13 de abril de 2026

MARIE BLANCHARD EN BADAJOZ

 

                                                                Foto Juan Muro.

El Museo Provincial de Badajoz (MUBA) trabaja desde hace años en el rescate de figuras femeninas de la historia del arte, ocultadas exclusivamente por su condición de mujeres y ninguneadas sin otro motivo que no sea la del género. Exposiciones anteriores dedicadas a autoras extremeñas, de cuya obra se nutren fondos del propio museo, como Teresa Romero, Cándida Valle, Rosa Telesforo… son el preludio a esta asombrosa exposición que hasta junio se exhibe en el MUBA.
Cuando hace muchos años tuve la inmensa suerte de compartir tertulias con personas que formaban parte del ámbito de las artes plásticas en Madrid, los fines de semana recorríamos las exposiciones que se abrían en salas de arte de amigos, íbamos a ver cómo crecía el Museo Reina Sofía, y elucubrábamos acerca de los cuadros que nos llevaríamos a casa, si nuestra pericia como ladrones y las fuerzas del orden nos lo permitieran. A mí me podía la fuerza de Juan Gris. Siempre él, pero en una ocasión mi amiga Mónica me preguntó si no me gustaba más María Blanchard. A ella, traductora de bastantes lenguas, sobre todo de libros de arte, le fascinaba, y me contó lo que, hasta entonces, yo desconocía, y que estaba tan claro en su obra cuando aprendes a leer esas otras formas de expresión que laten bajo las texturas, los objetos retratados, las personas elegidas, los colores, las capas, los tamaños, los formatos, los materiales… y se alzó al primer lugar en mis preferencias María Blanchard.
He vuelto alguna vez, no muy cercana, al Museo Reina Sofía a verla, porque con motivo del día del libro de 2024 se recordó que una gran pintora española, Amalia Avia, había nacido ese día, y que era una gran olvidada en el mundo del arte, y que la historia se repetía, como con María Blanchard.
Amalia Avia, en su autobiografía “De puertas adentro” publicada en 2004, escribe: “Algunas de mis compañeras llevaban tantos años como ellos pintando y, sin embargo, todas adoptaron la misma actitud humilde y supeditada que posponía siempre nuestras inquietudes y nuestra vocación a las suyas. Me podrían decir que nuestra vocación era menor que la de ellos; puede que así fuera, aunque habría que saber el porqué”. 
Aquí seguimos, aquí estamos: en el mismo punto de partida desde donde el silencio y la sinrazón ocultan a mujeres magistrales. Por ello, este placer infinito de tener colgadas obras de María Blanchard en Badajoz, es impagable. Tener a su alrededor a los compañeros pintores con los que compartió vida y acaso vocación, como escribe décadas después Amalia Avia, es un ejercicio casi de evidencia jurídica de que no hay menos arte, menos pericia, menos profesionalidad o peor forma de expresión en María Blanchard que en su entorno formado por Diego Rivera, Juan Gris, Lohte, Lipchit, y para que, ante la duda latente como consecuencia del género, nadie tenga argumentos con los que refutar la maestría de María. 
La exposición es soberbia. Emociona su contenido y el trabajo realizado por el Museo para su organización. Quiero que sepan que me traería a casa sin dudarlo la obra titulada “La convaleciente”, porque volver a ver a Blanchard tan cerquita, te deja ausente.

Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 13 de abril de 2026.


30 de marzo de 2026

ESTOS DÍAS

 


Cuando llegaba la Semana Santa, mi madre siempre nos contaba que en su casa en estas fechas se hacía el silencio más aterrador. Mi abuelo Alberto ordenaba recogimiento, oración, disciplina y buen hacer durante la semana, amargando la vida a los habitantes de la casa que, capitaneados por mi abuela, llevaban una vida habitual más ligera de la que ahora se proponía. La tertulia semanal de mi abuela, en la que en ocasiones participaba Cansinos Asens, porque era vecino del inmueble, se suspendía, para disgusto de doña Felipa, el general Casquet, la hermana de Cansinos, Pilar, la amiga de mi abuela doña Marina, el tío Nemesio, la amiga de todos, Josefina, que era la que organizaba la partida de cartas en la que se manejaban monedas de cartón de Amadeo de Saboya por importe de un duro la unidad, y la fiel María, que mantenía el brasero vivo y las tazas de café llenas. Era Semana Santa y aquel jolgorio se cerraba a cal y canto.
El tiempo pasa y esa rigurosidad en las costumbres no la he vivido. En mi casa nada se imponía, las cosas se sugerían y el que quería ir a las iglesias a pasar miedo en medio de espectáculos sanguinolientos, podía hacerlo. El que quería disfrutar de ver los paños morados cubriendo la imaginería maravillosa que adorna los templos, también podía ir, pero nunca hemos formado parte de cofradías, tamborradas, trompeterío, ni abluciones con aguas santas. Estrenábamos calcetines, o ropa interior en el Domingo de Ramos, pero tampoco sacudíamos palmas en las procesiones. No recuerdo ver a mi madre vestida de mantilla, ni a mi padre de capuchón, y no había nada que resultara obligatorio en esos días, excepto no comer carne desde el primer viernes de Cuaresma hasta el domingo de Resurrección, que se celebraba en casa con una gran comida de pollo relleno de carne picada, ensalada de perdiz y redondo de ternera trufado con bolas de puré de patata fritas, que eran uno de los mejores platos de mi madre.
Nuestro lugar de descanso veraniego estaba lejísimos de la casa habitual. No había medios para emprenderla y desplazar una tribu completa a la playa, aunque en una ocasión, decidieron mis padres viajar en grupo con unos amigos a Portugal aprovechando los días de asueto, y mi padre casi se ahoga a merced de las olas de Nazaret. Se acabó la celebración y donde mejor se está es en casa.
Sigo pensando lo mismo. En casa es el mejor sitio para estar cuando el mundo se vuelve loco y se quieren hacer cosas que nunca han experimentado: ver procesiones de madrugada, soportar tambores que dan pánico, decidir estar en la calle sin casi poder pisar el suelo de la cantidad de gente que te empuja, patinar por las aceras impregnadas de ceras de las velas que, por miles, han desfilado sin saber muy bien para qué, comer torrijas que se pueden hacer todo el año, hacer colas inmensas para devorar buñuelos a precios injustificables, y aparcar en lugares prohibidos por las autoridades que acotan las ciudades para recibir a visitantes, a los que se pasan el año entero llamando a voces, y luego les prohíben bajarse del coche bajo riesgo de multa impagable.
 Feliz Semana Santa a todos.

Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz del 30 de marzo de 2026


17 de marzo de 2026

A VECES PASA

 


Desde que nací tengo la cabeza como una caja de cohetes a punto de explotar. Se me ocurren las cosas más peregrinas, trato de poner en práctica sueños inalcanzables, creo que puedo llegar a todo lo que me propongo, pienso que se entiende la intención de lo que acometo, y confío en que las cosas se solucionan si las sosiegas, las paseas, las rumias durante días y, en ocasiones, las desvelas con la molestia consiguiente.
Esta actividad frenética, amparada por buena salud y gusto por el trabajo, me ha llevado a mal puerto en muchas ocasiones, pero la verdad es que no se puede poner en práctica tanto como me ilusiona sin ayuda, ni una mirada cómplice, aunque a empujones, sospechas infundadas, malos modos e incredulidad de quienes me escucharon, algunas cosas han salido bien, pero muchas siguen en el cajón y ¡vaya usted a saber el destino que les espera!, pero de repente, hace años, asomaron en mi vida Emilio Vázquez y Emilio Jiménez, los dos desde la Fundación Caja Badajoz, y la cosa cambió.
Cuando presentaba algún proyecto, les sugerí que se hicieran cargo de mi colección de fotografías antiguas de Extremadura, que ampararan a la Unión de Bibliófilos Extremeños… que soñaran conmigo en definitiva, ocurrió eso que a veces pasa porque la suerte se alió en mi vida con el lío. Perdí la certeza de que no podía hacer nada. Por mucho que inventara, se me escuchaba, me decían con sus gestos y actos que me querían, me respetaban las ideas y las engrandecían con exposiciones, catálogos, publicaciones, ayudas económicas a la Unión de Bibliófilos Extremeños y ante cualquier sugerencia, se tomaba nota, sin cerrar la puerta jamás. Mimaron exposiciones, recorrieron a mi lado los lugares por los que conferenciantes, fotografías, libros y exhibiciones viajaron, acompañaron a los invitados para que se sintieran en casa, establecieron fuertes lazos de complicidad con los amigos que empezaron a ser comunes. Hicimos de las sobremesas charlas y risas inagotables, campeonatos de anécdotas, intercambios de recuerdos alojados en la memoria del tiempo vivido por cada uno, y compartimos la preocupación profunda de la enfermedad, el cansancio, la desazón de la falta de escucha en otros lares, los miedos de esta tierra a ser algo especial (que lo es y no nos lo creemos) y la desconfianza generalizada a la hora de acometer cosas insólitas, porque lo cainita forma parte de la genética del territorio nacional.
Mis amigos “Los Emilios” han decidido vivir su vida y descansar prescindiendo de agendas, compromisos, discursos diarios, presentaciones de exposiciones, conciertos, conferencias, congresos, inauguraciones de salas reformadas, direcciones de residencias estudiantiles, control de cuentas, firmas de acuerdos, excursiones de semanas, y el teléfono sin parar. Han decidido vivir la vida desde la vida, y pasar a un segundo plano, pero los que presumimos de su amistad no tenemos más remedio que darles las gracias por tanto como han hecho, tanto como nos quieren, la entrega sin límites a una causa como esa Fundación “de la gente”, lema con el que han cumplido sin ambages, y que hayan decidido seguir paseando por Badajoz muchos años, para evitar el olvido, al que nunca podrán pasar, porque han sido la piedra clave para que el edificio construido no caiga.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 15 de marzo de 2026

2 de marzo de 2026

EL PRECIO A PAGAR

 

                                                                                                                                       (Foto de aldaba Juan Muro).               


Hace días que paso muchas horas en casa. Leo, veo la televisión más de lo habitual, repaso periódicos de hace unos meses, ordeno papeles, desordeno lo que lleva años amontonado, descanso de no estar cansada, me someto a un horario que me he impuesto de forma estúpida, y no lo rompo, y rumio sin cesar lo que pasa alrededor, que hasta ahora sólo me había provocado malestar, pero me había acostumbrado a estar incómoda.

Va a hacer cuatro meses que frente a mi casa se hizo un agujero en el pavimento como consecuencia del tránsito de autocares cargados de gente que desembocan en la plaza, camiones que reparten toda clase de comidas y bebidas a los bares, coches que sin cesar llevan a los niños al colegio y los recogen (porque los niños no van a ninguna parte andando), en fin, el tráfico normal del centro de una ciudad.

El ayuntamiento, presto, colocó dos placas de hierro que se bambolean cada vez que alguien subido en un vehículo las pisa. La sinfonía, como pueden imaginar, es brutal. No hay descanso posible, no hay momento del día ni la noche en la que se pueda evitar el tambor de las placas salvajes de hierro golpeando contra el agujero. Nadie hace nada. Los vecinos enfermamos de todo, pero a nadie le importa.

La lluvia ha hundido el tejado de casas aledañas abandonadas hace años. Se comunica porque la fachada, que ha quedado en pie, amenaza con caer hacia la calle con enorme tránsito. La solución municipal ha sido poner una valla y decorarla con cintas de plástico para que nadie pase, pero si cae, mata a alguien porque es por donde el paso de coches, autocares, motos, camiones, furgonetas y demás vehículos motorizados la emprenden para tocar el tambor del socavón tapado con planchas de hierro.

En esta ciudad, cimentada sobre piedra granítica que aflora a la vista de cualquier tanseúnte, se autorizan obras de demolición con maquinarias inapropiadas y ocasionan verdaderas tropelías, grúas que se elevan sobre edificios medievales para acristalarlos, eliminando la necesaria ventilación de los patios interiores, que airean las galerías y sujetan los armazones de maderas centenarias. Se pasan los meses y nadie limpia las callejas; se podan los árboles con saña y usan máquinas para hacer setos; el olor a orines del fin de semana resulta lo habitual; el ruido incontrolado está autorizado; se celebran toros en la plaza mayor teniendo una plaza construida para la celebración que ha sido declarada bien de interés cultural no hace mucho tiempo, y esa plaza de toros se abandona a su suerte, o en ella se celebran encuentros de comida.  

Las vías de la ciudad están llenas de baches monumentales. Si les da por cambiar una conducción de agua de una calle, arruinan a los negocios allí establecidos por la tardanza en la ejecución…

No quiero seguir. No me da más de sí la columna. 

Este es el precio que estamos pagando, lo caro que cuesta vivir cuando los que nos manejan no tienen ilusión, no les importan sus ciudades, y menos aún los ciudadanos.

Matilde Muro Castillo.

(Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 2 de marzo de 2026) 

18 de febrero de 2026

SE FUE

 




Hace unos días que ha fallecido Robert Royal. Éramos amigos desde hace muchísimos años. Su vida fue la de fotógrafo extraordinario, que vivía en España por amor a este país, y que nos conocía como pocos.

Mi sentimiento ha sido enorme, tanto por inesperado, porque había hablado con él en Navidad y me dijo que vendría a Trujillo a la Feria del Queso, como por la impotencia que me ha propiciado no poder conseguir de nadie de esta región que se hiciera cargo de ese archivo fotográfico inmenso, seleccionado, hermoso y con esa visión del extranjero que nos mira sin sangre caliente ni reproches.

Era guapo, educadísimo, presente con su cámara sin molestar jamás, oportuno, perfecto en la ejecución, exigente, amable cuando el resultado de la imagen no le complacía al sujeto, valiente, generoso y enamorado de las sombras que los edificios nuevos proyectan sobre espacios vacíos de alma.

Bob hizo fotografías emblemáticas de la historia de la transición española, y cuando nos conocimos, estaba haciendo el proyecto “Un día en la vida de España”, y recorrió Extremadura y vivió en Trujillo unos días. La luz de nuestra región le conmovió, y siguió volviendo una y otra vez. Hizo fotografías preciosas, y hoy irrepetibles, de la Extremadura que renacía desde el olvido. Recogió con su cámara las lágrimas de un bebé que acababa de nacer, la risa de los que veían rehecho el puente derrumbado en la guerra de la Independencia, los paisajes que eran alfombras de encinas que no dejaban ver el suelo, las nubes que sujetan el cielo, las piedras que no envejecen, y una sociedad de puertas adentro, que miraba desde los balcones cambios que restañaban y no eran fáciles de aceptar.

