13 de abril de 2026
MARIE BLANCHARD EN BADAJOZ
30 de marzo de 2026
ESTOS DÍAS
17 de marzo de 2026
A VECES PASA
2 de marzo de 2026
EL PRECIO A PAGAR
(Foto de aldaba Juan Muro).
Hace días que paso muchas horas en casa. Leo, veo la televisión más de lo habitual, repaso periódicos de hace unos meses, ordeno papeles, desordeno lo que lleva años amontonado, descanso de no estar cansada, me someto a un horario que me he impuesto de forma estúpida, y no lo rompo, y rumio sin cesar lo que pasa alrededor, que hasta ahora sólo me había provocado malestar, pero me había acostumbrado a estar incómoda.
Va a hacer cuatro meses que frente a mi casa se hizo un agujero en el pavimento como consecuencia del tránsito de autocares cargados de gente que desembocan en la plaza, camiones que reparten toda clase de comidas y bebidas a los bares, coches que sin cesar llevan a los niños al colegio y los recogen (porque los niños no van a ninguna parte andando), en fin, el tráfico normal del centro de una ciudad.
El ayuntamiento, presto, colocó dos placas de hierro que se bambolean cada vez que alguien subido en un vehículo las pisa. La sinfonía, como pueden imaginar, es brutal. No hay descanso posible, no hay momento del día ni la noche en la que se pueda evitar el tambor de las placas salvajes de hierro golpeando contra el agujero. Nadie hace nada. Los vecinos enfermamos de todo, pero a nadie le importa.
La lluvia ha hundido el tejado de casas aledañas abandonadas hace años. Se comunica porque la fachada, que ha quedado en pie, amenaza con caer hacia la calle con enorme tránsito. La solución municipal ha sido poner una valla y decorarla con cintas de plástico para que nadie pase, pero si cae, mata a alguien porque es por donde el paso de coches, autocares, motos, camiones, furgonetas y demás vehículos motorizados la emprenden para tocar el tambor del socavón tapado con planchas de hierro.
En esta ciudad, cimentada sobre piedra granítica que aflora a la vista de cualquier tanseúnte, se autorizan obras de demolición con maquinarias inapropiadas y ocasionan verdaderas tropelías, grúas que se elevan sobre edificios medievales para acristalarlos, eliminando la necesaria ventilación de los patios interiores, que airean las galerías y sujetan los armazones de maderas centenarias. Se pasan los meses y nadie limpia las callejas; se podan los árboles con saña y usan máquinas para hacer setos; el olor a orines del fin de semana resulta lo habitual; el ruido incontrolado está autorizado; se celebran toros en la plaza mayor teniendo una plaza construida para la celebración que ha sido declarada bien de interés cultural no hace mucho tiempo, y esa plaza de toros se abandona a su suerte, o en ella se celebran encuentros de comida.
Las vías de la ciudad están llenas de baches monumentales. Si les da por cambiar una conducción de agua de una calle, arruinan a los negocios allí establecidos por la tardanza en la ejecución…
No quiero seguir. No me da más de sí la columna.
Este es el precio que estamos pagando, lo caro que cuesta vivir cuando los que nos manejan no tienen ilusión, no les importan sus ciudades, y menos aún los ciudadanos.
Matilde Muro Castillo.
(Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 2 de marzo de 2026)
18 de febrero de 2026
SE FUE
Hace unos días que ha fallecido Robert Royal. Éramos amigos desde hace muchísimos años. Su vida fue la de fotógrafo extraordinario, que vivía en España por amor a este país, y que nos conocía como pocos.
Mi sentimiento ha sido enorme, tanto por inesperado, porque había hablado con él en Navidad y me dijo que vendría a Trujillo a la Feria del Queso, como por la impotencia que me ha propiciado no poder conseguir de nadie de esta región que se hiciera cargo de ese archivo fotográfico inmenso, seleccionado, hermoso y con esa visión del extranjero que nos mira sin sangre caliente ni reproches.
Era guapo, educadísimo, presente con su cámara sin molestar jamás, oportuno, perfecto en la ejecución, exigente, amable cuando el resultado de la imagen no le complacía al sujeto, valiente, generoso y enamorado de las sombras que los edificios nuevos proyectan sobre espacios vacíos de alma.
