15 de abril de 2020

EL REGALO


























                                                                                                                  A mi tío Pepe.

El 5 de marzo de 1942 llaman a la puerta del domicilio en Madrid de los hermanos Pilar y Rafael, y les depositan una enorme caja de madera agujereada, perfectamente construida y sólida como para resistir cualquier tormenta, con una etiqueta que reza: “para Pilar y Rafael, de vuestra prima Rita Hayworth”. La recepcionista fue la fiel Felisa, que no sabía leer ni escribir, pero quedó tan anonadada ante el envío, que pidió se lo dejaran los transportistas en el suelo de la entrada, “con cuidao de no engorrinar, si son tan amables los señores”. Los despachó con viento fresco y esperó a que los señoritos llegaran a la casa a ver qué tenía tal aparato, desde el que salían ruidos raros y de vez en cuando parecía que picaban desde dentro hacia afuera.
         La fiel Felisa estaba acostumbrada a ver, oír y callar, y así se mantuvo hasta que doña Pilar volvió de la calle dando gritos, como era habitual en ella, porque el cartero le había entregado una invitación en mano para una cena a la que no podía asistir, porque ya tenía otra comprometida.
-       ¿Qué es esto? – dijo a gritos cuando vio el monumento fallero en la entrada. Felisa, ¿qué has puesto aquí?
-       Nada señorita. Yo no he puesto nada. Esto lo han traído unos señores desde muy lejos. No me he enterado bien, pero dicen que ahí están los nombres del señorito y usted puestos.
-       ¿Qué mas han dicho?
-       Que si les daba propina por el cargamento, y yo no he contestado. Al verme la cara se han ido sin decir más.
-       ¿Y el señorito Rafael?
-       No se ha levantado todavía. El señorito se levanta para la comida.
-       ¡Levántalo! Que me ayude a abrir esta cosa.
-       No señorita. Yo no lo despierto. Ya he tenido bastantes disgustos con despertarlo antes. Prefiero que sea usted la que lo llame. Yo no. Si quiere me echa a la calle, o me pega, o me grita, o me aparta de aquí, pero yo al señorito no lo despierto.
-       Bueno. No te pongas tan dramática. Esperamos a que se levante.
Transcurrieron unas horas y se levantó Rafael. Vio el monstruo de caja que emitía ruidos, lo rodeó, miró fijamente, desprendió la etiqueta del remite y por detrás encontró una tarjeta de su prima Margarita, la hija del hermano mayor de su padre. La tarjeta estaba escrita para su hermana Pilar, pero él se la leyó en alto:
         “Mi querida Pilar. No nos conocemos. Soy hija de Eduardo, el hermano de tu padre que emigró a Estados Unidos. Él ha muerto, pero siempre tuvo la ilusión de que recibieras este regalo, porque era tu padrino y nunca te había mandado nada, ni pudo decirte que se acordaba de ti.
         Ahora que yo puedo, te mando esta pareja de loros para que a lo largo de la vida te hagan compañía. Me han dicho donde los he comprado que aprenderán a hablar si les enseñas, que te darán muchas alegrías y que, pasado el tiempo, no entenderás la vida sin ellos.
         A lo mejor, a lo largo de los años nos vemos y conocemos. Al fin y al cabo somos familia.
         Recuerdos a todos.
         Margarita.”
Los deseos de Rita Hayworth de larga vida a los loros, se cumplieron. Se transformaron en la compañía y la alegría de aquella casa, por la que transitaban toda suerte de personajes de la época, y en la que, dada la ocupación del señorito Rafael de darse a la traducción de lenguas muertas, aprendieron a hablar sánscrito, español e inglés. De los loros no se sabe si fueron pareja sentimental, porque nunca hubo descendencia, aunque dicen que es fácil que se reproduzcan, siempre y cuando haya tranquilidad en el ambiente y falta de sobresaltos. Allí era imposible porque cualquier cosa se transformaba en drama y Pilar enseñaba a los loros a insultar al que le molestaba, con lo que la reproducción de la especie pasó a un segundo lugar.
         Una mañana del mes de diciembre de 1963 Felisa bajó a casa de la vecina, la señora del abogado que vivía abajo y donde, a espaldas de los amos de arriba, bajaba a comer caliente.
         Llamó con fuerza y le abrió la señora:
-       ¿Qué le pasa Felisa?, ¿a qué viene este llanto y estas prisas?
-       ¡Hay señora! Los loros se han muerto.
-       ¿De qué?, ¿cuándo?
-       Se han muerto de muerte y anoche.
-       ¿Y qué van a hacer?
-       Pues eso. Vengo a pedirle ayuda. La señora Pilar está en la cama llorando. Se ha vestido de negro y me ha dado estas dos cajas de zapatos, los loros muertos envueltos en el papel de seda de las cajas, y una nota para que los entierre, pero como no sé leer, no sé qué pone. Me ha dado un dinero que no conozco, que no lo he visto en mi vida y no sé qué hacer.
La vecina abrió las cajas y allí estaban los loros tiesos y acomodados entre sedas de papel. Una nota que decía: “Enterrar por favor en el Panteón de Hombres Ilustres”. Calle Julián Gayarre, 3. Se entregan 200 pesetas para el entierro”
La vecina miró fijamente a los ojos a Felisa. Luego recorrió el aspecto miserable de la fiel empleada, sin zapatos, sin abrigo y sin cariño en aquel mes de Diciembre que preconizaba la Navidad.
Se vistió con prisa y le dijo a Felisa:
-       ¡Andando! A la calle. Vamos a enterrar a los loros.
-       ¿Dónde dice doña Pilar?
-       ¡Exactamente!
Salieron a la calle, y la vuelta de la esquina depositaron las cajas de zapatos en el primer contenedor de basura de metal que encontraron.
-       ¡Este es el panteón!
-       ¿El qué?
-       Nada. Aquí es donde dice doña Pilar. Ahora vamos a hacer lo que dice en la nota con el dinero.
Echaron a andar hacia Pontejos, y allí, donde se compraban y vendían los mejores paños, abrigos, camisetas, calcetines, lanas, mantas, medias, bufandas y zapatos de piel, se proveyó a la fiel Felisa de todo lo necesario.
-       ¿Usted está segura de que la señorita quiere que yo me compre todo esto?
-       No lo sé Felisa. Lo que sé es que usted lo necesita. Ya hemos enterrado a los loros y hemos cumplido con lo mandado.
-       ¿Y cuando me vea con todo esto nuevo?, ¿qué me va a hacer?
-       Nada Felisa. No va a hacerle nada. La señorita a usted no la ve.


