1 de junio de 2021

IMPACTO AMBIENTAL



 



Ahora que se puede (o casi) viajo un poquito por los alrededores de donde quisiera realmente desplazarme, y veo cómo ha cambiado el paisaje, porque reconozco que, antes del año pasado entre cuatro paredes, ya no viajaba como antes.
A pesar de mi quietud, la cabeza no para y esos instintos que me han movido a lo largo de la vida de forma apasionada, se mantienen: la protección del patrimonio de todo tipo ha sido el norte y la ruina de mi vida, pero sigo empecinada en el tema y me disgusta ver lo que contemplo en estos momentos.
Extremadura está siendo asolada por la energía solar. Es verdad que a lo mejor trae mejora económica puntual, pero el largo plazo me parece siniestro.
Salgo desde Trujillo a Cáceres, y sin moverme más de cuatro kilómetros, una gigantesca mancha de placas solares invade cada vez más el paisaje que, en algún momento, se convirtió en la apuesta por conseguir ser Patrimonio de la Humanidad. Es espeluznante lo que está ocurriendo ante la impasible contemplación de los ediles municipales, la alegría de los que ponen la mano a las eléctricas y la enervante visión del que se había creído que ese paisaje se podría conservar como algo tan hermoso que quitaba el hipo. Ahora lo provoca.
Poco más allá, casi al llegar a Cáceres, de nuevo la mancha de placas solares que se expanden sin pudor con el argumento de que son terrenos baldíos. La tierra no es nunca baldía. Produce colores, olores, abrigos de animales, eso que los desconocedores llaman malas hierbas, abrigo a las abejas… y muchas cosas más que ahora no están ni volverán, porque el hormigón ha fijado placas al suelo muerto para siempre. Nuestros hijos van a heredar chatarra expandida porque nadie la querrá cuando hayan amortizado el horror.
Si viajo a Madrid, las placas de Almaraz casi invaden la carretera que nos van a pedir que paguemos una vez más. ¿Sigo?
Esta descripción puntual es para tratar de entender qué significa “impacto ambiental”. Me muero de pena cuando creo que ese día no fui al colegio, no me explicaron qué significaba bien, o no lo entendí, o me engañaron.
Si a estos paisajes que nos están asolando, si a las propuestas de horadar la tierra hasta el centro sobre el que gravita, si quieren hacernos creer que las minas al aire libre no producen impacto ambiental, tengo que pedir ayuda o mejor, tengo que pedir que se vayan los que conceden semejantes aberraciones. Váyanse de nuestro lado, déjennos vivir por favor, no nos mientan sin vergüenza, no nos digan que las placas son protectoras del medio ambiente, que nos van a ayudar a mejorar el planeta.
Si se dedicaran esos esfuerzos a cuidar los montes, a repoblar con árboles, producir biomasa, investigar con hidrógeno y dejar las cosas como se las han encontrado, otro gallo nos cantaría.
Seguimos padeciendo del mal del dinero, de la estupidez, de la facilidad de comprar a los políticos, cuanto más locales mejor, de mentir y de autodestruirnos. 
Sigo sufriendo por Trujillo y no se me pasa.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY el lunes 31 de mayo de 2021




20 de mayo de 2021

ESTO DEL TIEMPO

 



Hay momentos en los que no sabes si estás viviendo una realidad irrefutable, un cambio histórico o un disparate.
Rememoro los cambios en una vida que acarreo, no excesivamente larga, pero si intensa, y aún me paro a pensar, con más frecuencia de lo normal, ¿qué demonios es el tiempo? ¿Ha sido importante lo que he vivido?, ¿cómo he digerido los cambios técnicos?, ¿me ha servido de algo la velocidad en todo?, ¿era más feliz quieta, o a miles de revoluciones?, ¿soy feliz, o sólo me lo parece?
La actual ministra de innovación, cambio climático, agenda 2030, o como más se titule, me da miedo. Es la señorita Rotenmeyer de mi conciencia. Me provoca siempre la sensación de haberme equivocado desde el primer momento de los días en los que empecé a tomar decisiones por mi cuenta. Haber comprado siempre coches de gasoil ha sido, creo, lo peor que le he hecho a la humanidad en general. Haberme declarado taurófila, amante sin ambages de la fiesta de los toros como algo consustancial con el ser meditarráneo, espacio en el que nací, por cierto, creo que es un error, que tiene de malo que no lo sé corregir, porque me siguen gustando los toros. Que considere que la caza es un deporte maravilloso, cuidadoso con el medio ambiente, generoso, la demostración del tú a tú entre la naturaleza y el hombre, y que reconozca que todo ha de vigilarse porque el ser humano tiende al exterminio sin más, me inquieta, porque tampoco soy capaz de abandonar esta idea, por muchos gritos que me den al oído.
El tiempo anterior al reconocimiento de todos estos disparates que cometo de acción y opinión, fue mucho más amable.
Mi primer coche de gasoil hizo que me sintiera libre, y el que tengo ahora, también de gasoil, es tan viejecito que, aunque no necesita atención alguna, me han dicho por escrito que no les gusta.
He dejado de volar porque me registran a toda prisa y no hay tiempo para nada cuando trato de explicar que los callos envasados se los llevo a un amigo inglés que me los ha pedido como última voluntad.
Sigo cuentas de Instagram de cazadores avezados por el mundo entero, pero ellos mismos me advierten del peligro que supone que alguien se entere de que sigo mirando animales muertos, y casi apago la luz para mirar esas maravillosas fotografías que cuelgan en las redes, después de saltar el anuncio pacato de “estas imágenes pueden herir su sensibilidad”. 
A los toros voy en directo y en diferido y no me arrepiento. Lo lamento señores.
Guardo el recuerdo imborrable de una mañana, a las once, sentada en la avenida de las esfinges de Giza, nadie a mi lado, nadie a lo lejos, silencio profundo, polvillo que el aire levanta en remolinos como queriendo limpiar el ambiente y allí, el tiempo se paró. No hice fotografías, no dibujé, no hablé con nadie, pensé sólo en quienes se dejaron la vida para edificar ese paseo que desemboca o en el templo de Luxor o en el de Karnak, según de donde parta el recorrido, esos seres que no existían porque el tiempo pasó.
Así estoy. Que no sé si voy o vengo en el tiempo.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario Hoy de Badajoz el lunes 17 de mayo de 2021.




5 de mayo de 2021

AVISO A NAVEGANTES

 


