; miro los escaparates desde lejos para no caer en la tentación de desarmarlos; he dejado la lotería para siempre y no me planteo salir a celebrar nada que me pueda complicar la vida.
Es verdad que en todo esto tiene mucha culpa la guerra de Ucrania, que es ese país que ha invadido el maldito Putin para arruinarnos la vida, porque yo desconocía esa potencia de Ucrania como proveedor de todo, absolutamente todo lo esencial en España: aceite de oliva, patatas, azúcar, chocolate, huevos, harinas, mantequilla, melones, naranjas… en fin, todo lo que se ha disparatado sin control alguno y que ha sumido a más del ochenta por ciento de la población española en riesgo de pobreza, aunque trabajemos, aunque nos matemos por evitar gastos y sobrevivir… y con esos argumentos sí contemplo que los ricos son cada vez más ricos, que los abandonados de la fortuna son cada vez más, y que los medio supervivientes vamos de cogote y prescindiendo de lo que es esa cosa que, cuando se pierde, resulta que era lo mejor en nuestra vida: aperitivos, cines y cervecitas al anochecer.
Veo yo que se cierran los cines, los bares disminuyen sus horarios de forma alarmante, el comercio de barrio desaparece, los de siempre se van al otro mundo y los que quedan emigran a buscarse algo mejor.
La imagen de este país triunfante y glorioso no la veo. Está todo como cogido con alfileres y los habitantes tratamos de salvarnos de la quema, que no sabemos cuándo será. A lo mejor los de cuentas corrientes boyantes las tienen ahora, además, lustrosas, pero no conozco en detalle ese nivel social.
No sé. Algo pasa que se me escapa. Crecemos más que nadie en Europa, damos trabajo a cientos de miles de personas, la agitación y propaganda de los logros políticos no cesa, pero algo raro hay que no me explico. Esto no tira.
El año próximo, seguiré elucubrando.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 23 de diciembre de 2024.


9 de diciembre de 2024

DESPIDOS

 



Una conocida mía tuvo una empresa de fabricación de sobres de papel con veintitantos empleados. Era rigurosa en los contratos de los trabajadores, porque había sido víctima de trabajos abominables a cambio de poco y a veces de nada, militaba en organizaciones de izquierda porque se creía lo de todos cuando éramos jóvenes. Se casó con un funcionario que aprendió rápidamente lo que suponía ser representante sindical, y ese marido se ganó el apelativo de “el vago”, tuvo con él cuatro hijos en muy poco tiempo y cuando la vida ya no le daba más de sí para atender a los cinco seres que dependían de ella para todo, optó por contratar a una mujer para que le ayudara en las tareas de la casa, y sobre todo mientras se ausentaba a buscar clientes, o a ferias para exhibir su producto.
A la vuelta de una de esas salidas, le preguntó al hijo mediano qué tal habían estado durante esos días, y le contó que el padre no había aparecido, pero no tenía que preocuparse porque Luci había llamado a su novio y habían dormido los dos juntos en la cama de los padres, para que no los echaran de menos. Luci les había enseñado cosas que no sabían, y el novio les había explicado asuntos fascinantes de la anatomía que compartían los hombres de la casa.
Cuando pudo cerrar la boca ante la explicación del hijo, se dirigió a Luci y le dijo sin más: “estás despedida. Recoge tus cosas y vete. Voy a prepararte el finiquito y el dinero de los días de este mes más las vacaciones que no has tenido, y te vas”. La doméstica preguntó: ¿por qué? Y mi amiga le espetó: “No has sabido distinguir entre lo que es sólo tuyo, lo que es sólo mío o lo que puede llegar a ser de todos, si lo discutimos previamente. Has utilizado la confianza en ti depositada de forma indebida con mis hijos. Me has traicionado enseñándoles cosas que sólo a mí me corresponde enseñar, por lo que has suplantado mi papel de madre sin permiso, y visto lo ocurrido, sin capacidad para ello. Te has dedicado a tareas que no están contempladas en el acuerdo al que llegamos cuando te contraté y has abandonado tu puesto de trabajo sin explicación alguna, mientras mis hijos te necesitaban. Es decir, que puedo aplicarte una causa de despido que Instituto Tecnológico de Massachusets (el famoso MIT) alega a los trabajadores infieles, a los que se les provee de todo lo necesario para que investiguen en bien de la colectividad: “uso indebido de los medios proporcionados para los fines perseguidos por usted”.
“No sé quién es Massachusets”, le respondió Lucía, aturdida ante la conversación de la señora, que le extendía un sobre con dinero y un papel que tenía que firmar diciendo que había cogido esa cantidad y que se iba a la calle, y se marchó sin decir adiós.
Digo yo que si esa fórmula de despedir se podría aplicar a los señores y señoras que se sientan en el Congreso y en el Senado españoles. Tendrían que irse a la calle, pero no creo que los quisieran en el MIT.

Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el día 9 de diciembre de 2024.