Matilde Muro Castillo.

14 de abril de 2020

HABILIDADES




         Estoy un poco desencantada de mis posibilidades futuras, una vez transcurrido el mes de encierro voluntario, ya que me he quedado en casa porque he querido, presa del terror al ataque del animalito, que nos tiene acobardados.
         Por supuesto dispongo de medios de comunicación y estoy activa en las redes sociales (aquí tienen la muestra), y trato de enterarme hasta la extenuación de lo que pasa por ahí fuera, llegando a la conclusión de que sirvo para poco.
         Acuarelas: un desastre. Veo en Instagram tales maravillas en un abrir y cerrar de ojos, que he dedicado mi equipo de pintura a formar parte de los objetos guardados con amor que pueblan mi casa.
         Bizcochos: ni uno. No es mi destino. Culpo inocentemente al horno, que calienta más por fuera que por dentro, y entonces me he empeñado en limpiarlo de tal forma que he borrado las letras y las rayas que adornaban los botones, con lo que ahora no sé qué es lo que tengo que ordenarle. Aunque supiera las cantidades y las mezclas, no recuerdo para qué sirve cada botón cochambroso, comidos por la limpieza.
         Coser: imposible. Me sudan las manos sólo al pensar que tengo que enhebrar, juntar, separar telas, cortar patrones, bordar, y no les digo ya lo de coser a máquina. Tengo una máquina hermosa que además cose hacia adelante y hacia detrás (me enseñó mi amiga Puerto tal habilidad de mi máquina) y flipo, pero … no arranca. Me dicen que el atasco es por las canillas, los hilos mal tensados, las diferencias entre calibrajes …chino, me hablan chino. La máquina ya la he vuelto a guardar en el armario de los deseos incumplidos, con gran pena, porque conozco de sus posibilidades, pero en ningún caso de las mías frente al manejo de este aparato que, cuanto más lo miro, más complicado me parece.
         Estas máquinas me resultan fascinantes, porque las he desarmado y tienen tal cantidad de piezas para dar las puntadas, que las considero robóticas. Claro que lo mismo me pasaba con las máquinas de escribir, que también llegué a desarmar para saber cómo funcionaban y una vez desarmadas, nunca volvieron a funcionar.
         Hacer gimnasia: no puedo. Es muy cansado. Es agotador. Tengo miedo a caerme en todo momento, a que me de un ataque de agujetas, a asfixiarme. El deporte lo he considerado siempre peligrosísimo, y sólo camino como ejercicio, cosa que me han prohibido en estos momentos y que echo de menos, pero deporte, lo que se dice deporte, se me ha pasado el arroz. Subo y bajo las escaleras de casa cuando es necesario, pero poco más. Veo las cosas de los que nos recomiendan que nos movamos y me asusto porque sólo pensar que tengo que estirarme, encogerme, besar el suelo o soportar el peso del cuerpo en los codos, ya tengo dolor.
         Leer todo lo que me recomiendan. No tengo vida. Soy una lectora compulsiva, de todo lo que cae en mi mano y lo que está en manos de los demás, pero no puedo abarcar las novedades, recomendaciones y creaciones del encierro. No puedo leer más, no llego y se me está originando una sensación de incumplimiento, que no sé cómo curar.
         Aprender a protegerme. Esto es lo que más me está costando porque mascarilla ahora sí, antes no. Lo de las manos era costumbre. Salir con guantes … no salgo. Abrir balcones … pues sí, cerrarlos, lo del ascensor, la lejía, el alcohol, todo acumulado a la higiene personal diaria desde que nací, me va a dejar desgastada y con el ánimo de no cumplir.
         No te cuento lo del aplauso a las ocho. No tengo vecinos. No salgo a aplaudir. Mi población cercana está lejana y no saben en qué hora viven dedicados al rosario o a la novena de todos los días. Dicen los de la farmacia que están vivos, porque he preguntado y les traen los correspondientes pañales, pero lo que se dice aplaudir, es que no.
         Poner al día los papeles: ya lo había hecho. Tengo todo al día aunque los que me visiten, cuando puedan, les parezca imposible dado el volumen que me rodea. No hago cuentas porque las tengo en la cabeza y el día cinco de cada mes ya he terminado con los números, que me los hace el banco como le conviene.
         Una desazón como ven. No hago nada de lo que me mandan y sugieren. Un verdadero horror, y lo peor de todo es que lo estoy pasando bien, que me gusta estar en casa con mis perros, en el jardín, pensando en las musarañas, sin mucho proyecto por delante y con ganas de volver a no hacer nada, pero sin que me lo manden, porque soy una convencida de que los grandes males de la humanidad son consecuencia de la obediencia.

Matilde Muro Castillo.  

