18 de abril de 2023

LOS LIBROS

 


Estamos a una semana de la celebración del día del libro, y como ese día exactamente no me toca aparecer en estas páginas, me adelanto y acaparo la conmemoración de lo que más me gusta en la vida (hay otras cosas que me gustan, pero no tienen cabida en esta conversación).

Desde muy joven he acaparado todo tipo de publicaciones. La letra impresa me ha emocionado porque me dejaba viajar sin moverme (soy poco atlética), y además me enseñaba cosas que no estaban a mi alcance de aprendizaje de otra manera que no fuera leyendo.

La curiosidad enfermiza que me invade acerca de todo lo que me rodea y no acabo de comprender, me impulsa a tener siempre libros que me puedan explicar qué es lo que ocurre y no entiendo, porque en los libros siempre he encontrado las soluciones a las dudas, las ideas que se me tenían que haber ocurrido a mí y no al autor de la obra, la generosidad del escritor que me cuenta cosas de su vida que yo nunca hubiera plasmado en un papel, y la sabiduría del profesor que, lejos de pretender otra cosa que no fuera el enseñar, descubre las fórmulas, los hallazgos y las investigaciones más profundas en un libro, sabiendo que es el objeto más duradero de la historia de la humanidad, que lo escrito, escrito está, y que lo que ahí figure siempre será motivo de admiración, crítica, o carcajada del enemigo, siempre alerta ante los errores del contrincante.

Pasan por mis manos muchos libros. Me siguen enamorando. El tacto de las publicaciones, el olor de la tinta cuando acaba de salir de la imprenta, el olor del papel cuando ha pasado el tiempo por ellos, las calidades de las encuadernaciones, si son dóciles o no para disfrutarlos, la tipografía, la generosidad de los editores con márgenes amplios en los que pueda anotar, el cuidado de las ediciones donde todo se explique: cómo ha nacido, cómo se llama el papel, quién lo ha diseñado, la tirada, el colofón, el color de las guardas… tantas cosas me siguen emocionando que es un mundo al que me gustaría saber incitar a todo el que me rodea a que participe de él, porque el disfrute es inmenso y las cosas buenas lo son el doble si se comparten.

Mi biblioteca es un revoltillo de espacios que hay que rellenar como sea. Está repartida por toda la casa, porque no es posible limitar la abundancia a una estancia. Necesito los libros a mi alrededor y los hay por todas partes. ¿Qué colecciono? Libros de todo tipo, recortes de prensa, revistas que no se pueden tirar y hasta las etiquetas de la fruta pegaditas en cuadernos de la cocina, donde alternan con recetas que cojo al vuelo y que nunca pongo en práctica, porque si guiso y leo, la comida se me quema.

Los libros son el asidero de la vida, los sueños cumplidos, la aventura realizada, la suerte que llega, la tragedia que se llora, el recuerdo que nunca se borra, la sabiduría que sosiega y el perfume del alma. 

Siempre merecen la pena.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY  de Badajoz el 17 de abril de 2023.



4 de abril de 2023

VIAJAR

 

Se ha desatado la locura hace unos días, y los lugares acusados de estar despoblados se llenan sin control. El silencio se termina, el pan también y no se puede tomar café donde todos los días, porque no hay mesas, ni camareros, ni suficiente agua para alimentar las cafeteras a presión.

No importa. La razón económica de las cosas lo mueve todo. Los bolsillos se llenan con el dinero de los que los vacían haciendo un acto de contrición, porque no les va a volver a pasar que les cojan desprevenidos y los encierren en casa durante meses sin haber conocido el paisaje con el que soñaban, el sonido de las campanas, las cigüeñas al natural o la playa cuando hace frío y saben que van a ponerse enfermos, pero lo harán fuera de casa.

Lo malo de este viaje es no estar dispuestos a modificar las costumbres cotidianas. A no entender que hay lugares sin semáforos, sitios donde una valla metálica corta las calles sin previo aviso y no pasa nada, parajes a los que no se puede acceder porque no hay información de la ruta, destinos en los que está mal visto tocar el claxon sin piedad porque su coche se ahoga por la lentitud, o porque el que va delante se ha encontrado con su hermana, para y le da la lista de la compra que no entiende y tiene que leérsela por la ventanilla, mientras el viajero del todoterreno pita y pita para que la vida se siga moviendo al ritmo que él mismo trata de exportar.

Hay que viajar, hay que salir, hay que contemplar cosas distintas para saber cómo cambiar las propias si lo observado es mejor, para hacerse más culto, más abierto y más transigente. Hay que salir del cascarón que es nuestro propio hogar, hay que abandonar de vez en cuando lo que se transforma en rutina para contemplar fenómenos naturales que desconocemos por falta de experiencia, ver animales que no sabíamos que existían y comprobar que la especie humana es la misma en todas partes, tan hermosa, miserable, simpática y odiosa como ese ser que al levantarse por la mañana se ve reflejado en el espejo. Hay que viajar. Es alimento del espíritu y necesario para oxigenar el cerebro. Hay que abandonar lo conocido para sentirse valiente, fuerte frente a las adversidades, dispuesto a sufrir incomodidades y evitar que el recuerdo posterior sea lo difícil lo único que atesore. Necesitamos el viaje para vivir luego en silencio, leer sobre lo contemplado y sacar conclusiones de lo que hay más allá del entorno confortable en el que nos movemos, acaso con la pretensión de cambiar para bien lo que nos ha resultado incómodo.

Si no podemos viajar, porque no es el momento y todo se nos va de las manos, como está ocurriendo ahora, no importa. Mantengamos la actitud viajera y pensemos en lo que escribió Marguerite Yourcenar: “la ventaja de la inmovilidad en un punto del mundo, mirando rotar las estaciones desde ese mismo punto, se viaja siempre, se viaja con la tierra”.

Si no han encontrado alojamiento, si no pueden viajar esta semana, mantengan la actitud y desplácense por el universo. Es muy grande y no hay tanto ruido.

Matilde Muro Castillo.


Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 3 de abril de 2023.



20 de marzo de 2023

EL FUTURO

 




El futuro me tiene harta. Creo que va a ser algo espectacular. Viajaremos en túneles de aire a presión y la distancia entre Madrid y Barcelona se acortará hasta llegar a viajar unos veinte minutos.

La luz vendrá del cielo, como siempre, pero ahora regulada, sin cables, con calor, sin color y gratis porque lo del cielo siempre ha sido gratis, y en el futuro más gratis aún.

La comida liofilizada y sin envases. El plástico se usará bajo prescripción facultativa y nos alimentaremos con vegetales creados en laboratorios protegidos a miles de metros bajo tierra, ya que las semillas han de estar perfectamente marcadas, la trazabilidad de los sembrados ha de ser controlada exhaustivamente y la seguridad primará sobre cualquier otro aspecto de la alimentación, que carecerá absolutamente de riesgos.

Nuestros coches sobran. No los necesitaremos con la abundancia de hoy, porque se están cerrando las ciudades para ellos, y los transportes públicos serán la bomba: silenciosos, gratuitos, puntuales, confortables, con asientos numerados, sin empujones, a ser posible al aire libre, y limpios.

Todo estará digitalizado. El papel habrá desaparecido de las oficinas, las nubes de información estarán llenas, seguras, nadie las atacará, no habrá robos de información reservada, la privacidad será el santo y seña de cualquier actuación administrativa, creativa o de simple entretenimiento.

El hambre seguirá, por supuesto. No dice nada el futuro de solucionarla. Siempre habrá ricos, pobres y hambrientos, pero todo estará controlado, contado, medido y limpio. Todo muy aseado y sabido por esos entes abstractos que se están configurando a nuestro alrededor, y que son manejados por cohetes que van y vienen del espacio sideral en el que depositan adminículos de difícil explicación, pero que al parecer son de una necesidad perentoria para predecir nuestro futuro y organizar nuestras vidas.