Bob hizo fotografías emblemáticas de la historia de la transición española, y cuando nos conocimos, estaba haciendo el proyecto “Un día en la vida de España”, y recorrió Extremadura y vivió en Trujillo unos días. La luz de nuestra región le conmovió, y siguió volviendo una y otra vez. Hizo fotografías preciosas, y hoy irrepetibles, de la Extremadura que renacía desde el olvido. Recogió con su cámara las lágrimas de un bebé que acababa de nacer, la risa de los que veían rehecho el puente derrumbado en la guerra de la Independencia, los paisajes que eran alfombras de encinas que no dejaban ver el suelo, las nubes que sujetan el cielo, las piedras que no envejecen, y una sociedad de puertas adentro, que miraba desde los balcones cambios que restañaban y no eran fáciles de aceptar.
Bob había nacido en Alabama. Fue actor en los westerns que se rodaban en Almería, hablaba español perfecto con un acento americano delicioso, y miraba desde su gran altura con una bondad inigualable, y su legado, por el que lucha la Universidad de Extremadura por tener (le ha organizado exposiciones importantes en Cáceres y Badajoz), se ha quedado sin que a él le pudiera dar la alegría de saber que, a alguna institución, fundación, organismo, ayuntamiento, parroquia o lo que sea, le pudiera interesar.
Bob reflejó con sus imágenes amables la transición española, y con ello consiguió que, al publicar sus fotografías en las mejores y más importantes publicaciones internacionales, los observadores exteriores de nuestra aventura democrática, nos miraran con amabilidad, mientras el espíritu cainita español, se dedicaba a fotografiar de otra manera, pero sin salida al exterior.
Robert Royal, mi amigo Bob del alma, se ha ido sin recibir el agradecimiento que merecía. Sin tener el reconocimiento que se había trabajado sin descanso en medio del fragor de la transición. Siempre decía que: “España nunca defrauda” y aunque desde 2014 dejó de hacer reporterismo de calle para publicaciones internacionales, su obra es inmensa y, aunque ha sido estudiada, luchó por conseguir depositarla para su conservación y abrigo hasta el último día en algún lugar de su amada España, sin conseguirlo.
Era un sabio de la luz y el cariño.
Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 16 de febrero de 2026
2 de febrero de 2026
LAS PALABRAS
Foto aldaba Juan Muro.
He leído la obra de Andrés Newman: “Hasta que empieza a brillar”, que es una biografía novelada dedicada a María Moliner con motivo del 125 aniversario de su nacimiento.
A todos les recomiendo que lo hagan, porque es de una belleza increíble, y conocer a María Moliner, no puede resultar más hermoso, revelador y enriquecedor.
Hacer un diccionario durante quince años de su vida, ficha a ficha, haciendo que el español se pueda usar con claridad, resulta inaccesible para quien no sea “La Moliner”. Si además nos referimos a nuestra lengua, en la que el uso habitual es el masculino, la libertad no estaba definida, determinadas expresiones no eran bien entendidas y el miedo de la guerra civil y la posguerra atenazaban su determinación, es una tarea que merece lo que ocurrió: que su diccionario se conociera por su apellido cuando alguien lo compraba: “El Moliner” y así se ha quedado, dejando fuera de conocimiento general el “diccionario de uso del español” que le sugirió Dámaso Alonso, su amigo y editor.
Después de leer este espléndido libro, pienso en ella, qué haría hoy contemplando los sucesos de la lengua que nos rodean. Cómo respiraría de profundo al oír el discurso con el que quieren repartir los dineros igual para todos, pero dándoles a unos más que a otros, y dejando sin nada a unos cuantos. Cómo trasladaría al uso común el párrafo: “la construcción del modelo depende del principio de ordinalidad… pero la respuesta no puede ser binaria, porque Cataluña lo cumple, pero el resto tienen que ponerse de acuerdo, aunque es difícil, ya que el sistema vertical tiende hacia la horizontalidad”, o pretender que entendamos de forma palmaria “me responsabilizo de todo lo que ocurre sin paliativos” y ahí sigo, o “el problema de los inmigrantes es que son pobres”, o lindezas parecidas que no encuentran acomodo en el esfuerzo titánico de esta mujer, que puso a nuestro alcance el idioma con el que nacemos y que se había transformado en un lugar áspero, dedicado al enfrentamiento entre nosotros, sin cintura para las aportaciones nuevas, y obviando, por ejemplo, a las madres como mujeres que tienen o han tenido hijos, en lugar de “hembra que ha parido” del diccionario oficial.