13 de abril de 2020

EXTRATERRESTRES





-       ¡ Hola! Perdona, no te pude llamar ayer. Ya ves, como si tuviera cosas que hacer, pero el día se fue a la porra sin darme cuenta. Cuando vi la hora pensé que no era decente llamarte.
-       Pero ¿qué dices?, estuve esperando hasta la una leyendo en la cama. Pero bueno, no pasa nada.
-       ¿Cómo estás?
-       Muy bien. Encerrada como todos, pero leyendo el libro que me has mandado, que me tiene emocionada. No lo dejo aunque me canse.
-       ¿Qué te parece que ahora dicen que se nos acerca un meteorito o algo así y que va a pasar rozando la tierra?
-       Pues es lo que nos faltaba. ¿Te he contado que yo tuve un encuentro con extraterrestres?
-       No. Cuéntamelo por favor.
-       Iba con mi amiga Celia a comprar cerámica por a carretera de Sevilla a Écija. Habían descubierto en Écija un yacimiento romano de un alfar que conservaba los hornos y las estancias de venta de los cacharros con suelos de mosaicos maravillosos. Le habían mandado a Santiago las fotografías y decidimos ir las dos antes de que llegaran los maridos la semana siguiente. Nos fuimos en mi coche, el Jeep familiar que tenía para poder cargar la cerámica que íbamos a comprar antes, y salimos desde Sevilla un lunes a las doce de la mañana. Un día maravilloso de sol y cielo limpio. En el coche lo comentamos Celia y yo, lo hermoso del día y de repente, sin saber qué había pasado, una niebla cubrió el camino y el coche se quedó en la cuneta. ¡Huy! Qué niebla – dijo Celia - ¡qué raro!,con lo bonito que estaba el día. Intenté salir de la cuneta y cuando voy a tocar la palanca de cambio, no se movía.
-       ¿Pero os había pasado algo? ¿Cómo saliste de la cuneta?
-       Nada. No nos había pasado nada, y el coche se fue a la cuneta por su cuenta en el momento en que la niebla lo cubrió todo.
-       ¿Y entonces?
-       Pues entonces llamamos a la Guardia Civil. Llegó una pareja de guardias en un coche y preguntaron qué había pasado. Celia les dijo que la niebla había cubierto la carretera … y los guardias se miraron entre ellos. Con una cara de sorpresa e incredulidad, se encogieron de hombros y dijeron: “la niebla, sí, la niebla”.
-       Les aseguro que había niebla de repente – confirmó Celia.
-       ¿De repente?
-       Sí, de repente. Lo vimos las dos. ¿a que sí?
-       Si, si. Fue de repente, señores guardias. Hacía un día estupendo, pero de repente la niebla y me vi en la cuneta.
-       ¿Ustedes han bebido algo?
-       Si. Un café para desayunar – contestó Celia.
-       En el hotel en el que estamos hospedadas en Sevilla – aclaré yo.
-       ¿Y qué os dijeron los guardias? – pregunto yo.
-       Que levantara la tapa del capó del coche para que miraran qué había pasado, antes de que llegara la grúa para sacarlo de la cuneta. Con mucha dificultad lo abrí, porque no sabía ni cómo se manejaba la tapa. Nunca la había abierto. Se tiraba de una palanca que había debajo del volante y el guardia lo abrió para mirar el motor. Y de repente me gritó: “señora, ¿pero qué ha hecho?, ¿pero usted sabe lo que le ha hecho al coche?, ¿pero usted sabe conducir? Bajé del coche y miré dentro del motor, como si entendiera algo, y me pareció que todo estaba en orden.
-       ¿Qué le pasa? – pregunto al guardia.
-       ¿Cómo que qué le pasa? ¿No está viendo que está derretida la caja de cambios?
-       ¿La qué?
-       La caja de cambios, señora. Es brutal. ¡Qué avería por dios! Nunca había visto una cosa igual. Tiene que llamar a una grúa.
Nos dispusimos a llamar. Yo me quedé en el coche y Celia se fue con los guardias civiles al pueblo más cercano a llamar a un taller, con los papeles del seguro. Tardaron casi tres horas en llegar. Celia venía agotada de tanto lío, y además hacía un calor enorme. El mecánico se asomó al motor y gritó:
-       ¿Pero qué ha hecho señora? ¿Pero qué ha hecho? ¿Pero usted sabe qué avería ha provocado?
-       ¿Yo?, ¿yo? Mire señor. Yo no he hecho nada. Pero nada. Estoy harta de que me digan que yo he averiado el coche.
-       No. ¡He sido yo! - Me contestó el mecánico descarado – Me llevo el coche y a ustedes a Sevilla si quieren. El arreglo va a costar, además de mucho dinero, tiempo hasta que me llega la caja de cambios. Este coche es americano y tengo que pedir los repuestos.
