12 de mayo de 2020

SÍNTOMAS Y DIAGNÓSTICO

         
      Puerta de urgencias de un hospital. Allí entra lo más variopinto de la humanidad, con síntomas en principio de muerte segura, alarmas estrepitosas y carreras que se desvanecen cuando, el recepcionista de turno, le pide la tarjeta sanitaria (aquí nunca se pide la tarjeta de crédito) y le ordena que se siente en la sala de espera hasta que por su nombre le avise la megafonía.
-       ¿la qué?
-       La megafonía
-       ¿Eso qué es? ¿ya me operan?
-       No señora, que le llaman por los altavoces – Pues sí que estamos bien – murmulla para dentro el celador que sustituye un momento a la enfermera.
-       ¡Ah! Bueno. Espero. ¿Mucho tiempo? Estoy muy mala, mire usted.
-       Ya. No se preocupe. Usted entra en cuanto la llamen, que va a ser enseguida.
-       Gracias hijo. Mira a ver si me cuelas, porque estoy muy mala.
-       Siéntese allí señora y espere.
La ambulancia se ha colocado a toda velocidad en la puerta. Viene a traer un accidentado que se ha caído del tejado que estaba reparando y se ha quedado colgado del cuello con el arnés. Casi se ahorca y quieren que lo vean inmediatamente porque se queja de que le duele todo.
-       Date prisa, que viene malo.
-       ¿Qué le ha pasado?
-       Date prisa y ayuda con la camilla.
-       Que no puedo dejar la ventanilla. Que aquí no para de venir gente.
-       Pues ahora coge la camilla conmigo y ayúdame o te denuncio.
-       Pues denúnciame. Tengo que atender una cosa. De una en una, ¿te enteras?
La médico de la ambulancia había sacado al paciente por su propio pie, y ya estaba en un box esperando ser atendido por la compañera de urgencias.
-       ¿Qué le ha pasado buen hombre? ¿puede hablar?
-       Si.
-       Dicen que se ha quedado colgado del arnés por el cuello.
-       Si
-       ¿Qué le duele?
-       Todo
-       ¿Especialmente algo?
-       Si. Las piernas. No puedo aguantarlas. Las piernas y un brazo que me tiene loco de dolor desde el domingo.
-       ¿De la caída?
-       No. De que he salido a montar en bicicleta con mi niño, y desde entonces no me puedo mover.
-       ¿Y de la caída?
-       Nada. Un poco de dolor en la garganta y un tirón. Me pongo un collarín que tengo en casa, y a tirar. No se moleste, pero si me puede mirar las piernas y el brazo.
-       Tómese esto cada ocho horas y cuídese. Me alegro de que llevara el arnés puesto.
-       Es molesto ya sabe usted de dónde, pero si a uno le salva la vida…
-       La próxima vez, lee usted las instrucciones del arnés, y aunque sea molesto, se lo pone bien.
El de la ventanilla y la ambulancia seguían a la bronca, y se enzarzaron en un follón mientras aquello no dejaba de llenarse.
-       Señorita – había vuelto la enfermera de la ventanilla – que mi niño se me muere.
-       ¿Qué le nota?
-       Que no deja de llorar desde anoche.
-       ¿Ha vomitado?, ¿tiene fiebre?, ¿no come?, ¿tiene diarrea?
-       No. Nada de todo eso. Pero no deja de llorar.
-       ¿Le han quitado el chupete?
-       Si. Anoche.
La enfermera abre el cajón de la derecha, y saca un chupete nuevo y se lo da a la señora.
-       Tome. Su hijo necesita un chupete. Usted y yo también. El niño no está preparado para no tener chupete. Usted se lo da de momento, y luego ya veremos.
-       Gracias señorita. Sabía yo que tenía que venir a urgencias.
-       ¡Hola! Estoy malísimo. No sé qué me pasa. Tengo que ver al doctor. Como sea.
-       ¿Qué le duele?
-       Nada. A usted no voy a decirle nada. Quiero que me vea el doctor.
-       Deme su tarjeta.