Bob había nacido en Alabama. Fue actor en los westerns que se rodaban en Almería, hablaba español perfecto con un acento americano delicioso, y miraba desde su gran altura con una bondad inigualable, y su legado, por el que lucha la Universidad de Extremadura por tener (le ha organizado exposiciones importantes en Cáceres y Badajoz), se ha quedado sin que a él le pudiera dar la alegría de saber que, a alguna institución, fundación, organismo, ayuntamiento, parroquia o lo que sea, le pudiera interesar.

Bob reflejó con sus imágenes amables la transición española, y con ello consiguió que, al publicar sus fotografías en las mejores y más importantes publicaciones internacionales, los observadores exteriores de nuestra aventura democrática, nos miraran con amabilidad, mientras el espíritu cainita español, se dedicaba a fotografiar de otra manera, pero sin salida al exterior.

Robert Royal, mi amigo Bob del alma, se ha ido sin recibir el agradecimiento que merecía. Sin tener el reconocimiento que se había trabajado sin descanso en medio del fragor de la transición. Siempre decía que: “España nunca defrauda” y aunque desde 2014 dejó de hacer reporterismo de calle para publicaciones internacionales, su obra es inmensa y, aunque ha sido estudiada, luchó por conseguir depositarla para su conservación y abrigo hasta el último día en algún lugar de su amada España, sin conseguirlo.

Era un sabio de la luz y el cariño.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 16 de febrero de 2026

2 de febrero de 2026

LAS PALABRAS

 

                                                                                                                                                                                        Foto aldaba Juan Muro.

He leído la obra de Andrés Newman: “Hasta que empieza a brillar”, que es una biografía novelada dedicada a María Moliner con motivo del 125 aniversario de su nacimiento.

A todos les recomiendo que lo hagan, porque es de una belleza increíble, y conocer a María Moliner, no puede resultar más hermoso, revelador y enriquecedor.

Hacer un diccionario durante quince años de su vida, ficha a ficha, haciendo que el español se pueda usar con claridad, resulta inaccesible para quien no sea “La Moliner”. Si además nos referimos a nuestra lengua, en la que el uso habitual es el masculino, la libertad no estaba definida, determinadas expresiones no eran bien entendidas y el miedo de la guerra civil y la posguerra atenazaban su determinación, es una tarea que merece lo que ocurrió: que su diccionario se conociera por su apellido cuando alguien lo compraba: “El Moliner” y así se ha quedado, dejando fuera de conocimiento general el “diccionario de uso del español” que le sugirió Dámaso Alonso, su amigo y editor.

Después de leer este espléndido libro, pienso en ella, qué haría hoy contemplando los sucesos de la lengua que nos rodean. Cómo respiraría de profundo al oír el discurso con el que quieren repartir los dineros igual para todos, pero dándoles a unos más que a otros, y dejando sin nada a unos cuantos. Cómo trasladaría al uso común el párrafo: “la construcción del modelo depende del principio de ordinalidad… pero la respuesta no puede ser binaria, porque Cataluña lo cumple, pero el resto tienen que ponerse de acuerdo, aunque es difícil, ya que el sistema vertical tiende hacia la horizontalidad”, o pretender que entendamos de forma palmaria “me responsabilizo de todo lo que ocurre sin paliativos” y ahí sigo, o “el problema de los inmigrantes es que son pobres”, o lindezas parecidas que no encuentran acomodo en el esfuerzo titánico de esta mujer, que puso a nuestro alcance el idioma con el que nacemos y que se había transformado en un lugar áspero, dedicado al enfrentamiento entre nosotros, sin cintura para las aportaciones nuevas, y obviando, por ejemplo, a las madres como mujeres que tienen o han tenido hijos, en lugar de “hembra que ha parido” del diccionario oficial.

Su lucha constante porque en todos los pueblos hubiera bibliotecas, su trasiego juvenil pueblo a pueblo poniendo orden en los libros, recomendando compras, habilitando espacios y nombrando encargados que le respondían emocionados en informes, o en descripciones de posturas enconadas por los lugares de ubicación de las bibliotecas, cada vez más necesitadas de espacio, no eran sino acicates de esa vocación que se abría paso en medio de experiencias y destinos de la más diversa índole.

En una conferencia a niños en Llanera de las Coronas una niña le preguntó si cuando un libro se cerraba, se borraban las letras. Y puede que ella pensara que sí. Que a veces lo que nos quieren decir no concuerda con lo que escuchamos, con lo que leemos, y menos aún con lo que vemos a nuestro alrededor.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 2 de febrero de 2026 

19 de enero de 2026

LAS PENSIONES

 

                                                                                                                (Foto aldaba Juan Muro)


El pago mensual de las pensiones se anuncia en la prensa como un drama nacional. El gasto parece inasumible e injustificable. Es como si el gobierno de turno hiciera un favor a los pensionistas mes a mes, dejando caer, a continuación, lo imposible del mantenimiento del sistema y haciendo creer que de forma irremisible se dejarán de abonar, y eso que lo han anunciado sin descanso.

El miedo atenaza y doblega. Condiciona los votos y somete a la audiencia a la voluntad de los mensajeros, y el número de pensionistas crece, con lo que la posibilidad de seguir sentado en el sillón de mando, es directamente proporcional al pago de las pensiones.

No sé si el sistema está fallando, revienta por los costados, es inasumible o hay que hacer lo que no se hace. Lo que sí observo es que las pensiones mantienen vivo este país. Los pensionistas gastan en los demás, recogen a los nietos del colegio, les dan de comer, aportan reiteradas veces el domicilio a los hijos que no despegan, o se estrellan al salir del nido. Mantienen gratuitamente asociaciones que no existirían sin ellos. Son informadores voluntarios en museos, bibliotecas, archivos y pasos de cebra, donde hacen de informadores de los millones de turistas que caminan como pollos sin cabeza en busca de destinos que aparecen en los móviles y no responden a la realidad.

Los pensionistas siguen pagando impuestos como si su vida produjera algo más que inconvenientes a las esferas de poder, como si su productividad fuera asunto de estado y no inconveniente para los presupuestos nacionales, ni amenaza de supervivencia para el resto de los habitantes del país. Mantienen sus vidas, en general, con orden, y disfrutan del tiempo libre que en los momentos de la vida activa no tuvieron.

Las personas que cobran las pensiones, que se han trabajado, mantienen la memoria de lo que fuimos, intentan no enfadarse ante la lentitud incomprensible de las obras públicas, pasean sin miedo por parques abandonados, dan vida a paisajes mortecinos, remueven las tierras de los olivares que en su día produjeron sin descanso, intentan orientar cuando ven podas inmisericordes, o que las talas de los árboles en las ciudades se producen de forma habitual. Pagan las subidas de los precios reduciendo los caprichos que en sus años productivos soñaron con hacer realidad, y alimentan los clubes de lectura, las partidas de ajedrez, las audiciones de música clásica y las imprescindibles agrupaciones de “amigos de…” 

Las pensiones pagan una paz social que ningún presupuesto podría cubrir, y esa amenaza constante de su imposibilidad deberán justificarla quienes la profieren, y decir en qué se van a gastar esos millones que tanto les escuecen, qué partidas presupuestarias quieren incrementar en lugar de las pensiones y cómo van a alimentar a la población que vive escasamente, haciendo equilibrios la mayoría de las veces en su día a día, pero con una generosidad fuera de duda, porque además, muchas veces, ahorran para que los bancos se enriquezcan a su costa cada vez más, y los capitostes estén contentos con su cuenta de resultados.

