20 de mayo de 2021
ESTO DEL TIEMPO
5 de mayo de 2021
AVISO A NAVEGANTES
23 de abril de 2021
DIFÍCIL
Esta columna ha sido publicada en el diario HOY de Badajoz el lunes 19 de abril de 2021
8 de abril de 2021
LA HUCHA
España ha sido siempre un país pobre, que de repente se ha creído rico y ha tirado por la borda la inmensa fortuna de la que disponía sin saberlo: sus habitantes.
Desde que perdimos el oremus la cosa ha ido de mal en peor. No reconocemos las hazañas protagonizadas por paisanos que atravesaron el mar sin saber nadar, con el arma de la religión y el vello corporal, para asustar a los habitantes del otro lado del océano y ahora agachamos la cabeza cuando nos llaman asesinos, ladrones, invasores y toda clase de lindezas insoportables.
No nos damos por aludidos cuando se habla del esplendor de nuestro arte, de la belleza de nuestra lengua, de lo insólito de nuestra literatura, del sueño de nuestros paisajes, las arenas de nuestras playas y la bondad de nuestro clima.
Tenemos tendencia a mirar hacia afuera. A lo nuevo, lo escandaloso, lo que no sale de aquí, lo que nos prestan más que lo que conseguimos con esfuerzo, lo que nos venden más que lo que vendemos, lo que crean sin reparar previamente en nuestros creadores … y poco a poco, la hucha de lo que se puede atesorar se vacía.
Ahora esta situación pandémica nos arrastra al interior de España, nos prohíbe disfrutar de la costa, nos impide salir de las regiones y ¡oh maravilla! Hay una España llena de personas con las que nos identificamos, museos que desconocíamos pero que estaban ahí, fiestas populares que se han refugiado en los balcones porque no sirven las aglomeraciones de las plazas. Ahí, a nuestro lado está la fábrica del queso que compro en la gran superficie, más allá los panaderos de toda la vida que pensaba que habían muerto, a la vuelta de la esquina siguen los cordeleros pasando penurias como nunca antes. Ahora, que hay más silencio, se escucha el ensayo del violoncelo por las tardes en el balcón de enfrente, se oyen pájaros que parece que han vuelto, y es verdad que nunca se fueron, el perro de la vecina ha dejado de ladrar porque ella está a su lado todo el día mientras trabaja desde casa, y sale con él a pasear cuando aborda la calle.
Ahora, siempre ahora, gastamos menos porque nos quedamos agazapados ante el embate de la fiera invisible, llenamos la hucha y a pesar de este ejercicio de contención y los buenos resultados de la cuenta corriente, seguimos siendo pobres españoles que no sabemos administrar nuestro ser y estar en el mundo.
Nos falta orgullo de pueblo, querernos a rabiar sin enfrentamientos, echar fuera de nuestro ser el reproche, el odio inmisericorde al ajeno por distinto, bajo, alto, bueno o cruel; y nos dejamos que se rían desde fuera de nosotros, como si esa risa no fuera más que envidia de lo que tenemos y no sabemos ver.
Nuestra torpeza es la falta de visión. No saber que la hucha se puede romper, y que lo que guardamos con vergüenza y desconocimiento, es nuestro.
Ser español es un sueño, nunca una pesadilla. Si lo disfrutamos, las cosas irán mucho mejor, a pesar de los que no se lo creen.
Matilde Muro Castillo.
Este artículo ha sido publicado en el Diario Hoy de Badajoz el lunes 5 de Abril de 2021.
22 de marzo de 2021
QUEJAS
- Buenos días. ¿Qué tal el fin de semana?
- Espantoso. Lo he pasado poniendo lavadoras, planchando, arreglando la casa, haciendo comida para la semana, y me han tocado los niños porque su padre se ha ido de caza. Un horror.
- No lo entiendo. Si tienes tanto que hacer, que se quede sin caza.
- Sí. Es fácil para ti. Mejor no sigo hablando.
- ¿A ti cómo te ha ido el fin de semana?
- Pues como el resto de la semana. Muy mal. Metido en casa. Con miedo al virus este que me tiene agotado y muerto de miedo. No sé si he hecho algo. El ambiente es tremendo para tomar decisiones. Creo que no voy a hacer nada que no sea ir y venir, y veremos si no me doy de baja para poder soportar lo que nos queda.