Su lucha constante porque en todos los pueblos hubiera bibliotecas, su trasiego juvenil pueblo a pueblo poniendo orden en los libros, recomendando compras, habilitando espacios y nombrando encargados que le respondían emocionados en informes, o en descripciones de posturas enconadas por los lugares de ubicación de las bibliotecas, cada vez más necesitadas de espacio, no eran sino acicates de esa vocación que se abría paso en medio de experiencias y destinos de la más diversa índole.
En una conferencia a niños en Llanera de las Coronas una niña le preguntó si cuando un libro se cerraba, se borraban las letras. Y puede que ella pensara que sí. Que a veces lo que nos quieren decir no concuerda con lo que escuchamos, con lo que leemos, y menos aún con lo que vemos a nuestro alrededor.
Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 2 de febrero de 2026
19 de enero de 2026
LAS PENSIONES
(Foto aldaba Juan Muro)
El pago mensual de las pensiones se anuncia en la prensa como un drama nacional. El gasto parece inasumible e injustificable. Es como si el gobierno de turno hiciera un favor a los pensionistas mes a mes, dejando caer, a continuación, lo imposible del mantenimiento del sistema y haciendo creer que de forma irremisible se dejarán de abonar, y eso que lo han anunciado sin descanso.
El miedo atenaza y doblega. Condiciona los votos y somete a la audiencia a la voluntad de los mensajeros, y el número de pensionistas crece, con lo que la posibilidad de seguir sentado en el sillón de mando, es directamente proporcional al pago de las pensiones.
No sé si el sistema está fallando, revienta por los costados, es inasumible o hay que hacer lo que no se hace. Lo que sí observo es que las pensiones mantienen vivo este país. Los pensionistas gastan en los demás, recogen a los nietos del colegio, les dan de comer, aportan reiteradas veces el domicilio a los hijos que no despegan, o se estrellan al salir del nido. Mantienen gratuitamente asociaciones que no existirían sin ellos. Son informadores voluntarios en museos, bibliotecas, archivos y pasos de cebra, donde hacen de informadores de los millones de turistas que caminan como pollos sin cabeza en busca de destinos que aparecen en los móviles y no responden a la realidad.
Los pensionistas siguen pagando impuestos como si su vida produjera algo más que inconvenientes a las esferas de poder, como si su productividad fuera asunto de estado y no inconveniente para los presupuestos nacionales, ni amenaza de supervivencia para el resto de los habitantes del país. Mantienen sus vidas, en general, con orden, y disfrutan del tiempo libre que en los momentos de la vida activa no tuvieron.
Las personas que cobran las pensiones, que se han trabajado, mantienen la memoria de lo que fuimos, intentan no enfadarse ante la lentitud incomprensible de las obras públicas, pasean sin miedo por parques abandonados, dan vida a paisajes mortecinos, remueven las tierras de los olivares que en su día produjeron sin descanso, intentan orientar cuando ven podas inmisericordes, o que las talas de los árboles en las ciudades se producen de forma habitual. Pagan las subidas de los precios reduciendo los caprichos que en sus años productivos soñaron con hacer realidad, y alimentan los clubes de lectura, las partidas de ajedrez, las audiciones de música clásica y las imprescindibles agrupaciones de “amigos de…”
Las pensiones pagan una paz social que ningún presupuesto podría cubrir, y esa amenaza constante de su imposibilidad deberán justificarla quienes la profieren, y decir en qué se van a gastar esos millones que tanto les escuecen, qué partidas presupuestarias quieren incrementar en lugar de las pensiones y cómo van a alimentar a la población que vive escasamente, haciendo equilibrios la mayoría de las veces en su día a día, pero con una generosidad fuera de duda, porque además, muchas veces, ahorran para que los bancos se enriquezcan a su costa cada vez más, y los capitostes estén contentos con su cuenta de resultados.
El pago de las pensiones no es un regalo que nadie hace. Si los que mandan no saben administrar el caudal de los que trabajan de forma activa, tienen que apartarse del mando e ir a dar miedo a otro sitio.
Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el periódico HOY dde Badajoz del 19 de enero 2026.