-       Muy bien. Haga usted lo que quiera y pueda. Llévenos a Sevilla y ya veremos qué hacemos, pero no vuelva a repetirme que yo he provocado una avería, por favor.
-       De acuerdo, pero este disparate no se hace solo.
-       Pues muy bien. Llévenos a Sevilla y se acabaron las conversaciones.
Cuando llegamos al hotel, el dueño nos preguntó qué había pasado, porque no nos esperaban hasta el jueves. Le comenté que se nos había averiado el coche y que tuvimos que volver. Que de repente se nos echó una niebla encima y que el coche se paró en una cuneta sin que yo pudiera hacer nada.
-       ¿Por dónde iban?
-       A Écija. Íbamos a comprar cacharros de barro a La Campana y luego a Écija.
-       Esos han sido los marcianos – dijo muy convencido.
-       ¿Los marcianos? – dijo Celia - ¿qué marcianos?
-       Pues los marcianos, los extraterrestres. Están recios y enfadados hace unos meses. Han pasado muchos de esos accidentes por allí. De día se hace de noche de repente, y tiran los coches, los ponen patas arriba, los incendian … una barbaridad, pero no podemos hacer nada. Si me llegan a decir que iban a Écija, les aviso.
-       Como puedes imaginar, aquello era una locura. ¡Los marcianos y extraterrestres! Imposible razonar nada ante ese argumento. Cuando Santiago llamó le conté lo que había pasado y a él, que todo le daba lo mismo, le pareció de lo más natural. Le molestó no poder bajar a Sevilla porque nosotras nos íbamos de vuelta en tren, pero poco más.
A los dos meses,  me llamaron desde Sevilla para decir que ya podía recoger el coche. Nos fuimos Santiago y yo, lo recogimos y nos volvimos a Madrid.
      El mecánico hizo mucho hincapié en que guardara la pieza de la caja de cambios derretida, porque era algo increíble, y que como era tan raro, igual lo pagaba el seguro.
Como Santiago conocía a medio mundo, contó la historia a uno que conocía que trabajaba en Maspalomas. Vino a casa a ver aquella cosa y se quedó alucinado. Lo dibujó, lo tocó, lo miró, lo fotografió y me pidió permiso para volver a casa con unos compañeros a ver aquella cosa. No me importaba en principio, la verdad. Empezaron a llegar una y mil veces a cualquier hora. Dos compañeros, uno, analizaban, raspaban la cosa, la tocaban, la analizaban, la miraban … y yo venga a poner cafés, vinos, cervezas … lo que se terciara según la hora en la que se hiciera la visita.
Aquello empezó a tomar unas proporciones insólitas. Querían sacarlo en la prensa, hablar de la presencia de marcianos en la carretera de Sevilla a Écija, que allí se aparecían naves espaciales, que eran agresivos y que lo que me había pasado era un ataque de extraterrestres. Que el ingeniero de Maspalomas había hecho no sé qué análisis y encontró restos de algo extraño.
A Santiago todo le parecía interesante. Les preguntaba como si entendiera del espacio sideral, les hablaba de los misterios de Azca y ellos alucinaban. Allí se empezaron a formar unas tertulias impresionantes en torno a esos hierros retorcidos que conservaban una barra que en todo lo alto tenía una bola roja, la de la palanca de cambios, que mi hijo había cambiado por la original.
-       ¿Pero qué hiciste?
-       Una mañana Santiago me dijo que venían otros a ver la chatarra, y le dije que no era posible.
-       ¿Porqué?
-       Porque anoche la tiré a la basura. Cuando salí a llevar la bolsa al contenedor, me llevé la otra bolsa y esta historia se acabó.
-       ¿Pero qué has hecho?
-       ¿Yo?, ¿Qué qué he hecho yo? Siempre yo. Yo he roto el coche, yo he llamado a los extraterrestres, yo he dado de comer a todo Maspalomas, yo he dado café a medio Madrid, yo he dado cerveza al otro medio. ¡Se acabó! Si queréis reuniros de nuevo a examinar esa birria, vais al vertedero correspondiente y allí seguís consultando lo que os apetezca, y cada uno se paga su consumición.
-       ¿Y? – pregunté
-       Nada. Esa es mi historia con los extraterrestres. Pensé que te la había contado y lo habías olvidado.
-       ¿Olvidado una cosa así?
-       Si. Tampoco tiene tanta importancia.
-       Si tú lo dices … te dejo, que es tardísimo y no he sacado a la perra. Hasta mañana. Te quiero.