La situación actual nos hace pasar muchas horas en casa, viendo noticias, leyendo periódicos, descargando novedades en el ordenador, en el móvil, viendo las cuentas del banco, haciendo cálculos de cómo terminar el mes, viendo que las comisiones surgen como por arte de magia, que no hay de dónde tirar y que es mejor quedarse en casa, además de por el virus, porque no hay posibilidad de gastar.
En esa mezcla de comportamientos, llaman la atención las sucesivas comunicaciones de los bancos que ganan miles de millones de euros, así como ejecutar acciones de despido de miles de empleados, a los que se les ha imbuído un comportamiento agresivo, despreciativo y rayando en lo canalla con los clientes, que son los que depositan las ganancias en las cuentas, que dicen que son de los propios clientes, pero la verdad es que son de los presidentes, ejecutivos y accionistas de los bancos.
Si tienes que pagar un recibo de cualquier cosa, has de levantarte cuando el banco lo dice, porque después de las diez de la mañana no cogen dinero. Si quieres ingresar dinero has de pagar comisión para que los señoritos se laven las manos a la hora de tocar el dinero. Si devuelven un recibo y lo quieres abonar en efectivo, no les parece correcto y te vuelves a casa porque el empleado ha decidido que ni levanta la vista de lo que está haciendo, y no se va a molestar en atenderte.
No se te ocurra ir a ver a alguien responsable del último desmán, porque lo más posible es que tengas que pedir cita previa y arrastrarte para que te den explicaciones de los cambios de normativa que, por su cuenta, aplican sin comunicarte nada inteligible y, menos aún, posible de leer si no es con lupa microscópica.
En esta cueva de desprecios, manipulaciones, malos tratos, vejaciones y humillaciones se han convertido los bancos con sus clientes.
Es tan bochornoso, lacerante y falto de sentido esta situación, que alguien va a tener que tomar cartas en el asunto.
Sé que están de acuerdo conmigo todos menos los bancos y sus serviles trabajadores, que ocultarán la cabeza detrás de la “obediencia debida”, pero que no tiene un pase dentro de la moral, educación y comportamientos contractuales que no exijan en la relación entre las partes la intervención de la justicia, como está ocurriendo en la mayoría de los casos, en los que la usura aparece en la mayoría de la sentencias que los tribunales emiten cuando los clientes de los bancos dan el paso de acudir a los abogados a intentar defenderse con sus devastadores contratos.
Están llegando a límites insoportables. Les han llegado a llamar la atención desde el gobierno (que no es valiente precisamente) por su comportamiento, los ciudadanos estamos hartos de comisiones salvajes, atención deficiente e imposiciones inaceptables, amén de tener que enterrar nuestras vidas si se nos ocurre usar sus servicios, con los que están dados de alta como empresa: el dinero.
Aviso a navegantes. Nos estamos cansando y somos más. Por mucho dinero que tengan y más que quieran, una vez pasó que David ganó a Goliat. Puede repetirse.

(Artículo publicado en el Diario HOY de Badajoz el lunes 3 de mayo de 2021)

Matilde Muro Castillo.





23 de abril de 2021

DIFÍCIL




DIFÍCIL

Matilde Muro Castillo


Cada quince días aparezco por aquí con la ocurrencia oportuna, y es difícil acertar con algo que pueda interesar a la mayoría de los que amablemente me leen.
No crean que no me devano los sesos tratando de dar con el clavo, porque soy fiel seguidora de cualquier medio de comunicación, pero cuesta mantenerse al margen de opiniones ajenas para que no me tachen de oportunista o copiona, para que no lleguen a deducir que me dedico a dar lecciones de todo, sin saber de nada exactamente. Para evitar que el periódico me diga que me dedique a otra cosa, o no dejar de lado a los fieles (que saben quiénes son y no necesito mencionar) y menos aún, para no caer en la desgana de la falta de obligación que además me hace feliz.
Me sale del alma escribir sobre Rocío Carrasco y decirle que la vida le proporcione la paz que ella ha llevado a muchas mujeres, pero es corto el mensaje y no da para más. Querría escribir sobre Isabel Díaz Ayuso, Pablo Iglesias, Pedro Sánchez, Úrsula von der Leyen, el entierro del Duque de Edimburgo y los comentarios atroces de los periodistas que sólo mienten cuando hablan de sus nietos, del presidente turco, del Papa, de los policías de Estados Unidos que alientan una salvaje violencia callejera, de los problemas de la vacunación, de la ruina que se avecina por todas partes … de tantas cosas que llenaría sola el periódico, pero no me dejan.
La verdad es que mi cabeza ahora descansa en el mundo de los libros. Los libros me llenan el alma, me acompañan, me recreo en contemplarlos sin necesidad de leerlos. Me interesa todo lo que suponen: objetos cálidos, diseñados por artistas que emplean su esfuerzo en que vean la luz. Los impresores que agotan las existencias de las tintas y el papel mientras llegan las nuevas remesas, amén del autor que se ha desnudado para contar su yo más íntimo a quien no conoce. El olor que desprenden al abrirlos, el polvo espantoso que acumulan y nos hacen decidir a veces entre ellos o diferentes compañías, el contenido que atesoran y me parece que tendré que descubrirlo porque no he leído todo lo que pasa por mis manos, y ahí está esperando que formen parte de mi vida o… no sea posible y sigan siendo el tesoro que supongo guardarán para mejor ocasión.
Ahora estoy sumida en el mundo de los libros más que otras semanas. Es la del libro, es la semana en la que el libro es el protagonista de más vidas de las habituales, es la semana de Cervantes, de Shakespeare, de Landero, Marguerite Yourcenar, Heinrich Böll, Almudena Grandes, Bartolomé José Gallardo, Lewis Carroll, Santa Teresa de Jesús, Sor Juana Inés de la Cruz, Pedro Cieza de León, Rosa Montero… mis escritores favoritos, los que alientan mi vida cotidiana, los que me ayudan a distinguir entre lo necesario y lo imprescindible, lo claro y lo grisáceo, el humor y la grosería, la piel y el alma. 
Esto que les he contado es lo que alienta la columna de esta semana que, sin darme cuenta, se ha terminado.

Esta columna ha sido publicada en el diario HOY de Badajoz el lunes 19 de abril de 2021
 

8 de abril de 2021

LA HUCHA




España ha sido siempre un país pobre, que de repente se ha creído rico y ha tirado por la borda la inmensa fortuna de la que disponía sin saberlo: sus habitantes.

Desde que perdimos el oremus la cosa ha ido de mal en peor. No reconocemos las hazañas protagonizadas por paisanos que atravesaron el mar sin saber nadar, con el arma de la religión y el vello corporal, para asustar a los habitantes del otro lado del océano y ahora agachamos la cabeza cuando nos llaman asesinos, ladrones, invasores y toda clase de lindezas insoportables.

No nos damos por aludidos cuando se habla del esplendor de nuestro arte, de la belleza de nuestra lengua, de lo insólito de nuestra literatura, del sueño de nuestros paisajes, las arenas de nuestras playas y la bondad de nuestro clima.

Tenemos tendencia a mirar hacia afuera. A lo nuevo, lo escandaloso, lo que no sale de aquí, lo que nos prestan más que lo que conseguimos con esfuerzo, lo que nos venden más que lo que vendemos, lo que crean sin reparar previamente en nuestros creadores … y poco a poco, la hucha de lo que se puede atesorar se vacía.

Ahora esta situación pandémica nos arrastra al interior de España, nos prohíbe disfrutar de la costa, nos impide salir de las regiones y ¡oh maravilla! Hay una España llena de personas con las que nos identificamos, museos que desconocíamos pero que estaban ahí, fiestas populares que se han refugiado en los balcones porque no sirven las aglomeraciones de las plazas. Ahí, a nuestro lado está la fábrica del queso que compro en la gran superficie, más allá los panaderos de toda la vida que pensaba que habían muerto, a la vuelta de la esquina siguen los cordeleros pasando penurias como nunca antes. Ahora, que hay más silencio, se escucha el ensayo del violoncelo por las tardes en el balcón de enfrente, se oyen pájaros que parece que han vuelto, y es verdad que nunca se fueron, el perro de la vecina ha dejado de ladrar porque ella está a su lado todo el día mientras trabaja desde casa, y sale con él a pasear cuando aborda la calle.

Ahora, siempre ahora, gastamos menos porque nos quedamos agazapados ante el embate de la fiera invisible, llenamos la hucha y a pesar de este ejercicio de contención y los buenos resultados de la cuenta corriente, seguimos siendo pobres españoles que no sabemos administrar nuestro ser y estar en el mundo.