Vamos a vivir más de cien años. Espléndidos, como reyes de no se sabe dónde, porque nadie nos aguantará con tantas manías acumuladas, pero ya hay respuesta a ello: los robots que nos atenderán, subirán las escaleras por nosotros y cargarán con los recuerdos que nadie quiere memorizar a nuestro lado.

Las mascotas estarán educadas, no usarán las esquinas de las calles para desahogar la vejiga, no correrán sin control, no emitirán sonidos que puedan molestar al viandante, ni soltarán pelos en las alfombras. Genéticamente habrán sido modificados para ser queridos sin excesos y nunca abandonados porque nosotros pasaremos a ser los acompañados por ellos. En el futuro, las mascotas seremos nosotros.

Ciudades silenciosas, personas educadas, inteligencia artificial y emocional repartida por doquier, conocimientos acumulados a fuerza de bits, libros que se rebelan y no dejan que los leas si ellos no quieren, enseñanzas eliminadas por no ser científicas, aviones que vuelan a media altura y te dejan en la terraza del vecino, taxis que no son conducidos por nadie y te llevan a lugar seguro…

En esto se está trabajando sin cesar. Las energías de todos están dedicadas a ello de forma compulsiva, y no dejo de preguntarme ¿quién se ocupa del presente?.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 20 de marzo de 2023.


20 de febrero de 2023

CARNAVALES

 





Mi padre era un hombre serio con un gran sentido del humor. Llegaba carnaval y se ponía la americana al revés allá donde fuera. Le avisaban los transeúntes de que iba de esa guisa y él, ceremoniosamente, se levantaba la peluca espantosa que se había colocado al salir de casa, de media melena y un flequillo recortado sobre sus cejas blancas, asustando impertérrito a cualquiera que osara advertirle del supuesto error de vestimenta.
Mi madre era divertida, sin sentido del humor alguno. Cuando llegaba el carnaval se metía en casa y no quería que nadie le dijera que se había cruzado con mi padre con la chaqueta al revés y una peluca como de Cristóbal Colón. Le horrorizaban lo que ella llamaba “charrancias”, y pensar en ese espanto de marido sin vergüenza pública alguna, le subía la tensión.
Eran la definición perfecta del carnaval. De cara a la galería ninguno de los dos era lo que aparentaban. Tenían dentro un sentido del estar que no manifestaban y cuando llegaba la época en la que todos se desmadraban, ellos lo hacían a su manera, poniendo a la luz el sentido del humor, o la ausencia del mismo, ante una multitud que opta por la máscara y el disfraz de manera desaforada. Mi padre volvía a casa diciendo que había estado con un papa rodeado de una corte de monjas rezando sin parar con absoluto recogimiento, sus compañeros de trabajo se habían disfrazado de niños de escuela, y cantaban la tabla de multiplicar en pantalón corto y camisa de marinerito cuando todos estaban a dos días de jubilarse, lo más habitual eran hombres vestidos de mujeres, y mujeres de más mujeres aún, en medio de serpentinas y un ruido ensordecedor de tambores y trompetas.
En su ciudad no había desfiles, ni carrozas, ni comparsas, ni actuaciones en teatros. Todo estaba en la calle y eso era lo que a él le motivaba, y a mi madre la dejaba en casa, porque la calle le parecía degenerada y absurda.
Hoy anda todo muy organizado y en grupos uniformes. El carnaval es el termómetro de la vida en sociedad, donde el humor, la crítica, la parte oscura de los que deciden que vea la luz, se manifiesta envuelta en anónimos y muy voluminosos desfiles rodeados de vallas, vigilados, con dotaciones de la policía que duplican sus efectivos y no se sabe si son ellos o unos que participan en la broma, y te puedes meter en un lío muy serio ante las sanciones que las autoridades, con un afán recaudatorio insaciable, imponen si le faltas a la gendarmería de verdad. Se han transformado esas manifestaciones ordenadas en un twitter brutal de purpurina y colores, donde uno se refugia en la multitud uniforme.
De todo este lío quedan espacios limpios, carnavales como los de mis padres, ingenio a raudales dispersos por callejuelas, barrios y comunidades de vecinos donde unos se ríen de otros en medio de abrazos, comida generosa y sueños en los que piensas que esa fantasía podía ser verdad.
Cuando llega el miércoles de ceniza, empieza otro carnaval.

Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el Diario HOY de Badajoz el 20 de febrero de 2023.

12 de febrero de 2023

MEJOR NO EMPEZAR

 


Por distintas circunstancias de mi vida, he vivido una guerra. Sí, no la civil española (no tengo edad para ello por poco), pero he vivido una guerra de tiros, tanques, aviones, metrallas, puentes minados, asaltos nocturnos, asesinatos injustificados, y peleas entre hermanos, que son las peores de las guerras (como si alguna hubiera buena).
Contemplo con estupor el juego de mesa que está suponiendo la guerra de Ucrania, y al pasar de los días veo cosas que me hacen desconfiar en las razones, los métodos y las consecuencias que esta guerra está acarreando. Los jugadores del tablero están usando vidas humanas para probar sus tácticas, poner nerviosos a los perros rabiosos a ver cuánto aguantan antes de saltar sobre el enemigo, destruir lo más posible para luego llenarse los bolsillos con las reconstrucciones futuras, intercambiarse armamento que suelta la munición por la culata, enfrentar a ejércitos armados hasta los dientes con hombres provistos de un casco y nada más, arrasar con el patrimonio cultural del agredido, hundir en la miseria a una población vecina con el beneplácito de los que eran sus amigos, mientras esos supuestos amigos se reúnen cada quince días para decidir si cuentan a los muertos sólo o incluyen en las atrocidades a las mujeres violadas, a los niños secuestrados y a los ancianos degollados.
La atrocidad que estamos viviendo con absoluta normalidad, se traduce en una subida de precios que nos hace chillar y salir a las calles como si no hubiera un origen claro a tal desmán.
Veo las cuentas de resultados de los ricos y me llevo las manos a la cabeza. Me espanto y llego a desasosegarme ante tamaña brutalidad aceptada por los poderes fácticos que, en un alarde de cinismo vomitivo, se ponen el chaleco antibalas, se abrochan el abrigo de cachemir, y pasean impávidos ante cadáveres, tanquetas quemadas, edificios demolidos, rescoldos de hogueras y un frontispicio de fotógrafos que dan crédito a esa valentía del líder que, desprovisto de vergüenza y corazón, pasea entre las ruinas de lo que él mismo está provocando por su inacción, como si de un plató de cine se tratara.
Señores que mandan: la guerra en la que se exhiben no es un escenario. La guerra huele y huele mal. Huele a cadáver, a vidas rotas, a niños sin lavarse durante días, a ancianos que se revuelven en sus heces porque una bomba les ha amputado las piernas y no los ha matado. La guerra huele a dinero podrido, a mala gestión, a sudor de mercenarios asesinos, a gasolina de tanques que no arrancan, a pólvora de bombas que no aciertan con el objetivo y demuelen hospitales, colegios y guarderías.
Si una guerra empieza, nunca termina. La guerra no acaba nunca. Que nos lo digan a los españoles, a los camboyanos, a los coreanos, a los vietnamitas, a los nicaragüenses, a los alemanes… pero no quiere decir que los que manejan el dinero de todos decidan seguir haciendo experimentos con vidas humanas, con pueblos que han sabido lo que es la paz en algún momento, con personas que, igual que ustedes, sólo piensan en dormir y al día siguiente levantarse cuando salga el sol. Acaben con esto de una vez y los que hemos vivido una guerra se lo agradeceremos, y a lo mejor olvidamos que ustedes han existido.

Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 6 de febrero de 2023.


24 de enero de 2023

INDEFENSIÓN




Hay días en los que resulta complicado afrontar las circunstancias con las que nos piden continuar hacia adelante.
No voy a entrar en la demoledora situación sanitaria en la que la Covid 19 nos ha sumido, ni la capacidad de la administración sanitaria para disolver como un azucarillo la asistencia a la salud de los ciudadanos, ni la ocultación de datos de fallecidos, listas de esperas y abandonos de los enfermos a consecuencia de medidas de urgencia que se alargan en el tiempo sin justificación aparente, mientras lo que se dice es que todo ha pasado porque las medidas adoptadas han sido lo mejor de lo mejor y… todo sigue hundido y cerrado.
El trabajo desde lejos ha cerrado la administración. Los ciudadanos nos hemos quedado sin lugares a los que recurrir, mientras que la maquinaria de la casa de todos sigue como si nada pasara, las multas llegan sin cesar y no hay donde pedir explicaciones si no dispones de certificados digitales para los que hay que pedir citas que se demoran lo suficiente como para que la multa no pueda recurrirse, los impuestos se multiplican por cantidades memorables y las tasas y cargos afloran por doquier sin explicación alguna, o sin posibilidad de encontrarla porque no dispones del certificado correspondiente.
Se solicitan ayudas que dicen que van a salvar la miseria en la que nos sumimos, y pasan más de dos años para percibirlas, suponiendo que no sea el silencio más clamoroso lo que nos encierra en nosotros mismos, porque no hay forma alguna de encontrar explicación a las demoras.
Se cierran oficinas imprescindibles para la convivencia ciudadana (Seguridad Social en Valencia de Alcántara (Cáceres) por ejemplo) y nos quedamos tan tranquilos, porque que la población envejezca se considera natural y si se mueren solos, es ley de vida para los que se quejan mensualmente del importe descabellado de las pensiones. 
Intentar entrar en ciudades de más de cincuenta mil habitantes con un coche de 2005 es motivo de pena pecuniaria, y se obliga a las personas que conducen esos coches (que suelen ser personas mayores con dificultades de movilidad propias de la edad) a que aparquen a las afueras de esas ciudades y echen a andar hasta dar con el transporte público inexistente que los traslade a lugares céntricos. También se pueden comprar un coche nuevo, pero resulta que no disponen de las condiciones económicas suficientes, ni de seguridad en la longitud de la vida que las compañías exigen para conceder un préstamo, con lo que hay que quedarse en casa y dejar de salir, porque ir a la ciudad es imposible ya que no hay transporte público, no funcionan los autocares, no existe el tren y lo del avión … hay que saber volar para cogerlo.
Si alguien de la familia hace un regalo de un determinado importe, hay que comunicarlo a la hacienda pública para que se lance sobre él con ánimo recaudatorio. Si te toca la lotería, date por muerto frente a los sueños que quedan ahogados en el destape de la botella de sidra … Es un panorama desolador, y nada exagerado. Indefensos ante la sinrazón y el mundo virtual en el que nadie da la cara.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 23 de enero de 2023.


 

9 de enero de 2023

SEGUIR

 


El día ha amanecido con una niebla espesa. Mi perra, que es la que cuida la casa desde todos los rincones, ha hecho lo de siempre: se ha subido a lo más alto del jardín, se ha colocado al borde de la escalera y, sentada, ha contemplado no se sabe qué porque nada se veía, pero en esa postura ha permanecido los quince minutos que cada día dedica a vigilar el horizonte que, en este caso, había desaparecido al menos para mí.

Ha bajado empapada de rocío, se ha refugiado en el brasero y hasta el sobresalto proporcionado por un petardo a destiempo, ha permanecido en ese duermevela de alerta que la caracteriza.

He creído que estaba perdiendo la cabeza, pero dándole vueltas creo que tiene razón. Uno no debe perder el oremus porque haya niebla, ni porque la lejanía desaparezca, ni porque el horizonte ya no exista. Las cosas están marcadas en el devenir cotidiano y poco más allá. Los momentos de soledad, la necesidad de ocupar un sitio que creemos nuestro, disfrutar de silencios imprevistos o sobresaltarnos con estridencias invasoras, nos permite seguir sin darnos cuenta, sin grandes cambios a nuestro alrededor y sin creer que la luz se apaga sola cuando salimos de la estancia que alberga a otros.

Mi perra es lista y mira como si me entendiera cuando hablo en voz alta, y si mi madre viviera me advertiría de que debo guardar silencio con comentarios poco afortunados si ella está delante, porque nunca se sabe cuándo va a arrancar a hablar, ni qué guarda en la memoria; pero es verdad que si cambio las tornas y soy yo la que la observa, me enseña sin cesar a seguir, a hacer lo que es más conveniente sin mucho lío y que, cuando el viento arrecia, lo mejor es buscar refugio al lado de los que saben, de los árboles fuertes, de los que no se caen y los que conocen cómo giran las veletas de la vida, arte que no muchos poseen y que, menos aún, comparten con generosidad.

Ella aparenta desobediencia, independencia y amor por la soledad, pero en realidad se reafirma en sus instintos de dueña de sus espacios, enamorada del entorno reconocible y no necesitada de demasiados requiebros que manifiesten cariños que luego no pueden ser correspondidos. Cumple con su obligación de vigilar, mantenerse alerta y contenta, pero a la hora correspondiente se retira a su manta y da por terminada la jornada hasta el día siguiente en el que la niebla no es motivo suficiente para detenerla.

Mi perra tiene razón. Hay que seguir. No importa que el tiempo pase y parezca que todo sigue igual, o que nos quieren arruinar la vida con fenómenos atmosféricos o económicos, o que las ocurrencias del boletín oficial correspondiente pretendan  enterrarnos vivos. Si nos rebelamos y alejamos de los instintos la niebla puede llegar a asustarnos. 

También es verdad que depende mucho de la raza del perro. Yo no me identifico con la de la mía. Si hay niebla, espero a la tarde de paseo y salgo a ver claro.

Matilde Muro Castillo.

Publicado en el diario HOY de Badajoz el 9 de enero de 2023.


28 de noviembre de 2022

A VECES

 

Hay días en los que me siento frente al ordenador con ganas de escribir desde esta columna repartiendo agravios a diestro y siniestro, porque estoy cansada, porque me duele algo, porque no sé qué demonios hago aquí, en este espacio rectangular rellenándolo con quinientas palabras sin saber muy bien si alguien lo lee o no, si afecta a más a menos, o si es posible que tenga alguna utilidad, porque a mí no me reporta nada. No existe contraprestación económica alguna, tengo que comprar el periódico si lo quiero leer del modo que sea, y me entero de que la columna ha sido publicada porque tengo una amiga infalible que me la envía retratada cada lunes.

Luego me tranquilizo, porque el tacto de las teclas me sosiega, la cabeza se va por otros derroteros y cuando he soltado los exabruptos correspondientes, antes de que las andanadas vean la luz, me llama alguien en quien confío a pies juntillas, y me pregunta de qué va la cosa. Se lo cuento y me convence de que rebaje el tono, que no me sobresalte que, aunque sea verdad lo que digo, no conviene decirlo, y me repite lo que siempre le digo: cuando se me acerca alguien y dice que me va a decir la verdad, tiemblo. E insiste en que sea fiel a mí misma.

Aquí surge la enorme duda. ¿Ser fiel supone callar, o ser fiel supone no querer oír verdades? A veces no me entiendo. Me vuelve loca la indecisión o la falta de criterio y sobre todo la inactividad, pero es verdad que mi consejero siempre ha acertado, aunque el run run del silencio se prende en el estómago, y trato de autoconvencerme de que mejor estoy calladita si no quiero líos, pero por otra parte, de forma prepotente y soberbia, voy y creo que esta columna tiene una misión existencial, que mis opiniones son fundamentales para el resto de la humanidad, que los que me leen (desconozco si alguien lo hace de forma voluntaria) me tienen como maestra acreditada en los más variados temas, que arriman el ascua a mi sardina sin duda alguna, y que me tengo más que merecido seguir aquí sin otro razonamiento que ser yo misma.