- Pues dicen que nos vacunan rápido.
- ¿Rápido? No sabes lo que dices. Esto va para largo, porque nada funciona. No hay vacunas, no hay gente vacunando, no hay espacios, no hay nada previsto.
- Pues yo creo que se está haciendo lo que se puede. Esto es un tsunami que nos ha barrido a todos y habrá que reponerse.
- ¿Cómo te vas a reponer, si nadie nos hace caso? Nadie cobra, nadie vive, nadie gana para sobrevivir. Gracias a la ayuda de las Oenegés estamos tirando, ¿Si no? Ya me dirás de qué vivimos.
- Efectivamente la situación es dificilísima, pero con ese ánimo no tiramos. Es verdad que los alquileres son inasumibles, pero antes del Covid ya lo eran. Que los salarios son ínfimos, que las ayudas no llegan con rapidez, pero sólo oigo quejas y quejas.
- ¿Y qué quieres oír?
- Un poco de ánimo. Un poco de alegría por seguir vivos frente a este monstruo que nos ha invadido. No sé. Dejar de protestar y echar una mano a quien no puede tirar de este carro tan pesado.
- Si, todo muy bonito, pero se han acabado las piezas para fabricar bicicletas y es la única cosa que funciona en la industria española, se han helado las frutas con Filomena, han suspendido la Semana Santa porque les ha gustado a los que mandan, se han cargado la industria de restauración, les ha explotado un cohete que nos ha costado una fortuna, las colas del hambre dan vueltas a las manzanas de los edificios de Madrid … puedo seguir hasta el infinito.
- No lo dudo. Con tus extintas ganas de vivir, nada se puede remontar. De todo lo que me cuentas, me creo la mitad de la cuarta parte y, si te sigo el rollo, me hundo hasta el final del túnel. Es todo tremendo, dura mucho, se ha llevado muchas vidas por delante, nos ha dejado un país esquilmado y endeudado para generaciones futuras, pero hay que salir como sea. Pobres, con una economía lastrada, con angustia por vivir, miedo y sin aparente futuro, pero las quejas me hartan, y producen más canas de las que puedo aguantar. Mañana martes, seguro que es mejor.
Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en HOY de Badajoz el 22 de Marzo de 2021.
10 de marzo de 2021
MÁS MUJERES
MÁS MUJERES
Matilde Muro Castillo.
Hoy, en medio de la bronca política habitual, echamos la vista dentro para seguir buscando la justificación, que no parece posible encontrar, del porqué de la presencia de la mujer en la vida cotidiana desde el principio de la humanidad, y hasta ahora.
Han aparecido las matemáticas de la NASA, la descubridora del radio, la inventora de Internet, la creadora de la tortilla francesa, las de detrás de todos ellos, las que silenciaron, las que chillaron, las que se revolvieron y las que murieron en silencio dejando escritos asombrosos de filosofía, literatura y teatro, aunque fuera su marido el que firmaba las obras y recibía aplausos sin fin, las denostadas por saber pensar, las rapadas por ser comunistas, las que hicieron de su vida la de los demás.
El esfuerzo por el reconocimiento es ímprobo y seguirá siendo inagotable, porque la capacidad de ocultación de los modos y maneras de la sociedad que nos hemos dado, es tan eficaz que, aunque pensemos lo contrario, las mujeres seguimos siendo objetos de sospecha, poco valoradas, puestas en duda habitualmente, tachadas de fantasiosas, tenemos días malos, pensamientos alterados, y comportamientos provocadores, todo frente al otro género que puebla la tierra.
La mala fama no hace falta que explique de quién es, el mal aspecto ¿para qué contar?, el descuido es reprochable siempre, la impuntualidad, la falta de perfeccionismo, el depósito de la confianza en la intuición, adelantarse a las ocurrencias de los hijos, saber qué puede pasar sin explicación alguna, vivir con lo imposible, sacar algo de donde no hay nada, no sé si son reproches o habilidades, porque el discurso social confunde de tal manera, que se asienta en alguna parte del cerebro colectivo que no duda en manifestar diferencias donde no debería de haberlas, porque la convivencia entre ambas partes es el origen de nuestra vida.