-       No tengo tarjetas. Sólo me he traído la cartilla del seguro.
-       Pues deme la cartilla del seguro. Siéntese en la sala de espera y le llamamos.
-       Pero que sea un doctor. No quiero doctora.
-       Será lo que tenga que ser. Siéntese y espere.
Se marchó cabizbajo a la sala de espera, donde casi no había sitio, y el gemido, la tos, las fiebres y el incomodo del malestar general, eran la tónica del espectáculo popular en aquel teatro donde la vida es el principal argumento a representar.
-       ¡María de la Concepción Urruca Pachón! – grita el altavoz a todo lo que da.
Se levanta del asiento una jovencita delgadísima, sola, con una gran mochila y cara de no haber dormido por lo menos la última noche. Camina con dificultad y le dicen que pase al box 7 donde le atenderán inmediatamente.
La doctora de turno la recibe y le pregunta qué le pasa. Ella mira hacia todos los lados, como queriendo saber quién había escondido en ese espacio de dos metros por dos metros, lleno de chismes mecánicos, camilla, mesa, ordenador, vitrinas y material médico, y le dice a la médico:
-       Se me ha quedado un támpax dentro hace dos meses.
-       ¿Dos meses?
-       Si. Me encuentro fatal. Intento sacármelo, pero cada vez peor. Ya no sé la razón por la que no dejo de sangrar. Si porque uso pinzas largas, cortas, porque tengo mucha fiebre o porque se me han quitado las ganas de comer y beber agua.
-       Túmbate en la camilla y relájate.
-       ¡Loli!, llama la médico a la enfermera. Ven por favor. Tenemos el sexto caso de hoy. Lo mismo.
-       ¿Otra vez? – dice la enfermera - ¿de cuánto tiempo?
-       Dos meses.
Manos a la obra y asunto concluido. Receta, tratamiento, informe y a casa. María de la Concepción, a la que se conoce como Cuqui, les dio las gracias más efusivas y les contó que se encontraba tan mal, que había estado redactando el testamento en la sala de espera, pero que como no tenía nada para que nadie heredara nada, le había dado una angustia tan grande, que el problema del támpax había pasado a segundo lugar.
-       ¡Santiaga del Valle Pérez! – grita de nuevo el altavoz. Ahí va ella, levantándose con dificultad el asiento, tambaleándose y dejándole a la hija el bolso.
-       Pase al box número 5 por favor.
-       ¿Al qué?
-       A la habitación que pone número 5. Yo la acompaño.
-       ¿Aquí?
-       Si. Siéntese en la silla, que viene ahora mismo el doctor.
-       Buenos días Santiaga. ¿Cómo se encuentra?
-       Muy mala doctor. Me estoy muriendo. No puedo respirar, el azúcar se me ha subido y los tricronios se me han bajado. Me lo ha dicho la Manoli, que sabe de los análisis y dice que tenía que venir porque estaba muy mala. Yo sin saberlo, pero cuando me lo ha dicho la Manoli he venido a todo correr. Además me ha salido con lo el azúcar una mancha en la mano izquierda, que me han dicho también que es el final.
-       ¿Ha traído usted los análisis para que los vea? – le pregunta impasible el doctor, como su esa terminología fuera con él.
-       No. Ya los tienen ustedes metidos en esa pantalla y no los tengo. Ni en el bolso ni nada. Mi hombre les metió fuego para que no los leyera y como yo sé que los guardan en la pantalla de los ordenadores, me quedé tan tranquila.
El médico accede a su historia y ve una analítica estupenda, que ya la quisiera para él. Pero el médico sabe más de gente que de medicina, por la experiencia. Y le dice:
-       Santiaga, Manoli tenía razón. De azúcar debe usted comprar algún kilo más para tener en casa, porque no tiene bastante. De los tricronios, no debe preocuparse demasiado. Está muy cerca del límite, pero está muy bien. De la respiración es normal que se ahogue porque tiene un poquito de sobrepeso, pero no es mucho tampoco. No tiene que ponerse a dieta. De lo que sí tiene que cuidarse es del marido, porque si les da fuego a los papeles, a ver si van a salir ardiendo. Que queme lo que quiera, pero en la calle.