El pago de las pensiones no es un regalo que nadie hace. Si los que mandan no saben administrar el caudal de los que trabajan de forma activa, tienen que apartarse del mando e ir a dar miedo a otro sitio.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el periódico HOY dde Badajoz del 19 de enero 2026.



5 de enero de 2026

ESTA NOCHE

 

                                                                                                                                                                                                        (Foto de aldaba: Juan Muro)

Hoy se ha desatado un insomnio en la infancia que es difícil de combatir. No importa haberlos tenido en la cama hasta las once de la mañana, haber conseguido que estuvieran correteando por el parque sin cesar y comido como nunca. No ha servido de nada que hayan ido a ver un circo instalado a dos kilómetros caminando, que hayan jugado al fútbol y al baloncesto. No ha servido de nada.

Serán las once de la noche y seguirán con los ojos abiertos como platos, nerviosos, duchados, con los pijamas puestos y rebuscando en los armarios como posesos. El corazón se me saldrá del sitio si se acercan al escondite en el que llevo guardando meses tantas ilusiones que, en ocasiones, han servido para cubrir olvidos de cumpleaños o buenas notas, pero no me atreveré, bajo ningún concepto, a mandarlos a la cama con la amenaza de que los Reyes Magos no vienen si no duermen pronto, porque nunca lo han hecho y sospecharían, o me cogen en la mentira, como siempre lo hacen.

El padre ayuda poco. Ha venido roto del circo y del partido de fútbol con los vecinos, y duerme plácidamente en el sofá, sin saber si hay algo que hacer o puede seguir así hasta mañana, aunque es absurdo, porque es un experto montador de arquitecturas y barcos piratas de piezas diminutas que ha conseguido a través de innumerables cartas a Sus Majestades, y esa misión es suya a lo largo de la madrugada, porque las sorpresas o se dan, o uno deja de escribir tanto a los reyes si no ha merecido lo que está pidiendo. Le va a tocar instalar el palacio de Blancanieves y el barco con más piratas que hay en el mar.

De repente, en medio de la cena, sin acabar la tortilla francesa, ni el jamón de york, ni la papilla, empezarán a llorar amargamente y los llevaré a la cama profundamente dormidos, como si hubieran perdido el conocimiento, y empezará mi trasiego de cosas desde el garaje, los armarios, la casa de mi vecina, el coche… papeles de regalo, lazos, copas de coñac manchadas, polvorones mordisqueados y restos de la presencia de los de Oriente entre nosotros, mientras ellos siguen durmiendo con una placidez y felicidad propia de los que sólo tienen deseos maravillosos en la cabeza, la memoria bloqueada por la ilusión y los sueños cumplidos con seguridad.

Despertar al padre no será fácil. Me asegurará que lo monta todo en media hora, que le deje, que haga lo que tenga yo que hacer, porque las cosas estarán a tiempo, dada su manifiesta habilidad y confianza en sí mismo. La insistencia casi nos hará disgustarnos, y menos mal que una cabecita adormilada se asomará al salón, mientras despliego los papeles de envolver, y preguntará: “¿han venido ya?”. Como un resorte mágico su padre irá a acostarlo y abrirá las cajas de las piezas para que, al amanecer, estén las ocurrencias montadas. 

Cuando abren las churrerías, ellos se despertarán y nosotros seguiremos recogiendo cosas para la basura. Nos parecerá que ha llegado el ejército a intentar salvarnos del fragor de la emoción y los gritos de lo que, por arte de magia, ha aparecido instalado como si fuera una tienda de juguetes, respondiendo a sus deseos.

Mañana será un día largo, pero ya será otro día.

Matilde Muro Castillo

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 5 de enero de 2026

22 de diciembre de 2025

MI MADRE

 

Hoy hace veintiún años que murió mi madre. El tiempo ha pasado en todo, menos en su recuerdo. He recorrido paisajes nuevos, conocido a muchas personas, alejado de otras, revivido momentos que compartí con ella, viajes que hicimos juntas, ocurrencias de su carácter que le permitía decir, con una educación exquisita, las verdades más tremendas a quien, sin conocerla, se permitía un comportamiento fuera de lugar.

Murió a las cinco de la madrugada, en ese día de la lotería, que siempre asocio a la estancia en el hospital hasta que nos fuimos al tanatorio. Ese día tremendo sonaba a los premios, a los sueños de otros, a la estupefacción de todos los hijos, nietos, amigos, conocidos. A la incredulidad de los que recibían la llamada con la noticia inesperada hasta por ella. Mientras tanto, los premios iban saliendo de los bombos a voz en grito, y todo era tan irreal, tan fácil de colocarlo en otro plano que no sabía si esas alegrías bañadas en cava, en los reportajes televisivos que se repetían constantemente en la cafetería del tanatorio, tendrían que ver con eso tan tremendo que me estaba pasando y que aún no había digerido (sigo sin digerirlo). Mi vida en ese momento se paralizó, al compás de la de ella, y ese entorno de los múltiples cambios en vidas ajenas como consecuencia de la suerte, me parecieron crueles. Yo no quería que mi madre me dejara, pero menos aún quería que otros exhibieran su alegría económica, esa que les iba a proporcionar una vida nueva, que yo no podría nunca entender porque la mía se había ido de repente.

Cuando paseo por Cáceres y me encuentro con personas que la conocieron, el consuelo es enorme. Todos me hablan de su bondad, de su belleza externa e interna, de su elegancia, del amor a sus nietos, de la sonrisa permanente, de la amabilidad con la que se relacionaba con el mundo entero, y sobre todo del recuerdo que dejó entre todos. Es hermoso hoy saber que has convivido con alguien inolvidable, un ser humano que nos dejó huérfanos a más de los que aparecemos en su libro de familia, pero que, aún hoy, es imprescindible en el paisaje emocional de muchos.

Sigo llorándola, como ella hacía con su madre. La recuerdo a diario contemplando la fotografía de mi abuela, a la que nunca le faltaban flores, y tratando de contener la emoción de su ausencia para que no le preguntáramos qué le estaba pasando. No entendíamos que decenas de años después de la muerte de mi abuela ella siguiera llorándola, pero aquí me tienen, hoy es la primera vez en veinte años que puedo escribir de esta emoción que me tiene atenazado el corazón, que me hace escribir en medio de un mar de lágrimas y que me ahoga, sobre todo cuando oigo a los cantores de la lotería, veo descorcharse botellas en la calle y empezar nuevas vidas. 

Hoy es un día difícil para mí. 

Matilde Muro Castillo

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 22 de diciembre de 2025.