Luego miro mi entorno, lleno de libros escritos por otros, que he leído, y de los que he aprendido que nunca llegaría a la suela de sus zapatos, ni tendría la capacidad para llenar páginas y páginas de ocurrencias y conocimientos. Aportar la sensatez de la filosofía, o la serenidad de las matemáticas, la dedicación de la historia y la creatividad de la literatura.

A veces no sé si es bueno escuchar a mi consejero infalible, porque yo solita me meto en líos de difícil solución. Ese día que dejo en el cajón los exabruptos, cierro la página de quejas y no hago públicos mis desacuerdos, me siento autocensurada, como si tuviera miedo, como si lo que pienso de muchas cosas no estuviera acertado o mi opinión hiriera a demasiados.

Es posible que este sentimiento esté tipificado en el Código Penal, pero se me ha olvidado.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el Diario HOY de Badajoz el día 28 de noviembre de 2022. Lo han censurado. Ha desaparecido el párrafo en el que digo que no me pagan y que no puedo leer el periódico si no lo compro. Hoy me han dado de alta en la suscripción informática, que sólo puedo leer yo. En 50 años de colaboración, es la primera vez que me tocan un artículo. Lamentable, pero seguiré.



15 de noviembre de 2022

EN REMOTO

Hacía dos años que mi marido y yo vivíamos solos. Mi hija vive en Atlanta (USA) y se dedica a negocios que no entiendo, pero dice que son muy fructíferos. Mi hijo vive en Nueva Zelanda y se dedica a la investigación de animales para mí desconocidos, pero en los que, según él, nos va la vida.

La pandemia hizo que nos sintiéramos aún más solos de lo que nos habíamos quedado, pero propició que, después de pasado el trauma espantoso de la lejanía incierta ente muertes inminentes, pudieran ambos trabajar en remoto, y los tenemos en casa de nuevo.

Hemos tenido que ampliar la velocidad de transmisión de internet, porque al parecer una miseria lo que teníamos, y mira que estábamos conformes con nuestro servicio. Hemos cambiado las horas de dormir. Antes nos acostábamos a la hora que nos daba la gana. Ahora no. Estamos sometidos a horarios increíbles, porque la una negocia con China y el otro contacta con laboratorios de zoos en Argentina a la misma hora y lo más notorio de todo es que hemos empezado a hablar en voz baja.

Ellos se pasean por toda la casa con auriculares inalámbricos, móvil en mano, discutiendo cosas en inglés, chino, francés y español y el silencio ha de primar en el entorno.

El pobre perro, mi querido Carter, ha quedado relegado a estar bajo la banqueta sobre la que estiro las piernas, mientras veo la televisión sin sonido y aprendo a leer los labios de los presentadores.

Mi marido pasa muchas horas en el baño de nuestra habitación leyendo el periódico y escuchando el fútbol en la radio. Le he comprado un termo para el café, y hay días (depende de las reuniones internacionales de los chicos) en los que me apetecería volver a desayunar con él, pero el sitio que ha elegido para estar a sus anchas, no me resulta acogedor.

Los alimentos han salido de la nevera. Todo está a la vista. No hay orden en los horarios de comidas. Se come a todas horas, se pica a todas horas, se devora fruta, verduras y embutidos, quesos y patatas fritas, mientras se hace gimnasia por toda la casa, se contratan servicios de masajes, clases de yoga y se programan viajes de fines de semana aprovechando horas insólitas y lugares que ni su padre ni yo sabíamos que existían. Van y vienen con el ordenador en la mochila, el móvil pegado a la mano y sin otra preocupación que la de saber si vamos a estar en casa tal o cual día, porque los paquetes llegan sin cesar, y ellos no están para atender a los repartidores.

Mi marido y yo mantenemos la costumbre de salir de paseo por la noche, sacar a Carter con nosotros y contemplar la belleza del cielo y, en ese rato en el que hablamos de todo, no hemos comentado esta locura de la vuelta de los hijos a casa. Nos han puesto la vida patas arriba, andamos escondidos por los rincones de casa, comemos en la terraza los dos solos y yo he puesto la máquina de coser en el patio.

Los tenemos de nuevo con nosotros, y no en remoto. Nos gusta.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el Diario HOY de Badajoz el 14 de noviembre de 2022

4 de noviembre de 2022

MUCHA COSA

 

Tengo la impresión de que me desbordan las cosas que llevo vividas. Como ando revolviendo la casa porque empiezo a darme cuenta de que estoy jubilada hace años ya, la cabeza me da vueltas sin parar en medio de papeles que surgen de esa masa que conservo agrupada por años, atada con lazos maravillosos de cintas tejidas en Turquía, gomas elásticas fritas por el calor de este verano, agremanes rojos de archivera, o cuerdas de yute que siguen gustándome a rabiar porque huelen a campo y raspan al tocarlas, como si la planta de pita se hubiera quedado prendida eternamente al producto final.

Me desvío. Desde que el euro entró en nuestras vidas, el cerebro ha empezado a debatirse entre cosas reales e irreales que no sé dónde van a terminar. Empiezo por el derrumbe de las Torres Gemelas de Nueva York, lo que provocó que dejara de viajar como me gusta: en paz, sin que me toqueteen los guardias de seguridad, ni se queden con los productos cárnicos que antes desplazaba entre continentes, ni los perfumes que compraba en los aeropuertos, ni me pesaran las maletas, ni me las abrieran para luego no poder cerrarlas, ni que me consideraran delincuente en vez de viajero, a lo que añado la invasión de los teléfonos móviles con los que me tienen vigilada a todas horas y saben qué pienso, dónde estoy, con quién me relaciono y me aconsejan acerca de mis errores y me proponen lo que a ellos más les conviene para mi salud y su enriquecimiento, vibran si detectan algo que no les interesa y me ofertan cosas de las que hablo en el café con mis amigos, cuando hasta entonces los teléfonos se quedaban atados a la pared de la casa y no pasaba nada. Además, he pasado de carreteras a autovías, de máquinas de escribir a ordenadores, vivo en Extremadura, la comunidad autónoma con las mejores carreteras de España, pero sin otro medio de transporte. A mi alrededor se habla inglés con naturalidad, los curas son mal vistos porque sus obras los han puesto en lugar indeseable, dicen que nuestro ejército es de paz, y es verdad que no pelean por nada, sólo ayudan en catástrofes, con lo que se han transformado en hermanitas de la caridad, a los niños no se los educa y hacen salvajadas por doquier porque van poco al colegio y el resto del tiempo lo emplean en aprender juegos informáticos dedicados a la violencia, y el cambio con mi educación ha sido la ausencia total de disciplina y el mandato inútil de los padres que acusan de todo a los profesores. He pasado una crisis del petróleo que hizo ricos a los árabes (hasta entonces pobres), una pandemia que me descubrió que ni con pandemias mejoramos, una nueva crisis económica que ha hecho más ricos a los ricos de siempre y ha puesto el dinero en manos de menos y, mientras tanto, sigo deshaciendo paquetes de papeles, agendas, repaso pegatinas de las que arranco de las farolas y las tapas de los contadores de la luz y me doy cuenta de que lo que sigue siendo importante para todos los son cerrajeros, esos que se anuncian por doquier y sin los que no seremos capaces nunca de entrar en nuestras casas, ni en nuestros cerebros.

Matilde Muro Castillo.
Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el 31 de octubre de 2022.