5 de enero de 2026
ESTA NOCHE
(Foto de aldaba: Juan Muro)
Hoy se ha desatado un insomnio en la infancia que es difícil de combatir. No importa haberlos tenido en la cama hasta las once de la mañana, haber conseguido que estuvieran correteando por el parque sin cesar y comido como nunca. No ha servido de nada que hayan ido a ver un circo instalado a dos kilómetros caminando, que hayan jugado al fútbol y al baloncesto. No ha servido de nada.
Serán las once de la noche y seguirán con los ojos abiertos como platos, nerviosos, duchados, con los pijamas puestos y rebuscando en los armarios como posesos. El corazón se me saldrá del sitio si se acercan al escondite en el que llevo guardando meses tantas ilusiones que, en ocasiones, han servido para cubrir olvidos de cumpleaños o buenas notas, pero no me atreveré, bajo ningún concepto, a mandarlos a la cama con la amenaza de que los Reyes Magos no vienen si no duermen pronto, porque nunca lo han hecho y sospecharían, o me cogen en la mentira, como siempre lo hacen.
El padre ayuda poco. Ha venido roto del circo y del partido de fútbol con los vecinos, y duerme plácidamente en el sofá, sin saber si hay algo que hacer o puede seguir así hasta mañana, aunque es absurdo, porque es un experto montador de arquitecturas y barcos piratas de piezas diminutas que ha conseguido a través de innumerables cartas a Sus Majestades, y esa misión es suya a lo largo de la madrugada, porque las sorpresas o se dan, o uno deja de escribir tanto a los reyes si no ha merecido lo que está pidiendo. Le va a tocar instalar el palacio de Blancanieves y el barco con más piratas que hay en el mar.
De repente, en medio de la cena, sin acabar la tortilla francesa, ni el jamón de york, ni la papilla, empezarán a llorar amargamente y los llevaré a la cama profundamente dormidos, como si hubieran perdido el conocimiento, y empezará mi trasiego de cosas desde el garaje, los armarios, la casa de mi vecina, el coche… papeles de regalo, lazos, copas de coñac manchadas, polvorones mordisqueados y restos de la presencia de los de Oriente entre nosotros, mientras ellos siguen durmiendo con una placidez y felicidad propia de los que sólo tienen deseos maravillosos en la cabeza, la memoria bloqueada por la ilusión y los sueños cumplidos con seguridad.
Despertar al padre no será fácil. Me asegurará que lo monta todo en media hora, que le deje, que haga lo que tenga yo que hacer, porque las cosas estarán a tiempo, dada su manifiesta habilidad y confianza en sí mismo. La insistencia casi nos hará disgustarnos, y menos mal que una cabecita adormilada se asomará al salón, mientras despliego los papeles de envolver, y preguntará: “¿han venido ya?”. Como un resorte mágico su padre irá a acostarlo y abrirá las cajas de las piezas para que, al amanecer, estén las ocurrencias montadas.
Cuando abren las churrerías, ellos se despertarán y nosotros seguiremos recogiendo cosas para la basura. Nos parecerá que ha llegado el ejército a intentar salvarnos del fragor de la emoción y los gritos de lo que, por arte de magia, ha aparecido instalado como si fuera una tienda de juguetes, respondiendo a sus deseos.
Mañana será un día largo, pero ya será otro día.
Matilde Muro Castillo
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 5 de enero de 2026
22 de diciembre de 2025
MI MADRE
Hoy hace veintiún años que murió mi madre. El tiempo ha pasado en todo, menos en su recuerdo. He recorrido paisajes nuevos, conocido a muchas personas, alejado de otras, revivido momentos que compartí con ella, viajes que hicimos juntas, ocurrencias de su carácter que le permitía decir, con una educación exquisita, las verdades más tremendas a quien, sin conocerla, se permitía un comportamiento fuera de lugar.