14 de diciembre de 2025

CALENDARIOS

 

Hoy es fiesta. Un día de esos en los que millones de personas se lo pasan yendo de un lugar a otro: vuelven a casa después de experiencias inolvidables, de haber visto paisajes increíbles, oído cómo los gallos nos despiertan al amanecer a los que vivimos entre ellos sin soportarlos. Han hecho colas para entrar a ver belenes insólitos, han pagado facturas inasumibles por una cerveza sin pincho, una comida recalentada en el microondas, una paella congelada o un rollito primavera, que resultó barato y estaba rico.

No importa. Lo mejor de todo han sido dos días de descanso en los que han dejado de ver la televisión y han paseado por lugares que no conocían. Han descubierto lo insólito de las costumbres populares, se han dejado llevar en volandas hasta acceder a ver el árbol de alambres encendidos que preside la plaza del pueblo, se han acercado a los puestos de objetos de bromas, jabones hechos a mano, velas carísimas, puzles de madera fabricados durante el verano a la orilla del mar por los artesanos que son nómadas de la venta. Se llevan puesto el gorro de Papá Noel, el de Picachu, la careta de la bruja de 101 dálmatas, y la bufanda del equipo de fútbol de la localidad en la que han recalado, que jugó la Copa del Rey contra uno de Primera División. Los potentes habían aplastado al humilde, pero esa bufanda pasará a formar parte de la colección de las del bar de carretera en el que para a descansar una vez a la semana, y que va a invitarle al café cuando reciba semejante presente.

Mañana, si leen este artículo porque ayer se dedicaron a conducir, repasarán el gasto realizado, que ha merecido la pena indudablemente, porque han visitado a los abuelos, se han asegurado de que no pueden verlos en Navidad, porque toca visita a la otra parte de la pareja, contarán a los amigos el recorrido realizado, los tumultos de personas entre los que se han movido, reconocerán la paz de la casa y la poca actividad de la ciudad que habitan, y se darán cuenta, además, de que juegan más lotería que nunca en su vida. Han parado en todas las administraciones que se les han puesto en el camino de “¿y si toca aquí?” Nada, otro décimo porque la intuición arrasa. Es como si al pasar por la puerta del local y ver la pequeña cola que se ha formado fuera, una mano le hubiera cogido del tobillo y susurrado al oído: “es seguro y te arrepentirás si no compras”. Un día es un día. A ese lugar nunca vas a volver y si toca y no compras, confirmarás que eres el gafe que sabías. No sumes el importe de lo que te has gastado en lotería, porque no merece la pena.

Los calendarios son canallas. Desde agosto nos enseñan que el disfraz de enemigo de la Navidad no sirve de nada. Nos apostamos en los despachos de lotería de la playa y compramos para el gordo. Se nos olvida, como se olvidan los días de calor y granizadas de limón, y en días como los de ayer y anteayer, hemos vuelto a creer que, a cambio de poco, vamos a recibir todo lo deseado. Es culpa de las fechas, no de la memoria, o de la pereza.

Matilde Muro Castillo

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el día 8 de diciembre de 2025


CUIDADO


 A nadie se le escapa la falta de capacidad del último presidente de la Comunidad Valenciana. Tampoco nos asombra el lío que ha formado el fiscal general del Estado, aunque no lo entendamos. Nos llevamos las manos a la cabeza con las broncas en el Congreso y el Senado. Nos aburren las Comisiones de Investigación de ambas instituciones. No leemos las editoriales de los periódicos porque están (supuestamente) dictadas, no salimos de nuestro asombro con la aparición de personas que mandan sin capacidad, sin formación y con historiales delictivos a sus espaldas, y el horno se calienta sin parar.

Los que nos asomamos a estas columnas de opinión, en las que nos manifestamos sobre todo y sin empacho, porque no podemos saber de todo, ni conocer todo de lo que hablamos. Los que aparecen en televisión voceando y dando noticias sin comprobar la veracidad. Los que usan las redes sociales como fuente de información. Los que, pagados por todos nosotros y elegidos en las urnas conscientemente por quienes depositamos la papeleta con orgullo de ciudadano ejemplar, esos que nos representan, han de empezar a cuidar las formas.

En nombre del despecho, del odio personal que se profesan, y de la necesidad de seguir manteniendo los escaños respectivos, están rebasando las normas establecidas, y nosotros, los que escribimos, hablamos en público, salimos en televisión, organizamos programas de radio en directo o grabados, y emitimos reportajes de historias que tienen una “antigüedad” de 20 años, o investigamos los crímenes más horrendos dictaminando quién y no es el culpable, tenemos que bajar el tono.

Hay que tener cuidado. No podemos seguir así. No hay forma de aceptar todo lo que el día a día produce. El altavoz es excesivo. Lo atronador nos deja sordos, e incluso ciegos, y nos estamos transformando en una sociedad violenta, insensible, manipulada y radicalizada.

Yo me culpo por escribir de cosas que no conozco en profundidad. Me enfado mucho. Quiero transmitir siempre mis quejas desde esta columna (que casi nadie lee), pero reconozco que me sirve muchas veces de desahogo emocional, pero cuando he visto lo que se ha hecho en Senado con el último presidente de la Comunidad Valenciana, la fiereza en las últimas sesiones de control del Congreso, las imputaciones a unos y otros, la violencia de una renacida kale borroka en el País Vasco, las amenazas de los de Junts al Gobierno, las sucesivas grabaciones de imputados que tratan a las mujeres como seres inertes en un mercado de esclavos de la América Colonial, me ha dado miedo, porque puede derivar en un enfrentamiento entre nosotros, al que España en general nunca se resiste demasiado.

España es un país de guerras constantes en su historia. De invasiones y convivencias de unos y otros sin cesar. De solidaridad con las necesidades ajenas, que causa asombro en el mundo, pero hay límites muy delgados en ciertos aspectos de nuestra convivencia, que tengo la sensación de que los estamos rebasando. Hay que bajar el tono. Hay que frenar el comentario soez, el lenguaje bárbaro, las imputaciones supuestas, los insultos gratuitos y el dolor innecesario. La Ley escrita es suficiente. No es necesario leerla en voz alta y con muchas interpretaciones. Sólo hay que cuidar la Ley. Lo otro, sobra.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY  de Badajoz el día 24 de noviembre de 2025.

9 de noviembre de 2025

LA CADENCIA

 


El tiempo pasa acompasado y la vida se acomoda a él con cadencias difíciles de romper. No es necesario que ocurra una tragedia irresoluble, no hay que provocar acontecimientos imprevisibles, no hay que dejarse arrastrar por circunstancias borrosas, porque el tiempo acaba poniéndonos a todos en su sitio.

Todas las mañanas veo pasar a los mismos bajo mi ventana. Aunque vayan disfrazados son ellos mismos, y miro el reloj, alzo la vista a las nubes y están ahí, son ellos, los de todos los días que organizan un paisaje cotidiano, sin el que es difícil orientarse. Las voces de los que tratan de localizar a los otros son la música del día. El camión de reparto, el tractor de recogida de basuras, el mal humor del personaje que se cree el centro del mundo abriendo y cerrando puertas, ponen ritmo a lo cotidiano. He averiguado que a la perra de la vecina de enfrente la dejan sola con la venta abierta durante mucho tiempo por la mañana. Ladra sin cesar, y los propietarios no saben que el animal nos cuenta que se retrasan, que la cosa no ha ido bien, que la comida se les ha quemado o que se han olvidado del animalito que no deja de dar voces hasta que ellos llegan.