No voy a entrar en la discusión del “y tú más”, pero es inaceptable el “y tú menos” porque no hay razón alguna para ello.
Mi vida ha sido feliz gracias a la mujer más importante de ella. Mi madre. A pocas personas he conocido que no tengan a su madre como el referente único en el que mirarse, la persona de la que despedirse, la que siempre ha estado ahí para todo, la que ha adornado los sueños, dulcificado las pesadillas, educado el gusto, el tacto, el oído, la vista, el olor. La que ha velado las enfermedades, leído cuentos, recomendado los destinos y enamorándose con nosotras, llorado los abandonos y entendiendo los fracasos. Las madres somos todas mujeres, y me cuesta aceptar que seamos objetos de todo tipo de uso para el otro género, y que cuando destapamos la caja de los truenos desarrollando habilidades semejantes, nos transformemos en la diana de los bajos instintos de los que no nos ven como iguales.
Lo peor es el silencio, seguir calladas, seguir aguantando todo este horror que en algún momento de la vida se torció de tal manera, que cuando ahora veo a seres masculinos en la televisión poniendo la comida al perro o al gato, me da pena porque creo que, si aciertan en la publicidad, las mascotas desaparecen.
Artículo publicado en el Diario HOY el 8 de marzo de 2021.
22 de febrero de 2021
SOMOS LISTOS
8 de febrero de 2021
LA MINA
23 de enero de 2021
LA AORTA
28 de diciembre de 2020
RESUMEN
14 de diciembre de 2020
LA MALA EDUCACIÓN
3 de diciembre de 2020
EL PERIODISTA
Caminaba por el pueblo y no había nadie, pero nadie. Ni perros sueltos sin rumbo. Algún gato saltaba hacia la reja que protegía una ventana cerrada, y poco más. Asombrosos geranios florecidos en balcones sin vida de persianas cerradas, y un viento desolador que paseaba entre las calles a su santo albedrío barriendo restos de hojas, papeles rotos y rebujos de pelos sin origen definido.
Por mucha información que quisiera obtener, la cosa se le estaba poniendo difícil. Iba en busca del sospechoso del robo de la almazara, que le habían dicho que se había refugiado en casa de los padres, unos hortelanos mayores, dedicados al trabajo de sol a sol y ahorrando hasta la extenuación para conseguir una vejez tranquila y, a ser posible, dejarle al hijo algo con dignidad que no le hiciera trabajar como ellos lo habían hecho.
Mira qué cosa más terrible. El muchacho había sido muy buen estudiante en la escuela, se había ido al instituto a la ciudad, luego no quiso la universidad y se fue a hacer capataz agrícola a la formación profesional, y ahí perdió el rumbo.
Conoció a un maestro que había sido alcalde del pueblo y que había salido tarifando de las ocupaciones políticas por meter la mano en el cajón del pan, pero ese alcalde era un hombre simpático, querido en su partido, con don de gentes y la capacidad de conseguir lo que se proponía, aunque a veces no lo hacía por los caminos legales, aunque hay que reconocer que sabía poco de legalidades porque entró de alcalde por un sorteo entre los que aplaudían al Remigio, que fue el alcalde de antes que dijo que dejaba la alcaldía porque llevaba ya sesenta años en ella y ahora le exigían aprender a leer y contar con rapidez. El muchacho admiraba a ese hombre más que a su padre y se presentó a alcalde y ganó. Lo hizo mal por desconocimiento, y se fue a ser maestro de capataces y conoció al chaval de los dueños de la almazara, al que no enseñó nada bueno.
El periodista había encontrado toda la información en el cuartel de la Guardia Civil, a la entrada de la población, donde se encontró con la mujer del sargento que mandaba en el destacamento, y le puso al día de los antecedentes familiares. Dijo que había visto al chico entrar en casa de los padres hacía dos días, y que seguro que no había salido todavía, y que estaba segura de que él era el que había robado en la almazara, porque era un chico al que se le había dado de todo por los padres, y que todo empezaba ya a quedársele pequeño.