Nos falta orgullo de pueblo, querernos a rabiar sin enfrentamientos, echar fuera de nuestro ser el reproche, el odio inmisericorde al ajeno por distinto, bajo, alto, bueno o cruel; y nos dejamos que se rían desde fuera de nosotros, como si esa risa no fuera más que envidia de lo que tenemos y no sabemos ver.

Nuestra torpeza es la falta de visión. No saber que la hucha se puede romper, y que lo que guardamos con vergüenza y desconocimiento, es nuestro.

Ser español es un sueño, nunca una pesadilla. Si lo disfrutamos, las cosas irán mucho mejor, a pesar de los que no se lo creen.

Matilde Muro Castillo.


Este artículo ha sido publicado en el Diario Hoy de Badajoz el lunes 5 de Abril de 2021.







22 de marzo de 2021

QUEJAS



- Buenos días. ¿Qué tal el fin de semana?

- Espantoso. Lo he pasado poniendo lavadoras, planchando, arreglando la casa, haciendo comida para la semana, y me han tocado los niños porque su padre se ha ido de caza. Un horror.

- No lo entiendo. Si tienes tanto que hacer, que se quede sin caza.

- Sí. Es fácil para ti. Mejor no sigo hablando.

- ¿A ti cómo te ha ido el fin de semana?

- Pues como el resto de la semana. Muy mal. Metido en casa. Con miedo al virus este que me tiene agotado y muerto de miedo. No sé si he hecho algo. El ambiente es tremendo para tomar decisiones. Creo que no voy a hacer nada que no sea ir y venir, y veremos si no me doy de baja para poder soportar lo que nos queda.

- Pues dicen que nos vacunan rápido.

- ¿Rápido? No sabes lo que dices. Esto va para largo, porque nada funciona. No hay vacunas, no hay gente vacunando, no hay espacios, no hay nada previsto.

- Pues yo creo que se está haciendo lo que se puede. Esto es un tsunami que nos ha barrido a todos y habrá que reponerse.

- ¿Cómo te vas a reponer, si nadie nos hace caso? Nadie cobra, nadie vive, nadie gana para sobrevivir. Gracias a la ayuda de las Oenegés estamos tirando, ¿Si no? Ya me dirás de qué vivimos.

- Efectivamente la situación es dificilísima, pero con ese ánimo no tiramos. Es verdad que los alquileres son inasumibles, pero antes del Covid ya lo eran. Que los salarios son ínfimos, que las ayudas no llegan con rapidez, pero sólo oigo quejas y quejas.

- ¿Y qué quieres oír? 

- Un poco de ánimo. Un poco de alegría por seguir vivos frente a este monstruo que nos ha invadido. No sé. Dejar de protestar y echar una mano a quien no puede tirar de este carro tan pesado.

- Si, todo muy bonito, pero se han acabado las piezas para fabricar bicicletas y es la única cosa que funciona en la industria española, se han helado las frutas con Filomena, han suspendido la Semana Santa porque les ha gustado a los que mandan, se han cargado la industria de restauración, les ha explotado un cohete que nos ha costado una fortuna, las colas del hambre dan vueltas a las manzanas de los edificios de Madrid … puedo seguir hasta el infinito.

- No lo dudo. Con tus extintas ganas de vivir, nada se puede remontar. De todo lo que me cuentas, me creo la mitad de la cuarta parte y, si te sigo el rollo, me hundo hasta el final del túnel. Es todo tremendo, dura mucho, se ha llevado muchas vidas por delante, nos ha dejado un país esquilmado y endeudado para generaciones futuras, pero hay que salir como sea. Pobres, con una economía lastrada, con angustia por vivir, miedo y sin aparente futuro, pero las quejas me hartan, y producen más canas de las que puedo aguantar. Mañana martes, seguro que es mejor.

Matilde Muro Castillo.


Artículo publicado en HOY de Badajoz el 22 de Marzo de 2021.



10 de marzo de 2021

MÁS MUJERES

 



MÁS MUJERES

Matilde Muro Castillo.



Hoy, en medio de la bronca política habitual, echamos la vista dentro para seguir buscando la justificación, que no parece posible encontrar, del porqué de la presencia de la mujer en la vida cotidiana desde el principio de la humanidad, y hasta ahora.

Han aparecido las matemáticas de la NASA, la descubridora del radio, la inventora de Internet, la creadora de la tortilla francesa, las de detrás de todos ellos, las que silenciaron, las que chillaron, las que se revolvieron y las que murieron en silencio dejando escritos asombrosos de filosofía, literatura y teatro, aunque fuera su marido el que firmaba las obras y recibía aplausos sin fin, las denostadas por saber pensar, las rapadas por ser comunistas, las que hicieron de su vida la de los demás.

El esfuerzo por el reconocimiento es ímprobo y seguirá siendo inagotable, porque la capacidad de ocultación de los modos y maneras de la sociedad que nos hemos dado, es tan eficaz que, aunque pensemos lo contrario, las mujeres seguimos siendo objetos de sospecha, poco valoradas, puestas en duda habitualmente, tachadas de fantasiosas, tenemos días malos, pensamientos alterados, y comportamientos provocadores, todo frente al otro género que puebla la tierra.

La mala fama no hace falta que explique de quién es, el mal aspecto ¿para qué contar?, el descuido es reprochable siempre, la impuntualidad, la falta de perfeccionismo, el depósito de la confianza en la intuición, adelantarse a las ocurrencias de los hijos, saber qué puede pasar sin explicación alguna, vivir con lo imposible, sacar algo de donde no hay nada, no sé si son reproches o habilidades, porque el discurso social confunde de tal manera, que se asienta en alguna parte del cerebro colectivo que no duda en manifestar diferencias donde no debería de haberlas, porque la convivencia entre ambas partes es el origen de nuestra vida.

No voy a entrar en la discusión del “y tú más”, pero es inaceptable el “y tú menos” porque no hay razón alguna para ello.

Mi vida ha sido feliz gracias a la mujer más importante de ella. Mi madre. A pocas personas he conocido que no tengan a su madre como el referente único en el que mirarse, la persona de la que despedirse, la que siempre ha estado ahí para todo, la que ha adornado los sueños, dulcificado las pesadillas, educado el gusto, el tacto, el oído, la vista, el olor. La que ha velado las enfermedades, leído cuentos, recomendado los destinos y enamorándose con nosotras, llorado los abandonos y entendiendo los fracasos. Las madres somos todas mujeres, y me cuesta aceptar que seamos objetos de todo tipo de uso para el otro género, y que cuando destapamos la caja de los truenos desarrollando habilidades semejantes, nos transformemos en la diana de los bajos instintos de los que no nos ven como iguales.

Lo peor es el silencio, seguir calladas, seguir aguantando todo este horror que en algún momento de la vida se torció de tal manera, que cuando ahora veo a seres masculinos en la televisión poniendo la comida al perro o al gato, me da pena porque creo que, si aciertan en la publicidad, las mascotas desaparecen.


Artículo publicado en el Diario HOY el 8 de marzo de 2021.