-       ¿No me va a dar receta?
-       ¡Por supuesto que sí!
Le recetó caramelos de menta para la respiración, y le pidió que no se comiera el paquete en un día. Nada más.
-       Gracias doctor. Entonces no me muero. Compro azúcar, y echo a mi hombre de casa.
-       Eso es.
-       ¡Antonio Macho González! – grita el altavoz.
-       Al box número 3 por favor – le dice la enfermera.
-       ¡Hola doctor! Estoy muy malo. ¿Me puedo tumbar en la camilla?
-       Espere un momento. Quítese el sombrero y dígame, estando de pie, ¿qué le pasa?
-       Que tengo la sangre gorda y no puedo pestañear.
Ahí el médico le miró a los ojos. Le cogió el sombrero que tenía en la mano, y le pidió que se tumbara en la camilla.
-       Repítalo por favor.
-       Que se me ha puesto la sangre gorda y no puedo pestañear.
-       ¿Le duele?
-       No
-       ¿Cómo se ha dado cuenta?
-       Pues porque si quiero cerrar los ojos, no puedo y pensando yo creo que es porque la sangre que va por el cuerpo humano se ha puesto espesa y no deja que los ojos se abran y se cierren.
-       ¿Le lloran los ojos?
-       No. No me lloran. Sólo que no los puedo pestañear.
-       ¿Me deja que se los mire de cerca?
-       ¡Claro hombre! Ya verá cómo no se cierran.
El médico le hizo la inspección correspondiente, y aquellos ojos funcionaban con la apertura y cierre correctos, sin irritaciones, sin lagrimeo, sin nada extraordinario.
-       Siéntese por favor. ¿Tiene alguna otra parte del cuerpo que usted note que no le funciona bien por lo de la sangre gorda?
-       No. Los ojos sólo. ¿Me voy a quedar ciego?
El médico pensó darle una respuesta lógica, pero ante aquel disparate, decidió corresponder con otro:
-       No. Usted no se va a quedar ciego porque ha tenido la suerte de que, cuando los ojos se han parado de abrir y cerrar, porque la sangre se le ha puesto gorda, se le han quedado abiertos. Otra cosa sería que se le hubieran cerrado. Entonces ya la cosa iba a peor. Tendríamos que abrirlos a la fuerza, y hacerle la sangre flaca. Ha tenido usted mucha suerte.
-       Gracias doctor. ¿Tengo que hacer algo?
-       Nada. No piense usted en nada, porque este efecto de usted, en algún momento desaparecerá. Ahora lo que ocurre es que con los ojos tan abiertos como se le han quedado, se va usted a enterar mejor de las cosas.
-       Por eso he venido a urgencias. Notaba yo que estaba un poco más espabilado y me asusté. Gracias doctor.


Matilde Muro Castillo.

11 de mayo de 2020

¡A LOS TOROS!


Por fin había terminado el congreso de microcirugía en el hospital, y quisimos homenajear a los asistentes extranjeros llevándolos a una corrida de toros, ya que la temporada estaba en su plenitud y, cuando propusimos las actividades culturales para el programa, todos, pero todos, pidieron ir a la corrida que les ofrecimos.
         El laboratorio que nos financiaba compró entradas en barrera para todos, pero nos pidió que fuéramos un español y un extranjero y nos colocáramos intercalados para explicar la lidia a los nuevos asistentes.
         No nos importó. También queríamos ir a los toros y pasarlo bien, porque el congreso había sido pesadísimo, como casi todos, El ego de cada uno de los intervinientes, hizo agotador el relato de los hallazgos que casi siempre se quedan a medio camino de explicar, para que tengamos que recurrir a todas horas a la consulta tratándolos de usted, en lugar de hablar claro y dejarse de secretos, cuando de medicina se trata. En fin, pero esto es otra cosa.
         Ahora nos tocaba a nosotros explicar la lidia a quien nunca la había visto, si no era con ojos de pobrecito animalista.