25 de noviembre de 2024

EL CAMPINO

 


Pasé mi infancia jugando en la calle. Iba al colegio y soñaba con volver a casa para estar en la calle con los amigos del barrio, haciendo cosas hoy casi prohibidas: pegar a los del otro bando, acumular palos y tablas para las hogueras de San Jorge, jugar al fútbol con balones ajenos, sentarnos a hablar de nada en concreto pero sin callar, corretear bordeando la carretera que atravesaba el barrio en dos, y donde una vez un camión arrolló a uno de los amigos que montaba en un patinete de rodamientos y lo mató, andar buscando aventuras y provocar a las madres que se desgañitaban llamándonos cuando era la hora de comer o cenar.
Entre toda esa chusma infantil, que eran mis amigos, había de todo. Los más listos, los más brutos, los pendencieros, las charlatanas, las sabias, las tiernas, los hábiles, los retorcidos, los que más pegaban, las vengativas, las elegantes, las desastrosas, los que no manejaban la cabeza, los que no crecían, las que se hacían mayores sin explicárnoslo, los que incitaban y se escondían, las inocentes que acudían a todo, los amantes de los perros, los que apaleaban gatos, los jefes mentirosos que hacían pandilla aparte y arrastraban a los inocentes, que eran los que cobraban.
Había gente con talento, enamoradizos, creyentes en la verdad. Mentirosos desde que nacían, ilusos, imaginativos, herederos de aventuras paternas que lucían como propias, presumidos de madres bellas como los bizcochos que hacían, o las madalenas que llevaban a diario al horno de la panadería del barrio, que cocía gratis mientras el calor del pan de la noche anterior se diluía. Esas madres lo eran todo porque los padres estaban a lo suyo, que no parecía que era lo de todos, aunque reconocíamos que algunos héroes de los libros que pasábamos de mano en mano se les parecían.
Éramos muchos y el lugar de juegos, “El Campino”, nuestro territorio. En las casas había jardines en los que nadie entraba sin permiso, y los secretos entre unos y otros de ese grupo de personitas corrían como la pólvora.
No nos queríamos entre nosotros especialmente. No éramos amigos del alma por los que dar la vida. Defendíamos nuestras aficiones y a nuestros hermanos con uñas y dientes, pero pensar que nos íbamos a emplear en defender al herido por la pedrada del salvaje de turno, estaba lejos de ser real. Procurábamos apartarnos lo más posible del sangriento, y tratar de justificar nuestra presencia lejos del incidente, cuando el padre del herido aparecía pidiendo explicaciones como un juez con mazo en mano para estrellárselo al que hirió a su vástago.
No sé por qué esto se me ha ocurrido justo después de ver a sus señorías en las Cortes, insultándose todos a una, despreciando el esfuerzo de algunos, queriendo colar sus cosas en medio de la tragedia ajena, pactando maldades para asegurar que podrían robar los palos para la hoguera de San Jorge sin ser trincados y mantenerse en el poder.
Mira tú por dónde, he creído volver a ver “El Campino” cuando contemplé cómo las ratas abandonaron el barco del hemiciclo sin dar explicaciones a la prensa, porque según ellos, el mensajero siempre miente.
La infancia siempre vuelve.

Matilde Muro Castillo

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 25 de noviembre de 2024.


12 de noviembre de 2024

LA DEL 24

 



Ando con pena. Los ojos se me llenan de agua cada vez que veo o escucho una historia de desesperación, de héroes, de colaboración, de angustia, de saber que alguien lo ha perdido TODO.
Ese todo que se repite sin cesar es angustioso, porque he conocido esa sensación en muchas personas, cuando las circunstancias me permitieron estar en lugares de catástrofes. Es algo inimaginable. Pasas el día entero fregando, quitando barro, aliviando agua, cargando sacos, muebles, repartiendo comida y quieres volver a casa, pero… no hay casa, no hay nada, no hay cama, ni calor, ni ropa con la que cambiarte, nada que te pertenezca. Desaparece la intimidad, el sueño es una tortura, la necesidad de permanecer despierto no doblega el cansancio, y creer que el agua vuelve a asomar en cualquier momento por cualquier rincón y sin previo aviso, hace temblar al frío.
Por mucho que nos cuenten que no tienen nada, no se puede imaginar qué es eso para alguien que poseía cosas. Vivimos llenos de objetos aparentemente inútiles, pero que nos acompañan y nos hacen sentir únicos. Tenemos recuerdos infumables de bodas de amigos, los juguetes de las hamburguesas, las zapatillas de estar en casa, los libros que alguien nos firmó en una presentación, herramientas para colgar cuadros, floreros siempre vacíos, espejos que nunca se usan, la panera, el recetario de cocina… y de repente no están. Vacío y soledad, porque esas cosas eran nuestras y nos acompañaban hace minutos. Ahora sólo nos queda la vida insomne y no se sabe si fuerzas para retomarla.
Es verdad que se sale de todo. Es verdad que las vidas se recomponen y las casas se llenan, pero estos momentos son tan largos, tan incomprensibles y difíciles de aceptar que no queda lugar para pensar nada que no sea ¿porqué?
Cuando se inicie la reconstrucción de lo arrasado, recomiendo vivamente leer el artículo que el pasado día 8 de noviembre en este diario ha publicado José Manuel Moreno titulado: Negar el cambio climático.
Apelo al sentido común de los valencianos, que se dicen acostumbrados a las inundaciones. Les insto a que dejen de pensar que esto es cosa de una vez cada cincuenta años, y que “el que venga detrás, que arree”. No es fácil, no es humano, somos animales de costumbres y la tierra tira, pero la vida vale más. Tendrán que reubicarse, buscar lugares alternativos para evitar que la Naturaleza enfurecida por nuestro comportamiento vuelva a sacudirnos. Ya. Es fácil recomendar desde el otro lado de la península, es cómodo sentarse a decir que se tienen que ir, pero es que la Tierra, planeta caprichoso donde los haya, está dando patadas sin cesar a las ocupaciones que no son correctas. Da muestras evidentes de su incomodidad por nuestra presencia, por las talas de los bosques, la pesca masiva de especies, la putrefacción de los mares, el asfaltado de los cauces fluviales, la desaparición de los insectos… estamos jugando con fuego y agua y son dos elementos contra los que nada se puede hacer.
Desde 1237 hay documentadas 11 inundaciones catastróficas en Valencia (lo ha publicado El País el pasado 3 de noviembre). No podemos esperar a que esta del 24 sea una más del calendario terrorífico de muerte y destrucción. Que sea la última es mi deseo.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el día 11 de noviembre de 2024.