Murió a las cinco de la madrugada, en ese día de la lotería, que siempre asocio a la estancia en el hospital hasta que nos fuimos al tanatorio. Ese día tremendo sonaba a los premios, a los sueños de otros, a la estupefacción de todos los hijos, nietos, amigos, conocidos. A la incredulidad de los que recibían la llamada con la noticia inesperada hasta por ella. Mientras tanto, los premios iban saliendo de los bombos a voz en grito, y todo era tan irreal, tan fácil de colocarlo en otro plano que no sabía si esas alegrías bañadas en cava, en los reportajes televisivos que se repetían constantemente en la cafetería del tanatorio, tendrían que ver con eso tan tremendo que me estaba pasando y que aún no había digerido (sigo sin digerirlo). Mi vida en ese momento se paralizó, al compás de la de ella, y ese entorno de los múltiples cambios en vidas ajenas como consecuencia de la suerte, me parecieron crueles. Yo no quería que mi madre me dejara, pero menos aún quería que otros exhibieran su alegría económica, esa que les iba a proporcionar una vida nueva, que yo no podría nunca entender porque la mía se había ido de repente.
Cuando paseo por Cáceres y me encuentro con personas que la conocieron, el consuelo es enorme. Todos me hablan de su bondad, de su belleza externa e interna, de su elegancia, del amor a sus nietos, de la sonrisa permanente, de la amabilidad con la que se relacionaba con el mundo entero, y sobre todo del recuerdo que dejó entre todos. Es hermoso hoy saber que has convivido con alguien inolvidable, un ser humano que nos dejó huérfanos a más de los que aparecemos en su libro de familia, pero que, aún hoy, es imprescindible en el paisaje emocional de muchos.
Sigo llorándola, como ella hacía con su madre. La recuerdo a diario contemplando la fotografía de mi abuela, a la que nunca le faltaban flores, y tratando de contener la emoción de su ausencia para que no le preguntáramos qué le estaba pasando. No entendíamos que decenas de años después de la muerte de mi abuela ella siguiera llorándola, pero aquí me tienen, hoy es la primera vez en veinte años que puedo escribir de esta emoción que me tiene atenazado el corazón, que me hace escribir en medio de un mar de lágrimas y que me ahoga, sobre todo cuando oigo a los cantores de la lotería, veo descorcharse botellas en la calle y empezar nuevas vidas.
Hoy es un día difícil para mí.
Matilde Muro Castillo
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 22 de diciembre de 2025.
14 de diciembre de 2025
CALENDARIOS
Hoy es fiesta. Un día de esos en los que millones de personas se lo pasan yendo de un lugar a otro: vuelven a casa después de experiencias inolvidables, de haber visto paisajes increíbles, oído cómo los gallos nos despiertan al amanecer a los que vivimos entre ellos sin soportarlos. Han hecho colas para entrar a ver belenes insólitos, han pagado facturas inasumibles por una cerveza sin pincho, una comida recalentada en el microondas, una paella congelada o un rollito primavera, que resultó barato y estaba rico.
No importa. Lo mejor de todo han sido dos días de descanso en los que han dejado de ver la televisión y han paseado por lugares que no conocían. Han descubierto lo insólito de las costumbres populares, se han dejado llevar en volandas hasta acceder a ver el árbol de alambres encendidos que preside la plaza del pueblo, se han acercado a los puestos de objetos de bromas, jabones hechos a mano, velas carísimas, puzles de madera fabricados durante el verano a la orilla del mar por los artesanos que son nómadas de la venta. Se llevan puesto el gorro de Papá Noel, el de Picachu, la careta de la bruja de 101 dálmatas, y la bufanda del equipo de fútbol de la localidad en la que han recalado, que jugó la Copa del Rey contra uno de Primera División. Los potentes habían aplastado al humilde, pero esa bufanda pasará a formar parte de la colección de las del bar de carretera en el que para a descansar una vez a la semana, y que va a invitarle al café cuando reciba semejante presente.
Mañana, si leen este artículo porque ayer se dedicaron a conducir, repasarán el gasto realizado, que ha merecido la pena indudablemente, porque han visitado a los abuelos, se han asegurado de que no pueden verlos en Navidad, porque toca visita a la otra parte de la pareja, contarán a los amigos el recorrido realizado, los tumultos de personas entre los que se han movido, reconocerán la paz de la casa y la poca actividad de la ciudad que habitan, y se darán cuenta, además, de que juegan más lotería que nunca en su vida. Han parado en todas las administraciones que se les han puesto en el camino de “¿y si toca aquí?” Nada, otro décimo porque la intuición arrasa. Es como si al pasar por la puerta del local y ver la pequeña cola que se ha formado fuera, una mano le hubiera cogido del tobillo y susurrado al oído: “es seguro y te arrepentirás si no compras”. Un día es un día. A ese lugar nunca vas a volver y si toca y no compras, confirmarás que eres el gafe que sabías. No sumes el importe de lo que te has gastado en lotería, porque no merece la pena.