Las monjas del convento de al lado hacen un toque maravilloso de campana a las ocho menos diez de la mañana. Siete sonidos amables, humildes, sin querer molestar, diciendo que siguen vivas en la clausura y que el hambre acosa dentro de los muros.

A las persianas metálicas de la casa de al lado se les han soltado sus anclajes, pero no es problema porque aquí sopla poco el aire, pero cuando hay viento se desata el solo de batería para una ventana inconclusa, de autor anónimo y de duración indefinida.

De vez en cuando alguien se compra una radial. Es un instrumento funesto y aterrador para los ruidos. Se propone abrir puertas, ventanas, ahondar para una piscina, ahuecar los granitos o perfilar baldosas sin cesar a cualquier hora del día o de la noche. Hay que guarecerse en la casa mientras decide terminar la obra a ratos perdidos. Son aficionados a la herramienta, y el trabajo parece no tener fin. Nos preguntamos unos y otros qué tipo de avería se ha producido en ese lugar ante la duración y virulencia del ruido, pero un día de repente se para, y vuelve la paz a nuestras vidas sin explicación alguna.

El camión diario de los alimentos congelados para en la plazoleta y el chófer jamás para el motor. Él va a la carrera a distribuir sus productos con una carretilla oxidada que chilla como un gato loco cuando la hacen saltar sobre las piedras, y el camión sigue en marcha las horas que el trabajador necesite para descargarlo en medio del trote descompuesto que el suelo provoca.

Ha fallecido un vecino y nadie se ha hecho cargo de las gallinas. El gallo ha optado por seguir despertándonos a las seis de la mañana, revolotea buscando dónde comer, y hay días en los que se asoma a los jardines a saludarnos uno a uno, para comprobar si dormimos, digo yo.

Como ven, el día está adornado de músicas previsibles, insoportables y no son necesarios grandes escándalos para que te quiten el sosiego.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 10 de noviembre de 2025


28 de octubre de 2025

MIS CHICAS

 


Hace muchos años publiqué en este periódico un artículo con el mismo título. Hace muchísimos años de aquello, y hoy, con el estómago revuelto, tengo la necesidad de repetir lo que las mujeres son en mi entorno y en el del mundo en general, porque parece que el síntoma de “nosoynada” se apodera del panorama que, extendiéndose desde el subsuelo hasta las más altas cumbres, asola al género femenino.
Las personas que han rodeado mi infancia y desarrollo posterior, son mujeres. Madre, hermanas, profesoras, la señora Mari, nuestra panadera, las amigas de mi madre, las modistas, las lavanderas, las profesoras en casa después del colegio, las preparadoras de oposiciones, las recepcionistas del taller del primer coche que tuve, la única amiga que mantengo de mi profesión, la conocida que siempre está, la madre de mi ahijado, la persona que trabaja en casa hace más de cuarenta años, la paseadora de mis perros, la frutera de todos los días, mis amigas muertas… en definitiva el armazón de mi día a día, sin el que no podría sobrevivir, ni haber llegado hasta hoy.
Lo más extraordinario es que esto es lo habitual. A todos nos pasa lo mismo. Sin ese andamiaje femenino la vida no tira, el carro se para, lo cotidiano se descompone y saldríamos a la calle como pollos sin cabeza para que alguna mujer que pase por ahí de forma imperceptible, nos diga el camino a seguir, y me quejo de esto. Día a día contemplo con estupefacción cómo nos apartan, cómo resultamos invisibles estando al frente de telediarios, noticias de radio, dirigiendo periódicos o presidiendo comisiones europeas. ¿Cómo es posible que sólo dirijan los destinos abocados a la destrucción hombres que sólo entienden de poder omnímodo y formas infumables? ¿Dónde están las mujeres en Israel?, ¿qué pasa de las mujeres en Rusia (o como se llame ese sitio)?, ¿quién piensa en China? ¿hay mujeres en China?, ¿qué ocurre en Japón?, ¿dónde aparecen las mujeres del frente en la guerra de Ucrania?, ¿qué poder real tienen las mujeres en España, si no es el grito enfermizo de “Pedro vuelve” porque se marcha el resistente de turno?, ¿por qué salen corriendo “a otras cosas” personas como Nadia Calviño?:porque era brillante, ¿hay mujeres en África?, ¿conoce alguien si se las considera seres humanos?, ¿con quién negocian los esbirros de Putin en África del Sur para establecer mafias asesinas que exportan por todo el mundo?, ¿alguien ha vuelto oír hablar de Kamala Harris, vicepresidenta de Estados Unidos a la que han retirado la seguridad personal?, ¿saben que a Nancy Pelosi, presidenta del Congreso Americano, se le ha determinado la condición de emérita porque su sucesor es el presidente, los dos hoy sin arte ni parte en la política americana?
Seguiría hasta la próxima semana en la que me toque hablar a través de estas páginas, pero el ejemplo más espantoso de nuestra desaparición a manos del género masculino, es Afganistán, donde por activa y pasiva hemos pedido que la comunidad internacional se manifieste y hemos obtenido el más lacerante de los silencios. El horror al que estamos abocadas es la orden de los talibanes de no desenterrar a las mujeres que permanecen bajo los escombros del último terremoto. No son nada, ha dicho un mandatario del opio.
Ante nuestros ojos están provocando el terremoto, sólo queda esperar que nos dejen enterradas cuando todo se desmorone a manos de machitos infumables.

Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 29 de septiembre de 2025


EL JARDÍN

 

Ha sido un verano durísimo. Mi jardín lo ha pasado mal. No le ha faltado agua, tampoco cuidados, ni presencia que pretendía mitigar la crueldad del tiempo sofocante, la ausencia de noches refrescantes, ni los empeños de los malditos saltamontes en comerse las hojas lobuladas del árbol de Judas, que se enseñoreaba provocando a los hambrientos bichos.

La dureza del clima sigue, y sufro las consecuencias de mi vigilancia en el riego. No riego lo necesario como para que las plantas se sientan felices. Mi padre decía que yo “mojaba”, y mi amigo Paco Salazar, que entiende de jardines y plantas como pocos, dice, cuando le digo los minutos que tengo adjudicados a los riegos controlados, que someto a las plantas a un nerviosismo en su crecimiento difícil de soportar cuando las condiciones cambian. Paco tiene razón: no tengo aceitunas este año, no han florecido las zamboas y no tengo membrillos, las naranjas las cuento con los dedos de una mano, las granadas han reventado antes de madurar… en fin, un verdadero desastre que he contemplado a diario, porque no he dejado de atenderlo, pero no ha respondido a nada.

El jardín es mi refugio, y me ha costado reconocerlo. En momentos complicados me voy a mirarlo, arranco malas hierbas, conecto la manguera y trato de recomponer las insaciables hortensias quemadas por el sol, recorto la hiedra, le doy vueltas al depósito de compostaje y me canso muchísimo físicamente, pero ahí, en esos ratos se me ocurren las cosas más peregrinas, atizo la imaginación y trato de encontrar solución a lo que me complica el sueño, que es más de lo deseable.

He adquirido tal dependencia de él, que cuando no lo paseo, lo echo de menos y mi cabeza se enreda hasta límites difíciles de explicar. 