28 de octubre de 2024

EVARISTO NAVARRETE

 



Querido Titín:
He ido a ver la exposición que el Museo de Badajoz (MUBA) te ha dedicado. No te iba a gustar el hecho de ver montada una exposición dedicada a tu obra y en la que el comisario Víctor Martín Medina ha diseccionado todo lo que a su paso ha encontrado de tu inmensa obra de ilusión, color y divertimento que has dejado, hace ya ocho años, que son como puñaladas en el corazón de los que tanto te quisimos y ahora te añoramos.
Esta exposición, que todo el mundo debe visitar y conocer, es el reflejo de una vida de lucha, en la que los sueños son lo más importante, para ponerlos de pie frente a un lienzo, y transmitirlos a los demás, como si te hubieras impuesto la misión de no defraudar a los que te rodeaban y hacerlos felices en la contemplación de una obra que, tildada de “naïf”, era mucho más que todo eso. En los huecos del alma, pintados a todo color, asoman de repente personajes que se repiten: el hombre del pelo y barba blancos, la vegetación que se añora, los oficios que se pierden, la exposición de la vida íntima en los balcones llenos de ropas tendidas, las cubiertas de tejas árabes fabricadas y pintadas una a una, y cocidas una a una, y colocadas una a una con la precisión de abejas que tejen panales en los que se cobijan miles de vidas que imaginabas y hubieras querido conocer, sin otra pretensión que aprender de sus bromas, saber si se les podría querer y si se dejaban abrazar, como tú hacías siempre que nos veíamos.
No te apetecía hacer nada que trascendiera más allá de las galerías en las que exponías o de los concursos en los que participabas, y compaginar tu vida de funcionario público con esta pasión por el arte, no era fácil, pero resultó provechosa, hasta que el sueño pudo con la realidad y la producción se incrementó, y mejoró, y creció más allá de nuestras fronteras diminutas de conocedores de ese arte que dicen infantil, pero que nos provoca la atención que todos deseamos despertar en quien nos contempla con el desdén del desconocimiento.
He paseado con detenimiento por las salas del MUBA, me he acercado y alejado de los cuadros que conocía para reconocerlos de nuevo, para emocionarme y querer llamarte para comentar cosas, porque aún guardo tu teléfono en el mío por si tengo que decirte algo, y se me ha hecho corto, pero desde la ensoñación que tu obra produce siempre, no me ha quedado más remedio que volver a la realidad, y pensar que estarías haciendo la Ruta de la Plata a pie, acompañado por Juan, José Ramón y Carmencita y Carmen a ratos, y que sería mejor dejar para otro momento la conversación porque te han ordenado el trabajo, han contabilizado la producción, han repasado tus éxitos, y desmenuzado tus pinceladas, como si fuera fácil saber qué es lo que por esa cabeza maravillosa está pasando.
Cuando vuelvas de la caminata, a lo mejor la exposición la han retirado, pero debes saber que lo merecías, y que a todo el que pase por ella lo has hecho feliz. 
Un abrazo largo, largo.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 28 de octubre de 2024.


15 de octubre de 2024

ENFADADOS

 


No entiendo nada de programaciones electorales, prácticas políticas, maniobras de modificación de comportamientos sociales, manipulaciones de opinión, o cualquier otro sesudo estudio que se dedique a mandar sobre las personas sin que ellas se den cuenta (o al menos eso es lo que se pretende); pero hay un denominador común en todas estas artimañas, que es mantener a todo el mundo enfadado, unos contra otros, otros contra los de más allá y en general bebiendo todos hieles de opiniones que enervan, asociaciones de ideas que inducen a la confusión, manipulación del lenguaje para que no se sepa qué es lo que se está diciendo y, en definitiva, un barrizal del que cuesta trabajo salir, no digo ya sonriendo, sino simplemente serios.
La condición de pueblo enfadado sin remisión, mostrando lo peor que cada uno genera de sí mismo frente al otro, fundamentado en la mentira más descarada (otros llaman a este comportamiento cambio de opinión), no sé en qué universidad o escuela de negocios se estudia y quiénes son los afortunados en la obtención de esos títulos, lo que sí sé es que los efectos que genera son demoledores.
Hace muchísimos años mi amigo Thomas J. Abercrombie, que era fotógrafo en National Geographic, me dijo que venía a España a retratar a las personas por su sonrisa. Imaginen el tiempo que ha pasado. En España se ha dejado de sonreír, pero no porque no seamos ocurrentes, no nos gusten los chistes y las bromas, o porque la abundancia de luz nos haga guiñar los ojos y esbozar una sonrisa falsa, no. No reímos porque lo que contemplamos a nuestro alrededor son broncas, amenazas constantes de catástrofes económicas, invasiones indeseables, fenómenos atmosféricos insalvables, empresas que se hunden, robos que afloran cuando los dineros ya están repartidos, comportamientos escandalosos que nos hunden la creencia en la elección que en su día se hizo de buena voluntad, mentiras sin tapujos para rellenar huecos de papel (ahora de pantallas), y de todo ello nos hacen culpables a los que vamos por la vida de buena fe, buscando un abrazo o queriendo darlo, gestionando lo nuestro y lo ajeno con la mayor fiabilidad, permaneciendo en el puesto de trabajo más horas de las que tiene el día, velando las noches en pos del estudio, viajando a pesar de los impedimentos que la gestión oficial impone, y a veces con ganas de quedarnos en la cama viendo cómo pasan los días a ver si se olvidan de nosotros.
He sido siempre de ocurrencias, bromas, chascarrillos y un buen humor a prueba de bombas. Siempre he visto la parte buena de las cosas, la necesidad de la diferencia, el conocimiento de personas sin prevención, afrontar travesías complicadas de proyectos que nadie quiere, pensando que con buen humor y un poco de fe todo se solventa y sigo pensándolo, pero ponerlo en marcha se hace cada vez más difícil, porque la risa se interpreta como burla, la fe como estupidez, conocer personas como molestia y coger proyectos difíciles como una irresponsabilidad que levanta sospechas porque ¡vete tú a saber qué andas buscando que no sea el beneficio propio!
Ya ven, han conseguido enfadarnos, hacernos sospechosos de nosotros mismos, y los que lo han conseguido, siguen autocomplacidos.
“Cosas veredes, Sancho, que farán fablar las piedras”.

Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 14 de octubre de 2024.






30 de septiembre de 2024

COLORES

 


A muchos de los que me lean no les gustan nada los negros, las personas negras que ocupan la mayor parte del mundo. Tampoco les gustan los de color trigueño, ni los chinos, ni los japoneses, ni los oriundos de Australia, ni nadie que sea diferente a los seres humanos blancos, rubios, de ojos azules y de tez blanquita.
Lo más sensato para su supervivencia sería que se fueran acostumbrando a ver las calles llenas de colores, de personas guapas, estupendas, atléticas, jóvenes y con ganas de reír y de entregar su juventud a nuestro servicio.
Los inmigrantes que llegan a España por tierra, mar y aire son nuestro futuro. Nosotros nos hemos apalominado, nos hemos dormido creyendo que somos superiores a otros, y pensando que sin color la vida la manejábamos con soltura. Pues no. Cerramos escuelas, negocios, abandonamos campos, dejamos a los ancianos morir solos en sus pueblos, no hay trabajadores para fabricar submarinos, no hay personas que nos barran las calles, ni cirujanos, oncólogos, dermatólogos, internistas, oculistas… en los hospitales. No hay nadie en la policía, necesitamos pescadores en el mar, mineros, cocineros, camareros, vendedores de seguros puerta a puerta, mecánicos, informáticos, fabricantes de galletas y distribuidores de pañales. Todo eso que necesitamos lo tenemos encerrado en los centros de acogida de España, mal alimentados, sin formación, sin acreditaciones para poder andar por la calle, sin preguntarles siquiera qué saben o quieren hacer.
Las escuelas que se cierran se podrían mantener abiertas con esos menores detenidos como delincuentes por ser valientes. Los abuelos que se quedan solos se encargarían de darles de comer, de enseñarles a vivir, de decirles que estudien para tener un futuro. Los pueblos tendrían a gente caminando por la calle y los vecinos se resistirían a su presencia hasta que descubran que son iguales, que no existen las razas en la humanidad, que sólo el color de piel nos diferencia.
¿Qué estamos haciendo? ¿Estamos locos? ¿Hasta dónde puede llegar nuestra estupidez? ¿Cómo es posible que mantengamos esa enorme fuente de vida presa y provocándoles la violencia que genera el hambre, la incomprensión y la soledad?
Ya sé que los que mandan dicen que todo es más complicado de lo que el corazón dicta, que poner en práctica medidas sensatas se transforma en “efecto llamada” y, ¿es tan malo llamar a quien quiera trabajar para que lo haga? ¿Es tan malo recibir a quien huye de la guerra, las violaciones, la humillación y la miseria? Claro que el problema es el color de los que vienen. No nos acostumbramos a la mezcla. Nos creemos lo que nos cuentan y no intentamos vivir con ellos, que son lo mejor que nos podría pasar a esta sociedad aburrida, engreída, exigente, maleducada y sin principios que estamos alimentando. Son listos, supervivientes, capaces de dejarse la vida por sus familias, a las que abandonan para mejorarlas con su esfuerzo, sonríen sin cesar, no conocen la tristeza cuando llegan a tierra firme y sólo piden que los quieras.
Tenemos medios, espacios, trabajo a paletadas, campos para trabajar, fábricas que mantener y necesidad de personas que nos cambien la tristeza por generosidad sin límites.
Se tienen que acostumbrar. El futuro va a ser de colores.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el día 10 de septiembre de 2024.