20 de octubre de 2022

LA OBRA

 


En un momento de nuestra vida en común con alguien decidimos comprar un piso para establecer una familia. Mucha emoción, poco dinero, alguna reforma antes de entrar a vivir pintándolo, cambiando la taza del váter y la inversión salvaje de la cocina, que dejó todo lo demás como se encontraba antes de la adquisición.

Llegan los niños y todo es felicidad, juegos, carreras por el pasillo, balones contra las paredes, patinetes a toda velocidad, el perro que se sube al sofá o el gato que araña las tapicerías y desgarra los visillos cada dos por tres, mientras los años pasan haciendo sobre la casa las reparaciones que se pueden para sobrevivir, porque los colegios, la universidad, la inversión en el piso de la playa y las puestas de largo acaban con los pocos ahorros que se atesoran al año.

Ahora los chicos se han ido de casa y el padre se ha jubilado porque estaba cansado. La madre tiene que esperar un poco a la fiesta de la pensión, pero ha decidido que, antes de que ocurra el acontecimiento, va a hacer en la casa la obra de su vida. Va a reparar las persianas, cambiar suelos, poner ventanas que cierren, darle a la cocina un aire nuevo, poner un aseo en la entrada porque está harta de que todos entren en su baño, hacerse ella un cuarto de costura en la habitación de su hija, en el que va a poner una televisión para ver lo que le gusta y no lo que le imponen, porque estaba empezando a aficionarse a la copa de Europa de fútbol y con ello a perder el norte de su vida. El marido le dice que “lo que tú quieras” como siempre, mientras levanta la vista del periódico durante la siesta previa a la comida.

Empieza la obra. Va que se mata. Todo es destrucción y escombro. No hay cocina, se guisa y se come en los restos del pasillo. Los dormitorios se han quedado sin ventanas, el baño es el único refugio para leer el periódico y como están allí los albañiles, se ha decidido cubrir la terraza para ganar espacio que no se necesita, pero resulta estupendo con tanta luz y frío en invierno como calor sofocante en verano, pero no debemos resistirnos a los “yaque”, término que se emplea con frecuencia cuando el ejército de albañiles entra en casa: ya que están …

Ella se arma con un cepillo de barrer y va a pasar amarrada al mástil del objeto meses. Va a perseguir a los obreros allá donde se desplacen. Va a acumular el polvo en montoncitos por toda la casa, como si no hubiera nada que hacer. Va a ser una mujer atada a un cepillo, mientras desde lejos su marido observa que las cosas han empezado, no se sabe cuándo van a terminar, pero parece que avanzan.

Han pasado cuatro meses de esos que nunca se van a olvidar. Han confraternizado con la cuadrilla de tal forma que comparten cervezas, algún café y mucha agua, y se preocupan por la salud de la familia de los operarios. 

Casa nueva, todo nuevo, manos encallecidas del cepillo de barrer y echan de menos a los albañiles. Siguen sin hablar entre ellos acerca de lo acontecido.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY de Badajoz el lunes 17 de octubre de 2022



3 de octubre de 2022

CERTEZAS

 




Templo de Karnak en 1900. Foto internet.

Andamos desnortados porque todo corre demasiado y pasan cosas que nunca hubiéramos creído contemplar. Las opiniones y decisiones cambian de la noche a la mañana y, lo que antes era irrebatible, ahora se pone en duda y la orientación de nuestras vidas es todo menos algo con rumbo.

Lo primero que me llamó la atención en los cambios de opinión fue saber que las sardinas y el pescado azul en general eran buenísimos para la salud, cuando hasta que se descubrió esa cualidad eran poco menos que venenosos y lo comíamos sólo los menos pudientes. Al aceite de oliva, por la que mi añorada Nenina García Morales se batía el cobre para promocionarla, le pasó como al atún y las sardinas. Ahora se llama oro líquido. Aprender las cosas de memoria: tablas de multiplicar, lista de reyes godos, artículos de la Constitución, periodos históricos, ríos, capitales de países … son inútiles. Ahora hay que razonar los porqués de todas esas cosas que nadie conoce, pero es conveniente discutir sobra ellas y tratar de no llegar a las manos en medio del más absoluto desconocimiento. Las materias clásicas son una fruslería. La filosofía, el latín, el griego, la crítica literaria, el lenguaje hay que cambiarlos por ciencias, cosas prácticas, algo que nos haga vivir en un mundo virtual donde los pies no se asientan sobre conocimiento milenarios, sino sobre hallazgos inmediatos e innovadores que cambian, sin mucha certeza desde luego, pero con una invención que todo lo justifica como es el algoritmo. Lo que nos hacía sentir seguros con manuales escritos que se albergan en anaqueles, va desapareciendo. Estamos abandonando esa certeza a cambio de algo intangible e imposible de determinar.

No sé si usar energías renovables o quedarme con el petróleo. No sé si mi coche es más eficiente y menos contaminante que esos que llevan una pegatina con un piropo de ecológico. No sé qué es más cierto y eficiente en la construcción, si la madera o el hormigón. No sé si hacer caso a los artistas de las palabras, que son capaces de envolver en términos que parecen ciertos las más absurdas falacias, cuando esta actividad se está volviendo cotidiana y pretenden hacerme comulgar con ruedas de molino y a veces lo consiguen, porque es verdad que hay ocasiones en las que reconozco ingenio y diversión en esos ejercicios malabares.

La improvisación se está adueñando de nuestras vidas. Ese filósofo anclado en el fútbol que es Cholo Simeone nos ha enseñado lo provisional de nuestro paso por aquí, y sólo nos permitimos el “partido a partido”. Esa forma de vivir y de pensar nos ha convertido en seres inseguros, sin mucho futuro, sin pasiones duraderas, pero miren, yo recuerdo que uno de los momentos más felices de mi vida fueron unos minutos sentada en silencio entre las columnas del templo de Karnak en Egipto, sin nadie a mi alrededor, a la sombra, cansada y satisfecha de haber llegado allí creyendo que ese paisaje era real, que ese templo llevaba allí tantos miles de años que, en medio del desierto, me proporcionaba certeza y seguridad.


Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en HOY de Badajoz el lunes 3 de Octubre de 2022.


17 de septiembre de 2022

EL ENTIERRO

 



Hoy están enterrando el cuerpecillo de la reina que fue de los ingleses durante la friolera de setenta años.

Vivimos tiempos raros. Pasan muchas cosas sin importancia y nos doblegamos ante acontecimientos que deberían de entenderse como naturales. Si a la edad que tenía Isabel II no se esperaba la muerte, vamos de cogote. Los medios de comunicación, alimentados desde la casa real británica y ninguna otra fuente, porque es un sitio hermético del que no se escapa nada que no sean las costumbres excéntricas del nuevo monarca, como que se le planchan los cordones de los zapatos todos los días, que no sabe escribir con estilográfica (a las pruebas me remito), que va a despedir al servicio sin contemplaciones, que no quiere saber nada de los perros de mamá, y que es más viejo que joven y no ha tenido tiempo de aprender nada, excepto estas cosas, poco más se sabe de la reina fallecida que no sean las alabanzas lloronas de los súbditos, el duelo de los jefes de estado que han transmitido su despedida con mayor o menor acierto, y los recuerdos del entrenador de sus caballos Monty Roberts, que vive en USA y aparece en las televisiones vestido de cowboy diciendo que la reina tenía más de mil premios en carreras conseguidos por sus caballos. Veremos ahora qué hace el rey con los animalitos, porque no parece que sea aficionado a nada que no provenga de la acuarela.