         A las cuatro quedamos con ellos en la puerta de sombra, para llegar a barrera. Diez, estábamos diez. Cinco extranjeros y cinco españoles. Los extranjeros, todos americanos del norte y analfabetos de cultura taurina. Nosotros taurinos a muerte. Emocionados ante el cartel que se presentaba y la ganadería de primera que se lidiaba.
-       ¡Vamos! Daros prisa porque es difícil llegar a la barrera. Si no llegamos enseguida luego cuesta mucho entrar.
-       ¿Porqué entrar difícil? – dice el primer americano – todos tener entrada.
-       Porque el sitio es pequeño. Los pasillos se llenan. Todos empujan. Te quitan el sitio
-       ¿Quitar mi sitio? – no – dice otro enterado – mi sitio no quitar porque llevar entrada con número.
-       No importa. Déjalo. Pero por favor daros prisa para que nos podamos sentar cuanto antes.
-       Yo necesitar palomitas para ver toros.
-       No se comen palomitas en los toros. No.
-       Pero yo querer palomitas.
-       Ya, pero que tú quieras palomitas, no quiere decir que se puedan comer. Tú me sigues y no compras nada. Cuando estemos sentados viene el de las pipas, la bebida y los cacahuetes y le compras la cesta si quieres, pero ahora palomitas no.
-       Pero yo no poder bajar por esas escaleras. Vamos ascensor y bajar.
-       Aquí no hay ascensores guapa. Coge mi mano y vas bajando hasta el asiento. Estamos en el mejor sitio, al lado del ruedo y verás cómo te enteras de la corrida.
-       ¿Tener revólver para si toro mirar?
-       Si. Un revólver a cada lado. No te preocupes. Si el toro mira, ya salimos corriendo escaleras arriba.
-       Pero yo no poder correr. Tengo zapatos de fiesta y moño de flores. No poder correr. Yo quedar en cafetería.
-       No hay cafetería en la plaza, y hemos entrado. En la plaza hay bar sin asientos, y te van a doler mucho los pies si te quedas dos horas de pie. ¡Vamos, baja!
Por fin nos sentamos todos. Almohadillas, botas de vino, nuestros puros y el pasodoble que empieza. El corazón se nos salía de la emoción, porque la plaza de toros llena emociona. Ese olor mezclado de cagada de caballos, estiércol de vaca, los claveles de las señoras y el humo del puro … embriaga y te transporta a otro lugar. Es una especie de ensoñación que, cargada de la emoción que brinda el espectáculo, tiene poco parangón en el mundo de hoy.
-       ¿Porqué salir caballo y Velázquez encima?
-       ¿Qué Velázquez? Es el alguacilillo. Recoge las llaves para luego abrir la puerta de los toros. Tú mira y espera un poco.
-       ¡Oh! El desfile. Salen todos ahora. ¿No venir toros en el desfile?
-       ¿Desfile? Tú si que estás hecho un desfile con ese sombrero de cowoy y el pañuelo al cuello. Deja ya lo de las palomitas y espera a que venga el de la cesta para que puedas beber algo.
-       Música. ¿Hay baile? ¿Ahora callar?
-       Un minuto de silencio. Ha muerto la madre del presidente de la corrida, que tenía la señora 107 años y han pedido un respeto. A callar un minuto por favor. Luego volverá la música.
-       ¡Oh! 107 años. Hundred seven years! Oh! My Good! ¿Dónde salir señora toreadora?
-       No va a salir. Se ha muerto. Estamos guardando un minuto de respeto. No sale nadie con esa edad a torear. Tranquilo. Tú sigue agarrado al cable de la barrera, que no pasa nada.
Los toreros, que estaban alertados de la presencia de las eminencias científicas en la barrera, les colocaron los capotes de paseo en sus lugares, y allí se desató la locura. Besos y abrazos al aire; el de los revólveres los levantó al cielo; el de las palomitas les tiró un billete de dólar al ruedo; la de las flores se colocó el capote como abrigo y no se lo quitó en toda la corrida, y nos preguntaban ¿cómo decir olé? Y les respondíamos ¡olé!, y aquello empezaba a ser una rueda de locos que había que cortar.