15 de septiembre de 2024

CARTAS



Hace muchísimos años pasé meses recorriendo Siria, y el entonces magnífico museo de Damasco me topé con la tablilla de Ugarit, esa inscripción sobre un hueso que se dice que es el origen de la escritura.
La tarea me llevó de un lugar a otro, a cuál más fascinante para los que desde la infancia hemos perseguido cualquier manifestación escrita, y vi, toqué, fotografié y nunca olvidé la biblioteca de la ciudad Dura Europos, conservada desde el abandono del lugar como si fueran a abrir la puerta la mañana siguiente. Cubiertas del polvo de los siglos, allí estaban alineadas las tablillas de barro con caracteres cuneiformes que el arqueólogo que me las enseñó me describía con una agilidad que parecía fantasiosa. La hilera que abordó recogía las cartas que la reina del momento escribía al rey de otro territorio solicitándole información, amenazando con invadirlo o lamentando el fallecimiento de alguien cercano. Dura Europos fue fundada el año 300 d.C. y convivían más de diez lenguas en medio de calles hoy devoradas por el desierto.
Los romanos escribían cartas sin parar. Los soldados mandaban misivas a las familias en las que les reprochaban que no les contestaran con la debida prontitud, o que no les contaran nada interesante y se limitaran a pedirles cuentas de la soldada que cobraban y que entendían, la familia, que deberían repartir con más generosidad entre los que se quedaban en casa.
He tenido en mis manos cartas que Isabel la Católica envió al Rey Fernando solicitándole ropas que estaban guardadas en los arcones de Burgos, ya que pasaba por Trujillo camino de Granada y quería cambiarse de atuendo.
Carmen Bravo Villasante me dejó ver los originales de las cartas de amor que se cruzaron Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán, antes de que Carmen las hiciera públicas, y fue emocionante contemplar en esas “pasionales” cómo dos genios de nuestra literatura caían rendidos a los sentimientos.
Las cartas que las madrinas de guerra escribían a los soldados en el frente durante la Guerra Civil española son los únicos ejemplos hermosos de los que se puede hablar cuando nos referimos a semejante atrocidad de nuestra historia.
La historia se repite sin cesar y hay elementos de la misma que forman parte de ella porque la estructura de nuestro ser se desmoronaría sin su existencia. Las cartas son uno de esos elementos imprescindibles para intentar comunicarnos, hacer saber cuáles son nuestras pretensiones, tratar de engañarnos con cierta habilidad o pretender hacer llegar sensaciones que, de otra forma, nadie conocería.
Recibí sorprendida la carta de Pedro Sánchez, suficientemente comentada. Úrsula von der Leyen va a escribirnos una carta a todos los europeos para que
 sepamos de qué se trata algo que pretende hacer.
Dicen que Trump ha querido escribir algo a los americanos, pero tenía demasiadas dudas ortográficas.
Putin ha olvidado escribir y sólo se orienta ante el papel en blanco si amenaza, y es probable que quisiera copiar las atroces que Lenin escribió a su pueblo.
Aunque piensen que no están de moda, como dijo Sebag:  “no las abandonen. Sin ellas nuestra vida es pasajera, y menos profunda”.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 16 de septiembre de 2024.


 

2 de septiembre de 2024

NO ENTIENDO

 


Vivo cosas a diario que no entiendo. A lo mejor si lo entiendo, pero me resultan comportamientos extraños que no soy capaz de ajustar a la educación recibida, a los modos que deberían ser habituales, o a lo que se entiende como normalidad en la convivencia cívica.
Por ejemplo, no comprendo cómo las colas en las cajas de los supermercados son el lugar elegido por muchas parejas para meterse mano, besarse como si se fueran a ver por última vez, aprovechar para manosearse los culos recíprocamente, y hacerse mil carantoñas antes de sacar la tarjeta de crédito y dar paso al siguiente en la cola para pagar, como ellos, pero más inquieto ante una incipiente sensación de soledad porque a ese siguiente, nadie le besa ni le mete mano.
No sé qué escozor permanente tienen en los genitales los hombres que, vestidos con pantaloncillos que son para hacer deporte exclusivamente o para bañarse, deciden salir de esa guisa de paseo y sus cositas ocultas se rebelan, se descolocan y pican, y ellos, que han perdido la vergüenza cuando eligieron el modelito, se rascan y acomodan en el hueco de la redecilla sus valiosos atributos en presencia de cualquiera que se cruce en el camino. Me resulta pavoroso, aunque la frecuencia con la que se pronuncia la escena quiera decir que es normal.
Niñatas de trece años les montan a sus madres numeritos escandalosos porque la progenitora se niega a pagarles operaciones de aumento de pecho, las que pagan no quieren que vayan desnudas por la calle enseñando lo que aún no tienen, y quieren que no orinen en cualquier lugar de la vía pública. Es maltrato, dicen las menores, y las mayores se enrocan en sus creencias y bien gusto, aún a riesgo de perder la patria potestad porque al juez de turno aún no le ha caído un hijo semejante. Claro que, si como vecina interviene alguien, le cae la del pulpo en el wahtsapp del colegio.
Jovencitos imberbes disfrazados de futbolistas y rapados como miembros de maras sudamericanas, pasean con botes de bebidas estimulantes ante policías municipales que no pueden hacer nada porque prevenir la violencia que genera su simple presencia no está aún contemplado, hay que esperar a que enseñen la navaja, alguien les haga una fotografía arrojando piedras a un escaparate, o la niña que quiere que le operen las tetas le denuncie por violación.
Todo esto se debe envolver en el apartado de costumbres que han de ser aceptadas y reguladas con leyes que impiden poner nombre a los sujetos, apellido a los padres, motes a los abuelos y reírse de las mascotas, porque hay leyes que protegen la mala educación, el comportamiento soez y el abandono del buen gusto a cambio de escupitajos en los campos de fútbol, gestos ofensivos, insultos irrepetibles y sospechas infundadas que rayan en el delito.
En nombre de todo este desorden, se producen acontecimientos como el que he vivido: en la puerta de mi casa hay un coche abandonado hace más de un año. He querido comunicarlo a la autoridad pertinente, pero me han dicho que ni son autoridad ni pueden hacer nada, porque no tienen acceso a los datos ya que se trata de un objeto privado. No lo entiendo.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el día 2 de septiembre de 2024.