El invierno pasado llovió como hacía años que no ocurría. Soñé con un jardín desbordante, lleno de frutos (había podado a tiempo), paredes llenas de enredaderas perfectamente recortadas, porque mis vecinos, que no están al otro lado, protestan si alguna sombra de hojas verdes les invade, y con ese paraíso propio, silencioso muchas veces, en el que me siento libre y no lo necesito para leer, como casi todo el que me conoce dice que lo tengo, sino para lavar la cabeza por dentro y descansar machacándome físicamente, me las prometía más que felices.

Todo lo había imaginado perfecto, pero no ha sido así. El jardín no me ha respondido a los cuidados. Se ha acobardado ante las circunstancias, se ha sofocado ante la falta de aire fresco, se ha hundido en la abundancia de un agua inesperada que ha ahogado su capacidad de digerir esa cantidad insólita de riegos en el invierno, ha rechazado el apoyo emocional de la presencia constante, ha decidido por su cuenta que sólo mantiene feroz e invasivo el tapiz verde del suelo, para que trabaje más recortándolo y dándole la apariencia de lugar disfrutable, pero no me engaña. Hace muchos años que nos conocemos y sabemos, el uno del otro, de nuestras debilidades.

Sigue el calor. Sigo con el riego por goteo. Sigo empeñada en que me responda, voy y vengo sin cesar, pero sigo sin dormir bien. Algo nos pasa a los dos. 

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario Hoy de Badajoz el 27 de octubre de 2025.


PING - PONG

 


Acudo, no con demasiada frecuencia, a las oficinas de la administración y sus modales se han trasladado a la vida cotidiana, a las maneras de gobierno, a las relaciones entre instituciones, a los encuentros entre amigos, a las creaciones de foros de discusión amables, a las peticiones formales de cualquier tenor, a la vida en general.
Es agotador saber que hagas lo que hagas o pretendas cualquier cosa que hasta ese momento era habitual, se inicia un camino poblado de innumerables dificultades que hay que saltar, aunque las fuerzas no den ni para caminar.
La táctica de “no es mío, pase al siguiente escalón”, “demuéstreme que el aparato se ha parado mandándome un video en el que está quieto”, “no me corresponde la solución a su problema”, “me lo encontré así al llegar, y así está”, “cortaron los árboles sin que me enterara”, “su solicitud se extravió por razones desconocidas”, “el sistema operativo ha fallado y no sabemos la razón”, “los avisos no funcionaron: habrá que estudiarlo”, “son tantas las solicitudes que no podemos atenderlas”, “lamentamos lo que está ocurriendo y aguántese”, “transcurridos treinta y siete minutos de su llamada en espera, le rogamos que vuelva a llamar”, “no recogemos citas previas hace tres años”, “compre un nuevo coche porque el suyo nos parece viejo y le prohibimos circular”, “ha quedado eliminado el servicio que funcionaba hasta nueva orden”, “no se admiten nuevas ideas”, “lo publicado no responde a la realidad, pero es lo que hay”, “las manos en la cabeza no significan nada”, “el horror ante las imágenes es la nueva forma de expresión”, “su factura de hace veintiséis años no aparece. No estamos obligados a emitir una nueva. Tiene usted que demostrar que nos pagó”, “su propuesta es brillante, pero se tendrá en cuenta en otro momento”, “consideramos que su situación en la vida actual bordea los límites de la permisión”, “si no conoce la orientación de nuestra política actual, deberá ponerse al día”, “reconocemos las molestias que estamos ocasionándole. No tienen fecha de fin”, “sabemos que estamos arruinándole la vida y el descanso, pero nuestro negocio es más importante que su estado mental”, “abordaremos su necesidad cuando nos sea posible”, “cerramos su banco por razones propias. Diríjase a cualquier otro más cercano. Su cuenta ha sido bloqueada”, “la demora en la remisión del documento de identidad que nos reclama se está produciendo por razones ajenas a nuestra voluntad”, “el retraso en el envío de su correspondencia y paquetería se debe a razones con motivos de solución fuera de nuestro alcance”, “su analítica de hace dos meses ha sido remitida por error a otra persona. Vuelva por favor a repetirla”. 
Mucho más, pero la extensión de la columna no aguanta tanto, es el “ping”. La otra mejilla, con cara de imbécil, sensación de estafado, percepción de impotencia, trato vejatorio y humillación permanente es el “pong”. Es decir, el deporte nacional sin saberlo. Supongamos que soy alarmista y todo no es malo, pero hay que suponerlo, porque si miro a mi alrededor y trato de vivir, leo las reglas del deporte en cuestión y creo que vivo en China, donde los deportistas de “ping-pong” los hay a millones, y la falta de libertad, sentirse seres humanos respetados, y tratados como rebaños atontados, se les nota. 

Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el diario Hoy de Badajoz el 13 de octubre de 2025.




4 de septiembre de 2025

EL SILENCIO

 



La España vaciada que se llena en verano, se transforma
en un verdadero infierno.

Sigo sin entender las razones que llevan a los turistas a visitarnos, a los nacionales a descubrir nuevos lugares, y a los del lugar a moverse como pollos sin cabeza de un lado al otro.
La búsqueda de lugares para descansar de la rutina habitual, se ha transformado en una tarea imposible. Si empezamos por los fines de semana, en los que los lugares de segundas viviendas se pueblan, es imposible el sosiego por los ruidos que se generan de forma gratuita y sin respeto a los otros de la misma especie. 
El vecino del chalet de al lado aprovecha la madrugada para cortar el césped que ha crecido durante la semana que ha pasado en la capital ganándose los cuartos y amargándose. Va al chalet a disfrutar de no se sabe qué, pero a no dejar dormir al resto.
Los servicios de limpieza municipales se emplean a fondo los fines de semana. Hombres vestidos de forma rara, provistos de máquinas con cañones de aire, arrinconan las hojas que caen de los árboles en medio de un ruido infernal que ellos se protegen con cascos aislantes de sonido, sin importarles lo más mínimo la vecindad.
Los camiones de la basura desconocen los horarios de descanso. Sus máquinas trituradoras se enseñorean en todo momento, para que cuando llegue la cuota de la basura nadie pueda decir que allí no se recoge nada. Se recoge todo sin piedad y sin clasificar. No digamos ya cuando vacían de madrugada las bombas verdes de los cristales en medio de un ruido atronador y dejando la calzada sembrada de cascotes rotos que amenazan la integridad del viandante.
Los ayuntamientos no tienen empacho en utilizar los lugares públicos para cualquier ocurrencia, siempre alimentada por atronadores altavoces de músicas insoportables que hacen temblar los cristales aislantes, antibalas, reforzados y antitodo que los vecinos han puesto para buscar silencio. Poco a poco los cristales y el aislamiento se desmoronan sin solución, porque la música envuelve las borracheras callejeras, la ingesta de opiáceos en las calles y las juergas mal entendidas que siembran de basura lo que es de todos, y que hacen necesaria la presencia de los camiones trituradores a cualquier hora.
Las iglesias quieren que los fieles vayan a toque de campana infinito a sus novenas, para conseguir lo que con actos ejemplarizantes no son capaces de lograr. Las campanas atosigan, enrarecen los ambientes y enfurecen a los visitantes, que no saben qué está pasando ante el escándalo ambiental.
Para sostener la economía local y dotar de fuerza a los emprendedores de pacotilla, se autoriza todo lo que haga ruido. Se permite el cambio de uso de edificios históricos para alojar bodas, banquetes y bautizos con un ruido infernal y un destrozo patrimonial sin control. Se bendicen sin dilación las infracciones urbanísticas. Se usa la vía pública como propia con el uso indeterminado de vallas que cortan el paso en medio de pitadas constantes ante los cortes de tráfico aleatorios.
Puedo seguir sin parar de quejarme de la falta de silencio. Es el bien más preciado que tiene nuestra España abandonada, y también están acabando con él.
Si alguien me escucha, si puede oírme, por favor, protéjanos de este horror que nos acorrala y maltrata.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el día 1 de septiembre de 2025.