    Clarines y timbales y primer toro. Silencio en la plaza y el de las pistolas grita ¡olé! con toda la fuerza de su alma. Le gritan, chillan y tiene el maestro que pedir silencio. Sale el toro de casi seiscientos kilos y enfrenta nuestra barrera. Los cinco americanos se echaron hacia el asiento de detrás al unísono, como si fuera a comérselos. Los de detrás se quejaron del empujón y la del capote de paseo se lo colocó en la cara, aterrorizada ante lo que se venía encima.
    Toro parado con verónicas impecables, y la plaza aplaude con devoción. Encuentro que es el momento de mi primer purito.
-       No poder fumar. Estar prohibido público.
-       Aquí se fuma. Es aire libre.
-       Pero molestar.
-       Pues vete.
Primero que se fue. Nos dijo que iba a esperar en la puerta, pero se fue.
Más cómodos. Picadores y bronca como siempre.
-       Claro chillar. No matar toro.
-       No hay que matarlo. Tienen que abrirle un poco para que pierda algo de sangre y se alivie, porque lleva muchos días de presión en los corrales, es una raza de animales especial que necesita de este puyazo, para que luego reaccione con orden frente a la muleta. Aquí se comprueba la bravura.
Cuando me volví a mirarla, ella, que se había comportado como si conociera las corridas, calladita y en orden, diciendo lo necesario y sin preguntar, se había quedado sin conocimiento al ver la primera sangre en el ruedo. Le tomé el pulso, y como era normal, la desperté, le di agua y le dije que si quería un poco de vino. Aceptó, cogió la bota, se regó la cara y todo el pecho, soltó la bota y se marchó en busca del otro amigo, tambaleándose y sin querer saber nada más de la corrida.
         Banderillas. Espectaculares. Este maestro es un artista que las hace al quiebro como pocos. Sabedor de los americanos, como antes os contaba, se sube al estribo del burladero, se inclina y las brinda a la del sombrero con flores, que tenía puesto el capote sobre los hombros. Ella coge las banderillas como si se las fueran a regalar y no las suelta. Ha decidido que son suyas. De nuevo el follón. La plaza grita, la risa se extiende, y el maestro, que no quiere desconcentrarse, opta por coger otras y brindarlas con los pies en el ruedo a la señora que se estaba quedando, poco a poco, con los trastes de la corrida.
         Después del tercer par, en medio de tal emoción, ella cree que le toca salir al ruedo, porque tenía las dos banderillas en su poder. Le explicamos que no, y que se las guarde para otra ocasión, porque ahora viene la faena importante.
         Por la derecha, por la izquierda, de frente, en los medios. El toro bravo y entero como pocos. Una serie tras otra y el maestro jugándose la vida en nombre de una pasión poco comprendida por muchos.
         Música de pasodoble, el de las palomitas que quiere bailar con la de detrás, hay que sujetarlo porque la señora le había gustado, y estos no tienen freno. Más música, más pasodobles y el de las pistolas que quiere que la banda toque la marcha militar El Capitán, con el que desfilan los ejércitos americanos. Se estaba viniendo arriba el tipo.
-       Tardar toro en morir. ¿Disparo?
-       No por favor. No dispare. Guarde sus pistolas. El toro muere con la espada.
-       No tener espada. En casa, del ejército de Afghanistán.
-       No pasa nada. No se preocupe. Ya lo mata el torero.
-       Ah! ¿Toreador ir Afghanistán?
-       No lo sé. Ya no sé nada. Siga mirando al ruedo por favor y guarde el revólver.
         Allá vamos. Es la hora de la muerte.
         Enfila al animal, silencio de la banda. Silencio del público. El toro resuella, se cuadra, y el matador le coloca una estocada en todo lo alto, que hace caer al animal dando una voltereta.