22 de febrero de 2021

SOMOS LISTOS

 



En medio de la desesperación generalizada, que se traduce en silencio en la mayor parte de la población, aunque el ruido mediático vaya por otros lares, no dejan de ocurrir acontecimientos que en breve nos cambiarán la vida.
Lo de la brevedad me lo parece a mí, que ahora dispongo de distancia para ver las cosas de antes, y como no cesan de repetir la importancia de la carrera espacial para el cambio de nuestros comportamientos, y los hallazgos científicos que la justifican, me ilusiono como cuando en el año 1969 mi madre nos levantó a todos los hermanos a ver la llegada del hombre a la luna, y lo vimos, y lo podemos contar. Y ahora tenemos papel de aluminio, microchips, telefonía móvil, cristales de gafas que no se rayan, microondas y mil cosas más que han ido apareciendo en el día a día, como si de algo espontáneo se tratara y no procediera de ese momento mágico en el que no se sabía que si Amstrong saltaba demasiado de alegría sobre la superficie de la luna, podría desaparecer en el infinito. 
Ya estamos en Marte con otro chisme que rueda, pero esta vez lo controlamos desde la Tierra. Hay allí (dicen) más aparatos que han recogido datos y los han enviado, y no sé si todavía siguen mandando fotos; pero el éxito del último es que se controla, se ve, se maneja y manda fotografías en blanco y negro y en color, videos, y lo que es mejor: sonidos del silencio que hemos dado por supuesto a un lugar que no habitamos los amantes de la fiesta, ruidosos, invasores y locos humanos a los que una pandemia, provocada por nosotros mismos, ha encerrado en casa para que dejemos descansar al planeta que habitamos. 
Somos listos, pero carecemos de inteligencia. Desviamos la atención de nuestros comportamientos, y ahora queremos salir de aquí cuanto antes, porque los que saben dicen que va a venir algo peor de lo que ya tenemos. Las pandemias se repetirán y no estamos dispuestos a evitarlas. Mejor nos vamos. Establecemos colonias en otros mundos y a vivir que son dos días.
Somos listos, porque nos lo creemos. El éxito indudable del robot en Marte pone una pica en los hallazgos científicos a los que se dedican ingentes cantidades de horas de trabajo bien pagado y no se pone límite a los materiales empleados.
Nuestra conciencia no nos deja reconocernos. No critico el progreso, sólo faltaba, pero ante este acontecimiento miro hacia dentro y pienso que la reacción de escapar del horror que nos ha tocado vivir, y que se va a repetir, no es la cuestión. Hacer frente a las circunstancias, salvar el planeta Tierra, porque se puede, emplearnos a fondo en ello, volver a una vida más tranquila, menos competitiva, un poco más barata, sin fronteras en el alma, y con los ojos abiertos para que no se siga destruyendo lo que tenemos bajo los pies, sería más que conveniente.
Somos listos, pero a veces no lo parecemos.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 22 de Febrero de 2021.




8 de febrero de 2021

LA MINA

 


Foto de Instagram. Sin autor conocido.





LA MINA

Matilde Muro Castillo


En todos los medios a disposición del dinero, que son muchos, aparece la oportunidad de excavar a dos kilómetros de Cáceres una mina de litio, que dicen que va a cambiar el mundo.
En esa apreciación no se equivocan. Va a cambiar el mundo de una ciudad como Cáceres, asentada en el mismo lugar hace más de dos mil años, superviviente de guerras, enfrentamientos y miserias humanas, afianzada en su forma de ser humilde y poco chillona, en la que su principal caudal son los habitantes que, siglo tras siglo, han crecido creyendo que era el mejor lugar para criar a hijos que, sin grandes oportunidades, salieron al mundo a crecer y ser ellos mismos en otro lugar.
Es una forma de vida. Nadie se lo puede reprochar, pero nadie tiene derecho a hundirlos por una cuestión de dinero.
Ofrecen poner patas arriba veinte siglos de historia a cambio de mil puestos de trabajo y trescientos millones de euros. Ofrecen oscurecer la luz de la ciudad con polvo que todo lo pringa. Ofrecen destruir el paisaje de una sierra, la de La Mosca, con impacto ambiental que lo más probable es que contamine los acuíferos de una ciudad que no tiene río, que no tiene más agua que la subterránea y las acumulaciones a cielo abierto que se producen cuando llueve, y es probable que llueva suciedad, polvo y veneno sobre el agua que se beba.
Entrarán como elefantes en cacharrería en un lugar habitado por la paz de la dehesa, la sequía insoportable de los veranos y el soportable frío invernal, porque no es húmedo.
El plan durará treinta años y ahora dicen también que se van a comer el campo cercano al proyecto de instalación de la religión budista en Cáceres.
Imaginemos que han transcurrido treinta años. Cáceres será inhabitable, la gente se habrá alejado del lugar, nadie vendrá a rezar su religión (la que sea) y al final pasará como ocurrió en el paisaje de Las Médulas de León, esquilmado por los romanos buscando oro: muy bonito pero inhabitable después de dos mil años.
La contraprestación al daño es tan absurda, causa un cambio tan brutal, es tan escandalosa, que parece mentira que alguien se lo haya permitido plantear. Si leen ABC del 30 de enero de 2021, se les pondrán los pelos de punta. Si leen la opinión de profesor Mora Aliseda en el periódico Extremadura del 31 de enero de 2021 acerca de las bondades de la mina, se llevará las manos a la cabeza, porque confía en la administración como vigilante de condiciones que no se pueden cumplir, si se leen otros artículos, empieza a oler a sucio.
La mina es una canallada, otra más, en el terreno de los que nunca gritan porque hace falta dinero para gritar y no lo tienen. Con dinero comprarán voluntades de los que pueden aprobar el proyecto, y los ciudadanos tenemos la obligación de manifestar nuestra oposición a que deshagan nuestra forma de vida milenaria, nuestro paisaje y nuestras religiones.
La religión del dinero, sólo aporta muerte, violencia y degeneración.
Si quieren coches eléctricos, hay que cambiar el sistema. Investiguen en coches de agua de mar, que de esa hay mucha y Cáceres no tiene.

Artículo publicado en www.hoy.es el día 8 de febrero de 2021.



23 de enero de 2021

LA AORTA

 




LA AORTA



Cuando los Beatles aparecieron en mi vida desarrollé mentalmente la necesidad de aprender inglés y, como muchos españoles de mi generación, adopté las letras de sus canciones como diccionario y modo de conversación, mientras en mis centros de estudios aprendía francés sin conversar con nadie, sólo de oído.
En diciembre de 1983 van y matan a tiros a John Lenonn en la puerta de su casa. El sobresalto me dura, porque había conseguido aprender la letra de Imagine, que se transformó en mi himno vital, ahora huérfana y sobrecogida.
Pasan los años y uno se envuelve como una croqueta en los acontecimientos cotidianos y parece que no se entera de nada de lo que ocurre, pero las cosas que pasan fuera de la familia y tu entorno propio, no te dejan descansar, y hoy tengo la sensación de ir creciendo a fuerza de sustos insoportables.
La colza me aterró. No sabía qué era tal cosa, y aunque desapareció como apareció en nuestras vidas, dejó tal cantidad de afectados enfermos, que aún me dura el recuerdo.
Antes de la muerte de Lenonn se había muerto un Papa de repente. Empiezan las especulaciones y se hacen toda clase de investigaciones y presupuestos, sin que aún sepamos qué ocurrió, si no es el sobresalto del fallecimiento inesperado.
Se muere Franco, empieza la democracia, asesinan a abogados que trabajaban en sus cosas legales, tratando de poner orden en una España desarbolada. Y el corazón va y viene a golpe de susto, imprevisto y sensación de estar en manos del albur, porque no hay quien prevea lo que puede suceder dentro de media hora en cualquier parte del mundo, ya que todo nos afecta, gracias a las redes de comunicación, como si fuera cosa propia.
Los terroristas, que trabajan sin descanso y no tienen ideas buenas, deciden volar las torres gemelas de Nueva York. No creo que tenga que relatar las consecuencias. El espanto de aquello aún lo sufrimos y nuestros hijos y nietos serán víctimas de ese acontecimiento por las reacciones de los gobernantes que se vieron humillados por semejante atrocidad.
Guerra de Irak, y allá vamos locos a masacrar a pueblos que tienen tanto que ver con el terrorismo como nosotros, pobrecitos ciudadanos de a pie que tenemos luz natural y para de contar, porque de lo demás, dependemos de quien manda.
Un tsunami mata a más de veinte mil personas en el Pacífico un día de fin de año. Desaparecieron costas, islas, países, repúblicas, turistas, naturales del lugar. Subió el mar y configuró nuevos perfiles en los mapas. La herida no se ha cerrado desde Suiza a Madagascar.
Pandemia de Covid. ¿Qué les voy a contar? Miedo, angustia, terror a relacionarse, tristeza, muertes y soledad.
Asalto al Congreso de USA. Se me ha derrumbado parte de mi mundo seguro.
He dejado fuera la vida desde dentro, la que nos duele y no cierra heridas, la que marca las agendas de todos y cada uno con ausencias, desapariciones, enfados, fracasos y tristezas, porque esa sólo pertenece a cada uno y nadie entendería los porqués.
Ahora comprenderán que tengo la aorta dada de sí y a veces pienso que es de plexiglás.