Esta señora ha cumplido a rajatabla lo que ella misma se asignó cuando la coronaron y poco más, lo que ocurre es que la cabezonada ha durado mucho tiempo. Sus intervenciones no han sido especialmente memorables con discursos para recordar, actitudes que marcaran un antes y un después en evolución social, o la defensa de algo que no fuera su corona, su fortuna y estar rodeada de personas disfrazadas con uniformes estrafalarios que han sido adoptados por bebidas alcohólicas, penachos de plumas en la cabeza, gorros de piel de oso, o esclavitas con cofia.

Setenta años repitiendo una y otra vez el diario devenir de las horas, sin que se sepa si leía algo que no fueran los informes de Scotland Yard o los manuales de educación de perros Corgie es complicado, y creo que ese tesón en lo verdaderamente inútil merece el homenaje que está recibiendo de ese pueblo que gime ante la falta de seguridad que se les avecina, porque lo que viene ¿qué quieren que les diga?, no parece más de lo mismo, por lo menos no tan aburrido y falto de expectativas.

Imagino que cuando el servicio secreto le dijo que, debido a su tamaño diminuto, no podían verla en medio de los jefes de estado a los que daba la mano o delante de las vallas protectoras y decidió vestir de colores rabiosos con sombreros de copa alta para que la detectaran, la revolución debió de ser un tsunami en esa casa. Esos han sido los cambios memorables. Poco más.

Yo le deseo descanso eterno porque lo ha merecido y decirle a ese pueblo británico que la muerte es segura, pero la hora … no.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el Diario HOY de Badajoz el lunes 19 de septiembre de 2022.


7 de septiembre de 2022

ANTES DE NADA

 


La cabeza es el motor de todo (obviedad casi estúpida al verla escrita), y cuando se me bloquea por emociones, disgustos y obsesiones, empiezo a sentir síntomas de parálisis en las piernas, los brazos y hasta en la digestión, siendo para mí el estómago el órgano del cuerpo más importante.

Soy una experta en saber que las cosas que no me producen alegría y diversión las acometo con enorme dificultad, pero como estoy acostumbrada por razón de la vida a hacer cosas que no me han gustado, me sobrepongo a ello y tiro hacia adelante tratando de encontrar algo que merezca la pena en la tarea que me ata a la silla para no hacerla o dejarla para cuando sea.

¿A qué viene esto?, a que la silla me tira cada vez más. A que me cuesta sobreponerme a los profetas del horror, a que no veo salidas que no sean el encierro eremita en casa y el corte de los suministros básicos para evitar que garras asesinas penetren en mi domicilio con pretensiones demoniacas.

A que los agoreros han hecho el agosto literalmente sembrando el pánico en el ánimo general. A que lo que viene, si es que viene, será el desastre más importante al que nunca nos hemos enfrentado. Que las huellas de la historia de nuestras vidas nada tienen que decir frente a lo que vamos a dejar en manos de seres anodinos, estúpidos, irracionales y malformados socialmente como son nuestros hijos (eso dicen), y que por mucho que nos empeñemos en ser disfrutones, hemos elegido mal el destino y la vocación.

¡Qué barbaridades!, ¡qué desolación!, ¡cuánta angustia!, ¡cuánta equivocación ajena!, ¡cuánta responsabilidad sin saber de qué! La vida se transforma en un espanto del que es mejor salir corriendo, pero sin tener muy claro hacia dónde.

Como camino todo el día entre papeles de hace muchos años, encuentro el sosiego en ellos y cada página que paso recuerdo cómo trabajé para conseguirlo, dónde lo hallé, cómo estaban las cosas entonces, aquel avión que perdí por culpa del jefe de turno que se empeñó en no darme permiso, el autobús que conduje sin saberlo para salvar vidas en manos de un conductor borracho, la travesía del desierto donde el guía me quiso hacer ver espejismos de trenes circulando a gran velocidad entre las dunas, las noches a la orilla del Nilo vigilando el equipaje porque la falupa no llegaba para llevarme al hotel en el centro del río, los días y noches regando mi jardín para que los fuegos artificiales no asolaran los árboles recién plantados, las reuniones con desconocidos averiguando quiénes eran los que aparecían en las fotografías antiguas de la caja de zapatos de turno, los días interminables viendo a mujeres en India acarrear piedras en la cabeza para hacer carreteras, los juegos infantiles, el primer día de playa de mi hija, el paseo por el malecón de La Habana, las entradas a Pompeya pegadas en el cuaderno de viaje, las arrugadas acuarelas en Jaisalmer hechas en un cuaderno de papel cebolla… mientras el mundo a mi alrededor se desmoronaba.

Antes de nada, la felicidad momentánea nos riega la vida. Si luego vienen mal dadas… tendrán que llevarse mis cuadernos para apagarme.

Matilde Muro Castillo

Artículo publicado en el Diario HOY de Badajoz el lunes 5 de septiembre de 2022.


22 de agosto de 2022

LA NATURALEZA

 


En medio de este catastrófico verano agobiante de calor y noticias a cual peor, es verdad que muchas veces incrementadas por la necesidad de los becarios de turno de hacerse hueco en la redacción de los periódicos, radios y televisiones, la Naturaleza con mayúsculas ha empezado a gritar.

La Naturaleza es un ente superior al que hay que respetar en cualquiera de sus manifestaciones, hay que temer, adorar y evitar siempre agredir.

El ser humano es producto de ese ente, pero le ha salido respondón, maleducado y desafiante, y ante tales desplantes el fuerte le chilla al débil y no le va a quedar más remedio que callarse.

Hace décadas empezaron a decirnos que nos estábamos pasando con las pretensiones de seguir creciendo, perforando, lanzando cohetes al espacio y hurgando en las entrañas de la tierra para buscar elementos preciados, esos que ella atesora para seguir girando sobre sí misma para mantenernos en pie. Como es palpable, no hicimos ni caso.

Los científicos siguieron la senda de los primeros comunicadores de lo que se nos venía encima, y avisando de nuestra estupidez manifiesta en la pretensión de crecer (mantra de nuestra civilización) y agrupándonos todos en torno a supuestos servicios propiciados por el petróleo, alquitrán, tóxicos, química rastrera, comportamientos aborregados, ciudades infectas, y costumbres racionales abandonadas.

Hay cosas peores: China desvía los ríos de su cauce miles de kilómetros, las naves espaciales salen sin parar a buscar cosas para hacer ricos a tres o cuatro, perturbando la atmósfera y sus componentes, el mar está esquilmado pero siguen buscando acá y allá dónde clavar para extraer petróleo o lo que aparezca, los volcanes se transforman en objetos turísticos, los desiertos en ciudades a las que se lleva el agua sin reparar en la sequía provocada en los cauces naturales. Creamos campos de golf talando dehesas, Rusia saca carbón del subsuelo de la Antártida, hacemos trenes de alta velocidad entre dunas, talamos selvas para plantar drogas … ¿y nos íbamos a creer que la Naturaleza se iba a callar? ¡Menudos incautos!

No vamos a cambiar. No vamos a poner remedio, porque lo que nos gusta son los coches eléctricos con baterías de litio extraído al lado de una ciudad de 2000 años de historia, vamos a seguir calentando el mar, viajando en espantosos barcos que llevan cinco mil pasajeros, aviones que escupen humo y no vamos a dejar de usar plásticos.

No nos llamemos a engaño. Somos idiotas y niños mal criados, y por ello no sabemos con quién os estamos enfrentando: nada menos que con la Naturaleza. Ella sí sabe dar miedo y quitar y poner las cosas en su sitio. No razona, no negocia, no calla, no se resigna. Sus armas son infalibles y le importa poco o nada el daño que nos haga, porque previamente se lo hemos hecho a ella. Esto es la ley del más fuerte, y a fuerza, no hay quien la gane.

Si la vida que nos deje vivir quieren que sea amable, háganle la pelota, cuídenla, acaricien sus campos, limpien sus mares, filtren sus vientos y hagan como que la temen. No viviremos más, pero sí mejor.