         Sin que diera tiempo a que la gente sacara los pañuelos, el americano del revólver, lo saca y dispara hacia el toro. El ruido estruendoso del tiro paralizó la faena y a nosotros.
         Se quedaron en la plaza los americanos y no hemos vuelto a saber nada de ellos, ni queremos.
         Salimos corriendo como conejos tendidos arriba y nos incorporamos a nuestra consulta, como si nada hubiera pasado. Mejor no saberlo. No sé si volveré a los toros con gente desconocida. Es más, no sé si volveré a los toros, porque aún me tiemblan las piernas, sólo al pensar que podía haberme disparado a mí el fantoche.
         ¿Pues no dice que estuvo en Afghanistán?


Matilde Muro Castillo.

10 de mayo de 2020

POMPILIO

                  

A mi queridísima María Teresa Pérez Zubizarreta.


-       Padre, ya me han dado las notas del instituto y quiero irme a Madrid a estudiar ingeniería naval.
-       No. Tú te vas a Salamanca a estudiar Derecho.
-       ¿Porqué?
-       Porque lo digo yo. Eres el único heredero de esta casa y tienes que saber de leyes para defenderlo. Cuando acabes la carrera en Salamanca, y tienes cinco años, ni uno más, te vuelves a casa al campo y administras todo lo que tenemos. Yo estaré pendiente de lo que haces y deshaces. Te orientaré en las amistades con las que conviene que te relaciones, y las que tienes que abandonar. Harás lo que yo te diga para mantener e incrementar el patrimonio, y aquí no hay discusión posible.
Pasarás este verano con tus abuelos en Los Baños, en el balneario, como siempre, y te vendrás una semana antes para preparar el equipaje con tu madre y marcharte a Salamanca.
-       Padre, quisiera pasar el verano aquí con los amigos. Como cada uno nos vamos a ir a un sitio distinto el año que viene, me gustaría estar con ellos.
-       Y a mí me gustaría tener un aeroplano, y no lo tengo. Las cosas se hacen como yo digo y no se discuten. Hijo, tienes que aprender que la obediencia en nuestras vidas es lo que nos hace seres educados, distintos, sin problemas. Tu madre y yo nos casamos un doce de septiembre de 1917 a las diez de la noche, porque el padre de tu madre lo quiso así. Pues muy bien. ¿Que me hubiera gustado una fiesta con familia en casa de tus abuelos?, ¿que hubiera querido ver a tu madre antes de casarnos?, ¿que me hubiera gustado conocerla?, como decirte que no, pero mira, la obediencia me ha servido para sobrellevar la vida con la comodidad que tenemos, sin discutir con nadie, apreciando los bienes de los que disponemos, con casa propia, respetándonos sin necesidad de molestarnos, y aparentando esta vida de orden y bienestar que nos hace ser apreciados en la localidad. Tú te vas a Los Baños, y cuando seas padre, comerás huevos.
Pompilio agachó la cabeza y se fue del salón donde el padre continuaba con El Imparcial en la mano, abierto por las páginas de los precios en lonja, que era lo único que consultaba, y fumando sin parar en zapatillas, hasta la hora de la cena.
    En la mesa, Pompilio contó a su madre las buenas notas del instituto y le dijo que quería ser ingeniero naval en Madrid, pero que su padre le había dicho que no, que tenía que estudiar en Salamanca para ser abogado.
    La madre le miró, asintió sin decir nada, le cogió la mano sobre el mantel, y se la apretó con fuerza.
Los dos agacharon la cabeza y en silencio cenaron servidos por la fiel Felisa, que era madre de su mejor amigo, Fidel, con el que siempre había jugado y aprendido las bondades de vivir en un pueblo pequeño, el que le había enseñado a montar en bicicleta, a tirar piedras con tirachinas, acertar a cazar ranas por la noche, hacer refugios con zumaques en la laguna, y aprender la hora que es mirando el cielo, para no faltar nunca a la hora en la que su padre le exigía estar sentado en la mesa.