28 de diciembre de 2020

RESUMEN

 


RESUMEN

Matilde Muro Castillo. (Artículo publicado en el Diario Hoy de Badajoz el 28 de Diciembre de 2020)


Queridos lectores. Quinientas palabras para deciros que cuando escribo esto me encuentro bien. Supongo que vosotros, si me leéis, también disponéis de la poca salud que este bicho nos ha dejado disfrutar, al menos en compañía.
Año doloroso sin paliativos. Los terribles cambios a los que la pandemia nos ha sometido hacen que deambulemos como pollos sin cabeza, esperando que, si nos acomodamos a esta nueva forma de vida, se quede para más tiempo que para un simple andar a trompicones sobre terrenos pantanosos, como los que los profetas de la vida cotidiana nos avanzan en cada intervención pública.
En este periodo de tiempo he aborrecido las películas violentas. No puedo soportar la agresividad encubierta y sistemática contra las mujeres por el hecho de serlo. He llegado a no conocer los límites de mis ganas de leer, de pasear en silencio y no tener necesidad para nada de la televisión ni de las cadenas privadas de pago, que se adelantan y arruinarán la historia del cine, antes o después.
He descubierto que puedo escribir sin freno día y noche. Me he dado cuenta de que no sé nada de informática, telecomunicaciones, ni siquiera electricidad, y que tampoco ardo en deseos de aprenderlo.
Me reconforta el invierno porque me permite poner en práctica una costumbre que adquirí con el paso de los años y la sensibilidad del termostato, que me hace pasar más frío cada vez: usar jerséis de cachemir y nada más. El armario se ha paralizado en esa prenda y no quiero otra, con lo que la vida se hace más llevadera.
He echado de menos a reporteros fotográficos por las calles, a crónicas gráficas sobre la situación real, a imágenes sin censura, y comentarios libres. Tengo la impresión de que este año, además de salud, hemos perdido más libertad de lo que imaginamos. Esta es la nueva época que nos ha lanzado el bicho. Nos ha atenazado la voluntad de vivir, no nos deja expresar sentimientos amables y prima a las fuerzas de seguridad, que en ocasiones son todo menos seguras y castigan comportamientos habituales, como si fuéramos delincuentes por haber olvidado la mascarilla o acercarnos demasiado a quienes necesitamos.
Ya no hay planes de futuro inmediato. No hay sueños que se puedan cumplir en un fin de semana. No se puede ir a ver a la Gioconda en cuarenta y ocho horas, pasear Lisboa, saltar a Marruecos o conocer Lanzarote. Ya ves. Tonterías de horas, y ni a ver La Meninas puede uno acercarse.
Lo más frustrante es la falta de libertad a la que no me acostumbro fácilmente, porque hace muchos años la viví, y ahora resuenan tambores de imposición porque sí de cosas que no tienen explicación alguna, excepto el oportunismo y la confusión del momento.
Hay tanto de lo que protestar, tratar de comprender y explicar, que la vida de este año se ha transformado en una cuesta arriba difícil de superar. Las relaciones creadas en plataformas cibernéticas, son el ejemplo vivo de la oscuridad a la que estamos sometidos.


14 de diciembre de 2020

LA MALA EDUCACIÓN

 


LA MALA EDUCACIÓN
Matilde Muro Castillo


Un niño italiano de nueve años llega a España en tren y abandona definitivamente a su familia, para ser rey de un pueblo al que no conoce, y no sé si tenía ganas de conocer.
Su educación es puesta en manos de militares, bajo la supervisión de un dictador asesino que ha tenido la ocurrencia de nombrarlo heredero de sí mismo, por una afrenta con el padre del niño, que se consideraba un rey destronado y que se dedicaba a aventuras marineras tatuadas en la piel, como viejo lobo sardinero.
Cuando se hace mayorcito le dicen que tiene que casarse, con alguien predeterminado por la corte de adláteres que deciden su educación y destino a fuerza de miserias económicas y apariencias fatuas, que se nutren de préstamos que serán cobrados cuando el muchacho llegue a ser rey. No hay problema ni destinos excesivamente forzados. Llega a ser rey y resulta simpático. Ya tenía tres hijos y se instala como señor de súbditos a los que alimenta de leyendas amorosas, escapadas, amantes que corren de boca en boca, negocios que favorecen la economía española, sin importar los medios con los que se consigue. “Es un Borbón” y se le perdona esa mala educación en todos los sentidos, que cuando puede y tiene ocasión asoma, mientras su pueblo y consejeros le ríen las gracias sin parar. Obedece sin chistar y hace lo posible porque se instale la democracia en el país, ya que es más cómodo que otros gobiernen en su lugar, y él siga de figura adorada a la que todo se perdona y se copia, porque el pueblo que lo mantiene hace lo mismo: engaña a hacienda, es pillo, si puede esconde, mentiroso, celoso, trapacero e infiel.
Se hace mayor y se cansa de tanto control y de tanta libertad de los demás para hablar de él y sus correrías, y le suelta el mochuelo a su hijo, un guapo muchacho educado por su madre (los hijos en España son cosas de las madres), con estudios, vocación de astrólogo y sueños escondidos en razón del deber que la madre impone porque, como hija de reyes en ejercicio, llevaba en la sangre el cumplimiento de normas.
El hijo levanta alfombras de palacio, quiere cortar desmanes, regalos, prebendas, y quiere ganarse el sueldo con el trabajo. Al fin y al cabo es un buen sueldo, pero él está bien formado y sabe lo que se le avecina antes o después si sale a la luz el modus operandi de la casa real en cuestión.
Con lo que no ha contado es con el pueblo al que gobierna, que sigue siendo infiel, truhán, desmemoriado, y vengativo.
Ese pueblo que ha creado a su padre como es, lo ha relegado a una residencia de pensionistas pagada por otros, quieren verlo en la hoguera sin importar lo que hizo por ellos sin pedir nada a cambio, y ahora no soportarían un perdón regio, porque lo merece, y porque a ese pueblo, capitaneado por corsarios incultos, se le llena la boca diciendo que todos somos iguales.
Todos no. Unos cuantos han recibido mala educación y han sido niños abandonados en manos impropias. No merecen ser masacrados nunca.
No estamos siendo un gran pueblo.

https://www.hoy.es/opinion/mala-educacion-20201214001108-ntvo.html




3 de diciembre de 2020

EL PERIODISTA

 



Caminaba por el pueblo y no había nadie, pero nadie. Ni perros sueltos sin rumbo. Algún gato saltaba hacia la reja que protegía una ventana cerrada, y poco más. Asombrosos geranios florecidos en balcones sin vida de persianas cerradas, y un viento desolador que paseaba entre las calles a su santo albedrío barriendo restos de hojas, papeles rotos y rebujos de pelos sin origen definido.