Matilde Muro Castillo.

12 de abril de 2020

HACE CIEN AÑOS



En Cuenca nació un caballero, de los caballeros de verdad. Cuando le preguntaban de dónde era, siempre decía: De Cuenca. ¿De qué Cuenca?, ¿conoce usted algún otro sitio en el mundo que se llame Cuenca? – respondía – pues sí, le decían, Cuenca de Ecuador – y él contestaba – no recuerdo haber mencionado nada de Ecuador a su pregunta. Yo soy de Cuenca.
         Participó, por razón de edad y circunstancias brutales, en la Guerra Civil española, en la Segunda Guerra Mundial, fue preso en campos de concentración, de donde escapó por su gran facilidad para los idiomas, y resultó ser una cabeza prodigiosa, inteligente, enamorado de la vida y de sus posibilidades, porque en medio de la desazón de la dictadura que a España se le anunciaba, pudo viajar para volver a casa, a Cuenca, y vio qué era la Europa de entonces, cómo se hablaba, qué hacían para sobrevivir y cómo nadie le importunaba… y descubrió que ahí fuera había libertad.
         Un lector compulsivo de todo lo que caía en sus manos, estudió Montes y aprobó la oposición al Estado. Se casó a los seis meses de conocer a su novia, a la que conquistó con cartas de amor imposibles de olvidar, aunque no consiguió conquistar a su suegra.
         Compró lotería el día de la boda y le tocó. Con ese golpe de fortuna hizo el viaje de novios a Marruecos. No, no podía ir a Granada, donde habían ido los suegros. A Marruecos, que estaba un poco más allá.
         Para él, el matrimonio fue la libertad absoluta. Ya su madre no imponía comportamientos. Él era el hombre de la casa y se hacía lo que decía. Tuvo unos primeros hijos que murieron y él enterró en los jardines del Generalife, porque le pareció el sitio idóneo, para que los niños tuvieran siempre el acompañamiento del ruido del agua y no sintieran miedo. Luego seis más que vivieron con él, aunque los hijos eran cosa de la madre (¡y vaya madre increíble que tuvieron sus hijos!), mientras él pasaba más de doscientos días al año en el campo trabajando, proyectando repoblaciones, deslindando montes, trazando dominios y recomendando especies para cultivar o plantar. Se agenció como animal de compañía un oso, que un ingenio aficionado a la caza y con escasa puntería le mató de un tiro, aprovechando que el animal estaba enjaulado. Compró minas de oro que sólo tenían escorias. Se arruinó mil veces por dejar dinero a los que no lo devolvían. Hacía gala de la frase: “los pobres no podemos comprar barato” y se presentaba en su casa cuando había poco de dónde tirar con la mejor batería de cocina del mundo, harto de ver a su mujer trajinar sin descanso con cazos infectos. Imaginó operaciones de dinero insólitas, que hoy hubieran hecho felices a los locos de la bolsa, e invitaba a su mesa a cualquiera que pasara por allí con tal de hablar de algo, porque la charla le conmovía.
         En su casa se instaló la costumbre de los desayunos de fin de semana. Empezaban a la hora en la que cualquiera de la familia se levantaba y ponía la mesa, y se iban incorporando los miembros dormilones a la conversación, hasta la hora de comer, en la que se cambiaba la vajilla y la charla seguía.
         Cuando los niños eran pequeños él acogía en su cama a la tropa a contarles cuentos, mientras la madre ponía la música de fondo para la conversación, que era el motor de la máquina de coser, de donde salían los vestidos, pantalones, cortinas y faldillas de la casa. Caperucita Roja con su cesta de herramientas para arreglar la casa de la abuela, Blancanieves que intentaba hacer crecer a los enanos cogiendo frutas del árbol a saltos, La Bella Durmiente que roncaba como él, los Tres Cerditos que tenían el nombre de compañeros de su oficina … en fin, que el mundo se abría más allá de los cánones establecidos, porque esa cabeza no paraba.
            Hizo lo que quiso y dejó hacer a los hijos, porque “eran cosa de la madre”, pero nunca levantó la vista ni la vigilancia de los que merodeaban por la casa, encantados de vivir con él.
         Sus nietos creyeron que era muy pobre, porque nunca les daba propina ni un regalo, “eso es cosa de la abueli”, decía, pero daba igual. Los nietos eran felices echados en su tripa a la hora de la siesta, o leyéndole el periódico cuando perdió la vista o, como su nieto mayor, paseándolo por el parque en la silla de ruedas hasta el último día.
Fue lo mejor que ha pasado por la vida de mucha gente que, a pesar de no ir a verlo cuando se quedó viudo y hubo que ingresarlo en una residencia por su enfermedad grave, no lo han olvidado.
Ese ser excepcional fue mi padre, y hoy hace años que murió. Siento que se lo hayan perdido.

Matilde Muro Castillo.
        

11 de abril de 2020

MIERDA, CAGAO Y CULO.



MIERDA, CAGAO Y CULO.