19 de agosto de 2024

EL APARTAMENTO

 

Hace más de treinta años compramos un apartamento en primera línea de playa. Nadie a nuestro alrededor en una quinta planta sin ascensor. Nos despertaba el sol al amanecer y volvíamos a casa de noche viendo cómo la luna se reflejaba en la bahía.

Fijamos el veraneo en ese destino de por vida. Viaje trabajoso, a las siete horas empezaba el olor a humedad que venía desde lejos, y al final de la luz llegábamos al portal y, sin esfuerzo alguno, subíamos las maletas y el resto de la mudanza veraniega. Empezaban treinta días de playa, mar, compras en las tiendas de los alrededores, bajando y subiendo los cinco pisos como si fuera un premio ir y venir de la panadería, carnicería, la lonja del puerto, los olvidos de las cremas para el sol, toallas y más toallas, y cualquier capricho del adulto que mandaba bajo la sombrilla.

El mar se transformaba en nuestro elemento durante un mes. Horas intensas bajo un sol de justicia. No había paseos por la playa. Nos sentábamos a la sombra y allí nos daban las horas mirando cómo los niños entraban y salían del agua, escarbaban en la arena como si no hubiera un mañana, amontonaban piedras, ramas, algas y se codeaban con las medusas de tú a tú sin recibir muchas heridas.

Había días en los que el mar se embravecía relativamente, y los revolcones eran más frecuentes, los pequeños tragaban más agua de lo deseado y nos íbamos a comer temprano: ellos con la tripa llena y nosotros agotados de la lucha con las olas, sin ser especialmente duchos en el tema de la natación y el salvamento infantil, pero ser padres salva cualquier imprevisto a fuerza de juventud, atención impertérrita y ganas.

Fueron pasando los años y alguno de los chicos dejó de venir porque había campamentos, luego amigos, y más tarde enamoramientos que nos dejó solos a los dos al frente del apartamento en el quinto. 

Nos han construido un bloque de quince plantas enfrente y no vemos salir el sol, pero seguimos oliendo a mar. A lo largo de los años la playa ha sido colonizada y son tantas las cosas que se prohíben, que nos alegramos mucho de no ser responsables de los niños, que ya no lo son, porque tendríamos que estudiar en alguna academia antes de enfrentarnos a un mes de libertad como era lo de antes.

Ahora, como los chicos no nos acompañan, no vamos tanto a por comida para guisar: comemos en el bar de siempre el menú diario, pero sí vamos mucho a las tiendas bricolaje. Mi marido era guardia civil y muy hábil con las herramientas y cuando llegamos al apartamento lo primero que hacemos es pintar las ventanas, reponer los toldos que se han podrido, engrasar los anclajes de las puertas de los armarios, cambiar los grifos que se atascan con la cal del agua, y revisar las pastillas antihumedad que se agotan todos los años mucho antes de que volvamos a pasar el mes de vacaciones obligatorias.

No subimos y bajamos las cinco plantas con la misma facilidad y hay que turnarse. Si uno baja el otro está atento a los olvidos y, como manejamos bien el móvil, le recordamos al que se ha ido lo que no va puesto en la lista. Eso sí, un día a la semana nos vamos juntos a pasear por las aceras del puerto, donde han pintado dos carriles para que no choquemos unos contra otros y evitar que nos atropellen los carritos eléctricos de los que tienen dificultades para andar.

Todos los años veraneamos.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 19 de agosto de 2024.


8 de agosto de 2024

LA INTELIGENCIA

 


Ando a golpes con los conceptos de inteligencia artificial. Se me ocurren las cosas más peregrinas para encargarlas como por arte de magia a ese pozo infinito del saber, que parece que es de lo que se trata, manejado por pérfidos maleantes que buscan sólo el fin del mundo (sin ellos dentro, pero sin decir dónde van a parar).
Es muy posible que escribiendo estas líneas me meta en un lío fenomenal, porque no sé nada de este nuevo hallazgo y lo más seguro es que, si alguien me lee, piense para sí mismo que los que llenamos las páginas de los medios nos dedicamos a eso: a llenar páginas sin más, sin razonamiento alguno, y sin conocimiento de lo que nos atrevemos a opinar o a expresar saberes que no poseemos.
He intentado manejar un programa de esos de creación con el que le das una pista y se lanza como loco a contarte cosas, pero no me sirve. El trabajo de limpieza de esa creación no natural es muy grande. Las imprecisiones son terribles, y las confusiones demasiadas como para que pasen desapercibidas. Ese pozo infinito del saber tiene lío. Como el nivel de conocimientos y cultura de los habitantes medios de este planeta no es muy elevado, a la mayoría nos puede servir. Desde luego me ha impresionado cuando, en medio del vacío más absoluto ante la necesidad de afrontar el tema del que les estoy escribiendo, me sugirió que lo hiciera sobre ese mismo método que estaba empleando, y me pareció una presunción, pero lo acepté como reto, apagué el programa y aquí estoy con mis medios y la cabeza loca.
Cuando Alfred Nobel descubrió la dinamita, se aterrorizó ante el uso que empezaba a darse del explosivo por parte de los que lo manejaban, pero no por el invento en sí, que alargó con su uso racional la vida de los trabajadores, ayudó a construir edificios para millones de personas, ayudó en la minería, y aunque se le tachó de “mercader de la muerte”, su intención nunca fue la de matar, sino corregir los efectos de la nitroglicerina líquida que había matado a su hermano pequeño. 
Se me ha ocurrido pensar que este nuevo invento de la inteligencia artificial, que ha generado tanta controversia por la peligrosidad que, se supone, puede generar en el mundo creativo y, sobre todo, en la credibilidad de la realidad que nos circunda manejada por los medios de comunicación y sobre todo por los gobiernos enfrentados a muerte unos con otros, tiene que ser administrado con el mismo cuidado que la dinamita. Sabemos de qué se trata, de la peligrosidad que dicen que supone y de las fuentes de las que se alimenta. El aspecto con el que se presentan los resultados de esta herramienta es burdo de momento. Sí es verdad que compone canciones sin partituras previas, crea personajes que hasta su primera aparición nunca existieron, elabora textos con un simple mandato, se inventa noticias creíbles y propaga falsedades sin empacho, pero no hemos de olvidar que todo esto sale de las fuentes de conocimiento que previamente hemos alimentado entre todos los que nunca pudimos imaginar que con sólo apretar una tecla desnudábamos el alma y regalábamos botecitos de nitroglicerina líquida que, con un pequeño movimiento sin control, nos explota y se lleva la mano que lo sujetaba.
El control es sólo nuestro en origen. No echemos la culpa a nadie. Pensemos qué regalamos y a quién.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 5 de agosto de 2024.