LA BICICLETA

 


Siendo niña gané un concurso convocado por El Corte Inglés, y el premio era una bicicleta. Tenía que ir a Madrid con mis padres a recogerla, pero el asunto se fue alargando por motivos distintos: fechas, modos de ir, imposibilidad de entregármela físicamente, complicaciones supuestas para traerla a casa (yo estaba dispuesta pedalear el puerto de Miravete sin aspavientos), y tras muchas reclamaciones, me mandaron por transportes un par de patines perfectamente embalados y con una tarjeta de felicitación por el logro conseguido. Me quedé sin bicicleta.
Seguía con la perra de tener una, y pesada que soy frente a las adversidades, conseguí que mi padre comprara una para todos, y así fue como vimos aparecer la bicicleta en nuestra casa de verano en Valladolid cabalgada por nuestro progenitor, que pedaleaba sin resuello para asombrarnos. Nos dejó pasmados. Aquel vehículo era negro, de ruedas inmensas, sin barra central, frenos de hierro, un trasportín trasero y, como era normal entonces, nada de cambios, piñones distintos, ni marchas, ni nada que se le pareciera a lo que ahora se estila. Era un sueño. La justa correspondencia a la insistencia agotadora de tener una bicicleta, que me daba igual compartir con mis hermanos, y que la disfrutamos como si fuera grácil, fácil de manejar y hecha a la medida de todos. Allí fortalecimos piernas, brazos, glúteos, cuello, pecho y nos recuperamos de las más tremendas heridas en las rodillas que nunca hemos tenido. No recuerdo su final, pero parece que la estoy viendo apoyada con un pedal en el porche de la casa, como si un Ferrari me estuviera esperando a la puerta.
Después quise comprarme una porque tenía dinero para ello. Me ilusionaba una de marca italiana que tenían mis primos, y por más que lo intenté, la cosa se quedó en una BH roja que ahora hacen furor, pero no era lo que yo quería. Sí le di uso. Corría más que la negra y pesaba menos. Hacíamos carreras y nos metíamos por todas partes, llegando a formar parte casi de nuestra anatomía, porque no nos bajábamos de ella, la limpiaba con devoción, la protegía de los extraños, y llegué a cambiarle las empuñaduras por otras un poco más rumbosas que me hicieron callos en las manos. En fin, que lo que brilla no siempre es lo mejor. Pasó de mano en mano, de casa en casa y hasta hace poco la he tenido colgada del techo del desván. Ahora que escribo sobe ella, me doy cuenta de que le he perdido la pista.
Luego me dio por andar por los campos para hacer ejercicio, y me compré una Orbea. Anduve con ella arriba y abajo, cuando el calor no apretaba y las fuerzas respondían. Llegué a arriesgarme entre el tráfico y, no sin cierto pavor, circulé una o dos veces entre los coches mientras el corazón se me salía del pecho y veía cómo me recogía la ambulancia de turno. Abandoné la aventura urbanita y seguí por el campo, donde todo me resulta más reconocible. Pasó un tiempo, y la regalé.
No tengo bicicleta estática. No la quiero. Pienso de ellas que la vida se para, que no hay fuerzas para seguir, que hay que pedalear sin moverse y que los paisajes no cambian. Si cambio de opinión, igual me presento a otro concurso, a ver si gano una de las que se mueven, y me la entregan.

Matilde Muro Castillo
Artículo publicado en el diario HOY de Baadajoz el 18 de agosto de 2025

15 de agosto de 2025

LO QUE HAY

 


Hace días que dejé de escribir las dos columnas al mes que me publica el periódico. 

Hace un mes que no escribo columnas, y vuelvo a enfrentarme a la necesidad de ser ocurrente, que alguien lea en medio de este calor, que sigan buscando en sus dispositivos por si aparezco y qué es lo que está pasando bajo mi punto de vista.

Me da una pereza enorme envolverme en el lodazal que nos circunda. No quiero hablar de lo que abre los noticiarios. Me produce tristeza la desconfianza y el mal humor generalizados, y me irrita profundamente la mentira descarada y la manipulación de los sentimientos ajenos.

Durante este tiempo tan corto, he revuelto papeles sin cesar. He descubierto cosas que tenía y había olvidado, como si no fueran importantes y no supiera que esos objetos me producen felicidad, sólo al tenerlos entre las manos. He pretendido poner todo lo hallado en primera línea, pero el paso de los días y los encuentros, han vuelto a dejarlos escondidos tras los que iban apareciendo y el resultado es que he trabajado, movido las cosas con pasión y sin conocimiento, y se han vuelto a perder.

Ahora he perdido la visión general que tenía memorizada. Ya no puedo ir a tiro hecho a rescatar lo que necesito de inmediato, porque he cambiado de sitio lo que no sabía que estaba ahí, y desde hace decenios no necesitaba. Me he complicado la vida, y creo que es lo que nos pasa con los recuerdos: afloran sin saber muy bien porqué, los revivimos, nos recreamos en ellos, y al volver a la realidad, no sabemos muy bien dónde estamos.

A lo mejor el caos presente que me incomoda, es producto de recuerdos que deberían haber sido borrados y no retenidos en alguna parte del agujero negro que es la mente de cada uno, allí donde se guardan los orígenes de nuestra vida, de forma imprecisa, pero real, porque las vivencias no se pierden nunca. A esta teoría que me administro con frecuencia, no soy capaz de aplicarle fórmula física ni matemática alguna, pero resulta que mi entorno ha cambiado de repente, sólo por mover recuerdos, por colocar lo que antes ya estaba ordenado de otro modo, y creer que lo que se había quedado al fondo del armario, carecía de importancia.

El lío es fenomenal, y como ha pasado el tiempo, a lo mejor lo que me pasa es que me cuesta más retener lo nuevo que antes, pero lo dudo.

Posiblemente, lo que debo aprender es que lo que hay, lo que me molesta, de lo que no quiero escribir, lo que no puedo contemplar fríamente y de lo que me siento más víctima que espectador, es a lo que me tengo que acostumbrar. El problema es que las articulaciones ya no son flexibles, las neuronas están fuertemente asentadas, los malos modos no los acepto, y que nos mientan a diario es complicado de asumir.

Tenemos todos la responsabilidad de intentar cambiar para bien, no aceptar lo que hay, aunque no reconozcamos el aspecto de las estanterías de nuestra vida.


Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado el diario HOY de Badajoz el 4 de agosto de 2025.