Cuando éramos niños pequeños balbuceantes, nos asomábamos a la mesa donde estaban nuestros padres ocupados en sus cosas y les espetábamos: “mierda, cagao y culo" y echábamos a correr por el pasillo, con ellos vociferando detrás: "¿qué has dicho?" y soltábamos una carcajada de terror, que a nuestros padres le resultaba enternecedora, y se daban la vuelta para no manifestar ese orgullo de ver que nos hacíamos mayores en medio de picardías que no sabíamos muy bien de qué se trataban.
            Yo a ustedes, señores diputados y sus asistentes, les digo lo mismo. Son unos ineptos, unos cara duras, unos incomprensiblemente desalmados. No tienen vergüenza y nos desprecian.
            Ustedes, señores diputados, están asombrados del comportamiento del pueblo al que representan porque no nos conocen, no nos quieren, no nos miman, no nos entienden. Leen las columnas de los sabios de turno que miran a Europa, donde todo se diluye, donde el COVID-19 está a la distancia de seguridad de más de dos metros y no necesitan mascarilla ni guantes para relacionarse entre ustedes, aunque tampoco se conocen.
            Señores diputados. Por si no se enteraron en las últimas elecciones, les pedimos con nuestro voto que dialogaran, que aceptaran toda clase de ideas y propuestas para gobernarnos, que dejaran de insultarse, de pegarse palos por debajo de la mesa, que dejaran de hacer el imbécil de una vez, pero parece que ese día no fueron a clase, hicieron novillos y se siguen dedicando a matar a las ranas del charco en el que se han metido, a pedradas.
            Señores diputados. Todos los diputados. Ahora es el momento de saber gobernar, ahora es cuando se les necesita sabios, tiernos y agradecidos a quienes les votamos, pero todos a una. Lo que hasta el día 14 de marzo estaban haciendo era chupar del bote. Ahora es cuando se sabe quién gobierna o propone al que gobierna, cómo se hacen las cosas sin insultar, sin amenazar, sin poner muertos en la mesa, sin ocultar a los héroes que se van en silencio, sin obviar a las mujeres. Por cierto, como veo que les gusta contar, cuenten los hombres que salen a la compra y las mujeres que lo hacen: van a flipar, si saben contar.
            Señores diputados. Ya está bien de canalladas, insultos, patadas en las espinillas, independentismos ruinosos, propuestas reaccionarias, y sentirse dolidos porque el jefe no llama al otro jefe, decir quién luce el mejor atuendo, quién pasea más ante el espejo o quién se reúne más.
            Han puesto al ejército en el ojo de mira de la opinión pública, en lugar de dejarlos a lo suyo y en silencio. Se dedican a dar ruedas de prensa que repiten una y otra vez la misma monserga de lo que nos van a denunciar, los números de la guardia civil que nos va a acosar, los chalecos con los que han marcado a los discapacitados … ¿pero no nos conocen? Somos España, ese país que tiene el récord mundial de donantes de órganos, ese país que sólo tiene que descolgar el teléfono para pedir sangre de cualquier grupo, ese país que salió de la ruina en la que nos metieron en 2008 a base de familia, de estar juntos y protegernos de ustedes.
            Señores diputados. ¡Siéntense a hablar de una puñetera vez!
            Están descubriendo el país que tienen en sus manos. No se lo creen porque, repito, no nos conocen. Somos buenos, generosos, imaginativos, cultos más que otros porque tenemos mucha calle, besucones, espléndidos y llorones.