Se llamaban por sus nombres de pila, excepto cuando aparecía el padre, que Fidel llamaba a Pompilio señorito, y así también aprendió que era mejor guardar las formas para poder hacer lo que a uno le diera la gana.
En la cena, Pompilio le dijo a su padre que porqué no le pagaba los estudios a Fidel para que se fuera con él. Que había sacado muy buenas notas también, y que ahora tendría que hacer como una carrera, como él.
-       Me parece, hijo mío – le dijo el padre limpiándose el bigote con la servilleta entre cucharada y cucharada de sopa – que tú no has prestado atención a nuestra conversación mientras leía el periódico. Te he dicho que tú vas a hacer lo que yo te diga. Que hablarás y ¡dejarás de hablar! – levantando la voz de forma estruendosa – con quien te ordene, y dentro de esta orden está Fidel. Fidel es hijo de Felisa. Se ha criado en esta casa contigo por generosidad de tu madre, que nunca tiene bastante para dar a los demás, y con mi silencio porque no quiero problemas con nadie, y menos con tu madre. Fidel se ha terminado. Fidel se encargará de las ovejas, se le pondrá un salario como corresponde, y tendrá que ir pensando en buscar una vida fuera de esta casa, porque tiene edad para ello. Sin prisas, sin prisas. No digo que hoy ni mañana, pero Fidel ya tiene edad para independizarse, y lo de estudiar, no le corresponde. Eso es sólo para ti, y te repito que cinco años.
La angustia que le produjo la orden del padre, se le clavó en el pecho y le parecía que estaba empezando a dejar de respirar. Pompilio no entendía nada de lo que estaba pasando. ¿Qué había hecho Fidel?, ¿porqué no podía hablarle?, ¿qué tenía que hacer él? Empezó a palidecer y pidió permiso para levantarse. El padre no le miró a la cara y le autorizó, mientras la madre salía detrás de él para tratar de calmar a su hijo, del que sí sabía que se moría.
Pasó tres días en la cama, protegido por la madre, y se levantó para salir de viaje a Béjar, a pasar el verano con los abuelos.
Fidel lo despidió con un ¡hasta la vuelta! y nada más, porque no era consciente de lo que estaba ocurriendo.
El verano fue tan atroz y aburrido como todos. Desayunos en silencio porque el abuelo leía el periódico. Acompañar a la abuela al balneario y estar sentado y callado, sudando sin control por los vapores que salían de la habitación, comida con los grupos de los abuelos, tarde de paseo a la carpa que había montada en el parque para que los bañistas se relacionaran. Pompilio llegó a contar las rayas de la carpa, y aquel verano faltaban tres de la cúpula. Le preguntó al guarda del parque por las tres rayas y le dijo que era muy observador. Que nadie se había dado cuenta, pero que un rayo cayó cuando la estaban retirando el verano pasado y han tenido que recortarla y pegarle un remiendo, ya sin rayas. En el parque le dejaban correr con los amigos, jugar a la pelota, llevar algún entretenimiento, pero a la edad de ese último veraneo, sólo quería estar sentado en el banco de las chicas, del que sólo salían risas, manotazos, buen olor, rizos entrecruzados, lazos de todos los colores… una especie de frenesí, que él a esa edad entendía como vida. Pero no era posible. El abuelo le impedía abandonar el banco que desde hacía catorce años ocupaba cuando iba al parque a relacionarse con otras personas.
Pasó el veraneo, y se fue a Salamanca. Estaba todo organizado en casa de una conocida de su padre, viuda, que acogía estudiantes. No era mal lugar. Salamanca le pareció desbordante, emocionante de gente, divertida, había músicos, existía la tuna, no le controlaban las salidas ni las entradas, en la Universidad no pasaban lista en las clases y le dejaban ir si quería o no, comentaba lo que quería sin tener que pedir permiso, y poco a poco las cosas fueron cambiando, los años fueron pasando con felicidad poco explosiva, y se acabó la carrera.
Ya era licenciado en derecho, y como en la universidad había visto muchas cosas y aprendido a expresar argumentos, con motivo de su carrera de letrado, quería ir a decirle a su padre que ahora, que ya había obedecido, iba a ser ingeniero naval.