Por mucha información que quisiera obtener, la cosa se le estaba poniendo difícil. Iba en busca del sospechoso del robo de la almazara, que le habían dicho que se había refugiado en casa de los padres, unos hortelanos mayores, dedicados al trabajo de sol a sol y ahorrando hasta la extenuación para conseguir una vejez tranquila y, a ser posible, dejarle al hijo algo con dignidad que no le hiciera trabajar como ellos lo habían hecho.

Mira qué cosa más terrible. El muchacho había sido muy buen estudiante en la escuela, se había ido al instituto a la ciudad, luego no quiso la universidad y se fue a hacer capataz agrícola a la formación profesional, y ahí perdió el rumbo.

Conoció a un maestro que había sido alcalde del pueblo y que había salido tarifando de las ocupaciones políticas por meter la mano en el cajón del pan, pero ese alcalde era un hombre simpático, querido en su partido, con don de gentes y la capacidad de conseguir lo que se proponía, aunque a veces no lo hacía por los caminos legales, aunque hay que reconocer que sabía poco de legalidades porque entró de alcalde por un sorteo entre los que aplaudían al Remigio, que fue el alcalde de antes que dijo que dejaba la alcaldía porque llevaba ya sesenta años en ella y ahora le exigían aprender a leer y contar con rapidez. El muchacho admiraba a ese hombre más que a su padre y se presentó a alcalde y ganó. Lo hizo mal por desconocimiento, y se fue a ser maestro de capataces y conoció al chaval de los dueños de la almazara, al que no enseñó nada bueno.

El periodista había encontrado toda la información en el cuartel de la Guardia Civil, a la entrada de la población, donde se encontró con la mujer del sargento que mandaba en el destacamento, y le puso al día de los antecedentes familiares. Dijo que había visto al chico entrar en casa de los padres hacía dos días, y que seguro que no había salido todavía, y que estaba segura de que él era el que había robado en la almazara, porque era un chico al que se le había dado de todo por los padres, y que todo empezaba ya a quedársele pequeño.

Son las cosas que pasan cuando a los hijos no se les pone freno, dijo la mujer al periodista. Yo se lo digo a mi marido muchas veces, continuó el relato. Si tenemos que darles todo, vamos servidos, porque entonces seremos nosotros los que nos quedamos sin nada y aún no sé en nombre de qué tenemos que ser los pobres, además de ser los que trabajamos, continuó el relato la señora del sargento. Yo lo veía venir, porque ese chaval siempre ha hecho lo que ha querido. Es buen chico, no digo yo que no, pero de puertas adentro nunca se sabe qué está pasando. Cuando a un hijo le das, das y das, acabas recibiendo tú, pero disgustos. Estará usted de acuerdo conmigo.

En medio de esos razonamientos, el periodista consideró que lo mejor era recabar información de fuentes originales, y tratar de entrevistar a los padres o al propio supuesto ladrón para aclarar las cosas antes de que la Guardia Civil diera con él y lo pusiera a disposición de su Señoría.

Nadie en las calles, el bar cerrado, la iglesia cerrada, el estanco cerrado… difícil.

Al fondo, al pronto, una luz rosa mortecina parpadeaba. Se acercó y había una mujer china detrás de un mostrador viendo en un teléfono móvil una serie de televisión china.

Le explicó el motivo de su visita y le preguntó acerca de la cuestión, por si ella sabía algo. La señora le dijo que sí, que conocía todo lo que había ocurrido pero que no podía contar nada.

Ante aquella respuesta, el periodista se inquietó y contuvo la respiración. ¿Puede decirme entonces quién puede contarme lo ocurrido que no sea usted? Claro, le dijo la mujer. Mi esposo, pero no está aquí. Mi esposo ha ido a comprar a Madrid y hasta que no vuelva no puede contarle nada. Vuelve esta noche tarde. Si quiere puede esperar viendo la televisión conmigo.

Lo siento, no sé hablar chino y no lo entendería. Pasearé por el pueblo y luego vuelvo. Voy a intentar ver al muchacho de la almazara a ver si me cuenta algo.

La señora china se colocó de nuevo los auriculares, como si con ella no fuera la cosa, y siguió enfrascada en el drama que escupía su móvil, cargado de violencia atroz y palabras imposibles de reproducir.

El periodista llamó a la puerta de los dueños de la almazara y solicitó hablar con ellos. No hubo problema. Le relataron la horrible existencia que llevaban con el hijo que se había transformado en un salvaje, que sólo les gritaba, daba el dinero que le daba la gana, porque se había adueñado de todo, y negociaba con la almazara según le convenía. Mezclaba aceites, no lavaba las mantas, no etiquetaba como debía de ser, pagaba sin control y dejaba a deber a quien le convenía y, lo peor de todo, había sido su amistad con el chino, el del almacén ese de todo a cien, que se había hecho socio suyo y en la furgoneta del chino repartían todo el aceite que era de otros a precios de escándalo.

El hijo había aprendido mucho en esa escuela, y el chino le había puesto los medios para hacer dinero para los dos. Ellos estaban acobardados porque el hijo tenía coche, una moto con un casco que brillaba y unas ganas locas de montar un local nuevo donde vender pizzas. 

La verdad de todo es, le dijo la madre al periodista, que la noche que el chino y el muchacho se fueron a Madrid, el padre, aquí mi marido, ha ido a la almazara y la ha desmontado entera, ha cogido los cables, las piezas, los rodillos, las listas de los clientes de toda la vida, vamos, todo lo que pudo, y lo ha guardado donde el muchacho no sabe, porque no queremos que haga más el loco.

Si usted quiere lo cuenta, señor periodista, porque yo ya no puedo más. El que ha quitado todo de la almazara ha sido el padre, mi marido, porque era suyo. Lo que otros hablen, es cosa de la mujer del sargento de la Guardia Civil, que le gusta mucho darle al pico, porque siempre ha tenido envidia de lo listo que es mi muchacho.

El periodista cerró la libreta, se levantó de la silla, y se alejó como vino por la calle central, con la única esperanza de que el olor a humo se lo llevara el viento desapacible que seguía barriendo el suelo. Pero se fue feliz. Borró una mentira de los titulares y supo que, lejos de la ciudad, había cosas interesantes que le daban la vida.

Matilde Muro Castillo.

(Publicado en la revista Comarca de Trujillo del mes de Octubre 2020)


MI TESORO

 







Matilde Muro Castillo.