25 de julio de 2024

VERANOS

 



Llevo unos días tomando café a trompicones y en medio del mal humor de mis acompañantes habituales, porque todo anda desbordado.
Han aparecido veraneantes en la ciudad que pasean en medio de un sol insoportable, porque han cortado los árboles como consecuencia de la renovación municipal de las últimas elecciones, y estos inocentes que creen en las fotografías que ven de años anteriores, no encuentran refugio ni pegados a los edificios. Tampoco hay agua en las fuentes y las piedras abrasan. Me dan ganas de abrir la puerta y dejarles que descansen en el portal de mi casa, donde la temperatura no sube de diecinueve grados, pero vete tú a saber cómo se pondrían, y de dónde sacaría las ganas de decirles que se fueran de nuevo al infierno.
Hace muchísimos años los pueblos tenían árboles. Eran acacias que tenían unas flores blancas que nos comíamos en pandilla, o moreras que pelábamos para dar de comer a nuestros gusanos de seda criados en las cajas de zapatos Gorila, sin resultado alguno que no fuera lo del capullo amarillo, que no sabíamos qué hacer con él. Había tierra en la calle. Encontrábamos lombrices y buscábamos sin resultado el grillo cansino que no nos dejaba hablar en voz baja. Las hormigas eran plaga. Imposible dejar la pastilla de chocolate y el pan en el suelo. ¿De dónde salían esos ejércitos organizados que arrastraban el botín de la merienda cono si fuera de ellos? Los perros merodeaban a nuestro alrededor sin amos conocidos y los espantábamos a manotazos, y los animalitos desaparecían con el rabo entre las patas creyendo que les anunciábamos la enésima paliza. Respetábamos las horas de la digestión antes de repetir la entrada en la piscina después de comer. Jugábamos a las cartas sin gana y nos peleábamos por lo más tonto porque el calor no nos dejaba razonar. Eso era el verano infantil cuando había árboles en las calles y nos dejaban campar por los alrededores de las casas, mientras los padres tenían las ventanas abiertas de par en par para localizar la voz de las criaturas y no perderles la pista.
Llegado el verano a estas alturas, mi familia emigraba a tierras más frescas y era la aventura del año, llena de emociones, trabajos y reparaciones en la casa que había estado abandonada todo el invierno, y reencuentros con primos que no nos gustaban, o que se transformaban en amigos íntimos por razón del paso del tiempo. 
En medio de este progreso que nos hemos proporcionado cortando árboles por doquier, y saliendo a la calle porque las casas no reúnen condiciones de habitabilidad, excepto si triplicas el coste del recibo de la luz, el verano se ha transformado en una suerte de emigración masiva sin rumbo, sin conocimiento de dónde vamos a parar, o de las sorpresas con las que nos podemos encontrar, como las colas interminables, la falta de atención en los servicios públicos, el cierre masivo de restaurantes y bares, la falta de previsión ante las avalanchas de personas que piden agua, y no digamos ya si pretendemos que nuestros hijos se mojen en fuentes públicas, sepan qué es una lombriz, vean perros sueltos o distingan una morera de una acacia.
Mucho orden, mucha disciplina y mucho aburrimiento. Yo hace mucho que no veraneo.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el día 22 de julio de 2024.




8 de julio de 2024

SITIOS VACÍOS

 


Durante muchos años, cuando viajaba sin ser sospechosa de nada, como ocurre ahora con cualquier viajero, me daba por recorrer ruinas. Ciudades y lugares abandonados de los que me costaba entender cómo era posible que Palmira hubiera sido sustituida por sus habitantes por el poblacho que está a pocos kilómetros de distancia. Cómo es comprensible que los nuevos habitantes de Mérida hayan enterrado lo que ahora, con un esfuerzo económico inconmesurable, se desentierra. Qué fenómeno del clima hizo abandonar Éfeso. Qué razones poderosas se adueñaron de los habitantes de Cartago, con su puerto de mar y todo, para olvidarlo a su destino … y así hasta hacerme mayor y seguir con la obsesión de los sitios vacíos, pero sin coger aviones ni resultar sospechosa por moverme fuera de las fronteras que me acogen.

Recorro lugares que se han quedado sin habitantes y que nos brindan imágenes brutales de soledad, porque los que ahora visito no tienen esa presencia romana de columnas de caliza labradas, templos a medio caer, foros que aún conservan vegetación, o bibliotecas a las que sólo les faltan los libros, como la de Celso en Éfeso.