            Señores diputados, ¡quiérannos por favor! Dejen de discutir y sean un poquito como los demás. Luego, si hace falta, les limpiamos las alfombras si las ensucian por pisar la calle.

Matilde Muro Castillo.

10 de abril de 2020

LA SOLEDAD DEL E.P.I.




Matilde Muro Castillo.

            Siete de la mañana. Empieza el día que se promete complicado. A las siete y media hay que estar en el hospital porque tienen que empezar a ponerse las sucesivas capas de protección que exige el maldito virus. Uno a uno entran en espacios de desinfección previos para que un experto comience a vestirlos. A las ocho de la mañana se produce el cambio de turno y hay que estar listos.
            Un compañero ayuda a otro a vestirse sin tocar demasiado los elementos, y empieza la ceremonia del encierro dentro de una cobertura tras otra. Cuando han terminado, dejan de verse hasta el día o la semana, o el mes siguiente, dependiendo de los turnos, porque luego no puede desvestirlo el mismo. Tienen que protegerlo de posibles contactos malignos.
            Así, uno tras otro, metidos dentro de fundas, gafas, guantes y pantallas empiezan a trabajar, se acercan a los enfermos, se sientan frente al ordenador y escriben, leen y comunican como pueden, atenazados por la imposibilidad de movimientos que esta situación genera.
            Transcurre el día entre sufrimiento, alegría, resultados negativos, falta de resultados ante los tratamientos, conocidos que ingresan, desconocidos que fallecen en sus brazos, con miradas perdidas buscando a los hijos … y no pueden abrazarse entre ellos, entre los propios sanitarios, entre ellos que ven en primera persona lo que ocurre alrededor. No se pueden coger la mano, se confunden las lágrimas con el sudor, la alegría con las lágrimas de miedo frente a la carga viral del último que han atendido. No pueden saludarse. No saben con quién están trabajando, si son aprendices, estudiantes, expertos, veteranos jubilados, compañeros de todos los días o de quién se trata.
            Es difícil soportar esa soledad que el desconocimiento del que te rodea, produce. Es tener la sensación de viajar por un lugar donde no conoces a nadie, donde no sabes cómo se llama nadie, donde no puedes expresar con libertad lo que sientes, pero es imprescindible viajar, moverse, tomar decisiones, no parar, no dejar de dar indicaciones o dejar rastros de que antes has estado allí y que no se debe repetir la operación que otro va a hacer si no has dejado la muestra, porque no se puede prácticamente hablar. La mascarilla y la visera no te dejan.
            Esa soledad del equipo de protección individual es lacerante.
            Cuando acaba la jornada te reciben de nuevo para ayudarte a quitar lo infectado. De nuevo en soledad, poco a poco, capa a capa, sin conocer al que te manipula, sin saber con quién has trabajado, sin tener ninguna referencia de a qué equipo has pertenecido, si no es a la primera línea, al que está en contacto directo con el enfermo más grave, sin poder dar marcha atrás porque se han acabado las reuniones de los médicos, ni los comentarios después del trabajo.
            A casa, solos, sin contacto con la familia, con una carga emocional que se mide por toneladas, con mascarilla todo el rato, con gafas rayadas de lavarlas, con ganas de llorar y sin poder. Algo más que añadir a la lucha en el frente. Si no lo escribo, reviento: GRACIAS.