Los calendarios son canallas. Desde agosto nos enseñan que el disfraz de enemigo de la Navidad no sirve de nada. Nos apostamos en los despachos de lotería de la playa y compramos para el gordo. Se nos olvida, como se olvidan los días de calor y granizadas de limón, y en días como los de ayer y anteayer, hemos vuelto a creer que, a cambio de poco, vamos a recibir todo lo deseado. Es culpa de las fechas, no de la memoria, o de la pereza.
Matilde Muro Castillo
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el día 8 de diciembre de 2025
CUIDADO
Los que nos asomamos a estas columnas de opinión, en las que nos manifestamos sobre todo y sin empacho, porque no podemos saber de todo, ni conocer todo de lo que hablamos. Los que aparecen en televisión voceando y dando noticias sin comprobar la veracidad. Los que usan las redes sociales como fuente de información. Los que, pagados por todos nosotros y elegidos en las urnas conscientemente por quienes depositamos la papeleta con orgullo de ciudadano ejemplar, esos que nos representan, han de empezar a cuidar las formas.
En nombre del despecho, del odio personal que se profesan, y de la necesidad de seguir manteniendo los escaños respectivos, están rebasando las normas establecidas, y nosotros, los que escribimos, hablamos en público, salimos en televisión, organizamos programas de radio en directo o grabados, y emitimos reportajes de historias que tienen una “antigüedad” de 20 años, o investigamos los crímenes más horrendos dictaminando quién y no es el culpable, tenemos que bajar el tono.
Hay que tener cuidado. No podemos seguir así. No hay forma de aceptar todo lo que el día a día produce. El altavoz es excesivo. Lo atronador nos deja sordos, e incluso ciegos, y nos estamos transformando en una sociedad violenta, insensible, manipulada y radicalizada.
Yo me culpo por escribir de cosas que no conozco en profundidad. Me enfado mucho. Quiero transmitir siempre mis quejas desde esta columna (que casi nadie lee), pero reconozco que me sirve muchas veces de desahogo emocional, pero cuando he visto lo que se ha hecho en Senado con el último presidente de la Comunidad Valenciana, la fiereza en las últimas sesiones de control del Congreso, las imputaciones a unos y otros, la violencia de una renacida kale borroka en el País Vasco, las amenazas de los de Junts al Gobierno, las sucesivas grabaciones de imputados que tratan a las mujeres como seres inertes en un mercado de esclavos de la América Colonial, me ha dado miedo, porque puede derivar en un enfrentamiento entre nosotros, al que España en general nunca se resiste demasiado.
España es un país de guerras constantes en su historia. De invasiones y convivencias de unos y otros sin cesar. De solidaridad con las necesidades ajenas, que causa asombro en el mundo, pero hay límites muy delgados en ciertos aspectos de nuestra convivencia, que tengo la sensación de que los estamos rebasando. Hay que bajar el tono. Hay que frenar el comentario soez, el lenguaje bárbaro, las imputaciones supuestas, los insultos gratuitos y el dolor innecesario. La Ley escrita es suficiente. No es necesario leerla en voz alta y con muchas interpretaciones. Sólo hay que cuidar la Ley. Lo otro, sobra.
Matilde Muro Castillo.
9 de noviembre de 2025
LA CADENCIA
El tiempo pasa acompasado y la vida se acomoda a él con cadencias difíciles de romper. No es necesario que ocurra una tragedia irresoluble, no hay que provocar acontecimientos imprevisibles, no hay que dejarse arrastrar por circunstancias borrosas, porque el tiempo acaba poniéndonos a todos en su sitio.
Todas las mañanas veo pasar a los mismos bajo mi ventana. Aunque vayan disfrazados son ellos mismos, y miro el reloj, alzo la vista a las nubes y están ahí, son ellos, los de todos los días que organizan un paisaje cotidiano, sin el que es difícil orientarse. Las voces de los que tratan de localizar a los otros son la música del día. El camión de reparto, el tractor de recogida de basuras, el mal humor del personaje que se cree el centro del mundo abriendo y cerrando puertas, ponen ritmo a lo cotidiano. He averiguado que a la perra de la vecina de enfrente la dejan sola con la venta abierta durante mucho tiempo por la mañana. Ladra sin cesar, y los propietarios no saben que el animal nos cuenta que se retrasan, que la cosa no ha ido bien, que la comida se les ha quemado o que se han olvidado del animalito que no deja de dar voces hasta que ellos llegan.