Son las cosas que pasan cuando a los hijos no se les pone freno, dijo la mujer al periodista. Yo se lo digo a mi marido muchas veces, continuó el relato. Si tenemos que darles todo, vamos servidos, porque entonces seremos nosotros los que nos quedamos sin nada y aún no sé en nombre de qué tenemos que ser los pobres, además de ser los que trabajamos, continuó el relato la señora del sargento. Yo lo veía venir, porque ese chaval siempre ha hecho lo que ha querido. Es buen chico, no digo yo que no, pero de puertas adentro nunca se sabe qué está pasando. Cuando a un hijo le das, das y das, acabas recibiendo tú, pero disgustos. Estará usted de acuerdo conmigo.
En medio de esos razonamientos, el periodista consideró que lo mejor era recabar información de fuentes originales, y tratar de entrevistar a los padres o al propio supuesto ladrón para aclarar las cosas antes de que la Guardia Civil diera con él y lo pusiera a disposición de su Señoría.
Nadie en las calles, el bar cerrado, la iglesia cerrada, el estanco cerrado… difícil.
Al fondo, al pronto, una luz rosa mortecina parpadeaba. Se acercó y había una mujer china detrás de un mostrador viendo en un teléfono móvil una serie de televisión china.
Le explicó el motivo de su visita y le preguntó acerca de la cuestión, por si ella sabía algo. La señora le dijo que sí, que conocía todo lo que había ocurrido pero que no podía contar nada.
Ante aquella respuesta, el periodista se inquietó y contuvo la respiración. ¿Puede decirme entonces quién puede contarme lo ocurrido que no sea usted? Claro, le dijo la mujer. Mi esposo, pero no está aquí. Mi esposo ha ido a comprar a Madrid y hasta que no vuelva no puede contarle nada. Vuelve esta noche tarde. Si quiere puede esperar viendo la televisión conmigo.
Lo siento, no sé hablar chino y no lo entendería. Pasearé por el pueblo y luego vuelvo. Voy a intentar ver al muchacho de la almazara a ver si me cuenta algo.
La señora china se colocó de nuevo los auriculares, como si con ella no fuera la cosa, y siguió enfrascada en el drama que escupía su móvil, cargado de violencia atroz y palabras imposibles de reproducir.
El periodista llamó a la puerta de los dueños de la almazara y solicitó hablar con ellos. No hubo problema. Le relataron la horrible existencia que llevaban con el hijo que se había transformado en un salvaje, que sólo les gritaba, daba el dinero que le daba la gana, porque se había adueñado de todo, y negociaba con la almazara según le convenía. Mezclaba aceites, no lavaba las mantas, no etiquetaba como debía de ser, pagaba sin control y dejaba a deber a quien le convenía y, lo peor de todo, había sido su amistad con el chino, el del almacén ese de todo a cien, que se había hecho socio suyo y en la furgoneta del chino repartían todo el aceite que era de otros a precios de escándalo.
El hijo había aprendido mucho en esa escuela, y el chino le había puesto los medios para hacer dinero para los dos. Ellos estaban acobardados porque el hijo tenía coche, una moto con un casco que brillaba y unas ganas locas de montar un local nuevo donde vender pizzas.
La verdad de todo es, le dijo la madre al periodista, que la noche que el chino y el muchacho se fueron a Madrid, el padre, aquí mi marido, ha ido a la almazara y la ha desmontado entera, ha cogido los cables, las piezas, los rodillos, las listas de los clientes de toda la vida, vamos, todo lo que pudo, y lo ha guardado donde el muchacho no sabe, porque no queremos que haga más el loco.
Si usted quiere lo cuenta, señor periodista, porque yo ya no puedo más. El que ha quitado todo de la almazara ha sido el padre, mi marido, porque era suyo. Lo que otros hablen, es cosa de la mujer del sargento de la Guardia Civil, que le gusta mucho darle al pico, porque siempre ha tenido envidia de lo listo que es mi muchacho.
El periodista cerró la libreta, se levantó de la silla, y se alejó como vino por la calle central, con la única esperanza de que el olor a humo se lo llevara el viento desapacible que seguía barriendo el suelo. Pero se fue feliz. Borró una mentira de los titulares y supo que, lejos de la ciudad, había cosas interesantes que le daban la vida.
Matilde Muro Castillo.
(Publicado en la revista Comarca de Trujillo del mes de Octubre 2020)
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