6 de abril de 2020

ATADURAS



Ataduras

MATILDE MURO
En este disparate mundial observo cosas que me llaman la atención, y que creo deben quedarse para siempre.
El miedo es lo primero que atocina el corazón del dinero, y los ricos se han asustado porque sus arcas han dejado de llenarse, y no solo eso, sino que les están pidiendo que abran los cofres del tesoro para que se pueda disponer de lo que, con mucho esfuerzo de los más humildes, ha quedado en manos de unos pocos. No pretendo hacer creer que lo de todos es de todos, para nada, porque el vago se refugia en el subsidio inútil, no pagar impuestos es lo propio del que racanea con todo, incluso con el afecto, recibir a cambio de nada no es justo, y la empresa es la que siempre arriesga cuando decide emprender, y habitualmente, en un porcentaje elevadísimo, protegen y quieren a sus trabajadores.

En esta situación brutal noto que han sobrado las ataduras que, a fuerza de decretos, leyes, costumbres y comportamientos maliciosos se han quedado fijados en la administración de nuestras cosas y nos tenían maniatados.
Cuando se han soltado amarras se puede atender a lo que antes era imposible, se puede sufragar lo que era pura ilusión, se puede inventar sin tanto requisito, se puede trabajar ayudando a los vecinos sin miedo a ser denunciado, se pueden intercambiar productos con todas las garantías y sin pavor al envenenamiento, se puede hacer que las personas vuelvan a leer, (aunque lo de gratis total me enferma), se puede agilizar la entrada y salida de aviones sin necesidad de hacerlos volar vacíos, se puede cambiar el modo de producción, se pueden construir hospitales en días, se pueden pensar en cómo cambiar de trabajo sin dejar el que se termina, se puede fabricar según la necesidad y aprovechando todo... parece que ha vuelto la razón a las maneras de gobernar.
Desde luego sigue siendo una tragedia, pero la apariencia es que las vergüenzas se han quedado al aire. Se puede gobernar mejor y para todos, sin necesidad de tanta riqueza ni tanto crecimiento en manos de unos locos que son los que manejan la mentira, la información, la política y los pueblos, decidiendo quién vive y quién no.
Ahora el manejo del idioma separatista se les ha quedado corto y se expresan con comunicados bochornosos, porque quieren seguir mandando en lo que desconocen.
Los que se autodenominan nacionales dicen que su dinero es suyo y que compran para los suyos, como si los vecinos fueran apestados sin derecho a la vida. De nuevo al aire las vergüenzas.
En todas estas observaciones me falta la atención a los emigrantes, a los «sin papeles». Los necesitamos más que nunca. Son ciudadanos como nosotros y hay que atenderlos, cuidarlos, darles papeles y hacerles sentir que forman parte de nuestro tejido social y productivo. Necesitamos de los que tienen paralizados sus expedientes de nacionalización, de los que quieren ser españoles, de los que quieren formar parte de nosotros. No se trata de aprovechar el paso del río por la calle: es una necesidad soltar esas ataduras y empezar a creernos que somos iguales. El COVID-19 mata a todos.