Matilde Muro Castillo

Artículo publicado en el periódico HOY el lunes 22 de agosto de 2022


8 de agosto de 2022

SECRETOS

 


SECRETOS

En medio del fragor de batallas constantes, reales e imaginarias, sale a la palestra la necesidad de levantar los secretos que se guardan, no sé muy bien porqué, de las actividades realizadas por gobiernos anteriores y presentes, con plazos diferentes a los marcados hasta ahora.

Ya de por sí el asunto de los secretos de estado es algo abominable, porque se fundamentan en actitudes que, presuntamente, están fuera de la ley y de lo que se nos exige a los demás como cumplimiento inexcusable.

Tengo pasión por los archivos de todo tipo y los días se me van viendo papeles, fotografías y recuerdos pasados de quienes tuvieron la generosidad de no quemar lo acumulado durante el paso del tiempo, y todas esas cosas que aparecen registradas bajo el título de “secreto” suelen ser, al albur del paso del paso del tiempo, auténticas payasadas, ocasiones perdidas de dar paso a descubrimientos que nos hubieran facilitado la vida, o actos incomprensibles que deberían de haber sido penados con códigos severos y que se quedaron limpios por razón de no se sabe qué estado y en nombre de qué inmoralidad reinante.

Clasificar o no papeles que emergen del poder dado por los ciudadanos es un abuso inadmisible. Que los militares se guarden cosas, o la iglesia, o los jueces, los políticos, la policía, los poderes fácticos en definitiva y que, por capricho del que manda en su momento anden de mano en mano: ahora defensa, luego mi secretario, ahora mi gabinete de acompañantes, luego mi madre porque es en la única en la que confío, estarán conmigo en que es una barbaridad vestida de legalidad que nos hacen comulgar como si con ruedas de molino se trataran.

Cincuenta años para saber quién ordenó a quién que hiciera tal o cual cosa, es un juego infantil para darse la importancia que no tienen. Creer que porque estás al frente de un país puedes ordenar actitudes delictivas que van a ser protegidas en nombre de no se sabe qué bien superior, es de una inmoralidad difícil de aceptar.

Si la seguridad de un estado ha de esconderse tras actitudes punibles, mal vamos. Que además se tengan que ocultar, peor, y si además las revestimos en carpetas doradas, bajo cien llaves, de boca en boca pero en silencio, y creyéndose los que conocen las atrocidades que son más importantes que las víctimas, así estamos.

Esta cosa de los secretos de estado es una patraña en la que se esconden fondos multimillonarios ocultos, manejos inadmisibles, comportamientos inaceptables y mentiras sin pies ni cabeza que nos quieren hacer creer como si en ello nos fuera la vida.

Que entre unos y otros duden sobre decisiones que hay que tomar en momentos determinados, es normal. Pero que esa decisión emane de la ilegalidad, que nos pueda costar un disgusto si se conoce, o que el sillón de mando se mueve si sale a la luz la incompetencia en el acierto o no de la jugada, es motivo de revolución.

Ramón y Cajal lo definió: “el misterio de los microbios contra el hombre, es quién domina a quién”.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY el 8 de agosto de 2022.


INFANCIA

 

INFANCIA




Cuando éramos niños nos íbamos a veranear a Valladolid por razón de las temperaturas, porque, además de vivir en Cáceres, lo hacíamos sobre una panadería donde los hornos eran alimentados por toneladas de leña que nos proporcionaban calefacción gratuita en invierno y cremación en verano.

A veces recuerdo a mi madre echando cubos de agua en el suelo para evitarnos el golpe de calor, y nos gustaba ver cómo se evaporaba antes de llegar a ninguna parte, mientras mi padre trataba de explicarnos el fenómeno físico del cambio de estado del agua por razón del calor. A nosotros aquello nos parecía magia porque, además de la desaparición del agua, barruntábamos la llegada del viaje maravilloso a Valladolid, al campo, donde nos quitaban los zapatos y las camisetas nada más llegar y volvían a ponérnoslas el día de vuelta a Cáceres, allá por septiembre.

Entonces Valladolid era fresco. Nuestra casa tenía un jardín por hacer, un pozo por excavar, unos árboles por crecer y unas bicicletas por arreglar, pero se estaba bien. Dormíamos a pierna suelta, comíamos lo de la huerta de los alrededores y nuestra madre cantaba a todas horas, nos hacía fiestas de disfraces, nos enseñaba a cuidar de los más pequeños, a ayudar a los mayores, a plantar árboles, a tomar decisiones entonces encomendadas intelectualmente a los hombres, a diseñar jardines, a hacer excursiones a quinientos metros de distancia, a ver cómo funcionaban las acequias para evitar accidentes, y a aburrirnos. Sí. Mi madre nos enseñaba a aburrirnos sentados en el porche de casa a la hora de la siesta, mientras las piernas colgaban de los asientos moviéndose como culebrillas a la espera de las horas necesarias para hacer la digestión, antes de volver a la piscina de la casa vecina, una piscina que se llenaba con agua de pozo y nunca tenía más de quince grados de temperatura, aunque aquello nos pareciera el Caribe y la abordáramos sin prevención alguna.

En medio del periodo de sesteo, cuando nos enseñó a aburrirnos, estableció que se podía leer en silencio, no hablar en voz alta, respetar si alguien dormía y no molestarle, evitar peleas de hermanos, y elaborar mentalmente a qué íbamos a dedicar la tarde después del baño. El silencio era lo primordial y aprender a estar callados en medio del quirigay de seis chiquillos enfermos de vida, fue el reto de su vida y, ahora que lo rememoro, uno de tantos éxitos pendientes.

Mi padre no tenía vacaciones. Trabajaba sin descanso verano tras verano en Cáceres, un incendio tras otro, un problema por falta de gente en los montes tras otro, y el calor asfixiante de la casa de la panadería cuando le tocaba descansar, y nosotros mientras tanto en Valladolid, cuando era fresco, aprendiendo a callar un poquito para dejar descansar a los que nos rodeaban.

Mis padres ya no viven, pero las circunstancias externas han cambiado poco: fuegos por doquier y falta de medios, poca acomodación al calor, invasión urbanística de terrenos frescos y mucho, mucho ruido a la hora de la siesta. 

Echo de menos a mis padres todos los días, y echo de menos aburrirme.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el diario HOY el día 1 de agosto de 2022.