He tenido la inmensa fortuna de nacer en España, este lugar en el que, además de muchas otras cosas, posee una lengua exquisita y emocionante.
Nuestro idioma ha proporcionado a la humanidad grandes obras literarias, se ha extendido por todo el mundo, es estudiada constantemente, tiene academias repartidas por muchos países, y sirve de referencia permanente cuando se abordan estudios teatrales, poéticos, literarios o históricos que pretendan conocer profundamente el significado de las palabras, e incluso de nuestra forma de comportamiento social.
Cada país podrá decir lo mismo de la suya, pero indudablemente, no todos tienen la implantación mundial del español. No todos pueden presumir de autores como los que crean en español. Ninguno puede hacer gala de la preponderancia de su idioma, el crecimiento exponencial y el número de estudiantes que lo eligen como segunda lengua, respetando la primera siempre como lengua materna.
Ahora nosotros, los españoles, sin saber muy bien la razón que justifica la medida, decidimos por mayoría en el parlamento, que el español no va a ser la lengua “vehicular” en la enseñanza.
Pero ¿qué ha pasado?, ¿qué ha habido que tragar para semejante barbaridad?, ¿qué oscuros intereses justifican tal medida? No es fácil entender semejante atrocidad, cuando nuestra lengua es un tesoro que para sí quisieran muchos, y ahora resulta que nuestros hijos no tendrán que estudiarla como algo fundamental, dependiendo de características geográficas o de los lugares en los que les ha tocado nacer. Es espantoso.
¿Quién ha sugerido tal barbaridad y qué razones han conducido a tragar con ello?
El respeto a las lenguas de cada uno de los territorios nacionales es fundamental. Que en los colegios se enseñe a todos los niños algo de todas esas lenguas, sería muy de agradecer para evitar reproches, populismos, incomprensiones y, sobre todo, enriquecernos intelectualmente todos; pero prescindir del español como la lengua principal, la que todos debemos saber, conocer y estudiar en profundidad, es atroz.
Estas medidas que pasan como si nada, que hacen levantar la voz a estudiosos y nadie hace caso, pero que se implantan creyendo que nadie va a obedecerlas, conducen a situaciones tan dolorosas como la de Cataluña en la que se obliga a que todos los letreros sean en catalán, que no se puedan hacer oposiciones si no conoces el catalán y que no sea grato el idioma español en algunos ambientes, cada vez más beligerantes con la necesidad de la preponderancia de la lengua del territorio.
El español es nuestra vida. Es nuestro tesoro. Es nuestra manera de expresarnos. Forma parte hasta de los silencios, del ritmo de los pensamientos, de la música del alma, y no se puede dejar de enseñar como lengua materna por una simple razón de geografía.
No podemos arrinconar nuestro idioma poco a poco. No debemos dejar de cuidarla, de potenciarla, y nunca se puede usar como objeto de cambio en negociaciones políticas a cambio de no se sabe qué tipo de votos necesarios para qué. 
Es agotador estar siempre a la defensiva, pero los tesoros hay que cuidarlos para que no se pierdan. 

Matilde Muro Castillo.
https://www.hoy.es/opinion/tesoro-20201130000559-ntvo.html?ref=https:%2F%2Fwww.hoy.es%2Fopinion%2Ftesoro-20201130000559-ntvo.html


DIVORCIO

 