Las monjas del convento de al lado hacen un toque maravilloso de campana a las ocho menos diez de la mañana. Siete sonidos amables, humildes, sin querer molestar, diciendo que siguen vivas en la clausura y que el hambre acosa dentro de los muros.
A las persianas metálicas de la casa de al lado se les han soltado sus anclajes, pero no es problema porque aquí sopla poco el aire, pero cuando hay viento se desata el solo de batería para una ventana inconclusa, de autor anónimo y de duración indefinida.
De vez en cuando alguien se compra una radial. Es un instrumento funesto y aterrador para los ruidos. Se propone abrir puertas, ventanas, ahondar para una piscina, ahuecar los granitos o perfilar baldosas sin cesar a cualquier hora del día o de la noche. Hay que guarecerse en la casa mientras decide terminar la obra a ratos perdidos. Son aficionados a la herramienta, y el trabajo parece no tener fin. Nos preguntamos unos y otros qué tipo de avería se ha producido en ese lugar ante la duración y virulencia del ruido, pero un día de repente se para, y vuelve la paz a nuestras vidas sin explicación alguna.
El camión diario de los alimentos congelados para en la plazoleta y el chófer jamás para el motor. Él va a la carrera a distribuir sus productos con una carretilla oxidada que chilla como un gato loco cuando la hacen saltar sobre las piedras, y el camión sigue en marcha las horas que el trabajador necesite para descargarlo en medio del trote descompuesto que el suelo provoca.
Ha fallecido un vecino y nadie se ha hecho cargo de las gallinas. El gallo ha optado por seguir despertándonos a las seis de la mañana, revolotea buscando dónde comer, y hay días en los que se asoma a los jardines a saludarnos uno a uno, para comprobar si dormimos, digo yo.
Como ven, el día está adornado de músicas previsibles, insoportables y no son necesarios grandes escándalos para que te quiten el sosiego.
Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 10 de noviembre de 2025
28 de octubre de 2025
MIS CHICAS
EL JARDÍN
Ha sido un verano durísimo. Mi jardín lo ha pasado mal. No le ha faltado agua, tampoco cuidados, ni presencia que pretendía mitigar la crueldad del tiempo sofocante, la ausencia de noches refrescantes, ni los empeños de los malditos saltamontes en comerse las hojas lobuladas del árbol de Judas, que se enseñoreaba provocando a los hambrientos bichos.
La dureza del clima sigue, y sufro las consecuencias de mi vigilancia en el riego. No riego lo necesario como para que las plantas se sientan felices. Mi padre decía que yo “mojaba”, y mi amigo Paco Salazar, que entiende de jardines y plantas como pocos, dice, cuando le digo los minutos que tengo adjudicados a los riegos controlados, que someto a las plantas a un nerviosismo en su crecimiento difícil de soportar cuando las condiciones cambian. Paco tiene razón: no tengo aceitunas este año, no han florecido las zamboas y no tengo membrillos, las naranjas las cuento con los dedos de una mano, las granadas han reventado antes de madurar… en fin, un verdadero desastre que he contemplado a diario, porque no he dejado de atenderlo, pero no ha respondido a nada.
El jardín es mi refugio, y me ha costado reconocerlo. En momentos complicados me voy a mirarlo, arranco malas hierbas, conecto la manguera y trato de recomponer las insaciables hortensias quemadas por el sol, recorto la hiedra, le doy vueltas al depósito de compostaje y me canso muchísimo físicamente, pero ahí, en esos ratos se me ocurren las cosas más peregrinas, atizo la imaginación y trato de encontrar solución a lo que me complica el sueño, que es más de lo deseable.
He adquirido tal dependencia de él, que cuando no lo paseo, lo echo de menos y mi cabeza se enreda hasta límites difíciles de explicar.
El invierno pasado llovió como hacía años que no ocurría. Soñé con un jardín desbordante, lleno de frutos (había podado a tiempo), paredes llenas de enredaderas perfectamente recortadas, porque mis vecinos, que no están al otro lado, protestan si alguna sombra de hojas verdes les invade, y con ese paraíso propio, silencioso muchas veces, en el que me siento libre y no lo necesito para leer, como casi todo el que me conoce dice que lo tengo, sino para lavar la cabeza por dentro y descansar machacándome físicamente, me las prometía más que felices.