Estos nuevos lugares son más cercanos. Me hacen creer que eso será lo que yo deje a mi paso por la vida: iglesias cerradas a cal y canto sin revestimiento interior de ningún tipo. Las riquezas emigraron con los habitantes. (Ya sabemos del afán protector de la iglesia católica con sus propiedades). Casas de puertas de castaño cerradas, con las ventanas abiertas por las que se cuelan las pocas alimañas que se enseñorean por esos territorios. Hay sitios en los que la mesa se ha quedado puesta: platos de porcelana blanca con bordes azules, una jarra de barro llena de telarañas, navajas en el cajón abierto, candados sin llave, leña cortada apilada en la chimenea cubierta de cenizas y carbones y el mismo olor de abandono que todo lo preside, porque estos lugares han perdido el aroma a vida. Sólo la vegetación que prolifera sin orden ni cuidado proporciona un perfume desordenado que no permite identificar a nadie que pudiera haberse demorado en el abandono.

¿Qué ha ocurrido en esos lugares? El progreso es la explicación con la que me encuentro y creo, como en otras ocasiones, que la palabra está siendo mal utilizada. No entiendo que la vida pueda mejorar en medio del tumulto exacerbado de multitudes que no tienen costumbres propias, huelen todos a lo mismo, comen lo que les dan sin más exigencia, deambulan sin saber por dónde, porque han perdido el hábito de caminar y cambian la vida de siempre por el avance económico, la riqueza que quita libertad, el ruido que anula el silencio y la manada, que siempre manda sobre la individualidad.

Es verdad que soy yo la equivocada, que cuando todos huyen hacia lo que entienden que es mejor, sus motivos tendrán. Cuando abandonan los lugares mágicos que luego yo visito, a lo mejor pretenden salvar su vida, o se rinden al mejor postor por espacios que molestan habitados, u obedecen a terribles anuncios de invasiones guerreras que, antes o después, pueden acabar con todo.

En España hay cada vez más lugares visitables que no tienen habitantes. Aquí las razones del abandono son políticas. Es más fácil manejar a la masa que a los lugareños arraigados a la tierra, y si te abandonan, sólo queda mantener el cementerio con las puertas engrasadas, para cuando te llegue la hora.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 8 de julio de 2024.

Fotografía: María Vega de Seoane.





24 de junio de 2024

LOS PLAZOS

 






He leído recientemente que se ha puesto en marcha la ejecución de un proyecto después de veinte años de tramitación. Un proyecto encaminado a mejorar la vida de las personas, a permitir que dos poblaciones se comuniquen casi andando, cuando ahora deben hacerlo con medios mecánicos y más de cincuenta kilómetros de distancia.
Ahora se pone en marcha, lo que imagino que va a retrasar en otros tantos el corte de la cinta, por lo que muchos de los vecinos jamás lo verán hecho realidad, además de los que se maten en la carretera, o mueran en las ambulancias, o no lleguen a tiempo al hospital.
Los plazos son los plazos, argumentan los detentores de la voluntad popular, y se escudan en que no firman porque no se fían de nadie, y que sus antecesores, vete tú a saber dónde dejaron colocadas las minas para que explotaran por si a ellos se les ocurría pisar aquel campo. Los plazos son los plazos, es el mantra que se tatúan en el pensamiento, y descansan mientras los ciudadanos siguen pico y pala pagando sus inseguridades y esperando a que las cosas que dependen de firmas se agilicen.
Cuando leo en las publicaciones oficiales la propuesta de ayudas, subvenciones, colaboraciones o conciertos de todo tipo, para los que hay que contratar a asesores financieros y contables si quieres rellenar la solicitud, pienso en esas pobres gentes que confían y creen que no tienen que anticipar lo que piden y mucho más, porque las ayudas llegarán, o no, pero el gasto hay que hacerlo. Si en medio de los plazos cambian las condiciones, no tienen inconveniente en declarar retroactivas las premisas de concesión y caen esos pobres pedigüeños en faltas que les cuestan multas inmediatas o devoluciones exprés de lo no percibido. Los plazos son así.
Entra una ley en el Congreso de los Diputados. Todos los que presentan la propuesta aplauden y se emocionan por demostrar que han conseguido cientos de miles de firmas para acreditar la necesidad de la ley y, esperanzados, aguardan las sucesivas reuniones de las múltiples comisiones que se constituyen para dar paso al clamor popular. Esperan y esperan. Los enfermos mueren porque sus plazos no coinciden con los de los burócratas y sus intenciones de destinar los fondos de los impuestos a medidas de sanación, no coinciden con las necesidades electorales. El argumento de los plazos es el que funciona, y la calidad de vida pasa a un segundo lugar.
Hay hambre en las clases medias españolas. Dicen las encuestas que un porcentaje elevadísimo de niños no tiene medios para desarrollarse en condiciones, y se argumenta que hay ayudas, pero no llegan. Los plazos de las solicitudes se consumen sin resolución. Los cursos académicos pasan y pasan. Los niños crecen mal y aprenden poco y luego nos insultan en las encuestas de formación porque España no despega. Los plazos. Las ayudas no se han resuelto, los dineros no se han repartido, los niños no comen bien, las clases extraescolares están vacías, la salud se deteriora y no se puede estudiar.
La vida es una sucesión de plazos y se acaban. Llega la muerte y no tiene solución, porque es la única certeza sin plazos.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 24 de junio de 2024.