- Hay que hablar con los niños y explicarles la situación.
- ¡Ya estamos con el “hay que”! Sabes perfectamente que esa frasecita ha sido uno de los motivos de nuestra separación. ¿Cómo hay que? Digo yo que tendremos que ser los dos los que hablemos con ellos. Esto no se trata de hay que ir a tirar la basura, o hay que pintar, o hay que cenar, o hay que limpiar, o hay que llevar a los niños al colegio, o hay que limpiar el baño, o tienes que … que es tu frase favorita.
- Volvemos a lo de siempre. Tú te empeñas en que mis frases son las que han roto esta relación. No es verdad. Te la coges con papel de fumar tía. Cualquier cosa que digo te molesta. Todo lo que hago es penoso. Si lo digo como si no, lo que haga está mal para ti. Sigo sin entender qué te ha pasado. Has cambiado tanto desde que nos conocimos que, de verdad, me cuesta creer que eres la misma persona.
- ¡Hombre!, qué curioso. Cuando nos conocimos y empezamos a vivir juntos, no habías aprendido el “hay que”. No sé a qué escuela has ido desde que nació Diego, que el “hay que” se implantó en tu vocabulario y es como una muletilla que me enferma. No te digo ya desde el nacimiento de Elenita. ¿Crees que es normal que llegas a casa, no dices ni buenas tardes, te sientas a comer como un bruto sin hablar, bebes lo que quieres mientras comes, y te tumbas a dormir en el sofá mientras quito la mesa, arreglo la cocina y voy al autobús a recoger a los niños? No es normal. No sabes ni dónde está la parada del autobús. Si a mí me pasa algo, se quedan huérfanos con su padre durmiendo la siesta. Te da todo lo mismo. No sé qué te ha pasado, y como no hablas, no podemos entendernos.
- No hablo porque a ti te da lo mismo lo que te diga.
- ¿Si? Inténtalo. Estamos a tiempo antes de firmar los papeles en el juzgado. Dime qué pasa, a qué se debe ese comportamiento de los últimos cinco años. Dime porqué no te ocupas de nada, pero de nada que no sea criticar y poner pegas a lo que tú crees que hay que hacer, pero que soy yo la que lo tiene que hacer. ¿En qué me equivoco?, ¿qué hago mal?, ¿digo que me canso y tengo que callar?
- No sigas por ahí. Te he dicho mil veces que no pasa nada. Que no me ha pasado nada Que tengo el mismo trabajo, la misma vida, la misma gente con la que me hablo. Que no me pasa nada de nada. Que estoy igual. Que en estos cinco años lo único que he cambiado han sido las ruedas del coche. ¿Te enteras? No pasa nada de nada. Todo lo que ves está en tu cabeza. Te empeñas en que soy yo y no es verdad. No pasa nada.
- Tú lo que quieres es volverme loca. ¿Te has enterado de que has sido padre? ¿Sabes que tienes dos hijos? No es ya por mí. Es por ti. Yo sí he cambiado, yo sí me he dado cuenta de que soy madre y que tengo otras obligaciones distintas, que tengo a dos seres pequeñitos colgados a mi falda que piden atención y ayuda todos los días. He cerrado los ojos a todo lo demás y no quiero que nuestros hijos se sientan solos y abandonados, mientras nosotros no nos damos cuenta de que han nacido y están aquí. ¿Tú te has dado cuenta de que hay dos niños en casa?
- Lo que faltaba. Que no me he dado cuenta de los niños. ¿Te he puesto alguna pega para que hagas lo que quieras?, ¿he protestado porque no salgas ya conmigo poniendo a los niños como excusa siempre?, ¿he dejado de darte dinero para que los niños crezcan y vayan a los colegios que tú digas? Es el colmo. Es decir que yo tengo que dedicarme a educar a los niños y a estar pendiente de ellos como si fueras tú. Pues no. Uno u otro, pero los dos no puede ser porque si lo hacemos los dos, los niños no saben a quién obedecer. A mí no me hacen ni caso, no sé si saben que soy su padre. Cuando les llamo, o les pido algo, o quiero estar con ellos, ni me miran. No sé si me conocen, y yo tengo mucho trabajo como para estar dedicado a ellos. Yo no he cambiado. Eso son cosas tuyas, y si quieres separarte de mí, de acuerdo, pero no digas que he cambiado. Yo no he cambiado. La que ha cambiado has sido tú.
- De verdad que no es normal. Todo lo que acabas de decir ¿te lo crees?, ¿es posible que no sientas el más mínimo cariño por tus hijos?, ¿es real lo que he oído?, ¿piensas que no saben que eres su padre? Mira hijo, esto es peor de lo que yo pensaba. Tú no sabes qué te pasa, pero desde luego te pasa algo. ¿Con dinero se arregla esto?, ¿Qué tú me das dinero para mantenerlos y hacerles crecer?, ¿qué dices?
- Pues que te doy dinero todos los meses de mi sueldo para los niños y para ti.
- ¿Para los niños y para mí? Me muero de risa. ¿Lo que me das es para los tres? Alucino. ¿Con lo que me das tenemos que comer, vivir, colegios, vestir, libros, mamá cómprame, y todo lo demás? Interesante argumento. No había caído en que esa miseria era para la supervivencia de estos tres seres humanos a los que has decidido salvar de la hambruna.
- ¡No empecemos con tus salidas de humor! ¡no soporto que me trates como si fuera un imbécil! Te doy el dinero que creo que debo darte para que esto marche.
- Pues es verdad. No había caído en ello. Esto marcha. ¡Tú te marchas!, pero además ahora mismo. Mañana a las nueve y cuarto tenemos hora en el juzgado para firmar la solicitud de divorcio. Vete ahora mismo y ya me las arreglaré yo con los niños. Ya les explicaré la razón por la que no van a volver a verte, porque en el divorcio he solicitado la tutela completa. No vas a volver a verlos, ni vas a tener que hacer nada que no sea alimentarlos de por vida. ¡Márchate! Y si mañana quieres mandar a tu abogada, yo te lo iba a agradecer. No quiero volver a verte nunca más. 
- Estás muy confundida. Yo no me voy de mi casa.
- ¿Tu casa? Esta casa es mía. Me la regalaron mis padres cuando acabé la carrera. Está a mi nombre, igual que la farmacia, por si no te acuerdas, que está en el local de abajo, y que atiendo durante doce horas diarias, además de ocuparme de tus hijos y los míos.
- Ya. Pero tú llevas una vida muelle. El trabajo en la planta baja. Entra dinero por un tubo y no me das cuentas, y me exiges que te de dinero todos los meses para mantener a los niños, que dices que son míos, y además que los cuide. Tú no tienes ni idea de cómo van las cosas. La vida esa que cuentan en las revistas de que los hombres y mujeres somos iguales, pues no es verdad. La que no se entera de nada eres tú. ¿Querías niños cuando nos casamos? Pues venga niños, tienes dos. ¿Querías educar a seres increíbles y excepcionales, según tú? pues dale a la educación, pero tú, porque yo con dos niños normalitos, me conformaba. ¿Qué quieres una vida loca de trabajo? Pues vuélvete loca trabajando. Yo con mis ocho horas de oficina tengo suficiente. Luego podré hacer lo que me venga en gana, ¿o tampoco?, ¿tengo que hacer lo que tú ordenes?, ¿tengo que hacer las guardias de tu farmacia?, ¿tengo yo que ser el salvador de la patria, de tú patria? Pues no. Creo que no. Esta es mi casa como la tuya. Aquí entramos el día en el que nos casamos y aquí seguimos, y porque hoy tengas un día malo, y porque hace seis meses te haya dado la locura de separarte, no voy a irme de casa porque sí. Yo aquí estoy fenomenal, no me meto con nadie, no hago nada que moleste a nadie, no pido nada. Me limito a decir “hay que” y te molesta como si fuera el aguijón de una avispa. Pues sí. Hay muchas cosas que se están relajando en esta casa. Veo que no se llega a todo. Esa manía tuya de ampliar el horario de la farmacia hasta doce horas de servicio al día, te ha hecho contratar a más gente ¿Para qué? Te lo dije: déjate de tanto lío y abre lo de siempre, y si en el barrio hay necesidad, que se las apañen, tú no vas a solucionar todo. Seguro que esos que has cogido para abrir te hacen ganar más dinero, pero como no me das cuentas de la farmacia, allá tú. Estoy más que seguro de que con tanta gente contratada vas a tener que cerrar, te vas a arruinar, y esa amiga tuya que hace estudios de farmacias, va a ser la que te la ponga a la venta, y si no, al tiempo.  Haz lo que quieras, pero no me digas a mí que me calle, porque diga “hay que”. Me da la gana y desde luego, será Su Señoría quien diga dónde está la razón, porque lo que no puedes pretender es que yo quiera trabajar hasta morir. No. No me da la gana. No quiero trabajar. No quiero ser padre ejemplar. No quiero moverme. No quiero nada de todo lo que a ti te parece lo normal. No quiero vacaciones. No quiero que los niños aprendan a hablar a gritos, y menos a correr para que yo vaya detrás de ellos. ¿Tengo que ser lo que tú quieres que sea? Pues me parece que no. Te vas a tener que aguantar con este que tienes delante.
- Tú te vas de casa esta noche, para empezar. Todos esos argumentos se los cuentas a tu abogada, y que ella, si tiene piel, los ponga de pie frente a Su Señoría, como dices. ¡Ah! No hace falta que te molestes en hacer la maleta: la tienes en la puerta hecha y cerrada. He cogido las llaves de la casa de la mesa de la entrada, para que no vuelvas, y con tu tarjeta de crédito he reservado habitación en la pensión en la que hiciste la carrera. A la dueña le ha hecho una ilusión enorme recibirte, porque como eres tan guapo, como eres tan bueno, tan dócil, tan callado y amoroso, está feliz sólo al pensar que vas a volver a sus brazos. Le he dicho que vas a preparar oposiciones a judicaturas, y que necesitas por lo menos dos años de estancia allí. 
Si. No abras los ojos de esa forma, porque se te van a salir No puedes quejarte de nada en absoluto. Te vas de MI casa a esa TU otra casa en la que tanto te quieren, y donde, sin duda alguna, el “hay que” te lo toleran. No. No digas nada. Me toca a mí. 
Mira, te he dado esta última oportunidad de hablar después de seis meses intentándolo. Tu abogada, que es la más lista del mundo mundial, y que tiene a su cargo todos los divorcios de tú bufete, del que parece que eres el amo y nunca vas, pues esa abogada tan lista y tan encantada de haberte conocido en las ocho horas de oficina, va a ser la que tenga que explicarte las razones por las que la convivencia contigo es in-so-por-ta-ble. Que no hay nada para siempre en la vida, excepto los hijos. Que nos casamos porque era el último deseo de tu madre, pobrecita mía, enferma terminal, y que yo no iba a echarme encima ese baldón de no haberle dado el gusto de verte a buen recaudo, pero que tu comportamiento ha sido todo menos amable conmigo, que me las he visto y deseado para tirar estos cinco años sin caer en una depresión de caballo, que te he mantenido limpio, planchado, comido, divertido y aparentemente feliz hasta que hemos llegado a hoy. Hoy te vas y no quiero volver a verte.
¡Ah! Los niños no te van a echar de menos. Ya les he avisado de que, a lo mejor, te ibas de viaje al extranjero y que tardabas en volver. No les ha parecido mal ni bien, porque no te tratan, pero si quieres seguir mintiéndote a ti mismo, a través de ellos, y te los encuentras por la calle, se lo dices. Que te has ido al extranjero, a Paupolicán, que es la calle de la pensión, por si no lo recordabas.
Mira lo que son las cosas. Te vas. ¿Quién te lo iba a decir a ti? Pues si. Te vas. No te niegues porque no vas a conseguir nada. 
La miró, se levantó del sofá, cogió el móvil de la mesa, apagó la televisión y se encaminó a la puerta. Cuando estaba abriéndola, oyó desde el fondo que le decían:
- Hay que bajar la basura.


Matilde Muro Castillo.
(Publicado en la revista Comarca de Trujillo septiembre 2020)