Todo lo había imaginado perfecto, pero no ha sido así. El jardín no me ha respondido a los cuidados. Se ha acobardado ante las circunstancias, se ha sofocado ante la falta de aire fresco, se ha hundido en la abundancia de un agua inesperada que ha ahogado su capacidad de digerir esa cantidad insólita de riegos en el invierno, ha rechazado el apoyo emocional de la presencia constante, ha decidido por su cuenta que sólo mantiene feroz e invasivo el tapiz verde del suelo, para que trabaje más recortándolo y dándole la apariencia de lugar disfrutable, pero no me engaña. Hace muchos años que nos conocemos y sabemos, el uno del otro, de nuestras debilidades.
Sigue el calor. Sigo con el riego por goteo. Sigo empeñada en que me responda, voy y vengo sin cesar, pero sigo sin dormir bien. Algo nos pasa a los dos.
Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el diario Hoy de Badajoz el 27 de octubre de 2025.
PING - PONG
4 de septiembre de 2025
EL SILENCIO
LA BICICLETA
15 de agosto de 2025
LO QUE HAY
Hace días que dejé de escribir las dos columnas al mes que me publica el periódico.
Hace un mes que no escribo columnas, y vuelvo a enfrentarme a la necesidad de ser ocurrente, que alguien lea en medio de este calor, que sigan buscando en sus dispositivos por si aparezco y qué es lo que está pasando bajo mi punto de vista.
Me da una pereza enorme envolverme en el lodazal que nos circunda. No quiero hablar de lo que abre los noticiarios. Me produce tristeza la desconfianza y el mal humor generalizados, y me irrita profundamente la mentira descarada y la manipulación de los sentimientos ajenos.
Durante este tiempo tan corto, he revuelto papeles sin cesar. He descubierto cosas que tenía y había olvidado, como si no fueran importantes y no supiera que esos objetos me producen felicidad, sólo al tenerlos entre las manos. He pretendido poner todo lo hallado en primera línea, pero el paso de los días y los encuentros, han vuelto a dejarlos escondidos tras los que iban apareciendo y el resultado es que he trabajado, movido las cosas con pasión y sin conocimiento, y se han vuelto a perder.
Ahora he perdido la visión general que tenía memorizada. Ya no puedo ir a tiro hecho a rescatar lo que necesito de inmediato, porque he cambiado de sitio lo que no sabía que estaba ahí, y desde hace decenios no necesitaba. Me he complicado la vida, y creo que es lo que nos pasa con los recuerdos: afloran sin saber muy bien porqué, los revivimos, nos recreamos en ellos, y al volver a la realidad, no sabemos muy bien dónde estamos.
A lo mejor el caos presente que me incomoda, es producto de recuerdos que deberían haber sido borrados y no retenidos en alguna parte del agujero negro que es la mente de cada uno, allí donde se guardan los orígenes de nuestra vida, de forma imprecisa, pero real, porque las vivencias no se pierden nunca. A esta teoría que me administro con frecuencia, no soy capaz de aplicarle fórmula física ni matemática alguna, pero resulta que mi entorno ha cambiado de repente, sólo por mover recuerdos, por colocar lo que antes ya estaba ordenado de otro modo, y creer que lo que se había quedado al fondo del armario, carecía de importancia.
El lío es fenomenal, y como ha pasado el tiempo, a lo mejor lo que me pasa es que me cuesta más retener lo nuevo que antes, pero lo dudo.
Posiblemente, lo que debo aprender es que lo que hay, lo que me molesta, de lo que no quiero escribir, lo que no puedo contemplar fríamente y de lo que me siento más víctima que espectador, es a lo que me tengo que acostumbrar. El problema es que las articulaciones ya no son flexibles, las neuronas están fuertemente asentadas, los malos modos no los acepto, y que nos mientan a diario es complicado de asumir.
Tenemos todos la responsabilidad de intentar cambiar para bien, no aceptar lo que hay, aunque no reconozcamos el aspecto de las estanterías de nuestra vida.
Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado el diario HOY de Badajoz el 4 de agosto de 2025.