18 de julio de 2022

VASOS COMUNICANTES





VASOS COMUNICANTES

Leo a Fernando Savater: “de la ausencia no se sale, -¡si es que se sale!- olvidando lo que se amó, el remedio de los miserables, sino volviendo a amar, es decir, reinventando lo que se ama sin olvidar lo que siempre nos faltará”. 
    El maestro siempre al lado de los que necesitamos explicaciones acerca del vacío que se produce, sin explicación casi siempre, a nuestro alrededor.
La vida se articula como una sucesión de vasos comunicantes en los que el contenido siempre está, pero en lugares diferentes, en estados distintos: líquidos, gaseosos o sólidos, siendo estos últimos los que más nos gustan porque son los que propician el abrazo, reciben el beso lanzado o cambian de color cuando ocasionan hematomas, pero no por ello dejan de estar.
Abro la agenda, que nunca he cambiado y sólo retachado, anotado y corregido a lo largo de los años, y ahí está el dibujo de los cambios vitales, en los que tantos han desaparecido, otros se han difuminado y la mayoría siguen en el silencio incomprensible de no saber que se mantienen en medio de mis anotaciones, y unos pocos además de estar ahí los tengo fijados en la memoria hasta con el código postal, porque sigo dirigiéndome a ellos en medio del fragor de la batalla cotidiana, que es cada vez más dura.
He aprendido tanto de Savater a lo largo del tiempo en el que vengo modificando mi agenda, que las tachaduras iniciales por razón de desencanto se han transformado en interrogantes marginales, porque nunca se sabe. No soy capaz ya de tomar la determinación del alejamiento definitivo, de arrancar la página o de anotar baja por defunción, en el caso de que el sujeto siga respirando. ¿Cómo volverá a la vida un resucitado? A lo mejor soy yo la que tiene que cambiar la forma de mirar. 
    En la convicción profunda del maestro de que “la soledad, la verdadera, la más profunda, no la entienden los superficiales” estoy. A veces pesa no poder hacerte entender, pero satisface la idea del cambio, el sueño de la mejora personal, la posibilidad de seguir tirando del carro sin otra ayuda que la del conocimiento, la paciencia, la tranquilidad y las lágrimas en soledad. Las lágrimas son el lubricante de esos vasos comunicantes que necesitan seguir funcionando en nuestra vida, donde unos se van dejando ausencias, y otros llegan provocando sonrisas, ternura y asombro; quedándose otros con los que no sabemos qué hacer, pero sin la fortaleza necesaria como para anotar la baja en el libro de instrucciones de nuestra maquinaria de supervivencia.
    En medio de este fragor de amenazas, desastres económicos, redes agresivas, sueños rotos, promesas incumplidas y desasosiego general, leer a Savater es medicina para los que no encontramos explicación a lo que nos pasa y no encontramos con quien hablar de lo que anda por la cabeza. Él ha salido de la soledad más espantosa a fuerza de querer la ausencia. A nosotros nos toca aprender a querer lo poco que nos queda si lo tenemos presente, sin desperdiciar un minuto de nuestra vida.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el periódico Hoy de Badajoz el 11 de julio de 2022

28 de junio de 2022

ZAPATOS

 



Son objetos inanimados, que se fabrican de dos en dos y acompañan a los propietarios incluso después de morir.

Me encantan, y por todo lo que me gustan he reparado en analizar qué son, qué dicen de los portadores, cómo se consiguen y qué me inspiran (además de una columna de periódico)

Siempre he deseado tener dos modelos imposibles: los que lleva el Papa de Roma y los que llevan los toreros. No soy nada religiosa y menos aún torera, pero esos zapatos uniformes en todos los que practican esas profesiones me parecen de lo más exquisito.

Los zapateros que venden estos objetos considero que deben de ser personas ordenadas, conocedoras de espacios en los que almacenar, delineantes de locales en los que colocar estanterías equidistantes y creadores de códigos privados con los que localizar los modelos y los números para atender con la prontitud que lo hacen. Me apena creer que tienen que estar aburridos. Siempre de dos en dos, sin posibilidad de variación, y si se produce la necesidad de atender a alguien amputado, no pasa nada, el zapato que se queda en el local servirá de modelo para el próximo que lo desee, o el ser defectuoso que calce un número más o menos que otro, con pies distintos o con caprichos que habría de explicarnos el tendero, porque seguro que hay anécdotas para todos los gustos.

Los zapatos se han transformado en obras de arte cuando han pasado por las manos de diseñadores como Manolo Blahnik, que ha conseguido hacer de los zapatos objetos del deseo de los más pudientes. He tenido en las manos alguno de sus pares, pero nunca en los pies, y esto que es la actualidad, me hace remontarme a esas bellezas de sandalias romanas que han aparecido en excavaciones y se lucen en museos, los escarpines diminutos de pies imposibles que se lucen en el museo del Romanticismo, las delicadas obras de arte que, elaboradas en seda natural y bordadas con precisión imposible pinta Goya en sus retratos femeninos y la uniformidad de los zapatos en los retratos masculinos, también de Goya; esos mil estudios que tratan de averiguar cuál fue el primer zapato o el pueblo primitivo que los inventó.

Sólo el género humano usa zapatos. Eso en sí mismo es una curiosidad porque, aunque hayamos puesto herraduras a los caballos, nada tiene que ver con un zapato. 

Es verdad que unos u otros modelos me condicionan. Me producen tristeza los zapatos de charol blanco, me emocionan los tacones afilados de más diez centímetros, me gustan los zapatos sucios de barro, echo de menos a los limpiabotas en las calles, me conmueven los zapatos de los bebés y, a lo que no dejo de darle vueltas es que posiblemente el uso de estos adminículos por parte de la humanidad sea la demostración palmaria de que a nadie le gusta caminar con los pies en el suelo, en sentido real e imaginado. A nadie nos gusta la realidad que nos rodea, y cualquier medio para evitarla es bien venido.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el Diario HOY de Badajoz el lunes 27 de junio de 2022.

13 de junio de 2022

PAPELES PERDIDOS

 


PAPELES PERDIDOS



Mi casa está llena de papeles propios. A veces, según donde mire, son papeles de otros. Esos papeles que a todos atosigan y molestan, además de considerar que ensucian y albergan polvo y animales de varias especies desconocidas y de vidas ocultas que los pueblan, esos papeles son mi devoción.

Guardo todo. Recojo todo lo que se pone a mi mano. Me fascinan las tarjetas de visita, los tiques de compra de los supermercados (lastimosamente se borran al paso del tiempo), las notas de compras, las distintas modalidades de los comprobantes de aparcamientos, y las pegatinas que ponen en la solapa de los generosos las personas que recaudan dinero para miserias ajenas.

Cuando me encuentro con un manojo de cartas de las que se escribían antes (yo sigo escribiendo como antes, lo confieso) no puedo encontrar más placer en desmenuzar el contenido y me importa tanto el mensaje como el olor del papel, si ha sido escrita con tinta o lapicero, si es papel rayado, si es una cuartilla o se han limitado a partir en dos un folio. El cuidado de la escritura, la caligrafía y el aprovechamiento de la superficie por parte del autor, me emocionan.

Guardo con devoción las notas que mi añorada vecina Petra me pasaba por debajo de la puerta, escritas en pedazos de papel de estraza en el que ella envolvía los churros que hacía (inolvidables también), donde me comunicaba visitas que no me encontraron, llamadas que no recibí o recordatorios de acontecimientos a los que debería de acudir si quería seguir viviendo en un pueblo, siempre misas, entierros, ceremonias o novenas imprescindibles para mi salvación.

Ahora tengo entre manos papeles de otros que han llegado a mí por arte de magia, y no puedo dejar de escribir esta columna, porque son muchos, ordenados y catalogados correctamente, pero dejan entrever una vida emocionante, llena de acontecimientos que nadie podría imaginar en su sano juicio y menos aún dar crédito ni afirmar que pueden ser una parte muy importante de la historia de la vida de personas que, en algún momento de sus vidas, los despreciaron y ocultaron a la historia mundial, dejándolos de lado por miedo, odio y rencor, o acaso por desconocimiento y falta de generosidad.

Que nadie se alarme. No se trata de nada extraordinario. Es un archivo familiar, como tantos otros que acaban en la basura o quemados “para que nadie sepa nada”, y es un gran error que pagamos los locos por los papeles que somos capaces de saber que, entre líneas de esos papeles: facturas de compra de piensos, reclamaciones al sastre, reparaciones de zapatos, compras de lazos negros para el luto de los niños, hay una historia que es nuestra y debemos conocer. Nada llegó hasta donde estamos porque sí. Litros y litros de tinta para escribir cubrieron páginas de papel de arroz, algodón, celulosa, cáscara de patata o cartón reciclado y ahí han dejado una huella indeleble que sólo el fuego y el abandono pueden borrar.

Esos papeles perdidos son la razón de la historia de todos, la pequeña historia, la que conocemos de primera mano, porque la otra, la que nos enseñan, está manipulada.

Matilde Muro Castillo.

Artículo publicado en el Diario Hoy de Badajoz el lunes 13 de junio de 2022.