Fidel le quitó la idea.
-       Mira Pompilio. Tenemos una edad y tu padre también. Ha estado malo y no te lo han querido decir, pero no se encuentra bien del corazón, dicen los médicos. Yo lo que creo es que tiene sífilis. Es normal porque pasa todas las noches cuando pasea en casa de La Perlita, y así lleva muchos años. Ahora la sífilis le está atacando fuerte y no hay remedio, dicen. Creo que lo mejor es que te enteres de sus negocios, de lo que hay y no hay, de lo que puedes y no puedes disponer, y eso de la naval, lo dejas para más adelante. Ya sé que siempre has querido hacer un barco, pero no es el momento. Te prometo que si te quedas aquí, yo te ayudo y hacemos uno juntos, pero no debes marcharte otros cinco años por lo menos, porque tu madre te deja sin un céntimo con sus obras de caridad.
-       ¿Me prometes que me ayudas?
-       Nunca te he faltado a las promesas. Si tú haces lo que te digo me ayudas a mí. El ganado es cada vez menos, tu padre gasta poco en medicinas para ellos, no le da la gana de sembrar pastos y dice que yo tengo que andar más con las ovejas para que coman, pero yo solo no puedo ser pastor, vaquero, gallinero, los cerdos, las vacas de leche y ahora jaulas de faisanes que ha puesto para que criemos para cacerías. Si sembrara pastos para las ovejas y las vacas de carne, yo iría mejor.
-       De acuerdo. Me ayudas con el barco.
-       ¡Hecho!
Pasó el tiempo y el padre de Pompilio murió. El ramo de flores más grande que había sobre el féretro decía: “La Perlita no te olvida” y se quedó tan fresca. La madre de Pompilio creyó que era una obra de caridad dejarlo, y así hizo el último paseo el señor de los improperios.
    Pompilio se hizo con el campo sin mucho problema, porque contaba con la ayuda de Fidel para cualquier cosa que desconociera, y además empezó a levantarse al amanecer para ayudarle en todas las tareas y poder dedicarse los dos a la construcción del barco soñado, en el tinado que habían vaciado de paja.
    Días y días. Meses, años, planos, maderas, barnices, telas para las velas, la madre de Fidel cosiendo a máquina lo inimaginable, el talabartero del pueblo feliz con tanto trabajo de cueros, cuerdas enceradas, amarres a las lonas… y llegó el día en el que el barco se terminó.
    Habían hablado mucho de la botadura. Lo más cercano con agua era el regato de la Culebrilla, y no tenía el fondo suficiente para el cabotaje del barco que habían construido. Había que llevarlo a Lisboa y construyeron el remolque que los llevaría hasta allí. Una plataforma de madera, con seis ruedas de carros, el barco encima y sujeto con lianas para que no se moviera. Calzado con troncos de encina y tirado por mulas.
    Un mes de viaje. Llegaron a Lisboa y empieza la odisea para botarlo. No es fácil por los papeles, pero sus conocimientos de derecho y todo lo que había leído para poder llegar a ese fin, acaba consiguiendo un pantalán para que el barco se deslice hacia el agua y comprobar que flota.
-       ¡Fidel! Sube, que nos vamos.
-       ¿Pero quién estrella la botella en el casco?
-       No se estrella nada, no vayamos a romperlo. ¡Suelta el amarre y embarca de una vez por dios!
Fidel hizo lo que el señorito le mandaba, no muy seguro de los resultados y frente a una ensenada que no le daba mucha confianza. Fidel no conocía el mar, era la primera vez que lo veía, pero el señorito Pompilio tampoco. Era la primera vez que se enfrentaba al mar.
    El barco se deslizó suavemente hacia el agua. Flotaba. Navegaba. Iba hacia el infinito. Algún golpe de las olas contra el casco, asustaron a los dos tripulantes que se hicieron a la mar, lejos, al fondo, muy lejos, alta mar, océano … y la nada.
    No se supo nada más.


Matilde Muro Castillo.